Vehemente 8 . SACRIFICIO
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8 . SACRIFICIO

«¿Por qué?

¿Por qué cada pesadilla se siente como un presagio?

¿Hacia dónde tengo que ir? ¿Por qué no puedo terminar esto de una vez?

Al final, solo soy un borrego tuyo..., un elegido. ¿Por qué?

¿Por qué entre todo mi linaje fui yo el responsable?

Solo deseo que esto termine. Que mis ojos se abran. Que mi alma pueda experimentar el milagro de la vida humana. Porque yo sé que no soy como los demás; sé que hay algo en mí que me prohíbe vivir.

¿Por qué?

Aquí y ahora, todo será distinto. No por ti, ni por mi familia.

Aquí y ahora, todo será distinto por mí.

Aquí y ahora, despertaré».

Ciertamente, Zimbel había caído en una parálisis del sueño. Vio la oscuridad del espacio dentro de su habitación, y la figura de Ventus apareció en lo más profundo, llamándolo con la palma abierta… Luego, llegó « él ».

Erén, 2064.

El rocío de la nueva mañana hizo que las plantas rejuvenecieran bajo el sol. Una recompensa tranquila por superar la tormenta.

Zimbel se vestía con calma en su habitación, que volvió a ser suya desde la noche anterior. Recordaba lo que hablaron con Russell sobre su historia, su profesión como luchador y la última pelea que le había provocado darse cuenta de muchas cosas.

Al contrario de lo que el propio Russell pensó, fue bien recibido. Zuri se había interesado con más detalle en su trabajo, y ambos pasaron toda la noche hablando y compartiendo experiencias, mientras que Zimbel los escuchaba atento.

Un golpe en el exterior interrumpió su recuerdo.

Se asomó por la ventana y vio a su hermana ayudando a Russell a rellenar un saco de lona con hierba seca y tierra.

Trataban de que todo quedara bien compacto.

Russell lo amarró con un nudo firme, lo cargó sobre su espalda para llevarlo al árbol y atarlo a una soga que ya estaba anudada en una rama gruesa.

El saco quedó colgando. Zuri le dijo un par de cosas, dio media vuelta y se metió a la casa.

Zimbel la vio entrar por la puerta de la sala y sopesó.

Decidió abrir la ventana y salir por esta, no sin antes dedicarle un momento a ese olor en su cuarto que había estado obviando hasta entonces: el aroma de Russell.

Era indescriptible. El olor propio de su piel firme y varonil. Un perfume natural que le resultaba reconfortante.

Se acercó a Russell, quien ya estaba golpeando el saco con los puños bien cerrados, y al sentir la mirada del azabache, se detuvo.

—Así que eres luchador —Zimbel repitió la pregunta que le había hecho el día anterior—. Debí suponerlo.

Russell sonrió arqueando una ceja.

—¿No lo aparentaba?

Fir’Ham repasó con la mirada su cuerpo, deteniéndose en sus brazos musculosos, y simplemente subió los hombros sin saber qué contestar.

Divertido por el gesto, Russell golpeó el saco un poco en dirección a él.

Zimbel no lo esquivó; puso sus manos listo para detenerlo, pero el peso y el impulso de la lona rellena lo hicieron retroceder varios pasos y tuvo que recuperar el equilibrio.

El impacto provocó que se sorprendiera genuinamente por la fuerza del luchador que ni siquiera lo había golpeado en serio.

Se sonrieron. Zimbel se sentó en el suelo a ver el horizonte teñido por el amanecer y Russell lo acompañó , dejándose caer a su lado.

—Mi padre jamás estaría de acuerdo en que me quede aquí.

—¿Y tu madre? —Zimbel lo miró a los ojos.

Bastó esa elección de palabras para que el pelirrojo perdiera la conexión de sus sentidos por un instante. Una sombra en el verde de sus iris apareció. Era pesar.

—Mi madre sí. Ella es… comprensiva. Apoya lo que sea que me haga feliz sin importar qué tan «de hombres» sea para mí, aunque eso haya provocado su divorcio con mi padre.

El silbido del viento evitó que el silencio se asentara.

Las hojas del árbol sobre ellos se menaban de un lado a otro, algunas se desprendían y caían por la pendiente.

Zimbel dejó caer el peso de su cabeza en el hombro de Russell.

Al sentir el contacto, este irguió la espalda por reflejo y alivianó los músculos, permitiendo que su cuerpo se volviera una superficie cómoda para que el azabache descansara.

—¿Y qué hay de tu madre?

—Nunca la conocí. Tampoco a mi padre —Zimbel no vaciló al responder—. Abi es todo lo que tengo.

Russell se quedó callado; no quería arruinar la conversación con alguna pregunta fuera de lugar, así que inclinó levemente el rostro y reposó su cabeza sobre la de él.

Con el calor y la mirada fija en el horizonte, Zimbel recordó el sonido lejano de la voz de la madre de Russell saliendo del teléfono.

Pese a no entender la lengua inuense que, si mal no recordaba, era el español, supo que ella estaba desbordada de felicidad al saber que su hijo se encontraba bien.

Su llanto lo dijo todo. Aquello provocó en él una sonrisita de lado hacia la nada, acompañada de una pequeña nostalgia imaginaria.

Porque por más que lo hubiera deseado, él nunca pudo vivir esa experiencia.

No sabía lo que era ser el centro de la angustia de una madre, ni el alivio de un llanto que reclamara su existencia como lo más sagrado del mundo.

Su realidad se ligaba al Santuario y al afecto de Abi.

Lejos de sentir un vacío amargo, experimentar el reflejo de ese amor a través de la vida de Russell le otorgó una calidez extraña. Le reconfortaba saber que él era el tesoro por el cual una madre lloraba de alivio al otro lado de la frontera. Eso, de alguna manera, le bastaba.

—¿Cómo es tu padre?

Russell tardó en responder.

—Mi padre es… detestable —mencionó al cabo, viéndose los nudillos—. Pero él me enseñó a golpear.

El viento sopló frente a ellos; una caricia de frescura.

Zimbel vio de reojo el saco. Entendió que pelear era una parte vital en la tierra de Russell, un lenguaje con el que creció.

Se quedó en silencio, asimilando sus palabras, hasta que un pensamiento que debió guardarse salió por su boca inconscientemente:

—¿Crees que pueda agradarle?

Russell se quedó congelado ante la pregunta, incrédulo. Miró la figura esbelta de Zimbel sobre la tierra, su piel blanca y su expresión calmada, y no logró contener una risita.

—¿Tú? Primero tienes que aprender a detener un saco.

Zimbel lo sostuvo con la mirada. En ese momento, no se arrepintió de lo que dijo y lo tomó como un reto.

—Enséñame.

Luego, el viento cesó. Russell lo vio con una mezcla de asombro y un profundo gusto que le iluminó el rostro por completo.

El calor del hogar los recibió junto al aroma dulce y reconfortante de un té de manzana y canela que Zuri había hecho previamente.

Russell seguía satisfecho; el interés de Zimbel por aprender le había inflado el pecho de un orgullo agradable.

Sin embargo, esa complicidad se desvaneció en cuanto cruzaron el umbral.

La ligereza en la actitud de Zimbel se transformó en una seriedad ensimismada.

Al que acababa de entrenar y el que tenía de frente eran dos personas distintas.

Zimbel desvió su atención hacia los estantes y se sirvió el té.

Ocultó la oreja de su taza con ambas manos; suspiró pensativo, mordiéndose el labio inferior.

—Iré al Santuario —lo soltó—. Ventus intentó comunicarse conmigo.

—Me acabo esto y…

—Iré solo.

Russell tragó una buena cantidad de té, hizo una mueca por lo caliente y carraspeó.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y si se aparece de nuevo?

—¿Khada? —frunció el entrecejo—. No... No lo creo. El Santuario es un lugar sagrado y…

Si quería confiar en sus predicciones, no lo vería actuar hasta dentro de dos semanas.

—Él no dudó en atacarme sin conocerme, ¿en serio crees que le importaría si es sagrado o no? Iba por ti. De no ser por mí, ese te hubiera…

—Russell, es algo que debo hacer solo.

—¿Y? ¿Crees que voy a estar tranquilo sabiendo te anda buscando?

Una corriente entró por la ventana.

—Me pediste ayuda y yo accedí, ahora ya no puedes rajarte.

Zimbel desvió la atención; salivó, regulando su respiración. Su voz le recorrió el cuerpo, dejando una sensación similar a la de un escalofrío caliente. Parpadeó; había generado una cantidad moderada de felicidad, mas prefirió pasarla desapercibida.

Se sintió especial, querido..., se sintió realmente protegido por Russell..., y eso le gustó.

La cima de la torre más alta del Santuario se veía a lo lejos, el resplandor de la misma los guio entre las copas de los árboles desde abajo.

Zimbel y Russell llevaron un ritmo tranquilo, subieron cuesta arriba.

El silencio era necesario, fue embellecido con el sonido de las hojas secas quebrándose bajo sus pies y el silbido del viento llevándoselas lejos.

Era la primera vez que Russell sentía un frío repentino adormecerle las piernas debido a la altura.

Su campo de visión se redujo a la mitad, siendo únicamente capaz de ver la espalda de Zimbel y sus hombros moviéndose al caminar.

Su temperatura corporal subió como método de supervivencia de su propio sistema para mantenerse caliente.

Se preguntó si Zimbel tenía algo similar, si su cuerpo también reaccionaba a los estímulos del ambiente, porque cayó en la cuenta de que él era muy susceptible.

De repente su paso fue interrumpido, chocó con él.

—Llegamos.

Tenían las inmensas escaleras del Santuario frente a ellos.

Russell espabiló; su asombro rebasó los límites cotidianos conforme subía por los escalones, y al llegar al patio principal, fue como si hubiera subido al cielo.

La corriente se había intensificado. Estaban en el punto más alto de Erén.

El Santuario era una gran construcción blanca en medio del firmamento que representaba estatus con sus cúpulas de mármol basadas en la arquitectura gocedonia tradicional.

Su inmensa cúpula central, coronada por un pináculo dorado, lo dejó sin palabras. Esa, según Zimbel, solo era la entrada.

—¿Aquí estudiabas?

—Este fue mi hogar por mucho tiempo.

—No pensé que fuera tan grande.

—Lamento que no puedas verlo en su mejor momento; es víspera de otoño.

—¿Y?

—Es la época para entregarse en alma y cuerpo a Ventus. El ciclo vital del viento inicia en otoño, lo que significa que el aire es puro y joven. Durante los tres meses que dura la temporada, los encantadores viajan a Borgia para conectar con los orígenes del zarcoísmo, como un retiro espiritual.

—Ya veo.

—Vamos —Zimbel lo tomó de la mano y cruzaron el patio principal.