8 . SACRIFICIO #2
Llegaron a las primeras puertas del Santuario, que para sorpresa de ambos, estaban custodiadas por una mujer de túnica roja, arrodillada frente a los grabados de mármol, rezando en murmullos inaudibles.
No tuvieron que dar un paso más; ella se percató de su presencia y los vio de reojo.
Se levantó al cabo, todavía dándoles la espalda.
Su largo cabello negro cayó frente a sus hombros, afilando su rostro pálido que reveló al girarse.
—¿Zimbel? —la mujer por poco enmudeció.
Él se humedeció los labios, disimulando la incomodidad que le llegó de pronto a la garganta. La saludó con una reverencia.
—Galena... —la llamó al enderezarse—. Me alegra saber que sigues aquí.
Galena alzó el rostro hasta verlo por encima del hombro. Entrelazó sus propias manos y suspiró, adoptando una postura tranquila que resaltó con sus ojos turquesa.
—¿A qué viniste? —su pregunta resonó entre los pilares del patio—. No hay nadie aquí.
Zimbel se encogió de hombros.
—Vine a hablar con Ventus.
—Tú ya no eres un Encantador; renunciaste —se puso a la defensiva—. ¿Qué tienes que hablar con él?
—Galena... —Zimbel inspiró e inconscientemente apretó la mano de Russell—. Tiene que ver con Khada.
Y al escuchar aquel nombre, Galena cambió su semblante; se le escapó un corto suspiro sorpresivo, bajó los brazos y mantuvo la boca entreabierta. Pareció haberse apenado, a lo que inclinó el rostro. Esa mujer rígida desapareció en menos de un segundo.
—Por favor, déjame entrar —le imploró.
No hubo respuesta verbal, Galena hundió los hombros, abrió las puertas y se hizo a un lado, ocultándose detrás de uno de los pilares. Zimbel soltó la mano de Russell y le dedicó una mirada rápida.
—Espérame aquí.
El luchador tensó la mandíbula; al final accedió. Zimbel le sonrió, agradecido; se acomodó los bordes de su gabardina y cruzó la entrada, desapareciendo en el enorme pasillo.
Russell se quedó solo. Al mismo tiempo oyó a su izquierda el sonido del agua cayendo en un recipiente.
Vio indirectamente el mismo color rojo del atuendo de Galena, así que se giró, topándose con su figura delgada regando varias macetas a los pies de las columnas.
Pensó que una conversación sería suficiente para entender más sobre el contexto de los encantadores.
Se le acercó por detrás; ella ni se inmutó, tenía la atención clavada en la boquilla de la regadera.
—Galena, ¿no? —pretendió comenzar de la forma más amable.
La mujer dejó de regar, se quedó quieta.
—¿Conoces a Zimbel?
—Algo así —ella al fin respondió. Siguió regando.
Russell metió las manos en los bolsillos de su pantalón; dio por hecho que Galena no quería hablar, entonces se perfiló para irse, aunque no pudo evitar pensar que él era el único idiota que no tenía idea de lo que realmente estaba pasando.
Apagó su mente por un momento y recorrió el Santuario con la mirada hasta donde pudo.
Cada detalle en los muros tenía un propósito, estaba seguro.
El ruido constante de las fuentes a lo lejos, en una zona más alejada del patio, acompañaba el canto lejano de las aves y el viento.
Si él hubiera sido un alumno del Santuario, estaba convencido de que se habría sentido completamente motivado desde el primer día.
«Motivación», el fundamento del alma de un Encantador; una fuerza capaz de dar dirección al poder que despertaría el Enlace.
Russell creyó haber comprendido las explicación de Zimbel la última vez, pero ahora, rodeado por aquel lugar, lo comprendió de verdad.
Definitivamente ese era un sitio para despertar la convicción.
Apenas había puesto un pie en el patio y ya se sentía inspirado.
Si el exterior era capaz de provocarle algo así, no podía imaginar lo que aguardaba más allá de las puertas.
La ilusión del Santuario se quebró en mil pedazos.
Un grito lo regresó a la realidad, seguido de otro..., y otro. Se sobresaltó, notó que Galena reaccionó igual. Los gritos venían del interior del Santuario.
—Zimbel... —murmuró, sus ojos casi se desbordaron.
Intercambió miradas con Galena; ella tomó un gran bocado de aire, le comunicó a través de un meneo de cabeza que tenía todo el derecho de ingresar al territorio sagrado. Por ende lo hizo, atravesó la entrada y corrió como nunca, guiándose por el eco de los gritos.
—¡ZIMBEL!
Tal y como mencionó Galena, no había nadie en el Santuario.
Zimbel disminuyó la velocidad de su andar cuando se adentró lo suficiente.
Llegó a una gran puerta cerrada que no dudó en empujarla.
Entró a un salón amplio con una estatua de plata del propio Ventus en el centro de varios reclinatorios.
La figura del dios hacía una pose insegura de sí mismo; vestido con una bata blanca; cabello largo, blanquecino, tan ligero que la brisa lo hacía elevarse por los aires; pero lo que más caracterizaba al dios del viento era su rostro andrógino siendo opacado por una venda en los ojos.
Las escrituras afirmaban que se había quedado ciego a los veinte años de edad por culpa de su padre, quien le arrebató el sentido de la vista a raíz de una profecía.
Una historia trágica cargada de misterios divinos que ni los historiadores más dedicados podían reconstruir a la perfección.
Al fin y al cabo, lo único que importaba era que Ventus se había convertido en un dios como resultado de su persistencia ante la maldad de su progenitor.
Zimbel se acercó con respeto y se arrodilló sobre un reclinatorio. Bajó la cabeza, entrelazó las manos sobre su pecho, empezando la misma oración que decía desde niño:
— Oh, ser del viento, sé el mensajero de mis plegarias... Te pido, Ventus, oh, ser divino del viento, que me ilumines sobre tu manto. Compadécete, guíame... Oh..., ser del viento .
El salón se ventiló, una corriente acarició su piel. Era Ventus tratando de comunicarse, estaba seguro, sabía que era él e hizo el esfuerzo por escucharlo. La ventisca se intensificó, y convencido de que distinguiría la voz de Dios, pegó sus manos entrelazadas a su frente.
Pero detrás de la estatua, entre uno de los ventanales del salón, alguien salió de su escondite.
—No has cambiado nada.
Zimbel fijó la vista en la estatua, incapaz de mover sus ojos hacia la mancha oscura que se hacía cada vez más grande a su costado.
Esa voz que tanto le atormentaba..., esa misma que le causaba pesadillas se escuchó en la sala donde él estaba.
Parpadeó muy lento. La apariencia del dichoso se volvió clara, recargada en el cristal y pisando con un pie la nuca de Ventus como apoyo.
Con la máscara del Diablo, ahí estaba el hombre que hace no mucho intentó acabar con su vida.
—Khada...
La noción del tiempo se desvaneció para Zimbel.
Ya no existía nada más que ellos dos. El Santuario, Dios y todo lo que los rodeaba desapareció.
Su corazón golpeó con fuerza su pecho, desbordándose con un torrente de emociones que chocaban unas con otras, incapaces de encontrar un lugar donde asentarse.