12 . EL DESPERTAR DE UN LEÓN
2 meses después.
Inu Koi, 2051.
L eyó en voz baja lo escrito en un pedazo de papel: «2°A».
Suspiró queriendo olvidar la ansiedad que le causaba pensar en las muchas formas de no ser bienvenido tras cruzar la gran puerta frente a sus narices.
Sus ojos claros se detuvieron en las perillas doradas, y siguió hundido en su imaginación por quién sabe cuánto hasta que un claxon le hizo reaccionar.
—¡Suerte en tu primer día! —alguien le gritó.
Dio media vuelta, le sonrió al hombre en el volante y este se despidió al arrancar sobre el asfalto.
Hubo un silencio. Su sonrisa tardó en desaparecer; pocas eran las cosas que lo ponían feliz y su padre era una de ellas.
Tomó aire, decidido. Apretó las correas de su mochila e infló el pecho, dirigiéndose a la entrada que tanto lo intimidaba.
Porque él era Leone Ferrán, hijo de un viudo humilde; y que a sus dieciséis años recién cumplidos, haría realidad el mayor de sus deseos: entrar a la academia de lucha y convertirse en el mejor.
Tenía que buscar su respectivo salón. Bajó el papel, arrugándolo en su puño como si su vida dependiera de ello.
Se adentró por el pasillo luego de subir las escaleras principales y perdió la vista en las ventanas que adornaban el primero de tres pisos.
Apreció un patio verde rodeado de aulas, con el espacio suficiente para realizar cualquier actividad física al aire libre.
A lo lejos, del otro lado, estudiantes fuera de sus salones, conversando o perdiendo el tiempo entre ellos.
Su ansiedad casi desapareció; anheló con ganas poder ser parte de un grupo y tener amigos en cualquier lado.
Mostró una sonrisa, adentrándose en sus fantasías ingenuas, y un bullicio le obligó a detenerse.
Frente a él vio un cúmulo de jóvenes bloqueando más de la mitad del corredor, casi amontonándose entre sí.
No fue discreto, la curiosidad le ganó. Intentó adentrarse en la multitud, mas al no conseguirlo del todo, saltó un par de veces con la esperanza de toparse con el meollo.
Sin éxito, se mantuvo quieto a la vez que sentía a más chicos agruparse detrás de él. «¿Qué ocurre?», pensó.
Y, con demasiada casualidad, escuchó a un estudiante a sus espaldas preguntarle a su amigo exactamente su misma duda:
—¿Qué ocurre?
—¡Alguien vio el nombre de Russell Huzumán en la lista de asistencia de este semestre!
«¿Russell Huzumán?»
— ¿¡Russell Huzumán!? —el chico casi se iba para atrás—. ¿¡El hijo del Conquistador De Fuego !?
—¡Sí!
Leone dejó de oírlos; se quedó paralizado, dejando que los otros lo empujaran.
Juan Pablo Huzumán, «El Conquistador De Fuego», el mejor luchador de todos los tiempos.
Por supuesto que lo conocía, desde siempre.
Mentiría si dijera que era irrelevante en su vida, pues gracias a él se interesó en la lucha.
Esos fines de semana donde se desvelaba con su padre para ver las repeticiones de los enfrentamientos forjaron sus sueños.
Apenas ayer era un niño obsesionado con los grandes luchadores, y ahora estaba en su primer día, enterándose de que el hijo de su ídolo entrenaría en el mismo lugar que él.
Su corazón latió con fuerza, sus pensamientos volaron a un futuro glorioso, soñando con la posibilidad de convertirse en una leyenda, pues si Pablo Huzumán había elegido la misma academia para su hijo, significaba que él también tenía la oportunidad de alcanzar la grandeza.
Sonrió, confianzudo, apretando las correas de su mochila mientras se tambaleaba de un lado a otro.
Dispuesto a irse, retrocedió, queriendo salir de la multitud, pero sintió un tirón brusco en su espalda.
Hacia atrás se dio cuenta de que el cierre de su mochila se había atascado en el llavero de otro estudiante.
Intentó desengancharlo, pero la presión de los demás no ayudaba y cada vez se volvía más difícil moverse.
El cierre se resistió unos segundos antes de ceder de golpe, rompiéndose y haciéndolo retroceder por la inercia.
Perdió el equilibrio, salió de la aglomeración casi disparado y empujó accidentalmente a un muchacho que pasaba detrás de él, provocando que este se golpeara contra el pilar de la ventana y dejara caer su propia mochila.
Leone logró incorporarse a duras penas; el sonido del cierre aún resonaba en sus oídos. Vio de reojo la mochila del muchacho con el que había chocado. Alzó el rostro, con la disculpa en la boca, pero antes pronunciar una palabra, su cuerpo se paralizó por segunda vez.
Sus ojos se encontraron con los de un joven de su misma estatura: moreno, de ojos verdes; sin embargo, lo que más le perturbó fue su cabello anaranjado, idéntico a... ¿El Conquistador De Fuego?
Era imposible no darse cuenta del parecido entre padre e hijo.
Para su mala suerte, había conocido a Russell Huzumán de la peor manera.
El pelirrojo tenía su atención clavada en el suelo; Leone lo imitó.
Una barra de proteína estaba tirada en el piso, aplastada a la mitad por el peso de la mochila y parte de la envoltura.
Fue ahí donde Ferrán se arrepintió de todo.
Dirigió sus ojos al chico, quien seguía perdido en los pedazos de frutos secos y arroz esparcidos por el pasillo; notó sus puños tensarse, por lo que se apresuró a hablar con tal de evitar un malentendido.
—Eh... Yo...
No pudo empezar. Russell se fijó en él, sus ojos verdes, intensos, le hicieron callar.
—¡Russell Huzumán!
Pronto los demás se dieron cuenta.
—¡Es Russell Huzumán!
—¡El hijo del Conquistador De Fuego!
La atención recayó en ambos. Murmullos, miradas. Todo perturbó la paciencia de Russell; cada segundo que pasaba empeoraba su interpretación.
—¿Qué te traes?
Leone tragó saliva, dio un paso atrás.
—Perdón, fue un accidente... Yo…
—«Perdón, fue un accidente» —el pelirrojo lo arremedó.
En un movimiento rápido, le lanzó un golpe, y Leone, con los reflejos agudos a raíz del miedo, esquivó el puñetazo al último segundo.
La multitud suspiró asombrada. Unos se retiraron, otros empezaron a animar la pelea, y aunque era obvio que todos apoyaban al hijo del Conquistador, este se sentía amenazado, con el orgullo por los suelos.
Vaciló, haciéndole creer al peliblanco que lo golpearía en la cara de nuevo, pero lo tacleó.
Los dos cayeron al suelo. Tomó a Leone del cuello de su camiseta con intenciones de partirle la cara, pero él no se dejó; le respondió con un puñetazo limpio debajo de la nariz, obligándolo a que lo soltara.
Russell se tragó el dolor; percibió el sabor del hierro entre su encía superior. Evitó verse débil, aunque su cuerpo pedía a gritos sobarse, no lo hizo. Se arrodilló.
Leone, por su parte, jadeó sorprendido, incapaz de creer que había golpeado al hijo de su ídolo.
Se arrastró de espaldas, y se levantó. Russell seguía estático, cubriéndose la boca.
Fingió no haberse percatado, pero en cuanto tuvo la oportunidad, de un brinco se puso de pie y le soltó una fuerte patada en el abdomen.
Leone no se lo esperó, recibió el golpe que lo dejó sin aliento y encorvó su espalda con tal de apaciguar el dolor.
Quedó expuesto, Russell volvió a lanzarse sobre él, no tuvo modo de evitarlo; en cuanto impactó contra el piso, se golpeó la cabeza y sus ojos casi se tornaron blancos, al borde de un desmayo.
Lo último que sintió fue el peso sobre su torso y el calor del puño acercarse con rapidez hacia su cara para desfigurarle la nariz.
El golpe no llegó. Russell oyó un chirrido por el pasillo que trajo consigo una oleada de silencio absoluto.
Los estudiantes que vitoreaban, enmudecieron; llegando al mismo pensamiento, abrieron paso, dejando expuestos a los protagonistas de la pelea, y mostrando del otro lado la silueta de una mujer emitiendo el chirrido con la suela de sus zapatos.
La sutil vibración del ruido se hizo más presente, entonces la mujer se detuvo.
Russell, todavía con el puño alzado, volteó la cabeza poco a poco.
Leone, apenas consciente, lo siguió. Ambos se toparon con la figura alta de la mujer, vestida con un pantalón de mezclilla ajustado y una simple camiseta holgada de color rosa pastel, sin olvidar sus llamativos tenis deportivos con la suela de goma sucia.
Su cabello castaño y suelto resaltaba su rostro sereno, pero había algo en su imagen que emanaba autoridad, a pesar de verse relajada e informal, y sobre todo, inexperta.
—¿Qué está pasando aquí?
Russell se levantó por instinto, retrocediendo mientras bajaba la vista. Leone se quedó echado, congelado tras reconocer a la mujer que había hecho que todo el bullicio desapareciera.
«Alejandra Liu, directora del plantel superior», decía en una placa, la puerta más grande del pasillo.
Leone sentía que en el corredor del tercer piso no existía oxígeno .
Sus manos no dejaban de entrelazarse, su respiración se detenía cada ciertos segundos.
Esperaba sentado afuera de la oficina de la directora; Russell hablaba con ella, solo debía esperar su turno.
El tiempo era eterno, se imaginó lo peor.
De pronto escuchó la puerta abrirse, despertó de su corto ataque de ansiedad.
Vio a Russell salir del marco e intercambiaron miradas por menos de un segundo.
Él estaba molesto, sus ojos verdes lo fulminaron.
Leone sintió un nudo en el estómago. Estaba dispuesto a defender su postura, pero un sentimiento desconocido lo dejó sin saber cómo actuar.
Tragó saliva y tensó los puños, impotente.
Odiaba tener que prolongar una verdad que, aunque sabía que no era de su agrado, creía que era lo correcto exponerla.
Miró al hijo del Conquistador y quiso agarrarle odio, pero le fue imposible.
Estaba seguro de que existía una explicación a su reacción y tenía todas las ganas de escucharla.
Así era él; su empatía lo motivaba a empezar de nuevo, a solucionar las cosas...
Sin embargo, ese mismo sentimiento, que por fin logró identificar como una emoción rara en su personalidad, lo detuvo: el miedo.
Era su primer día y ya estaba metido en problemas, esperando a ser juzgado.
¿Lo que pensaba era lo correcto? ¿Y si aclarar las cosas solo empeoraba la situación?
¿Y si Russell consideraba su coartada como una excusa para limpiarse las manos?