Vehemente 13 . HONOR DE UN KOI’ANN #2
46%

13 . HONOR DE UN KOI’ANN #2

Parecía que su mera presencia emanaba respeto, pues aunque el bullicio siguiera presente, algunos estudiantes dejaron de hablar para hundirse en sus mesas y no ser notados.

—Los Coyotes —le dijo al oído.

Leone tragó saliva. Sorprendentemente, el orgullo de Tatsuro desapareció, viéndose como un cachorro con la cola entre las patas.

—Todos son de segundo y tercer año, saben pelear y son chidos, pero al que le tienes que caer bien es al líder —Naín le susurró por la espalda, señalando al chico más alto de todos.

El escándalo se esfumó y Leone pudo concentrarse; siguió con los ojos la dirección que su amigo le brindó, deteniéndose en la figura de un muchacho bastante alto y fornido para su edad; moreno, de ojos miel, y el cabello castaño cortado en una media melena ondulada.

Vestido con el pantalón deportivo del uniforme (azul oscuro con rayas blancas a los costados) y una camiseta interior negra ajustada a su torso firme.

Su apariencia imponía, tenía todos los rasgos de un perfil perfecto masculino inuense: mandíbula marcada, cejas pronunciadas, nariz recta, y, raramente, su mayor atractivo era una delgada cicatriz al borde de su labio superior, pues lo hacía ver rudo, mucho más grande de lo que aparentaba.

—Diego de Ávalos —Naín hundió la cabeza, bajando su índice—. Tiene diecinueve, pero pega como una máquina.

—Dicen que es chido, aunque es difícil hablar con él; primero tienes que pasar por el filtro de su mano derecha, Valentino —Sebastián agregó, dirigiendo su mirada al único que tenía la confianza de permanecer hombro a hombro junto a Diego: un muchacho con los labios gruesos, moreno,

de un atractivo más norteño—.

Los dos son la cara de su salón; han ido a competencias nacionales representando a la academia y los profes les tienen la expectativa alta.

—¿En serio? —Leone tragó saliva.

—Por eso unirse a Los Coyotes es lo mejor que te puede pasar en esta escuela —Tatsuro se aclaró la garganta—. Si estás dentro, eres uno de ellos.

Sebastián y Naín asintieron, volviéndolo un hecho.

Leone se quedó pensativo. No le constaba, aún así, se sentía atraído ante la idea de tomarlo como una verdad absoluta.

Depositó su atención en el líder de Los Coyotes.

Por alguna razón se sintió satisfecho, pues si había llamado la atención de (según) la mejor banda de la academia, significaba que estaba haciendo las cosas bien.

Una discreta sonrisa orgullosa quiso formarse en sus labios, no obstante, la inquietud lo acechó por detrás.

Vio a Diego acercarse a su mesa junto a su grupo luego de escanear toda la sala, y cuando sus ojos miel se detuvieron sobre él, su piel se erizó sin motivo, como un escalofrío que le recordó que ya no era un niño.

El sonido desapareció, todo se volvió más lento ante su percepción. Diego agarró la silla vacía frente a él, la volteó y se sentó, apoyando su pecho y brazos en el respaldo con presencia; sus compañeros esperaron a sus espaldas; Valentino se cruzó de brazos, permaneciendo detrás de él.

Y ahí fue donde reaccionó: tenía a Los Coyotes cara a cara.

—La verdad es que ya quería conocer al nuevo en persona. —Diego se sobó la barbilla; hizo una pausa y miró a Tatsuro—. No creí que fueras a conseguirlo tan pronto.

—¿Qué te digo? Ya sabes cómo funciono; tú me dices algo y yo lo hago. —Tatsuro se apoyó en la mesa. —Esto suma puntos a mi reputación, ¿no?

Diego relajó los párpados, forzó una sonrisa y lo ignoró rotundamente; enfocó sus sentidos en el peliblanco; sus ojos color miel brillaron con interés.

—Leone, ¿no?

—Sí —este asintió, inquieto—. Y tú debes ser Diego...

—Ey —afirmó, humedeciéndose los labios—. ¿Estos te hablaron de mí?

—Algo así.

No pasó mucho para que Leone se sintiera intimidado.

Aún con Tatsuro a su costado, se veía a sí mismo como una presa a punto de ser cazada.

Jamás había conocido a alguien con el porte que Diego se cargaba .

Su mirada decía «soberbia»; sus brazos musculosos, «poder»; y su posición firme sobre la silla, «aquí yo soy el rey».

No tenía ni idea de quién era, ni por qué parecía tener tantos seguidores y chicos que lo respetaban.

Sin embargo, entendió por qué Tatsuro quería ser parte de su grupo: los otros integrantes se veían igual de grandes y fuertes que Diego; uno de ellos (Valentino) ya tenía indicios de una barba marcada y las facciones más desarrolladas.

Imponentes como un hombre que dejó de lado la debilidad de un chiquillo. Porque solo así se les podía tomar en serio: siendo hombres capaces de superar a sus padres. Ese era el motivo de crecer, el de todos, no solo de Tatsuro. Confesó que el de él también.

—Entonces ya sabes quién soy —Diego inspiró.

Leone asintió, su visión fue enfocándose de nuevo.

—Bueno, pues llamaste mi atención. Quiero que te unas a Los Coyotes como mi bina de pelea.

Y, de inmediato, Tatsuro se sobresaltó, no emitió ningún sonido, solo clavó su vista en Diego, incrédulo de lo que acababa de escuchar.

A su vez, Naín y Sebastián se miraron entre sí, ansiosos. Leone tragó saliva, no supo qué pensar, ni si lo que acababa de escuchar era bueno o malo; en eso vio a los compañeros de Diego moverse de un lado a otro, compartiendo gestos de confusión.

—¿Bina de pelea? —Tatsuro se levantó y apoyó las manos sobre la mesa—. Sabes que es su segundo día, ¿no? Este es un perrito apenas; no tiene idea de nada, ni siquiera te conocía hasta que yo le expliqué.

Diego lo miró por medio segundo, rodó los ojos con desdén y lo ignoró de nuevo.

La situación era una bomba de tiempo, Leone lo sintió.

Tragó saliva, evitando cualquier contacto visual; su pierna tembló de un lado a otro, quiso disimularla pegando ambos talones al suelo, pero no pudo.

Tatsuro fue agarrado en curva, no necesitó conocerlo de toda la vida para saberlo.

Su temperamento agresivo salió lentamente con cada segundo que transcurría, y de cierta forma Leone se sintió culpable.

—¿Entonces? —Diego se inclinó para llamar su atención—. ¿Qué dices?

Ferrán lo miró aún con la cabeza inclinada, sus mechones blancos le cubrieron parte de la cara.

—Te daré hasta la hora de salida para que lo pienses —se levantó de la silla, dando por terminada la reunión—. Búscame afuera de los salones del primer piso. Te recuerdo que esto no es cualquier invitación, así que piénsalo bien.

Los Coyotes abrieron paso para que su líder quedara en el centro.

Diego dio media vuelta, perfilándose a irse con Valentino cuidándole la espalda.

Creció un silencio como si Leone se hubiera quedado sordo, incluso sus oídos fueron invadidos por ese pitido tras una explosión.

Pensó que todo había acabado ahí, que sus problemas se solucionarían independientemente de la respuesta que diera.

Pensó en que ya había encontrado un lugar a cual pertenecer, mínimo con sus nuevos amigos y tal vez en un futuro con Russell.

La paz de su ingenuidad fue perturbada por quien más esperaba.

—¡Diego! —Tatsuro rodeó la mesa; avanzó hecho una furia—. ¿¡Y cuándo me vas a dar una oportunidad a mí, eh!?

Alzó la voz lo suficiente para alertar a todos en la cafetería. Diego se detuvo, mas no se dignó a voltear.

—Me tienes como tu pendejo desde que llegué y ni así me dejas acercarme lo suficiente —tensó ambos puños—. ¿Cuánto maldito tiempo voy a tener que esperar más? ¿Y por qué a Ferrán le das la oportunidad así porque sí? ¡Si yo he hecho mucho por ti para ganarme tu confianza!

—Tsuro ... —Naín quiso intervenir.

—¡DIME, CAbrÓN! ¿¡NO TIENES PUTA BOCA O QU—!?

No pudo terminar, Valentino se interpuso y le sembró un golpe en la mandíbula que lo calló inmediatamente.

Un sonido seco que sorprendió a todos, menos a Los Coyotes.

Tatsuro cayó sobre la mesa, casi inconsciente, que de no ser por Naín, se habría lastimado la columna al impactar.

Leone abrió bien los ojos, no se lo pensó y rodeó la mesa para ayudar a mantenerlo de pie.

—Ahora sí muy calladito, ¿eh? —Valentino se acercó con ganas de seguir—. A ver si me aguantas otro, puto.

—¡Ya, ya, discúlpalo! —Sebastián se cruzó; incluso con las piernas temblándole, agarró valor para encararlo—. Ya déjanos, por favor.

Valentino bajó el puño, resopló, conteniendo una sonrisa satisfecha y señaló a Tatsuro.

—Que sea la última vez que el cabrón le habla así a Diego. Y que se vaya olvidando de cualquier trato entre nosotros.

Leone le dio la espalda; frunció el ceño preocupado, sintiendo su corazón latir a mil por hora.

La voz de Valentino era áspera y ruda, penetró en sus tímpanos, creyendo que en cualquier momento lo atacaría por detrás.

Pronto escuchó murmullos de los estudiantes presentes, algunos acercándose, otros yéndose.

Poco le importó involucrarse en un escándalo en su segundo día.

Vio a Tatsuro, apenas recuperándose, y no pudo evitar sentirse responsable de todo.

Quiso llorar de la impotencia, pues no quería perder las amistades que por mera suerte había consolidado.

Se tragó cualquier gesto débil aunque le costara demasiado, y sin pena, giró la cabeza, mirando a Diego de reojo, percatándose de que todavía seguía ahí, siendo respaldado por los suyos, con la confianza de que sus actos no tendrían consecuencias por quien era.

Lo entendió en ese instante después de verle la expresión orgullosa.

Si ese era el tipo de luchador que le esperaba ser dentro de Los Coyotes, no quería tener nada que ver.

Ni aunque le rogaran, ni aunque fuera el mejor candidato, jamás sería parte de un imperio alimentado por el poder injustificado.

Jamás sería parte de Los Coyotes.

Lo decidió.