Vehemente 6 . GÉNESIS #3
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6 . GÉNESIS #3

Habían pasado poco menos de dos semanas desde que llegó a Gocedonia, no tenía su celular y no le avisó a nadie, era de esperarse que alguien en casa se preocupara y hasta ese momento lo pensó.

Debía avisarle a alguien. Fue descartando uno por uno; se detuvo en un nombre en específico, descolgó el aparato de la base y tecleó una serie de números que desde pequeño memorizó.

Timbró una vez y alguien del otro lado atendió inmediatamente.

—¿Bueno?

Sonó la débil voz de una mujer.

—Mamá...

—¿Russell? …¿¡Russell!? ¿¡Russell, eres tú!? Ay, gracias a la virgen… —bastó con identificar el tono de su hijo para empezar a llorar eufórica—. ¿¡Estás bien!? ¿¡Dónde estás!?

—Ma, estoy bien, tranquila; estoy bien.

—¿¡Qué te pasó!? ¿¡Dónde estás!? ¡Dime e iré por ti!

—Mamá… —marcó una pausa, tragó saliva y suspiró; por un instante se arrepintió de haberla llamado—. De verdad estoy bien… Estoy en Gocedonia.

—¿Gocedonia? ¿Por qué, cómo? ¿¡Por qué no me llamaste!? ¡Dame la dirección! Le diré a tu tía que consiga un vuelo pronto y...

—Ma..., conocí a un chico.

En ese momento, la sala enmudeció, incluso se dejó de oír la estática del otro lado del teléfono, como si la señal hubiera muerto. Russell escuchó la respiración de su madre a través, a lo que resopló, conteniéndose de no hablar de más, y mordió su labio inferior.

—¿Un chico?

—Es una larga historia, prometo contarte todo a detalle, pero ahorita solo necesito que me escuches... Voy a quedarme en Gocedonia un tiempo más.

—Russell… —la mujer se quedó ida.

—Por favor, mamá, lo único que te pido es que no le cuentes a nadie que estoy aquí, ni a la prensa… Ni a mi papá...

—Ay, hijo.

—Por favor.

Muy pocas eran las veces que Russell le pedía favores a su madre; había sido educado con independencia y coraje desde la infancia.

Nunca padeció la dichosa «mamitis» y eso fue algo que le repercutió positivamente en el futuro, pues aunque Doña Margarita le entregara toda la disposición y amor del mundo, él no se aprovechaba.

—Tu padre vino preocupado a preguntarme por ti —luego de un silencio abismal, ella habló—.

Fue ayer… me lo contó todo. Yo no sabía nada.

Te marcaba y te marcaba, pero tu celular estaba fuera de servicio y tus vecinos nunca te vieron regresar después del día de la pelea.

Ahora me entero que no sabían nada de ti desde hace semanas…

me estaba volviendo loca… pero en eso tú me marcas y…

No pudo terminar, se echó a llorar.

—Ma...

—Solo le agradezco a la virgen que estás a salvo..., lo demás no importa. Si lo que quieres es que me quede callada, lo haré, pero por favor no vuelvas a hacerme esto, hijo.

—Sí, ma... Lo siento… No le digas a mi papá que hablaste conmigo, ni a la prensa. Tú haz como que no sabes nada.

—Bien sabes que nunca me gustó que te dedicaras a las luchas, Russell, mira en lo que te tiene metido... Así que no te preocupes, yo con esas gentes no voy a hablar.

«Disgusto», la respuesta de su madre le inquietó. Al resoplar por enésima vez le dio un recorrido a toda su vida y revivió la razón de su carácter.

Fue un hijo deseado, amado, nacido en una familia pudiente y de estatus gubernamental.

Su padre, Don Pablo, el mejor luchador de todos los tiempos; fuerte, imponente y un símbolo nacional que motivó a cientos de jóvenes.

Y su madre, Doña Margarita, la actriz que revivió el cine inuense, y que en sus tiempos libres se dedicaba a la danza clásica regional.

Ella lo educó con la libertad de elegir su futuro, mas su padre quería que siguiera sus pasos, y desde entonces comenzaron las oposiciones.

Al final, el famoso matrimonio entre dos grandes estrellas se quebró, culminando en un divorcio del que en el fondo Russell se sentía responsable.

Debido a sus conflictos e inseguridades, fue víctima de acoso escolar en la pubertad, por lo que su padre ni siquiera le preguntó y lo inscribió a la academia de lucha para que se convirtiera en «hombre».

Russell se volvió un luchador profesional a raíz del orgullo de su padre, y pese a ser bueno en lo que hacía, la espina de la duda siempre permaneció ahí, distrayéndolo , volviéndolo un hombre inseguro en secreto, fácil de perturbar.

—¿Tienes dinero? ¿Quieres que te mande? —la voz de su madre lo sacó de su trance.

—No, en verdad estoy bien.

—Bueno... Te amo, hijo.

—Yo también te amo, mamá... Gracias.

Y colgó, terminando la conversación en un silencio capaz de hacerlo llorar a él también.

Siempre fue igual, nunca tenía las agallas de expresarse por completo.

Su corazón flaqueó aún manteniéndose firme.

Pensó y pensó, dando por hecho que Leone no estaba preocupado por su paradero, ya que de ser así, habría ido con su madre y ella le hubiera avisado.

Supuso, supuso tanto que se lo creyó. Se llevó una mano a la cara; se frotó, recargándose en uno de los pilares de la casa para despejarse.

Se tragó las lágrimas, reunió fuerzas y actuó como si nada.

No era el momento de ablandarse, no quería perder por culpa de sus sentimientos como en su última pelea, debía ser fuerte, enfocarse, madurar.

Debía ser alguien capaz de ayudar a Zimbel.

Infló el pecho; se deshizo del pesar y exhaló.

Oyó un crujido detrás suyo y se giró; sus músculos volvieron a endurecerse al ubicar a Zimbel y a Zuri en el fondo del pasillo, los dos mirándole con atención, preocupación y curiosidad.

No hubo diálogo alguno, solo el calor de los tres cuerpos compartiendo el mismo espacio.

En vez de sentirse acorralado, Russell inspiró, tranquilo; por muy macho que quisiera aparentar, en el fondo sabía que los hermanos Fir’Ham no lo juzgarían .

Sacó todo lo que tenía guardado.