12 . EL DESPERTAR DE UN LEÓN #2
No lo conocía para nada, mas tenía en claro que su palabra valía más que la suya solo por tener el apellido « Huzumán », y probablemente se aprovecharía de ello, poniendo a los demás en su contra.
¿Eso quería? No, por supuesto que no. Quería encajar, hacer amigos y cumplir su sueño.
¿Pero ahora qué? ¿Y si eso afectaba su reputación para siempre?
Así que se quedó callado, sin saber qué hacer, dejando que el miedo lo controlara.
—¿Ferrán?
Oyó su nombre, volvió a despertar. Se había quedado tan inmerso en su pesimismo que no se fijó que Russell ya se había ido; en su lugar estaba la directora Liu, esperando en la puerta.
—Ahora quiero oír tu versión. —la mujer inició al tomar asiento.
Leone tensó la mandíbula, se enderezó en la silla.
—¿Le dijo algo?
—Me dijo muchas cosas —ella se recargó, despreocupada—. Que te quería romper la cara, que le tiraste el desayuno, que era su proteína favorita y que no quería que estuvieras en la misma clase que él.
El chico se encogió de hombros. Se inquietó, su pierna tembló por debajo de la madera. La directora se dio cuenta; en su respuesta, ablandó su gesto y le dedicó una mirada tranquila.
—Conozco a tu familia, Ferrán —se apoyó en el escritorio, acercándose a él—. Sé por lo que están pasando, y también sé que todo esto fue un accidente.
Al escucharla, los ojos de Leone se apaciguaron.
—Pero también conozco a la familia de Russell —siguió—.
Él vino aquí para cambiar de aires. Tuvo varios problemas en su antigua escuela, así que sus reacciones pueden ser un poco agresivas.
No te pido que lo perdones, solo que entiendas que él no está en sus facultades para relacionarse con nuevas personas pronto y probablemente no lo hizo a propósito.
Aunque, si te vuelve a intimidar sin motivo, que sepas que yo estaré vigilándolo ; recibirá una leve sanción por lo que sucedió en el pasillo.
Leone tragó saliva. No supo si alegrarse o preocuparse. Asintió en silencio, cada vez empujándose a sí mismo sobre el respaldo de su lugar. La directora suspiró, dejó ver una sonrisa y juntó sus manos.
—Puedes irte.
Mas el chico se mantuvo quieto por unos instantes.
Fijó su vista en un punto sobre la nada y repasó la corta explicación.
De nuevo, la inquietud rodeó sus brazos, haciéndolo sentir entre la espada y la pared aunque ya estuviera fuera de peligro.
Una corazonada, un empujón de curiosidad e ímpetu floreció desde su interior.
«Problemas», repitió. Esa palabra tenía tantos significados, pero para Leone solo tenía uno.
Pensó en Russell, en su apariencia llamativa y esos ojos verdes que parecieron arder como el fuego cuando estaba encima de él, deseando acabarlo a golpes tras el malentendido.
Una reacción amenazante que cualquiera tomaría a la defensiva, pero Leone no; no podía odiarlo ni aunque lo contemplara más de dos veces.
Sabía que había algo más detrás de la ira de Russell, algo que él mismo podía entender.
Porque tras la muerte de su madre, hace unos cuantos años, le había sucedido algo igual.
La necesidad de ser aceptado, de encontrar un sitio donde pertenecer y solucionar todos los problemas. Conocía ese anhelo, demasiado.
Quizá era una oportunidad que la vida le estaba dando para que en vez de reservarse como lo llevaba haciendo, se atreviera a dar el primer paso.
Se topó con Russell, fue el primer chico con el que intercambió palabras y eso ya fue suficiente para considerarlo una señal.
Se prometió a sí mismo que no dejaría que sus inseguridades lo controlaran más.
Estaba decidido, iniciaría un nuevo ciclo en su vida, en su nueva escuela, con nuevas experiencias. Y, aunque sabía que sería difícil, daría su primer paso, empezando con Russell.
El día dejó de tener sorpresas, como cualquiera.
Leone se esforzó por darlo todo y compensar el inicio de su primer día.
Entre horarios intentaba ser amable, haciendo gestos como compartir su agua o halagar los movimientos del que tenía al lado, pero sabía que debía hacer más si quería formar parte de un grupo, o siquiera entablar una amistad con alguien.
Por otro lado, no se permitió distraerse durante las clases, eso bien le terminó.
Su esfuerzo por destacar académicamente dio frutos más rápido de lo que pensó, o al menos logró el avance que buscaba, ya que al finalizar el último entrenamiento, el maestro Loya le dedicó una mueca de aprobación que para muchos pudo haber sido insignificante, pero que para él lo fue todo.
La campana de la última hora sonó. Sudado y con una sonrisa satisfecha, Leone se dirigió a las duchas, emocionado ante la idea de bañarse por primera vez como estudiante de la academia.
Siguió su rumbo, pensando en todas las cosas que le diría a su padre.
Y, en eso, su felicidad desapareció. Llegó al pasillo del segundo piso, orillando a su mente a que recordara el escándalo que provocó.
Sus piernas se detuvieron inconscientemente, inquieto; existía un detalle que por más que quiso ignorarlo, seguía presente en sus prioridades, perturbando su disposición: no había visto a Russell desde la charla con la directora.
No volvió a toparse con él y nunca lo vio en los entrenamientos, que si mal no recordaba, se suponía que estaba en su mismo grupo.
Aquello le preocupó. Tenía claro que eso no le incumbía, pero se había hecho una promesa, y así como se empeñaba por limpiar su imagen con los demás, tenía que hacerlo con Russell, el principal y único afectado.
Llegó a las duchas, entró, se bañó, y el agua sobre su espalda le ayudó a pensar.
Imaginó posibles escenarios, conversaciones y respuestas.
Se quedó más tiempo de lo estimado. Al final salió del cubo con una toalla en la cintura y más estudiantes estaban ahí; algunos duchándose en sus respectivos espacios (podía oír el sonido de las demás regaderas); otros lavándose las manos o cepillando sus dientes;
otros charlando o que solo perdían el tiempo acostados en las bancas o recargados en los casilleros.
Un ambiente ruidoso, «varonil», propio de un baño de hombres en una escuela inuense.
Aquello fue suficiente para distraerlo y hacerlo sonreír.
Le gustaba ese mundo, pertenecía ahí.
Tomó sus cosas y se encerró en un vestidor; desdobló su ropa a la vez que escuchaba el bullicio del otro lado de la puerta, como si fuera música para sus oídos.
—¿Qué onda? —la voz de un chico resaltó entre las demás por su timbre ligeramente grave y nasal.
Hablaba con alguien del que no pudo oír su respuesta—.
Nada. El vato ese no aguantó nada, nomás llegué y ¡pum!
, pa’l suelo. Ey, sí; yo no sé por qué estos no se fijan; parece que se tapan los oídos cuando yo paso.