12 . EL DESPERTAR DE UN LEÓN #3
No me dan la oportunidad, nomás me tienen como su mandadero.
Era imposible no escucharlo, el volumen de la conversación se hacía más intenso, se acercaban a los vestidores.
—Por cierto, ¿no has sabido nada del susodicho?
—¿Quién? —por fin logró distinguir la voz del otro muchacho.
—El nuevo.
«El nuevo».
Leone se quedó quieto al terminar de ponerse el pantalón. Perdió sus sentidos en la madera de la puerta y repitió esa palabra en su mente que por alguna razón lo hizo temblar. ¿Él era el nuevo? «Sí», pensó, pero después negó. Él no era nadie, quizá se referían a Russell.
Y justo cuando logró convencerse, la perilla de su puerta se movió a un ritmo frenético. Se sobresaltó, pegó su cuerpo a la pared del lado contrario por instinto y enmudeció.
—Ey, Naín, ya deja de estar puliendo, güey; tenemos que buscar al nuevo —el chico de la voz nasal insistió, era él quien forcejeaba la perilla—. ¡Naín!
La mala suerte para Leone regresó en ese instante.
La puerta de su vestidor se abrió, dejándolo expuesto en uno de sus momentos más íntimos.
Solo llevaba sus pantalones, y aunque presumía un torso esbelto y bien tonificado para su edad, se avergonzó.
Lo primero que vio tras el marco fue el rostro de aquel muchacho que hace unos segundos se jactaba de haber derribado a alguien: moreno, ojos oscuros y cabello negro peinado hacia atrás con un moicano; vestía una pantalón deportivo azul marino y una camiseta blanca sin manga.
Tenía el entrecejo fruncido, marcando una delgada cicatriz al final de su ceja derecha, pero en cuanto vio a Leone, su expresión se ablandó abruptamente.
—Ya estoy —una tercera voz sonó, y a la vez, salió un joven del vestidor vecino.
El moreno de la camiseta blanca volteó a ver al que se había integrado, y bastó con esa minúscula reacción en su ceño para que Leone se diera cuenta de que se habían equivocado de puerta. El dichoso Naín se asomó, cruzó miradas con Leone y volteó a ver atónito a sus compañeros.
—Oye, perdón…
—Tú eres Ferrán, ¿no? El nuevo. —el chico de la camiseta blanca lo interrumpió empujando su cuerpo fuera del campo de visión.
Tras oír su propio apellido, Leone tensó sus puños detrás de la espalda. Se inquietó. Quiso mantenerse firme pese la atención indeseada de los tres desconocidos acorralándolo .
—Sí, soy yo —respondió, desviando la mirada.
—Me llamo Tatsuro —se presentó señalando a los otros—. Este es Naín y el de atrás es Sebastián.
Leone asintió forzando una sonrisa. Creyó que con su incomodidad haría por lo menos que los tres se alejaran de la puerta, pero no.
—Tú te peleaste con el hijo del Conquistador —Tatsuro se cruzó de brazos.
—No exactamente —se avergonzó.
Naín y Sebastián retrocedieron dos pasos, dejando al más alto de todos bajo el marco del vestidor. Leone suspiró, aquello le permitió enfocar sus sentidos en Tatsuro, quien se sobó la barbilla, barriéndolo con la mirada, y le sonrió de lado, mostrando sus dientes frontales ligeramente torcidos.
Luego de pensarlo un par de segundos más, Tatsuro vaciló, dirigió su puño al costado de la cara de Leone y él en un reflejo automático bloqueó perfectamente el futuro golpe. Tatsuro se detuvo antes de tocarlo. Sonrió.
—Con razón te echaron el ojo.
Leone soltó un jadeo, lentamente bajó la guardia.
—¿Qué? —tragó saliva al tranquilizarse.
—Está circulando el video de tu pelea con el hijo de Huzumán.
A cada nueva palabra que oía, el aire se le escapaba de la garganta.
—Ellos te quieren conocer —Tatsuro se recargó en el marco—. Me mandaron a buscarte.
—¿Quiénes?
Pasó un silencio ensordecedor, dejando que lo único que se escuchara fuera el bullicio muy al fondo a través del cubo en el que ambos estaban metidos.
—Los Coyotes —alzó una ceja orgulloso, esperando su respuesta.
Sin embargo, Leone ni se inmutó, aquello indignó a Tatsuro.
—¿Qué? —se enderezó—. ¿No sabes quiénes son?
Ferrán negó.
—Son los mejores de aquí —se le acercó, lo abrazó de lado a la vez que con su mano libre tomaba su mochila.
Caminaron fuera del vestidor—. Ahí solo están los mejores de cada grupo.
Y te diré algo, fiera, he querido unirme desde que llegué aquí, pero nunca me pelan; así que más te vale aceptar lo que sea que ellos te digan o si no yo te voy a partir tu madre por desaprovechar la oportunidad, ¿estamos?
—Eh...
—Mañana te veré aquí a la misma hora —le lanzó la mochila y Leone la cachó con ambas manos—. No me quedes mal.
Tatsuro se fue, no sin antes señalarlo mientras avanzaba de espaldas con Naín y Sebastián. Leone se quedó ahí, en medio de los baños, abrazando la mochila contra su pecho desnudo.
«Los Coyotes». Según, los mejores de la academia. Un grupo de renombre del cual podía ser parte, y, mejor aún, logró llamar su atención en su primer día. Una noticia que naturalmente lo pondría feliz, orgulloso..., ¿pero a qué costo?
«Russell vino a cambiar de aires».
«Russell tiene problemas».
«Russell es de otra escuela».
«Russell quiere ser aceptado».
—Como yo.
Tal vez había experimentado una epifanía. Por supuesto que quería encajar y vivir en el éxito, pero no iba a hacerlo a costa del sufrimiento de alguien más.