9 . EL DESTINO DE LEONE
—¡Ferrán! ¡Ferrán! ¡Ferrán! ¡Ferrán!
—¡DAMAS Y CABALLEROS, UNA VEZ MÁS, EL INVICTO SE LLEVA LA VICTORIA BIEN MERECIDA!
El calor, la tierra, las ovaciones del público, la sangre caliente.
Leone terminó una pelea más. Cerró los ojos, los gritos del público dejaron de tener impacto en él. Al final sacudió la cabeza y forzó una sonrisa, levantando los brazos para celebrar junto a sus seguidores; mostró los dientes satisfecho y gritó victorioso, fingiendo que eso le quitaría la pena.
Pese haber regresado a su vida «normal», seguía, el público lo quería.
Sin embargo, le faltaba algo, le faltaba alguien; y esa misma tarde, distintos grupos de periodistas lo alcanzaron luego de su último acto para preguntarle si sabía algo sobre El Demonio Rojo.
Los engañó, tuvo que fingir que nada sucedía a raíz de las amenazas de Diego.
Le dolía demasiado mentirle a los fanáticos y a sí mismo.
Había repetido aquella mentira tantas veces que por un momento se la creyó.
Cada vez se sentía más cansado, y el hecho de sentirse el único que sabía la verdad lo dejaba realmente mal.
Desde la ausencia de Russell, todos los medios informaron al público que solo estaba descansando, que se deprimió por perder contra él y por eso se tomó un tiempo.
Santa Bárbara, Inu Koi, 2064.
Santa Bárbara, la tercera ciudad más habitada del país, por debajo de ShibaTown e Inu Koi, sumergida en la quietud de la noche.
Muy en lo profundo de algún barrio de mala muerte, en una bodega vacía que antes había sido un gimnasio, estaba Leone golpeando un saco de boxeo.
Soltando su angustia, mostraba los dientes cada que hacía vibrar sus guantes por la fuerza.
Veinte días. No podía soportar su realidad.
Fingió que Russell solo estaba desaparecido y tarde o temprano aparecería.
Veinte días... Veinte días desaparecido, sin agua ni comida, quiso creer...
El llanto en sus ojos se esfumó para aparentar rudeza; toda el agua de su cuerpo se escapó a través de sus poros en gruesas gotas de sudor.
Estaba harto, la comida de horas atrás subiría por su garganta en cualquier momento, pero con esfuerzo logró contenerla.
Imaginó a Diego en el saco, sus golpes se tornaron más rápidos y secos.
Se desquitó como nunca; rompió su técnica, golpeó a lo bruto.
E mpezaba a lastimarse las muñecas y en vez de detenerse, siguió con la intención de romper sus guantes.
—¡Ey!
Alguien llegó, fue para Leone la excusa perfecta para detenerse y recuperar el aliento.
Se enderezó; vio por el espejo su propio reflejo: un cuerpo mantenido, sudando a chorros que se frenaban en la banda de su pantalón corto deportivo, lo único que vestía además de sus guantes.
Era un hombre vanidoso, le encantaba cuidarse y presumir lo que bien trabajaba, pero aquel que vio no era él; vio a un tipo cansado y triste pese a su éxito, que en vez de jactarse de sí, parecía que todo le molestaba.
—Así que el famoso Leone Ferrán está aquí..., el invicto de este país... ¿Me das tu autógrafo?
De nuevo aquella voz habló, enfatizando un acento recio característico del norte.
Leone tragó saliva, dirigió su mirada al otro extremo del espejo, cruzándose con la figura de un hombre castaño, pálido y una barba de pocos días.
Su atuendo estereotípico del inuense regional brilló en su máximo esplendor con el sombrero de cuero marrón que adornaba su cabeza.
—No me lo interrumpas, hombre. ¿Qué no ves que está muy concentrado?
Un tercero se integró.
El eco al final del diálogo marcó el inicio de una tensión para Leone.
Bajó el rostro, sus pupilas se achicaron al recordarlo todo.
Detrás suyo, a pocos metros y entre la oscuridad, estaba sentado Diego de Ávalos, con un cigarro de tabaco entre dos dedos, esperando a que terminara de entrenar mientras jugaba cartas en una mesa de metal con un güerito mucho más joven que él.
El hombre del sombrero ocultó una mueca y subió los hombros, desinteresado.
Franco Mendoza, el mejor amigo de Diego, jaló una silla de plástico para sentarse frente a la única mesa en uso.
Sonrió, no pudo ignorar al muchacho que acompañaba a Ávalos y dejó caer su cuerpo en el respaldo, haciendo sonar las cadenas del llavero que colgaba de su pantalón.
—Mira nomás. Hace mucho que no dejabas salir al buki, eh.
—¿Ya me extrañabas, Frank? Tú eres el que no vienes —el joven le sonrió de regreso.
Sus palabras tenían la confianza más pura jamás vista en nadie.
En su mano resguardaba cinco cartas a la espera de ser usadas y en la otra un cigarro que al igual que Diego, le dio una calada—.
¿Y sabes qué? Te juro que hoy me levanté con el presentimiento de que te vería, así que te traje esto.
Sostuvo la colilla del cigarro con los dientes y ladeó el cuerpo para revelar algo oculto bajo su silla; puso una botella de tequila en el centro y la arrastró a la dirección de Franco. Este se sorprendió, sus ojos se iluminaron casi devotos.
— Íralo ... —tomó la botella, abriéndola fácilmente cual experto, luego señaló al muchacho—. Este mero es, Ávalos; no lo dejes ir nunca.
Los tres rieron entre sí, avivando un ambiente propio de una panda de borrachos.
Leone no podía aguantarlo; las risas perforaron su cráneo, le hirvieron la sangre a niveles inhumanos. Aumentó la fuerza de sus golpes y el sonido de estos lo volvieron loco. El rostro de Russell tuvo impacto en sus memorias, revivió los momentos y la culpa creció más y más.
La culpa, el remordimiento, la impotencia, la ira...
, lo necesario para arrastrar a un hombre a su límite, a su miseria.
Tensó la mandíbula, su corazón bombeó, las venas le hormiguearon; soltó un quejido de dolor, y golpeó el saco tan fuerte que de no ser por la gruesa cadena que lo retenía, lo habría tumbado al suelo.
El sonido retumbó, la cadena vibró. Jadeó, subiendo y bajando su pecho en un acto casi desesperado por borrar de su mente todo aquello que le mataba desde dentro.
Oyó a sus espaldas que los tres hombres se callaron, pero le dio completamente igual.
Se quitó los guantes, los tiró, agarró su mochila arrumbada en una silla cerca de la puerta que parecía ser la entrada a un pasillo y se esfumó.
Diego lo presenció todo; alzó una ceja, obviando la situación. Depositó los residuos de su colilla en el cenicero y retuvo aire en sus pulmones a punto de hablar, mas el sonido de una silla arrastrarse le obligó a voltearse.
—Iré por hielos —el muchacho se levantó. No esperó una respuesta y se fue en la misma dirección que el luchador.
La sala se hundió en el silencio. Diego soltó el suspiro; dejó las cartas sobre la mesa y sorbió lo más que pudo del cigarro todavía con la mirada perdida en el pasillo.
—¿A qué viniste, Frank? —le murmuró a su amigo sin verlo.
Franco se humedeció la garganta, ansioso.
—Huzumán Jr. anda desaparecido y Beltrán se está empezando a preocupar —se inclinó hacia él, bajando la voz—. Tú no tienes nada que ver con esto, ¿verdad?
Ávalos tensó la mandíbula; sus músculos se pusieron rígidos, casi partía el cigarro en dos dentro de su boca.
—Diego —Franco levantó la voz, era raro que se refiriera a él con ese tono, a lo que este cerró los ojos a modo de escape. Aquello lo delató—. Ahhh, puta madre, Diego.
—¿Ya se te olvidó lo que me hizo ese cabrón? —se defendió, señalándose la cara. —¿Todo lo que me quitó?
—Pues no, pero yo de Beltrán no puedo defenderte fácil. Más vale que pienses en algo para limpiarte las manos si no quieres que …
—¿Y por qué yo soy el principal sospechoso?
Franco le dedicó una expresión seria, impropia de él. Sacó su celular, le mostró la imagen de un hombre de cabello negro.
—Este güey anda de hocicón —golpeó la mesa con la punta de su dedo, muy cerca de la pantalla, apuntándolo.
Diego se quedó ido.
—Se llama Julián Miranda, es policía. No sé cómo, ni quién, pero sospecha de ti y está haciendo un desvergue con tu nombre.
Un zumbido grave adornó el silencio de la bodega, siendo quizá de la planta de luz. Diego analizó la imagen, memorizó la cara del hombre, trayendo a su mente ideas difusas. Se sobó la barbilla y suspiró.
—¿Entonces?
El volumen de Franco exigió atención. Fue imposible ignorarlo.
El pasillo conducía a los baños del local.
El agua de la regadera recorrió cada parte del cuerpo de Leone.
Las gotas que escurrían avivaban las memorias; el sentimiento de pesadez le atormentó con momentos que solo él podía recordar.
Cada segundo que pasaba aumentaba la herida en su corazón, y no existía ninguna hora en el día en que no se dijera a sí mismo estúpido.
No soportó más, dejó caer el jabón y se pegó a la pared para empezar a llorar.
Cubrió su rostro con las manos, ahogando sus sollozos en leves jadeos a través de la ducha.
Se sentía tan mal..., tan idiota, irresponsable.
La ausencia de Russell no tenía comparación.
Había perdido a un compañero, a un amigo…
Todo había sido su culpa. Jamás fue una persona que se dejara vencer por la tristeza, al contrario, era muy optimista.
Pero esa ocasión fue distinta, pues se trataba de Russell, su todo.
Salió empapado con una toalla alrededor de su cintura, volvió a verse en el espejo del lavabo, llegando a la misma conclusión que la vez anterior.
Dejó escapar un suspiro pesado y caminó descalzo hacia la mesita donde su mochila hacía un bulto.
La abrió, y lo primero que vio fue una camiseta plateada de aspecto laminado, acompañada con una chaqueta de cuero y un perfume que para nada era su estilo. Frunció el ceño, confundido.
—Iremos a beber algo —alguien habló desde la entrada—. Así que te empaqué un atuendo más a la moda y que combinara con unos lentes que te conseguí.
La paciencia del luchador se desbordó en menos de un segundo.
Optó por guardarse sus inconformidades y se giró, encontrándose con el muchacho que jugaba con Diego.
Tenía una sonrisa delgada, remarcando sus rasgos finos; cabello rubio rizado y pecas en su piel enrojecida por un tenue bronceado.
Leone mordió con fuerza; aquella cara se le hacía conocida, además de esa voz chillona que delataban en su portador aires de grandeza.
Por fin lo recordó, su nombre apareció en letras grandes frente a él: Enzo Amato, un muchacho perteneciente al grupo de reporteros independientes de las ruedas de prensa de peleas de gran renombre.
No tenía ni idea de por qué estaba involucrado con Diego, ni tampoco quería saberlo.
Enzo marcaba presencia con su vestimenta atrevida y brillante, lista para la fiesta y reuniones alocadas entre los jóvenes de su edad.
Era guapo y un tanto afeminado; su cuerpo delgado y debilucho le hacía parecer inofensivo, pero no era más que una falacia, era un cabrón de primera; predominaba la soberbia en él; soberbia, seguridad y orgullo solo por ser un protegido de Diego.
—Soy tu mayor fan —Enzo sonrió, mordiéndose el labio inferior.
Cruzó los brazos, se recargó en el marco de la entrada y miró de pies a cabeza el físico de Leone sin disimular—.
Sigo sin creer que estoy hablando contigo frente a frente.
Para nada es como en las ruedas de prensa...
Veo tus peleas desde que era niño. Espero que tú y yo seamos buenos amigos, Leone.
Debido a la pobre decoración del cuarto, la voz del muchacho rebotó en los azulejos.
Leone ablandó sus facciones, no ganaría nada con enojarse, así que se tragó cualquier comentario agresivo.
Parpadeó muy lento, tomó la ropa a regañadientes y se encerró de nuevo en uno de los cubículos de la ducha, conformándose a que debía de aceptar no solo los caprichos de Diego, sino también los de aquel mocoso.