10 . EL ERROR DE LEONE #2
Diego dejó de moverse, pero a Leone no le bastó; entrelazó ambos puños, los elevó, decidido a darle el golpe final en dirección de su cabeza, y a punto de hacerlo, un escalofrío lo frenó abruptamente.
No era Diego quien tenía debajo..., no; solo un muchacho moribundo con el rostro ensangrentado y la nariz rota.
Leone abrió lo más que pudo sus ojos, se quedó helado, más cuando, entre lágrimas, Riíto lo miró horrorizado.
Sus sentidos regresaron, y en eso sintió que alguien lo tomó de los hombros, alejándolo del chico.
Vio a las paramédicas entrar y atender a Riíto, mientras que él era jalado por una mujer del personal de seguridad.
Seguía perturbado. Se miró las manos, manchadas de sangre en los nudillos.
Le costó procesarlo, la cabeza no tardó en dolerle.
Observó al público, una parte sorprendida y la otra extasiada.
Y finalmente miró hacia arriba, encontrándose con la silueta difusa de Beltrán debido al resplandor sol en el cristal de su cabina; no pudo verle la cara, su reacción fue imposible de adivinar.
—¡BELTRÁN!
La voz enfurecida de un hombre se oyó del otro lado de la puerta.
Dentro de la oficina de Beltrán aguardaban tres personas: Leone, un enfermero, y por supuesto, él.
Se habían cumplido cinco minutos en total silencio entre los hombres presentes, obviando los golpes repetitivos de la puerta y aquella voz infernal.
El Invicto recibía atención médica; sus puñetazos fueron tan secos y duros que se rasgó la piel de los nudillos.
Sin emitir ningún sonido dejó que el enfermero tratara sus heridas con un aerosol antiséptico y un ungüento.
A su vez, Beltrán permanecía en su escritorio, sirviéndose tequila en un vaso normal. Ya iba por su quinto trago.
—¡BELTRÁN, AbrE LA PUTA PUERTA O LA VOY A TUMBAR!
Nadie reaccionó, el único que se notaba preocupado era el enfermero. Vendó las manos de Leone hasta las muñecas y se levantó soltando un suspiro prolongado; tragó saliva, preparándose para hablar. Beltrán se adelantó.
—Si ya terminaste, ya puedes irte, Hiroki.
Hiroki, un becario extranjero de enfermería, retuvo el aire lo más que pudo. Asintió, evitando hacer contacto visual con él y se giró hacia el luchador, dedicándole una ligera reverencia.
— Mejórese , señor Ferrán.
Leone meneó la cabeza a modo de agradecimiento; se quedó callado, perdiendo la atención en sus manos recién vendadas.
Hiroki tomó sus cosas y se dio la vuelta dispuesto a tomar la perilla de la puerta.
Al momento de abrirla, se encontró cara a cara con el hombre que acosaba la entrada.
Era alguien alto y musculoso, con toda la facha de luchador, pero vestía traje; lo hacía ver más como un hombre de negocios.
Hiroki se sobresaltó al verlo, no lo pensó dos veces y lo rodeó, desapareciendo por el pasillo sin mirar atrás.
Mientras tanto, el hombre frunció el ceño, clavó sus ojos negros en la silueta de Beltrán, casi a punto de matarlo con la mirada.
—¿¡Tienes idea de lo que acaba de pasar!? —cerró la puerta de golpe.
—Sí —volvió a abrir la botella de tequila—. Tenemos el récord de la segunda pelea más corta registrada en la historia.
—¡¿ERES ESTÚPIDO?!
El hombre golpeó la superficie del escritorio, provocando que el vaso de cristal vibrara casi a punto de quebrarse.
Beltrán respiró profundamente, no le importó la agresividad de Antonio Zaldívar, uno de sus mejores socios, por no decir el único leal, y mejor amigo de la adolescencia.
Pese a tener tal lugar, se metía en los problemas de la arena como si fuera suya, llegando a situaciones en donde elegía por encima del dueño.
A Beltrán le daba igual, le permitía tales escenitas solo porque le parecían divertidas, al final sabía que Zaldívar era fácil de perturbar.
Se aprovechaba de ello y lo provocaba a propósito.
—Con esa apatía solo te vas a meter en controversias, Beltrán —lo señaló con descaro—. Hazme el favor de…
—¿Controversias? —este lo interrumpió; se levantó de su asiento, dándole un trago directo a la botella—.
A veces olvidas cómo funciona esto, Anthony.
El morbo vende, al igual que la euforia y el fanatismo.
Quizá estás pensando que el hijo de Ríos va a demandar a Leone, ¿pero qué crees?
¡Me importa un carajo! Nada que una indemnización no solucione y asunto arreglado.
El chico retó a Leone, sabía a lo que se estaba metiendo e incluso tuvo los huevotes de mandar por un tubo la política de conciencia, la cual no firmó, te lo recuerdo; por lo que una demanda no podría proceder más allá de que Leone le pague los gastos médicos.
Así que sí: si soy un estúpido por no dudar de mis conocimientos y ganar dinero por ello, me declaro culpable.
Anthony abrió bien los ojos, se tragó sus palabras y tensó los puños detrás de su espalda. No objetó, en su defecto solo desvió la mirada, conteniéndose de insultarle.
—Solo hay algo que sí me inquieta de verdad.
La oficina se sumergió en el silencio. Anthony abrió paso, permitiéndole a Beltrán detenerse a débiles centímetros frente a Leone; este lo miró desde abajo, todavía sentado en la silla y con las manos entrelazadas. Tragó, no pasó mucho cuando agachó la cabeza, un gesto impropio de él.
—¿Qué sucedió allá abajo, Leone?
La voz de su jefe hizo que su piel se erizara . Cerró los ojos, se lamentó. No iba a decirle que había perdido el sentido de la razón, no podía, sería una vergüenza para su preparación.
—Leone.
Escuchó su nombre, frunció el entrecejo. Retuvo la respiración hasta obligarse a inhalar por la nariz.
No... No podía... No podía ablandarse ante su jefe... No podía recordar a Russell... No ahora.
—¿Qué sabes de Russell? —le preguntó como si le hubiera leído la mente.
Eso bastó para que sus músculos se endurecieran. Se perdió en el vacío del piso sin fuerzas para responder.
—Desde tu pelea con él, has estado actuando extraño; lo he querido ignorar, pero esta vez cruzaste tu propio límite.
—Ya se lo había dicho a la prensa... Él está deprimido por…
—Ni tú ni yo nos creemos esa mierda —se acercó lo suficiente, sostuvo ambos descansabrazos de la silla y lo obligó a que se enfocara en él—. Si me estás ocultando algo, Leone, yo...
El Jefe tomó un gran bocado de aire, se calló al descubrir que su mejor estrella estaba llorando.
Leone no lo soportó; dejó de lado sus prejuicios, Russell merecía su luto genuino.
Lloró, por primera vez, frente a su jefe...
, lloró , necesitándolo. El desconcierto le orilló a soltarse por completo; bajó el rostro, regulando su respiración para no ahogarse con su propia emoción, pero la mano de Beltrán lo tomó de la mandíbula, forzándolo a que alzara la vista.
Intentó alejarse, quiso hacerlo, sin embargo terminó acorralado entre su mismo respaldo.
Abrió bien los ojos, asustado, recordando lo sucedido con Diego y su horrible revelación.
Beltrán apretó su agarre; Leone, por reflejo, trató de retenerlo con ambas manos, concretando una tensión negativa que tornó pesado el aire.
—Oye, déjalo... —Anthony se preocupó.
—Tú cállate — resopló , dirigiéndose de nuevo a Leone, y le dedicó una mirada seria—. ¿Y tú me vas a decir dónde está Russell?
No existía empatía en sus palabras, ni en su tacto, ni en su presencia. Leone parpadeó lentamente, adolorido. Su ceño triste se notó aún más por culpa de las lágrimas que escurrieron el maquillaje bajo sus ojos.
El calor de la mano de Beltrán se sentía como una espina que le impedía respirar, que poco a poco se cerraba hasta acorralarlo y obligarlo a gritar como si fuera un vil animal.
Pensó que tal vez lo necesitaba, que tal vez era necesario que alguien lo tratara de esa manera para hacerlo entrar en razón.
Porque sin Russell a su lado, no tenía a nadie más.
Estaba solo pese a ser una celebridad, pese a tener fans y gente que apostaba todo por él...
Estaba solo, lo suficiente como para perder la fe en sí mismo.
Así que tomó aire desde donde pudo, exhaló, e incluso con el corazón roto, enfrentó su tormento anónimo.
—Muerto —lo dijo—. Russell está muerto.
Una bomba silenciosa. Beltrán cambió su expresión, aflojó su agarre y segundos después lo soltó; intercambió miradas con Anthony, quien también enmudeció
Leone estuvo a punto de volver a romper en llanto, pero se controló; tuvo que hacerlo. Jadeó, organizando sus palabras. Se armó de valor, ya no podía ocultarse. Russell merecía justicia, un trato digno.
Así que le confesó todo, incluyendo su retorcida relación con Diego de Ávalos.