Vehemente 7 . ADEFESIO DEL AYER #2
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7 . ADEFESIO DEL AYER #2

Sus huellas secas se volvieron húmedas. Pisó un charco, el sonido lo hizo despertar.

Uno a uno, sus sentidos regresaron, empezando por la vista.

Llegó a la orilla de un gran lago con una roca partida en el centro; esa era la referencia que le indicaba que ya estaba en el llano que llamaba hogar.

Resopló, necesitándolo, y se arrodilló haciendo un cuenco con sus manos para tomar un poco de agua; se mojó la cara cuatro veces, ya iba por la quinta, pero se detuvo al notar la presencia de un cuervo reposado sobre una de las mitades de la roca.

Khada tragó saliva, iba a ignorarlo, entonces lo escuchó reírse. Era una de las marionetas de Corvus.

Fue el colmo.

—¿Maestro? —alguien habló a sus espaldas.

Acorde a sus reflejos, desenfundó su daga, se dio la vuelta, y en cuanto visualizó la silueta de quien le había hablado, lo tomó del cuello y lo empujó hasta estamparlo contra la tierra. Fijó la cuchilla frente a su garganta. Pudo haberlo asesinado ahí mismo de no ser por su reacción familiar.

—¡Maestro, soy yo!

Los ojos de Khada escanearon a su adversario, lo reconoció enseguida: un muchacho rubio de piel blanca vestido con un kimono blanco.

Su particularidad no era su rostro andrógino, ni su largo cabello recogido con una coleta; sino la heterocromía que teñía su iris izquierdo de un blanco profundo con la esclerótica carmesí.

—Sashi... ¿Qué estás...?

—Lo estaba esperando, maestro —el chico contestó con brillo en la mirada, ignorando que aún seguía siendo acorralado.

Khada inhaló por la boca con la mente en blanco. Lo soltó y se apartó.

—No deberías estar aquí —le dijo entre dientes—. Sabes que el límite es esa roca.

—Lo sé —Sashi terminó sentado en la tierra—. Estaba preocupado por usted, y yo...

No terminó su oración, hundió su vista en algo, aparentemente perturbador, a lo lejos; se puso pálido del susto. Khada dio media vuelta, rozando la empuñadura de su daga con los dedos.

Del otro lado del lago apareció la silueta de una criatura rodeada de sombras, con los ojos rojos puestos en ellos. Sonrió, y por lo consiguiente, Khada diferenció un pico entre la oscuridad. Era Corvus, impaciente por hablar con él.

—Quédate aquí —le ordenó, todavía hipnotizado por los ojos del demonio.

—Pero...

—Que te quedes aquí —Khada se enderezó.

El rubio se aferró a su brazo bruscamente.

—¡Déjeme acompañarlo!

—Sashi... —Khada abrió bien los ojos. Estuvo a punto de zafarse y darle una bofetada.

—¡Por favor! —escondió el rostro en la manga de su ropa—. ¡No me deje solo con los cuervos del Señor!

«Señor» , así se refería a Corvus.

Khada cerró el puño, se controló. Soltó un suspiro, evitando mirar hacia atrás para no ser víctima de las expresiones burlescas de Corvus. Al final accedió, aflojó sus músculos y dejó que el muchacho encontrara refugió en su antebrazo.

—Está bien, vamos —susurró.

El llano, donde Khada invocó a Corvus.

No existía algo como una casa, mucho menos alternativas para satisfacer las tres necesidades básicas.

Khada vivía a la intemperie junto con Sashi.

Muy rara vez, de sus víctimas conseguía abrigos, almohadas o comida para su alumno, pues aunque él podía sobrevivir sin comer en días, se sentía con la obligación de cuidar a Sashi, ya que este no se valía por sí mismo.

—Tuve ese mismo sueño —el rubio jugó con sus propios dedos.

—¿Ah, sí? —Khada relajó los párpados, enfocado en el camino.

—Sí —asintió; sus mejillas se ruborizaron—. O creo que más bien fue un recuerdo. Soñé con la noche en la que usted me salvó de mi shura.

Los rayos del crepúsculo penetraron las hojas secas regadas en la tierra, dando la impresión de que brillaban.

Khada retuvo la respiración, no tenía ni idea de lo que pasaba por la mente de Sashi, pero con un poco de retrospectiva confirmó desde hace mucho que el muchacho tenía la noción de la realidad muy alterada;

creía que Khada era un justiciero divino que se apiadó de él por estar maldito y que solo por eso le debía todo.

Dicha percepción no le molestaba, al contrario, estaba agradecido de que su alumno fuera tan maleable, así podía controlarlo.

Se adelantó; su cuerpo se detuvo frente a una piedra de superficie plana en donde había un par de manzanas manchadas por el óxido.

Agarró una y la partió en dos con sus manos, al hacerlo, oyó la tela del kimono de Sashi acercarse.

Le dio una mitad sin siquiera verlo, la otra la dejó.

Era suficiente con ver la pulpa de la fruta para definir que ya estaba agria, y aún así, Sashi la consideró un manjar. Le fascinaba así.

Vio a su alumno comer con tanto agradecimiento que sus músculos se relajaron, bajando la guardia por unos segundos.

Se recargó en la piedra, observando el cielo.

El mismo cuervo que lo miraba en el lago llegó volando con un graznido, y luego de acomodarse en la roca, picoteó la otra mitad de la manzana.

—Este es nuevo —Sashi sonrió con la boca llena—. Este no me ataca.

Khada se cruzó de brazos y lo volteó a ver de reojo.

—Qué bueno.

—¿Cómo le fue en su trabajo? —humedeció sus labios, dejó las semillas de la manzana y lo volteó a ver.

Ante la pregunta, Khada abrió bien los ojos; recordó su derrota humillante. No pensó en una respuesta pronto; canalizó su enojo mediante una pobre oleada de respiraciones que no logró terminar.

Se sintió la presencia densa de un tercero. Corvus llegó; la oscuridad que desprendían sus plumas hicieron de su aura aún más sofocante, agregando el intenso carmesí de sus ojos y sus colmillos sarrozos. Sashi no controló su pavor, se escondió detrás de su maestro.

—Dile cómo te fue, Khada —Corvus deformó su pico, sonriendo—. Dile cómo fracasaste.

La vibración de la voz del demonio retumbó en sus tímpanos. Khada frunció sus labios, intentando por segunda vez retener las ganas de explotar. Sintió las manos de Sashi tomarle del antebrazo, buscando refugio. Aquello logró distraerlo.

—Había… algo que no tenía contemplado —lo encaró—. Pero juro que no volverá a pasar.

Corvus guardó silencio por dos segundos exactos. Sus fosas nasales temblaron y formó una sonrisa aún más grande que la anterior. Su apariencia fue suficiente para perturbar al moreno, quien endureció sus músculos y sus hombros, por instinto, se encogieron.

—Khada, Khada... —el demonio caminó en círculos alrededor de los dos—. Cómo se nota que no sabes nada.

Sashi ocultó su rostro en la espalda de Khada, mientras que él se quedó estático, siguiendo con la mirada las plumas que caían de su cola y se desvanecían en polvo de ceniza oscura. A cada centímetro más cerca, la penumbra del demonio quemaba como un fuego abrumador.

—Si quieres éxito, tienes que ver más allá de tu propia nariz.

Corvus alzó la voz, depositó su atención en su invocador, se le acercó lo suficiente y lo tomó de la mandíbula, obligándolo a voltear al cielo.

La acción fue tan repentina y brusca que Khada al fin dejó ver una mueca de terror.

Agarró con firmeza la garra del cuervo por reflejo, creyendo que le iba a partir el cuello.

Su respiración se reguló lentamente al no sentir más dolor aparte del forcejeo.

Entrecerró un ojo, privándose de exhibir debilidad.

Vio a duras penas la dirección que le señaló; divisó a lo lejos un rayo de luz partiendo el cielo y abrió bien los ojos: aquella luz pertenecía a la cúspide de la torre más alta del Santuario.

Le sorprendió lo bien que se distinguía a kilómetros desde la profundidad del bosque.

La presión aumentó. El viento sopló con fuerza, trayendo la noche. Las pupilas de Khada se dilataron en una epifanía; sus sentidos se habían agudizado. La garra de Corvus aflojó el agarre, a la vez que las uñas de Sashi se clavaban del pánico en su brazo más y más.

Supo su deber..., supo lo que seguía por hacer; voces y pensamientos difusos ensordecieron su mente. Órdenes e ideas de la sangre vieja le refrescaron la conciencia.

Debía ir al Santuario, a aquel lugar donde creció.