11 . HIJO DEL FUEGO
Parecía que la vida al cumplir los quince años de edad se volvía más tediosa y difícil de solucionar.
Quizá por la carga social que significaba convertirse en una «mujercita» u «hombrecito»; o por los cambios hormonales y la búsqueda de la identidad.
Los quince años debían ser el primer orgullo, pues significaba un paso más hacia la adultez, hacia las responsabilidades...
, pero también hacia los problemas con uno mismo.
Tal fue el caso de Russell, quien a pesar de tener la vida resuelta mucho antes de su nacimiento, recibió el rechazo de los demás, muy opuesto a lo que la mayoría pensaría, solo por ser el hijo de Don Pablo.
Las burlas no llegaban al maltrato físico, lo que bastaba era señalar desde su apariencia delgada, impropia del hijo de un luchador, hasta suponer que se creía el mejor por su linaje célebre (lo cual era falso).
Él jamás habló, quien le contaba a sus padres era un profesor que le tenía un poco de estima. Aquello en vez de ayudarle, le perjudicó. ¿Cómo era posible que el primogénito de dos grandes estrellas fuera tan cobarde? ¿Tan patético como para preferir esconderse que defenderse?
Y como era de esperarse, la autoestima del chiquillo se desplomó, aún estando rodeado de privilegios y gente que lo amaba. Las cosas fueron de mal en peor, hasta que dejó de oponerse para permitir que los demás decidieran por él.
Tal vez así descubriría quién era en realidad.
Hace 13 años.
Inu Koi, 2051.
— Ahí está tu pinche escuela privada.
Un hombre entró a una sala de estar, azotó la puerta y lanzó sin pena una carta al centro del único sillón en donde descansaba una mujer.
Ella levantó el rostro, abriendo bien los ojos tras escuchar el lenguaje de su esposo; miró el sobre, distinguió el borde rasgado y una delgada hoja resguardada en esta. La leyó.
—Tanto que querías que nuestro hijo estuviera en un colegio para que al final lo terminaran molestando como en cualquier otro lado.
La voz del hombre no bajaba de tono; estaba realmente furioso.
Ella frunció el ceño, parpadeó sin poder creérselo. Observó a su marido por última vez: un hombre grande, fuerte y admirable; un hombre que había alcanzado el éxito desde abajo, pero que tenía como único defecto su mal temperamento en la intimidad. Ese hombre del que se enamoró.
Él, Juan Pablo Huzumán; y ella, Margarita Flores; los padres de Russell.
—Mañana iré a hablar con la directora —se levantó del sillón con delicadeza, dispuesta a terminar la conversación ahí.
—¿¡Hablar!? —pero él se interpuso—. Un llamado de atención no va a detener a esos mocosos; Russell tiene que defenderse.
—Y cuando dices «defenderse» te refieres a que acuda a los golpes —lo encaró.
—¡Pues sí! Con el hocico roto ya no van a poder insultarlo .
Margarita suspiró en silencio. Se llevó las manos a la cara, sobándose las sienes de paso y maldiciendo para sí misma.
Lo que más odiaba era discutir sobre el futuro de su hijo, y más le hervía la sangre cuando su esposo quería que siguiera sus mismos pasos solo porque sí.
Por orgullo o mero gusto, detestaba que usara la excusa de «defenderse» para incitarlo a pelear.
—¿Te estás escuchando, Pablo? Russell no es como tú, entiéndelo de una vez.
—Lo que no entiendo es cómo prefieres que tu hijo asista a clases de danza y no de lucha aún sabiendo que lo molestan en la escuela.
—¡A él le gusta bailar!
—¡También le gusta cuando lo llevo a la arena!
Una quietud ensordecedora apaciguó las emociones de ambos. Pablo resopló, mientras que Margarita se cruzó de brazos, a punto de abrazarse sola. Los dos voltearon a direcciones distintas, haciendo crecer una incomodidad que nunca habían experimentado.
—Entonces que elija —ella se enderezó.
—No. A partir de la siguiente semana vendrá conmigo a los entrenamientos; y cuando acabe su semestre lo voy a meter a la academia de lucha para que empiece a formarse de una buena vez.
—Pablo...
—Ya lo decidí. Mi hijo no se va a dejar.
Y se fue, dejando a su mujer sola, con la impotencia en la garganta.
Ninguno de los dos se imaginó que Russell escucharía su discusión desde la segunda planta.
«Por fin concilié el sueño después de oír a mis papás discutir sobre mí aquel día. Creo que era necesario. Mi papá ya no se ve molesto, mi mamá ha dejado de quejarse. Estoy mejor así. Mi familia parece unida de nuevo. Mañana, el chofer me llevará al trabajo de papá; me dijo que alistara una mochila,
quizá papá me dejará pelear con los hijos de sus compadres otra vez. Voy a hacerlo. Me esforzaré y comeré bien para ser tan grande como él, y así las discusiones con mamá desaparecerán por completo. No lo avergonzaré».