10 . EL ERROR DE LEONE
— No va a significar nada para mí.
Sin querer, fue lo último que le dijo.
Russell lo miró a través del espejo, confundido.
—Lo de hoy, digo —Leone se aclaró la garganta—. La pelea.
Tras un largo silencio, Russell dejó de maquillarse; perdió su atención en la superficie de su tocador.
—Hemos peleado juntos desde siempre; tú y yo, hombro a hombro..., pero, finjamos por esta vez que somos desconocidos, ¿sí?
Era algo que llevaba pensando desde que supo que pelearía contra él. Era la única forma en la que creería que el golpe no se sentiría tan duro, literalmente.
—¿Estás terminando conmigo? —bromeó Russell—. «Perdón si te rompo la cara, pero no eres tú, soy yo», ¿es eso?
Y aún así, la pregunta fue una puñalada directa al pecho. Leone sabía que Russell estaba jugando, su cerebro notó la sonrisa, el tono ligero y la familiaridad del bromance entre ambos que llevaban desde hace años. Pero su corazón, no. Al final, la pregunta fue una acusación para él.
Russell terminó su oración con una sonrisa entre dientes y de reojo esperó a que Leone le siguiera la corriente.
Sin embargo, él no respondió. No pudo. Se sintió acorralado y avergonzado de sus propios sentimientos que no supo qué hacer, pues si abría la boca, estaba seguro de que lo echaría a perder.
Así que se giró con un movimiento rígido y le dedicó un ceño tenso, temeroso de su propia verdad.
«No, Russell. Yo no quiero terminar nada contigo» , quiso decirle.
De cámaras, celulares; cualquier flash siguió la llegada de Leone Ferrán.
La Arena de Beltrán se codeaba con canales de televisión abierta y periódicos nacionales para organizar conferencias de prensa antes de cualquier pelea de renombre. Los luchadores de distintas casas tenían su primer encuentro, avivando la rivalidad profesional y la emoción por parte de los fans.
Leone Ferrán atravesó el gran salón, repleto de camarógrafos y reporteros que se acumulaban cual animales, dejando un pequeño pasillo al centro de la sala apenas accesible.
—¡Ferrán, unas preguntas, por favor!
—¡Aquí, aquí!
—¡Ferrán, Ferrán, ¿qué novedades hay del Demonio Rojo?!
El luchador no se detuvo, los ignoró a todos, sobre todo a Enzo, porque no quería responder preguntas personales o porque no se sentía con los ánimos de hacerlo.
Su mente estaba más inquieta que de costumbre, comenzó a consumir cafeína para conciliar el sueño, raramente le funcionaba, sin embargo, el descanso era algo que dejó de experimentar desde la ausencia de Russell; dormía por cumplir un horario, no porque lo necesitara.
Y eso fue algo que lentamente le cobró factura en su profesión, llegando al punto de no sentirse satisfecho ni con ganas de trabajar un día más.
Recordó la conversación que tuvo con su jefe unos días antes, en la que este le exigió presentarse en la conferencia para seguir manteniendo el buen rating de la arena.
Prácticamente lo obligó, Beltrán sabía muy bien que no iría por su cuenta, por lo que tuvo que ir en persona por él y traerlo a la fuerza.
Leone suspiró, la percepción de sus cinco sentidos se iba de vez en cuando por estar tan absorto en sí.
Se acopló al presente cuando llegó a la mesa en la que su jefe y otros representantes promocionarían la futura pelea.
Fue identificando el bullicio y los murmullos de los espectadores, además de los flashes y el sonido del enfoque de las cámaras.
A un lado vio una segunda mesa en donde se presentaría su rival, perteneciente a una casa de lucha distinta (al parecer).
Vio a dos hombres trajeados con pinta de ser guardaespaldas; cubrían la presencia de un tercero del que solo pudo ver su cabeza cubierta por una capucha roja.
No pasó mucho para que los dos hombres se apartaran y tomaran asiento detrás del misterioso luchador, entonces Leone pudo verlo.
Era un muchacho cabizbajo; perdía su atención en la pantalla de su celular, por lo que su rostro seguía siendo un enigma.
Su cuerpo no contaba con mucha masa muscular y parecía tener entre diecinueve y veinte años de edad.
Ferrán frunció el ceño.
—Que no te engañe su físico —El Jefe se sentó junto a él—. Dicen que su técnica es buena. Se llama Riíto.
—¿Riíto? Nunca he oído de él.
Beltrán sonrió de oreja a oreja; tiró de su brazo y lo sentó en la silla principal a su lado. Al final le dio unas palmadas en la espada. Leone alzó una ceja, todavía confundido.
—Se ve muy joven. ¿De verdad voy a pelear contra él?
—Ey.
—No me parece justo —suspiró decidido—. Creo que hay una gran diferencia de peso.
—Eso mismo dije, pero su papá insiste en que es el próximo Toro* de la lucha. Es su debut y quiere comenzar con algo grande —posó su mano sobre el hombro de Leone y le susurró—. Es el hijo de Ríos Ortiz.
—¿Ríos Ortiz?
Leone se enderezó. Su sentido auditivo desapareció, permitiéndole pensar con calma.
Recordó aspectos de su vida cotidiana, noticias, videos, entrenamientos, todo lo relacionado con la lucha, pero ningún dato coincidió con el nombre mencionado.
Salió de su área, dirigiéndose a los deportes competitivos que también tenían estatus en Inu Koi.
El perfil difuso de Ríos se detuvo frente a su mente.
—¿El boxeador? —lo miró.
Este asintió, volteó a ver a Riíto, todavía seguía cabizbajo, indiferente en su celular.
—Que el box de su padre no le basta y empezó a entrenar lucha en cuanto ganó su primer campeonato nacional de peso ligero —Beltrán bufó—. Se nota que su ego está tan arriba que piensa que puede vencerte. Tú lo único que tienes que hacer es cerrarle el hocico para que se aplaque.
Leone no disimuló una sonrisa incrédula. Negó, desinteresado.
—Mira, Leone, su papá me pagó mucha lana por esto. Si le ganas, el dinero se triplicará y eso me beneficia a mí y a ti, claramente. Así que más vale que te me aplaques tú también o seré yo el que te acomode la jeta.
El luchador se dio la vuelta; rodó los ojos, obviando la supuesta amenaza. No se lo tomó mal, le dio completamente igual; sabía que Beltrán tenía esa manera retorcida de expresar preocupación hacia los que quería.
La conversación culminó ahí. Leone se acomodó en su asiento y jugó con sus dedos por debajo de la mesa para calmar sus ansias.
La sala poco a poco se fue llenando, no tardaba en iniciar el evento y los flashes se hicieron más presentes.
Inspiró, convenciéndose de que aquello duraría poco y cambió su semblante a uno más dispuesto y emocionado.
El presentador se postró frente a todos, comenzando con el protocolo de bienvenida y otras cosas de las que no prestó atención. Se mostró el perfil de ambos luchadores, un poco de su trayectoria, preguntas del público y la fecha de la pelea. El tiempo transcurrió rápidamente.
Llegó el momento más esperado de la rueda, en el que los luchadores se « conocerían » por primera vez, así que Leone se levantó de la silla y avanzó al centro de la plataforma. Riíto hizo lo mismo; de estar indiferente desde el inicio, por fin alzó la cabeza y se quitó la capucha.
Se miraron mutuamente. Leone abrió bien los ojos.
Cualquier proceso biológico en su cuerpo pareció detenerse, incluso sintió su corazón comprimirse.
Frente a él estaba Diego de Ávalos... El mismísimo Diego...
¿Diego? No, no era Diego, solo lo confundió; Riíto tenía una armonía facial similar, sus facciones le recordaron a él.
Una coincidencia, una broma pesada de la vida, nada más; pero Leone no lo obvió: quien tenía enfrente era el responsable de la muerte de Russell.
Riíto le sonrió con soberbia y movió sus labios, diciéndole algo, mas él no lo escuchó. Los flashes cegaron sus sentidos, apoyando su alucinación y probando que Diego se estaba burlando de él.
Diego... se estaba... burlando... de él.
La sangre caliente le bombeó a más no poder a la altura de las orejas.
No supo qué sucedió, no supo qué hizo; la obsesión pudo con su sentido de orientación.
No supo en qué momento acabó todo, ni cuándo llegó a casa.
El tiempo voló fuera de su crisis, y cuando menos se lo esperó, ya estaba en la arena.
—¡DAMAS Y CABALLEROS, BIENVENIDOS A LA PELEA MÁS ESPERADA DE ESTA SEMANA!
El sol se elevó encima del coliseo. La vista de Leone se enfocó en Riíto.
Los rayos ardientes atravesaron la piel de su frente, comenzó a sudar y volvió a perder el oído; la voz del anunciador se distorsionó, transformando cualquier sonido en vibraciones que erizaban su piel.
Ablandó la mirada, viéndose desesperado y muerto de calor.
Riíto le habló, él solo alcanzó a diferenciar algunas sílabas; el bullicio del público le prohibió comprenderle .
El odio lo consumió; cambió su postura, pensando en las mil maneras de acabar con Diego.
La campana sonó (o quizá creyó haberla oído).
No pasó ni un segundo cuando se abalanzó hacia Diego, sin esperar a que este se preparara, y lo tomó del collar de cuero que traía.
Le sembró un cabezazo del que también salió desorientado; bastó con aquel golpe para hacer que su oído regresara.
Escuchó los gritos del público que lo alentaron a seguir.
Diego retrocedió, se sobó la frente, no despegó la atención del peliblanco, y al recuperarse del mareo, mostró los dientes enfadado y se acercó con los puños preparados.
Pero Leone iba en serio; bloqueó el primer golpe con su palma y le atacó bajo la mandíbula con su mano libre.
Diego cayó al suelo, se apoyó sobre sus propios antebrazos para tratar de reincorporarse, mas El Invicto no le permitió siquiera respirar; volvió a agarrarlo de su collar, lo arrastró por la arena hasta hacerlo topar con la barra sur del público y lo golpeó en la cara alternando ambos puños.
La gente alrededor se pegó a la reja divisora.
Gritaban barbaridades y escupían cual animales.
—¡MÁTALO!
—¡DESPELLÉJALO!
—¡DÉJALE CLARO QUIÉN ES EL QUE MANDA!
Sugestiones tentadoras..., demasiado tentadoras.
El corazón le retumbó en cada rincón de su cuerpo, aumentando su temperatura y las ganas de matarlo ahí mismo.
El sudor en sus ojos le nubló la vista, y posteriormente, el juicio.
Tumbó a Diego al suelo después de sembrarle un rodillazo en el abdomen.
Se colocó encima suyo y siguió golpeándole la cara, alternando, sofocando...
, manchando cada poro de piel con su sangre. Iba a matarlo. Quería matarlo.