Vehemente 7 . ADEFESIO DEL AYER
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7 . ADEFESIO DEL AYER

Los cultos escupían al suelo si alguien se atrevía a pronunciar el apellido De Sarí.

Habían pasado siglos desde que los relieves de las coronas en los muros de la Corte Federal habían sido borrados a cincelazos.

Del último sultán, Adem De Sarí, no quedaban estatuas ni se presentaban odas ; solo la estructura abandonada de su palacio que se derrumbó desde adentro por la ineptitud, la guerra y el rumor de una sultana que huyó con el heredero en brazos.

Incluso con la historia en contra, Sheila insistía por el mercado, aferrando contra su pecho un pergamino viejo con árboles genealógicos que a nadie le importaban.

«¡Por mis venas corre la sangre del sultán!»

, gritaba. Estaba loca. Al final, el mundo la orilló a esconder su orgullo, refugiándose en la costura y viviendo en una casa común de paredes húmedas en las afueras de Erén, donde volcó su furia sobre los hombros de su único hijo, Khada.

El niño creció bajo el peso de un linaje inexistente; su madre le corregía la postura con reglazos en los omóplatos si encorvaba la espalda y hacía que memorizara los protocolos del diván inexistente hasta que las velas se consumían y los ojos le ardían por contener el llanto.

—Tú no eres como los demás —le repetía al oído mientras lo bañaba—. Eres la grandeza que nos robaron.

Y Khada se lo creía a pesar de que había olvidado lo que era jugar en el jardín.

Al cumplir los once años de edad, le llevó a su madre un rosario zarcoísta de madera. Cuando se lo mostró, Sheila se pinchó el dedo con la punta de su aguja y sangró sobre el hiyab que confeccionaba.

—¿El Santuario?

—He visto a los encantadores ser tratados con adoración cuando vienen al pueblo —Khada se excusó—. ¿No es eso lo que quieres para mí, madre?

—¿Quieres arrodillarte ante un dios que nos vio perderlo todo y jamás movió un dedo por nosotros?

Khada no alcanzó a dar un paso atrás cuando el impacto de la bofetada le volteó el rostro, dejándole la mejilla roja con un hormigueo cerca del labio. Su madre lo tomó del cabello con fuerza, obligándolo a mirarla. Sus ojos verdes reflejaban un asco profundo.

—Un dios que ni siquiera me concedió un heredero inteligente —terminó, tomándolo del brazo—. Todo mi sacrificio no significó nada para ti.

—¡Pero, madre, puedo ser alguien, tal y como tú...!

—¡Cállate! No voy a perder mi vida en tu mediocridad. Si eliges ser un esclavo que implora milagros, ¡quédate con ellos!

En teoría le dio el gusto. El camino hacia las escalinatas del templo zarcoísta fue un martirio de tirones violentos bajo la lluvia helada. Frente al marco de piedra del Santuario, Sheila soltó a su hijo con un empujón que lo hizo caer de rodillas sobre los escalones húmedos.

—Para ti, yo estoy muerta —fue lo último que le dijo y se marchó sin mirar atrás.

Khada enmudeció, con los dedos clavados en la tela de su pantalón, escuchando los pasos de su madre desvanecerse entre el azote de la lluvia.

Lo había abandonado, y se echó a llorar, con el corazón partido en dos, hasta que una mujer de cabello blanco atravesó las puertas del Santuario y lo envolvió con sus brazos.

Ella lo acogió, y Khada por fin encontró un lugar donde sentía que su esfuerzo valía la pena.

Pasó los meses entregándose en cuerpo y alma al zarcoísmo bajo la guía de aquella mujer ciega, su maestra.

Resultó bastante comprometido. Cada logro y elogio que ella le dedicaba frente a los demás estudiantes era un pedazo de orgullo que usaba para reconstruir su identidad.

Hasta que Zimbel Fir’Ham llegó y lo arruinó todo.

Los monjes le adoraban con solo existir, y cuando Khada se dio cuenta de que él se convertiría por naturaleza en el siguiente ascendido, el máximo rango dentro del zarcoísmo, algo dentro de él se quebró; lo supo en el momento en que lo observaba con el ceño fruncido,

limpiándose el sudor y la mugre tras los entrenamientos, mientras Zimbel se veía perfecto sin esfuerzo.

¿Cómo es que un niño recién llegado y con la vida perfecta fuera elegido por los dioses y no él, quien había pasado día y noche entrenando sin parar y cargando con el dolor que le dejó su madre?

¿Acaso no merecía una recompensa por ser valiente?

Fue su límite.

No iba a quedarse de brazos cruzados. No le daría la razón a su madre.

2059.

El gemido silencioso de una mujer por contener su orgasmo rebotó en las paredes de una habitación localizada en la zona oeste del Santuario.

El zarcoísmo podía ser predicado y estudiado por quien sea; no obstante, al momento de encaminarse en dicha disciplina como aprendiz, los hombres debían mantenerse con los hombres y las mujeres con las mujeres.

Tal regla era algo que Galena Burouzai violaba; su cuerpo desnudo yacía exhausto debajo de quien consideraba su amante: Khada De Sarí.

No había que ser inteligente para darse cuenta de que planeaban encuentros secretos.

—¿Vendrás de nuevo mañana? —ella preguntó al verolo alejarse para vestirse.

—No.

La ausencia de ruido después de aquella respuesta arruinó los deseos de Galena.

Sabía que Khada era inexpresivo, en realidad no le importaba siempre y cuando cumpliera con su rol de novio y estuviera disponible exclusivamente para ella.

Su naturaleza misteriosa y hasta cierto punto apática lo volvía atractivo ante sus ojos, pero de un momento a otro había comenzado a distanciarse más de lo debido, y las respuestas frías se volvieron repetitivas.

—Bueno, ¿y el sábado? —suspiró, cubriéndose con las sábanas y dándose por vencida—. ¿A qué hora nos veremos? Me gustaría ir a cenar al pueblo; la comida de aquí es insípida y quisiera algo especial por nuestro segundo aniversario.

—No sucederá. —Khada terminó de vestirse, le dio la espalda y se puso sus zapatos.

—¿Qué?

—Bel y yo iremos a Erén, así que no podremos vernos ese día.

Un frío recorrió la espalda de Galena; abrió bien los ojos, sus manos temblaron con la duda al límite.

—¿«Bel»? —repitió, incrédula—. ¿Zimbel Fir’Ham?

Él no respondió.

—Pero... Pero tú me prometiste que iríamos a…

—Lo siento, ¿sí? Esto es más importante.

Khada por fin se giró hacia ella.

Galena abrió la boca, se levantó de la cama, tensando ambos puños. Quedó desnuda frente a él sin una pizca de pudor.

—¿¡Y todavía tienes el descaro de decírmelo!?

Él se mantuvo indiferente. Relajó los párpados y bajó los hombros, haciendo de su postura rígida e inaccesible. No la miró ni sucumbió como ella esperaba.

—Adiós —se dio la vuelta, dispuesto a irse por la ventana como había llegado.

—¡Khada!

Tras oír su nombre, se detuvo. Miró a Galena de reojo a la vez que apoyaba en silencio sus manos en el marco del cristal abierto.

Se enfocó en su rostro pálido, sus ojos azules y esas largas pestañas negras que formaban un gesto desesperado por ser correspondido.

De un instante a otro recordó la vez que se conocieron.

Había sido en la celebración de fin de curso, cuando él cumplió diecisiete y lo transfirieron al tercer sector.

Galena estaba ahí, perteneciente al mismo sector (pero femenino).

Se vieron, ella dio el primer paso y desde entonces se veían en secreto las noches que a ella le apetecía recibir más que besos.

Una decisión que supuestamente tomaron ambos, mas en el fondo Khada solo se engañaba a sí mismo para forzarse a sentir atracción, pues creía que si se enamoraba de ella, su vida sería feliz... Pero claro que eso jamás pasó.

—No es la primera vez que pasa esto —la voz de Galena se quebró en la última sílaba—. Desde que conociste a Fir’Ham no dejas de cancelarme, y siento que me estás haciendo a un lado... Khada..., ¿qué está pasando?

No tenía intenciones de contestarle. Suspiró, estaba harto de soportar sus exigencias como si de verdad se las mereciera. Se sentó al borde de la ventana, colocando una de sus piernas afuera, listo para saltar.

—Khada, si te vas ahora, me olvidaré de ti y lo nuestro se acabará.

Él tensó la mandíbula. ¿De verdad lo estaba amenazando con eso?

Y en vez de reaccionar con sarcasmo, un pensamiento emergió desde lo más profundo de su conciencia.

Reaccionó. ¿Qué demonios estaba haciendo con su vida?

¿En serio había caído tan bajo como para fingir amarla durante dos años?

Por Galena no sentía atracción sexual, ni romántica; no sentía nada.

¿Entonces por qué estaba con ella? ¿Para llenar un vacío y fingir ser alguien?

¿Para tratar de superar el trauma que le dejó su madre? ¿En serio?

Concluyó en que la estaba usando, tal vez no de forma consciente, pero la había dañado demasiado con sus hábitos sin querer que por un segundo le dio vergüenza.

Ya no tenía nada que hacer ahí, y solo porque le guardaba un poco de consideración, decidió darle fin a su vínculo para no lastimarla más, aunque realmente no supiera cómo hacerlo.

Tomó un gran bocado de aire. Sin decir ni una palabra, se aferró al marco y saltó por la ventana hacia el jardín que rodeaba el edificio de los dormitorios.

Aterrizó ágilmente y se escabulló entre los arbustos hacia la zona de los hombres.

Escuchó a Galena llamarle, primero con susurros y luego con un volumen notable sin el miedo de despertar a los superiores.

Él, por primera vez, no acudió. Su propio nombre resonó con eco en su cabeza, avivando la frustración de su existencia. Esa debilidad que le recordaba que había alguien allá que lo estaba superando por mucho, y que no importaba cuánto se esforzara, siempre viviría bajo la sombra de Zimbel.

Actualidad.

2064.

En lo más profundo del bosque de Erén se distinguió una mancha negra sobre el difuso camino de tierra húmeda.

Casi anochecía. Khada avanzaba con la atención clavada en el suelo, dejándose llevar por el sonido de su máscara atada chocar con las cadenas de su cinturón.

Sus huellas se marcaron por la fuerza de sus pisadas; estaba molesto.

«¿Quién demonios era aquel tipo que lo defendió y por qué pudo retenerme?»

La duda perturbó su calma. Tensó los puños hasta herirse las palmas con las uñas. Sus músculos se endurecieron y cada vez se le hacía más difícil andar. Susurros de su propia mente seguían insultándole . Temió por un segundo estar volviéndose débil aún con la ayuda de la sangre de Corvus.