Vehemente 8 . SACRIFICIO #3
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8 . SACRIFICIO #3

Solo quería hablar; despejar sus dudas. Solo quería comprenderlo, decirle que había renunciado a todo por él con la esperanza de reparar lo que había roto.

Una sonrisa vacía se dibujó en su rostro.

No podía recuperar el control de su propio cuerpo.

—Khada…, por favor… Podemos darle fin a esto...

El Diablo no reaccionó. Ladeó la cabeza como un ave y a través de la máscara sus ojos resplandecieron con un destello carmesí. Se aferró con firmeza al borde del cristal, sacó su daga, jugó con ella entre sus dedos y con un movimiento rápido se preparó para saltar.

—No quiero hablar...Te quiero a ti.

Y lo hizo, se lanzó hacia Zimbel y cayó sobre él. Lo derribó de espaldas. Aturdido por el impacto, Zimbel cerró los ojos por un instante. Apenas logró reaccionar cuando sujetó las muñecas de Khada, impidiendo que el filo rozara su garganta.

Las palabras ya no iban a funcionar. Apeló a la filosofía de su doctrina.

Canalizó su energía y el aire a su alrededor se arremolinó, invocando una carga de electricidad, mientras diminutas chispas brotaban de sus manos hasta convertirse en llamas de fuego.

Avivadas por el viento, estas envolvieron las manos de Khada y le quemaron la piel de las muñecas.

El dolor no hizo más que avivar su furia.

Con un quejido, el Diablo descargó todo el peso de su cuerpo sobre Zimbel, quien quedó aprisionado y sus brazos comenzaron a ceder bajo aquella fuerza.

Las llamas vacilaron, se extinguieron por completo y el viento murió con ellas.

Zimbel perdió toda su resistencia. Un sollozo quebró el silencio mientras el horror de su vulnerabilidad terminaba por consumirlo.

—¡Khada, por favor! —suplicó; sus ojos se llenaron de lágrimas.

El castaño lo ignoró. Empuñó su daga y se la hundió en el vientre.

El grito de Zimbel inundó el salón. Sintió el acero abrirse paso entre su carne y después, el calor de su sangre deslizándose bajo la ropa.

Se aferró a Khada con la vista perdida; sus uñas se clavaron en su hombro.

Buscó sus ojos a través de las cuencas de la máscara, esperando encontrar un rastro del hombre que alguna vez había sido el refugio de su alma.

No había nada.

Khada se retiró la máscara, y su daga, sin el menor cuidado, arrancándole otro grito.

La sangre brotó con más violencia. Entonces descendió lentamente y apoyó los labios sobre la abertura de su vientre.

Mordió con fuerza; sus dientes atravesaron la carne con la brutalidad de un animal, desgarrándola como si no le pesara.

Zimbel arqueó la espalda entre un alarido ronco y jadeos desesperados. Quiso apartarlo, empujarlo, hacer cualquier cosa, pero su cuerpo ya no le respondía; solo podía sentir cómo cada tirón arrancaba un pedazo de sí mismo y el dolor consumía el último rincón de su conciencia.

El mundo empezó a desvanecerse. Los gritos dejaron de parecerle propios. El techo del salón se convirtió en una mancha borrosa. Las lágrimas escapaban sin control por sus mejillas. Ya no supo distinguir si seguía aferrándose a la vida o si esta ya se le había escapado de las manos.

Iba a morir, y extrañamente, no fue lo que le preocupó.

—Russell...

El Diablo arrancó con sus dientes un gran pedazo de piel y carne, y se lo tragó de un solo bocado.

En ese preciso instante, una onda de choque invisible atravesó la sala.

Zimbel ahogó un jadeo agónico al sentir cómo algo más puro que su vida le era arrebatado: su Enlace, las corrientes elementales que corrían a través de su fe, fueron drenadas.

Logró recuperar los sentidos de golpe por el frío vacío en su interior; se cubrió el abdomen con su palma y retuvo un grito temblando del dolor.

Khada se alejó con la boca ensangrentada. Sus miradas se encontraron, y entre lágrimas Zimbel no podía creer que se lo estuviera comiendo vivo. Siguió llorando y desvió la atención, tratando de usar la tela de su gabardina como torniquete.

Mientras tanto, Khada se levantó, y sin limpiarse, se colocó la máscara y la sangre no tardó en escurrir por la silueta alargada de su boca, haciendo parecer que chorreaba de la parte del pico.

Había culminado su tarea, había robado la esencia de Zimbel.

Desatendió la crisis del muchacho, dio media vuelta, trepó por el pilar más cercano y se aferró al borde del ventanal, dejando un rastro de sangre a su paso.

—¡ZIMBEL!

A punto de escapar, Khada giró la cabeza.

Russell entró azotando las puertas. Los dos se vieron por menos de una fracción de segundo, mas el luchador lo ignoró al ver a Zimbel.

No se la pensó, corrió a su posición y se arrodilló frente a él, sosteniéndolo en sus brazos.

Le presionó la hemorragia; no consiguió aguantar unas cuantas lágrimas de impotencia.

Vio a Khada, todavía en la ventana, y le miró con la furia más pura. Este, en vez de desafiarle, se fue.

—¿Zimbel, puedes oírme? —Russell ablandó sus facciones al bajar la vista. Lo cargó con mucho cuidado, fijando su atención en cubrir su herida.

—Yo no lo estaba buscando... —susurró, pálido, con la mirada perdida.

—Vas a estar bien —lo abrazó con fuerza. Se dio la vuelta y corrió por donde llegó.

—Yo no lo estaba buscando...Él me buscaba a mí.