14 . ENTRE EL FUEGO Y EL DESIERTO
Inu Koi, 2051.
Esa tarde, el agua estaba más fría de lo normal.
Leone se bañó sin ganas, dejando caer el chorro directamente en el resumidero con la esperanza de que el sonido lo calmara.
Nunca sucedió; las voces de los demás estudiantes le prohibieron ensimismarse.
En cierta forma lo agradeció, no quería deprimirse más de lo que ya estaba.
Salió de la ducha y se encerró con sus cosas en el vestidor.
No le dirigió la mirada a nadie. Esa vez Tatsuro no lo interrumpió, ni vio a Naín ni a Sebastián acompañándolo por cada hombro.
Esa vez estaba solo, condenado a reflexionar sobre las decisiones que en tan solo dos días lo habían colocado entre la espada y la pared.
Sabía que eso afectaría su rendimiento en todos los aspectos, e hizo el esfuerzo por no preocuparse, pero el peso de la culpa le recordó quién era en realidad: un muchacho de buen corazón, que no quería verse involucrado en nada que afectara al prójimo.
Era sensible por naturaleza, de corazón de pollo, como decía su tía.
Estaba cansado de su mala suerte, de ser el centro de los problemas y no poder hacer nada para solucionarlo.
Se puso su ropa sin secarse por completo el cabello y así salió de los baños, al pasillo del segundo piso.
Lo tenía claro: iba a llegar a su casa a acostarse.
—Leone.
Oyó su nombre y volteó. Su mirada apagada cambió abruptamente, siendo sus ojos los primeros en iluminarse de una emoción positiva.
Quien lo llamó fue Naín, acompañado de Sebastián, ambos dominados por la incertidumbre.
Leone, por su parte, se acercó a ellos con una sonrisa discreta, pero al percatarse de que Tatsuro no estaba con ellos, se inquietó, tensando la correa de su mochila.
—¿Y Tsuro ?
Naín suspiró, como si su preocupación fuera un buen indicio. Meneó la cabeza y le dio dos palmadas en el hombro de forma amistosa.
—Se fue temprano —dijo—. Estaba muy enojado.
Sebastián asintió a sus espaldas.
Tras escucharle, Leone tragó saliva. Bajó la vista, arrepentido. Naín volvió a tocarlo.
—No te preocupes, el problema no es contigo.
—Siento que lo es.
Los dos muchachos voltearon entre sí, excluyendo a Leone por media fracción de segundo. Se hablaron con la mirada, sobre todo Naín, quien no disimuló su gusto.
—¿Te digo algo? Llevábamos cuatro meses queriendo hacer entrar en razón a Tsuro —lo abrazó por el hombro—. No subestimamos a Los Coyotes, pero Seb y yo coincidimos en que son unos abusadores.
De nuevo, Sebastián asintió, ahora con una sonrisa tímida.
—Gracias a que llamaste su atención y pasó lo que pasó, Tsuro ya no quiere ser parte de ellos.
En ese momento, Leone se petrificó. Un peso menos se esfumó de su espalda, siendo este el que más le atormentaba.
Naín, Sebastián y probablemente Tatsuro no dejarían de ser sus amigos.
Se relajó como nunca. Otra vez podía reafirmar su decisión respecto a Los Coyotes sin sentir culpa.
Sonrió de oreja a oreja, mas la borró al segundo por no querer verse desesperado.
Así que respiró, inflando el tórax, tomándose su tiempo.
—¿Mañana comemos juntos como hoy? —Naín lo soltó.
—Sí, sí —Leone contuvo su alegría.
—Sale. Cuídate.
—Adiós, Leone —Sebastián se despidió.
Los dos se fueron por el lado contrario, dejando en su lugar un silencio de quietud que mejoró el estado anímico de Leone.
Él sonrió sin dejar de ver cómo se iban, hasta que desaparecieron por completo y se quedó como idiota apreciando la nada.
Suspiró, llenándose de las fantasías positivas que ya se habían tardado en llegar.
Ladeó su cuerpo de izquierda a derecha y dio media vuelta para admirar el horizonte de la ciudad desde la gran ventana del pasillo.
Los rayos del sol reflejando la luz a través del cristal calmaron como nunca sus sentidos.
No se lo pensó, avanzó hasta el borde y pegó su cara al vidrio, dejando que el calor acariciara su piel.
Cerró los ojos, se mantuvo así, su frente comenzó a sudar.
Tras un par de segundos, se enderezó y...
un destello en el fondo de su visión lo distrajo.
Desde arriba, entre la calle y la reja que dividía el patio trasero de la academia, por donde entraba o salía el personal de limpieza al igual que los vehículos de servicio, una sombra inclinada se destacaba contra la luz de la tarde.
Era un color anaranjado intenso, casi quemante, que resaltaba como una chispa en el callejón.
Leone entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.
Lo reconoció enseguida. Ahí, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la reja y las rodillas cruzadas, estaba Russell Huzumán.
Su expresión era difícil de leer desde el segundo piso, pero el cansancio en su postura era inconfundible.
Leone sintió una punzada en el pecho, indeciso.
A su mente llegó la última interacción que tuvo con él (si podía considerarse así), cuando este le dedicó una mirada asesina tras salir de la dirección.
Era cierto que su primer encuentro no fue el mejor, y que se planteaba la idea de evitarlo para enfocarse en construir su nueva relación con Tatsuro y los demás.
No obstante, las palabras del entrenador Loya llegaron a retumbar en las paredes de su cabeza en el momento justo, iniciando un dilema que sabía que tarde o temprano llegaría.
Debía arreglar las cosas con Russell... Quería arreglar las cosas con Russell.
Algo, quizá el color anaranjado de su cabello, idéntico al fuego de la determinación, lo hacía quererlo.
Respiró hondo, apoyando ambas manos en el marco de la ventana, viendo una vez más la figura de Russell, quien no había notado su presencia por estar perdido en su propio mundo.
«— Haz las paces con Huzumán, ¿sí? »
Su corazón latió con fuerza, ansioso. Despegó la frente del vidrio y sonrió apenas un poco, girándose sobre sus talones para perfilarse a las escaleras. Bajó, se dirigió al callejón, abierto a ofrecer una amistad que, creía, sería necesaria para los dos.
Y ahí estaba, parado sin hacer ruido, a pocos pasos de Huzumán.
Se arrepintió al instante, quiso dar la vuelta e irse, pero sus pies se clavaron en la tierra.
Ya era demasiado tarde para desaparecer, Russell ya se había dado cuenta de su presencia; sus ojos verdes lo miraban con calma, opuesto a su reacción del día anterior.
Existía algo en su postura que incitaba a Leone a acercarse.
Y así lo hizo. Dejó su mochila de lado y tomó asiento junto a él sobre la baldosa sin dirigirle la palabra.
Ambos guardaron silencio, viendo fijamente a la pared de concreto de enfrente.
Así por varios minutos, demasiados como para inquietar a Leone.
Se lamentó de ser tan cobarde que ni siquiera tenía el valor de mirarlo a los ojos; arrugó la tela de su pantalón bajo sus manos sudorosas, que a su vez eran alteradas por el movimiento incontrolable de su pierna.
Respiró por la boca, intentando no verse desesperado, y por fin se giró hacia Russell.
Para su sorpresa, este ya tenía la vista en él.
—Yo... —Leone no pudo iniciar, el verde sus los ojos lo dejó ido.
Russell no reaccionó, siguió observándolo sin decir nada, enfatizando sus pupilas medianamente dilatadas entre sus párpados relajados.
—¿El maestro Loya te dijo algo? —preguntó firme.
Leone alzó las cejas. Mordió sus mejillas por dentro, creyendo que con eso disimularía sus nervios. No resultó.
Russell resopló, contuvo una sonrisa incrédula y se humedeció los labios antes de estirar su puño y mostrar lo que ocultaba dentro.
Leone bajó la vista, no había tenido la paciencia de analizar a detalle la posición del pelirrojo; se fijó en la etiqueta que sobresalía de su camiseta roja, después en el oscuro color sucio de su pantalón deportivo que tenía doblado hasta las rodillas como bermudas;
y finalmente sus zapatos deportivos rojos, nuevos, pero con la punta de la suela desgastada.
Regresó la atención a lo que le importaba, observó a Russell desdoblar lo que parecía ser una hoja de papel; se veía húmeda, quizá por la fuerza y el sudor que se concentró dentro de su puño.
Era un flyer con el escudo de la academia, texto, colores, y sobre todo, la imagen de dos jóvenes a punto de iniciar un enfrentamiento de lucha con aire épico.
Leone lo tomó, leyó el enunciado en silencio. Oyó a Russell suspirar.
—Al parecer fuimos víctimas del maestro Loya.
—¿Víctimas? —Leone lo miró de reojo.
—Adivino. ¿Te mintió diciéndote que yo estaba preocupado por ti y después te contó la historia de los Koi’Ann para hacerte sentir mal y que hiciéramos las paces?
Los dos se vieron mutuamente; Leone entreabrió los labios, soltó una sonrisa genuina al escuchar el tono con el que Russell habló, parecía molesto, tal vez con el orgullo dañado. Le resultó lindo.
—¿A ti te dijo eso? —ladeó la cabeza.
Russell bufó, inconforme. Desvió la mirada.
—Sí. Me mintió diciéndome que tú estabas preocupado por mí y me empezó a sermonear con eso. Se me hace una mamada, ¿no crees? Ni tú ni yo somos ese tipo de hombres.
Leone borró su sonrisa, dejó ver una mueca dubitativa tras escuchar lo último.
Se mordió el labio inferior, inquieto, por menos de un parpadeo.
Al final fingió una sonrisa y asintió, fue lo único que hizo para no dar un paso en falso.
Por fin su mente se iluminó y lo entendió: el maestro Loya era quien también entrenaba a Russell en sus clases privadas; habló con ambos y ejecutó su persuasión con éxito.
Sostuvo su sonrisa, que poco a poco se volvió genuina, y se acomodó en la pared, dejando que el silencio llenara el espacio entre los dos.
Mientras Russell seguía mirando a otro lado, claramente irritado, una idea tomó forma en su cabeza.
Era cierto que se preocupó por Russell a tal grado de preguntar por él, pero Russell creía lo contrario.
Para él, el maestro Loya había torcido la verdad con tal de manipularlo, y aunque Leone podía aclarar ese malentendido, decidió no hacerlo.
Si lo desmentía, resultaría incómodo para ambos, y no quería arruinar la nueva imagen que Russell tenía de él.
«Ni tú ni yo somos ese tipo de hombres».
No, por supuesto que Leone no quería ser diferente .
—Perdón por lo que pasó ayer —se armó de valor y lo encaró.
Russell lo volteó a ver de frente, tensó el entrecejo e inspiró por la nariz sin apartarle la mirada.