13 . HONOR DE UN KOI’ANN
Inu Koi, 2051.
—¿Cómo te fue? —la voz de su padre rompió el silencio dentro de la camioneta.
Leone parpadeó tres veces, despertó de su trance y vio sus alrededores. Recargaba su cabeza en la ventana cerrada del vehículo; el aire acondicionado le daba justo en la cara, sus fosas nasales estaban congeladas. Traía puesta una sudadera azul, eso evitó que el frío lo arrullara.
Miró a su padre por medio segundo, ansioso, sin saber con qué comenzar.
—Bien —se limitó—. Creo que ya tengo amigos. Y un profesor me ve potencial.
—Ese es mi gallo —el hombre mostró una sonrisa de oreja a oreja aún con la vista en el camino y despeinó a su hijo en un acto cariñoso.
Él sonrió ante el tacto. Su padre era ese lugar seguro al que siempre acudía sin importar las circunstancias. Era su guía, su ejemplo; un buen hombre con quien contar. Y, a pesar de la confianza, esa vez no se atrevió a decirle la verdad.
— ¡Ya, ya, ya suéltame, me rindo!
—Es suficiente, Ferrán —el maestro Loya alzó la voz.
Leone dejó de aplicar fuerza en una llave sobre el brazo de su oponente y lo soltó.
Aflojó sus músculos, dejándose caer sobre la colcha que tapizaba toda el área de entrenamiento.
Volteó a ver a su compañero, a Naín, uno de los amigos de Tatsuro, quien estaba igual que él, echado y jadeante, con la diferencia de portar una expresión adolorida.
Leone le sonrió, y este le correspondió.
—Ferrán, buena reacción y fuerza, seguiré trabajando contigo mañana a esta hora —el maestro Loya dio vueltas por el salón mientras anotaba en una libreta—. Roldán, te falta todo; mañana te veré más temprano.
La sala se quedó en silencio. Solo estaban ellos: Leone, Naín y el entrenador.
Una clase personalizada para ver en singular las capacidades de cada estudiante.
Muy opuesto a lo que aparentaba, Naín no se lo tomó mal; siguió echado en la colcha, recuperando el aliento y dejando que por sus cabellos negros escurriera el sudor.
La clase terminó, el profesor empezó a recoger las colchonetas del suelo. Leone siguió sus movimientos en silencio; se sentó cruzando las piernas y se giró hacia Naín. Él le dedicó un gesto amigable, llamándolo con un meneo para que ambos se levantaran.
—¿Seguro que eres nuevo? —le preguntó al tomar sus cosas.
Leone sonrió.
—Sí.
—Eres bueno. Casi parece que llevas entrenando toda la vida.
Las palabras de Naín, honestas, hicieron que el cuerpo de Leone entrara en un estado de serenidad absoluta.
Estaba acostumbrado a recibir ese tipo de comentarios, sobre todo de su familia.
Tenía callo, era consciente, quizá porque su padre le enseñó a defenderse desde niño, o simplemente porque se la pasaba viendo enfrentamientos de lucha mínimo cinco horas al día.
Una ventaja por encima de la media, lo aceptaba; no obstante, creía que no era ningún talento nato, solo el resultado de su constancia y disciplina hacia lo que más le apasionaba.
Aún así, se dejó querer; dibujó una sonrisa orgullosa en sus labios, agradándole más a Naín.
—Te veo al rato —se despidió de él con un golpecito en el hombro.
Y se fue, dejando a Leone perdido en el rastro de sudor y las huellas de las manos en la colchoneta.
—Comenzaste con el pie derecho —la voz del maestro Loya generó eco—. Me alegra.
Ferrán se giró; asintió con timidez y entrelazó sus propios dedos, mirándolo a los ojos. Opuesto a su padre, el entrenador Loya podía tener una perspectiva diferente, y aquello fue lo que lo motivó a abrirse.
—Maestro…
—Dime, Ferrán —este cerró con llave el casillero de los materiales.
—¿Qué ha sido de Russell?
El aire se sintió frío, como si el mero hecho de mencionar aquel nombre fuera suficiente para desestabilizar a Leone y su propia realidad. El entrenador, mientras tanto, se rascó la nariz, indiferente ante la pregunta.
—¿ Huzumán ?
—Ayer no lo vi en los entrenamientos...
—Está recibiendo clases particulares con un entrenador en el tercer piso. Tengo entendido que será así solo por esta semana hasta que controle sus problemas de ira.
Mencionó aquello con una tranquilidad que ni Leone se la creyó. ¿Clases particulares? Entonces por eso no supo nada después, ¿pero por qué? ¿Tan radical fue la decisión de la directora?
Y eso solo lo hizo sentirse peor, Russell le agarraría odio.
—Te preocupas por él, ¿no?
La voz del entrenador, de cierta forma, lo calmó. Leone enderezó el rostro. No supo con qué fin le había preguntado eso, sin embargo, la serenidad que transmitía lo orillaba a pensar que simplemente quería ayudarlo.
—Sí —confesó hundiendo los hombros.
De nuevo surgió otro silencio, un poco más ligero que el anterior. El hombre le sobó la cabeza y lo despeinó, pero a diferencia del tacto cariñoso que solía recibir de su padre, aquel era un «no seas tonto».
—Qué bueno que sigan existiendo jóvenes como tú. Llevas la sangre de tus antepasados.
Leone entreabrió los labios, confundido.
—¿Sabes por qué la lucha es importante para nosotros?
La respuesta dependerá de a quién se lo preguntes; eso no quita el hecho de que la lucha fue lo que nos mantuvo con vida en tiempos de guerra.
Ahorita es un espectáculo; antes era una necesidad —Loya abrió la puerta y apagó las luces del salón, dejando que la iluminación del exterior dibujara una línea entre el marco y la mitad del suelo que le dio únicamente a Leone—.
Los borgianos intentaron conquistarnos más de una vez, y a raíz de la desesperación, surgieron los Koi’Ann: guerreros implacables; defendían nuestras fronteras del extranjero, y con el tiempo, se convirtieron en los luchadores que conocemos hoy.
Salieron al pasillo. Leone seguía atento.
—Haz las paces con Huzumán, ¿sí? Un luchador pelea hombro a hombro junto a sus hermanos, no contra ellos.
Así que piénsalo, Ferrán, por favor; sé consciente de tus raíces y haz las paces con ese muchacho para ser un verdadero Koi’Ann.
No dejes que el orgullo te supere; todavía estás muy joven pa’ eso.
En medio del silencio, una pequeña ráfaga de viento trajo consigo el bullicio de los estudiantes que recién salían de sus clases. Leone aflojó la mandíbula. Su maestro le sonrió, lo despeinó por segunda vez y se despidió con un meneo de cabeza.
—Te quiero listo mañana. Empezaremos directo para pulir tus defensas —fue lo último que dijo.
Tardó en reaccionar. Era lo que necesitaba, ese pequeño empujoncito para poder actuar como debió hacerlo desde el principio. Con el respaldo de su entrenador, sintió que no estaba loco, así que reafirmó su propósito.
La cafetería se llenó de estudiantes escandalosos que aprovechaban cualquier mínima oportunidad para gritar y reírse a carcajadas.
Por fortuna, Leone alcanzó un lugar: una mesa para cuatro personas en la que solo estaba sentado él, encorvado, con ambos codos apoyados mientras masticaba su intento de sándwich de jamón.
Disfrutó el primer y único bocado que le había dado, porque en eso sintió la mano de alguien rozarle la espalda.
Tres muchachos tomaron asiento en las sillas disponibles.
—¿Qué onda, fiera?
Esa voz nasal la reconoció. Era Tatsuro, junto a Naín y Sebastián.
—Hola —respondió tratando de masticar más rápido.
—¿Qué estás comiendo? —Tatsuro se sentó a su lado; preguntó con una mueca de disgusto a la vez que sacaba una lonchera de su mochila.
—Sándwich —Leone tragó, miró a su compañero con el entrecejo tenso—. Se me hizo algo tarde y fue lo primero que me hice.
Al ver que aquel supuesto almuerzo constaba de dos láminas de pan blanco con una rebanada delgada de jamón, sin ningún tipo de aderezo o verdura, Tatsuro se lo arrebató de las manos. Leone no alcanzó a reaccionar, en menos de un parpadeo se había quedado sin qué comer.
—¿El nuevo que se ganó la atención de Los Coyotes está comiendo esto? —Tatsuro se levantó. Con una puntería innata lanzó el sándwich al bote de basura más cercano.
Nació un pequeño silencio entre los cuatro. Leone estuvo a punto de reclamarle, pero al ver que Naín y Sebastián permanecían tranquilos, se retuvo. Tatsuro volvió a tomar asiento, deslizó su lonchera y la abrió, sacando lo que parecía ser un sándwich más grueso, envuelto en una servilleta blanca.
—Toma.
—¿Qué? —Leone se recargó en el respaldo, negó.
—Tienes que comer bien —se lo dejó enfrente—. No quiero que te me desmayes cuando estés con Los Coyotes; me dejarás en ridículo. Cómetelo, ándale.
Indeciso, obedeció. Dio la primera mordida, y su cuerpo se quedó estático al distinguir tres sabores que juntos, lo hicieron sentir en el paraíso: jamón, queso y aguacate. Suspiró al masticar, cerró los ojos, dejándose llevar, cuando sintió un cuarto sabor que lo volvió loco.
—¿Tocino?
—Date, hoy vine generoso —Tatsuro exageró su sonrisa de oreja a oreja.
No pasó ni un segundo para que Naín y Sebastián corearan echando carrilla, como si la amabilidad del muchacho fuera inusual. Existía algo en el aire que se sentía ameno, sin hipocresías o dobles intenciones.
Tatsuro era de corazón noble, no había duda de ello, y Leone lo apreció.
Una relación sana entre los cuatro surgió a raíz de comentarios irrelevantes o gestos que se destacaban del otro.
La pasaron bien todo el receso, conociéndose, integrando a Leone.
Así hasta que el reloj general marcó las 10:26 de la mañana, faltando cuatro minutos para que la siguiente clase comenzara.
Y, en ese momento, Naín pateó la pierna de Tatsuro por debajo de la mesa, a modo de llamado.
Leone se percató. Sebastián se levantó de la mesa mirando hacia atrás.
—Tsuro... —susurró dejando libre el asiento.
Tatsuro alzó una ceja, se dio la vuelta, apoyando una de sus manos en el borde de la silla.
Su ceño naturalmente duro se relajó al divisar a un grupo de cinco muchachos que había entrado a la cafetería.
A diferencia de Sebastián, solo arrastró su silla para quedar junto a Leone, y este sin saber lo que ocurría, lo miró por encima del hombro esperando una explicación.
—¿Están aquí? Se suponía que nos veríamos después de clase.
Mencionó lo último para sí mismo. Leone, por su parte, se enderezó, inquieto.
Dirigió su vista a los que se integraron, que se veían más grandes por dos o tres años.