14 . ENTRE EL FUEGO Y EL DESIERTO #2
Los músculos de su cuello se notaron rígidos al girarse, pero al poco tiempo se relajaron al igual que su rostro.
Leone tragó saliva, cuestionándose si había hecho bien en seguir con la conversación.
Se preparó mentalmente para otro conflicto, el rechazo o algún avionazo, no obstante, los ojos de Russell le transmitieron lo contrario, acompañados de un resplandor honesto que le hizo entender que ya no tenía rencor; en su respuesta le extendió la mano con la palma abierta.
Leone entreabrió la boca.
—Soy Russell —se presentó como si nada hubiera pasado.
Como si fuera la primera vez que se conocían.
—Leone —correspondió, estrechando su mano derecha.
Russell le sonrió de lado, señaló con la mirada el flyer y negó.
—Sí que se toman en serio la lucha aquí.
Leone leyó con detenimiento las letras anaranjadas que anunciaban la quinta competencia de lucha juvenil como parte de la apertura del semestre.
Las categorías se dividían en tres modalidades: la bina de hermandad, dos contra dos del mismo grado; la bina mixta, dos contra dos de grados distintos; y solitario, uno contra uno del mismo grado.
El panfleto concluía con una frase entusiasta que lo invitaba a representar a su grupo y dejar su propia marca en la academia.
No terminó de leer. Sus músculos se endurecieron, culminando en una postura rígida que soltaba pequeñas descargas en su columna.
Un pensamiento llegó a su mente y por fin conectó los cabos sueltos.
«Una competencia», pensó. ¿Por eso Diego estaba tan interesado en convertirlo en su bina de pelea, para tener la victoria de su categoría asegurada?
No, no podía ser posible, ¿o sí ? Tanta fue su sorpresa que se quedó atónito.
Russell suspiró, despreocupado; se levantó de la baldosa y estiró los brazos, descomprimiendo su espalda sin emitir ningún sonido.
Saboreó el aire, y al hacerlo se volvió a encorvar.
Dirigió su atención hacia Leone, parándose frente a él; metió las manos en los bolsillos de su pantalón y lo miró desde arriba con el ceño ligeramente fruncido.
Leone, por su parte, reaccionó con unos cuantos parpadeos y le correspondió, encontrándose con esos ojos verdes que le ocasionaron más duda que calma.
Huzumán se mordió el labio inferior, meneando la cabeza con un suspiro y permaneció callado, como si él tampoco supiera qué reacción sería la adecuada.
—Cuando peleamos ayer... —inició con seguridad, sacando su celular—. Tuviste buenos reflejos al principio.
Le mostró el video de su pelea que circulaba por toda la escuela. Leone ni siquiera intentó discutirlo.
—¿Sueles reaccionar así o solo fue la adrenalina?
—No lo sé. El maestro Loya dice que tengo buenos reflejos —respondió.
Russell bufó, dio un paso hacia atrás, se agachó y le arrebató el panfleto de las manos. Leone no se quejó. Huzumán se mantuvo de cuclillas frente a él. Los dos se miraron, hasta que el pelirrojo le acercó el teléfono, casi pegándole la pantalla a la cara.
—Si te pido que seas mi bina de pelea para la competencia, ¿me prometes que pelearás mejor que ayer?
Cualquier sonido desapareció para Leone.
No lo comprendió luego de una pausa abismal.
Abrió bien los ojos, incrédulo, dudando si había escuchado bien.
Su corazón, antes inquieto por el rechazo, bombeó con el calor de la esperanza que detonó en su ser.
Definitivamente lo interpretó como una forma de empezar de nuevo.
Asintió para sus adentros, pero tenía que asegurarse de su decisión final.
Sus fantasías no tardaron en inundarle la cabeza, le prohibieron ser objetivo y cedió; no se martilló para encontrar un defecto.
Tal vez debió pensarlo con calma, tal vez no fue sensato, sin embargo, estaba seguro de lo único que tenía un peso real en su juicio: la confianza.
Russell tenía confianza en él, ya sea por mero interés estratégico, la tenía, y de ahí se aferró.
Hubo algo diferente, quizá la forma en la que le extendió la mano, hubo un matiz, una intención escondida en su propio lenguaje tosco para poder construir su amistad real en el futuro.
«Si peleamos juntos, tal vez podamos entendernos mejor», pensó; esa idea lo tentó.
El riesgo estaba ahí, por supuesto. Pero la oportunidad, por mínima que fuera, brillaba más que sus temores.
Inspiró, miró la pantalla del celular, luego la apartó para apreciar los bonitos ojos de Russell. Sonrió sintiéndose realizado. Dijo que sí, y Russell en su respuesta le devolvió el gesto.
Sintió que su vida podía dar un giro positivo; dio el primer paso, y con él, tuvo la esperanza de que su mundo comenzaría a cambiar.
En el tercer día, el sol de la mañana se colaba a través de las amplias ventanas del primer piso, proyectando en las paredes las sombras alargadas de los estudiantes que iban y venían.
Leone no fue la excepción; estaba ahí, cruzando el pasillo mientras sentía el peso de su mochila balancearse en su espalda.
No se sentía fuera de lugar, el miedo que solía acompañarlo en ambientes nuevos se disipó un poco.
Estaba ansioso por encontrar a Tatsuro y a los demás; pensó en sus posibles reacciones ante la noticia de Russell.
Estaba seguro de que a todos les agradaría, por lo que aceleró el paso, agrandando más la sonrisa que traía en la boca.
Pero cuando giró en la esquina del corredor, algo se interpuso.
Una fuerza repentina lo empujó hacia la pared, estampándolo contra el cristal de una ventana vertical a un lado de la vitrina donde se exhibían los trofeos de la academia.
Leone soltó un jadeo al sentir el impacto, sus manos buscaron apoyarse en el marco de la ventana para evitar deslizarse al suelo, y en eso un brazo apareció frente a sus narices, seguido de una mano firme que lo agarró del cuello de su camiseta, prohibiéndole moverse.
Su corazón se aceleró y juró escuchar la madera de la vitrina crujir a sus espaldas.
Levantó la vista y, para su sorpresa, se encontró cara a cara con Valentino.
Quiso alejarlo, pero se petrificó. Detrás de Valentino estaba Diego de Ávalos.
Nadie pareció darse cuenta. Diego mantenía los brazos cruzados, con una expresión ligeramente tranquila, con un ceño fruncido que hizo que Leone tuviera ganas de huir inmediatamente. La mano de Valentino seguía rígida, su puño parecía un candado imposible de alterar.
—¿Qué pasó, Leone? —Ávalos preguntó en un volumen muy bajo, casi murmurando, pero lo suficientemente claro como para que este sintiera el peso de sus palabras—. Ayer te esperé y nunca llegaste.
Miedo, fue su única emoción. Lo olvidó por completo, y en caso de que no hubiera sido así, creía que habría sido suficiente con no presentarse para deshacer cualquier trato. Valentino tensó su agarre y lo zangoloteó.
—¿Te crees muy acá, eh? —le masculló—. Nadie deja plantado a Diego, mucho menos ante una propuesta que no le hacemos a cualquiera.
—Val, basta —Diego se acercó; su voz seguía tranquila—. Estoy seguro de que hay una buena explicación para esto.
Leone abrió la boca para hablar, mas su mente se quedó en blanco.
Las paredes se tornaron oscuras y su cuerpo se calentó como un método pobre de defensa.
Los ruidos del pasillo dejaron de oírse, su atención recayó en aquellos dos gigantes con los que ya no tenía intención de relacionarse en lo más mínimo.
—Ya déjenlo, ¿quieren?
Una nueva voz se integró. La tensión desapareció en menos de un suspiro; Leone volvió a escuchar el bullicio.
Los tres voltearon hacia la misma dirección, cruzándose con la silueta de alguien que nadie esperaba ver.
Era Russell Huzumán, en medio de la curva, con una mano sobándose la nuca y la otra sosteniendo una barra de proteína a medio comer.
—Es su tercer día y siguen fastidiándolo —le dio un mordisco a la barra—. Suficiente tuvo con la arrastrada que le di yo, ¿no?
Leone se petrificó; de reojo notó cómo Diego enderezaba la espalda y Valentino aflojaba el agarre. La sola presencia de Russell les había cambiado el humor.
—El hijo de Huzumán —Diego sonrió con rigidez—. Esto no es contigo.
Russell igual forzó su sonrisa; tomó a Leone del brazo y lo jaló hacia él, provocando que Valentino lo soltara por completo. Al tenerlo cerca, le pasó la mano libre por detrás de la nuca y lo abrazó por el hombro.