Vehemente 6 . GÉNESIS #2
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6 . GÉNESIS #2

Pasaron los segundos y nada sucedió. Zimbel tragó saliva, no sabía si el moreno seguía ahí, pues el viento continuaba soplando y la hierba alta del césped bailaba al son.

No quería alzar la mirada y cerciorarse, sería demasiado obvio.

Y en eso, sintió una mano acariciarle el hombro derecho.

No resistió, levantó la cabeza, topándose con un Russell comprensivo, serio, distinto al que le había gritado tras perseguir a Khada.

Sus ojos verdes lo envolvieron en una manta de seda tibia, dispuesto a cuidarlo, a escucharlo y a no dejar que nadie lo perturbara.

Nunca creyó que alguien tuviera la capacidad de transmitir tales sensaciones con solo la mirada, por lo que relajó los músculos, abriéndose, bajando la guardia.

La calma del viento incitó a que ambos se acercaran más.

Fue divino; aún cruzando las respiraciones, el momento no se tornó incómodo, al contrario.

Un suspiro de paz. Observó cada detalle de las facciones de Russell y lentamente bajó hasta su brazo, donde sobresalió el vendaje que Zuri le colocó por la herida del forcejeo del ataque de Khada.

Asimismo, Russell le sonrió, empático. Bastó con ese simple gesto para que Zimbel se encerrara en sí de nuevo.

Cuando apenas lo conoció, le prometió serle de ayuda por haberle salvado la vida.

Así era, ¿no? Una casualidad que se convirtió en promesa.

No…, no era una simple promesa banal. Había algo en las palabras de Russell que se sentían reales.

Le contó que decidió involucrarse para saldar su deuda, sí, pero por muy serio que sonase, en realidad estaba haciendo más de lo debido, recibiendo golpes que no iban dirigidos a él.

Russell era extraño, una partícula de color llamativo dentro de su burbuja blanca, imposible de ignorar.

Era grande, fuerte, leal; cualidades esenciales de un protector, un compañero...

, un guía similar al que Ventus le notificó.

Pero si su relación iba a ser meramente profesional, ¿por qué quería conocerlo?

¿Por qué cada día que pasaba con él se sentía con la urgencia de comprenderlo?

Su corazón se aceleraba en cuanto pensaba en él, generando una sensación similar a la que experimentó en el pasado... ¿Por qué?

L adeó su cuerpo, juntando su hombro con el de Russell.

Atrajo la corriente de aire en su mano y jugó con unas cuantas hojas que se habían colado en el flujo.

La movió a su antojo. Al final, entrelazó sus manos y bajo su calor convirtió las hojas en un polvo forestal amarillo que, mezclado con el viento, parecía que la corriente que controlaba brillaba con la luz del sol.

La expresión de Russell delataba su asombro.

Zimbel sonrío; movió el viento a su antojo, alterando con naturalidad la temperatura de las moléculas en el ambiente, e hizo que la brisa cobrara vida, obligándola a bailar alrededor de ambos en un remolino suave y cautivador.

Russell lo seguía en silencio, sin cambiar su expresión; sus ojos estaban muy abiertos.

Con un ligero y delicado giro de sus muñecas, Zimbel bajó la temperatura en el interior de la corriente.

El polvo se cristalizó en el aire, transformándose en copos de nieve perfectos que flotaban desafiando la gravedad.

El luchador extendió su mano, tocó el hielo, los copos se derritieron al contacto, cayendo sobre la palma de Russell como pequeñas gotas de agua que permanecieron intactas y esféricas sobre su piel sin llegar a absorberse.

Como último acto, Zimbel hizo que las gotas se elevaran volviendo a unirse a la corriente; expandió el agua en el aire y estalló, convirtiéndose en cálidas estelas de fuego que se desvanecieron sobre ellos como una lluvia de estrellas doradas.

El espectáculo no fue lo más sorprendente. Russell prefirió mirar a Zimbel, y le dedicó una sonrisa orgullosa, con las pupilas dilatadas.

—Me mentiste —susurró con suavidad.

Zimbel bajó un poco la mirada, dejando escapar un suspiro rendido, aunque sus hombros lucían menos tensos que antes.

—Nunca renuncié a mis poderes —admitió, apenado—. Lo siento.

Russell asintió. No iba a reprocharle nada.

Lo entendía, lo entendía perfectamente. Volteó el rostro hacia el horizonte, con la vista perdida entre la maleza y los árboles, como si esperara encontrar algún remanente brillante de la corriente que Zimbel acababa de manipular.

Reconocía que había sido un acto admirable.

Sin embargo, lo que verdaderamente lo tenía emocionado era que Zimbel le había entregado esa confianza.

Su pecho se llenó de una calidez reconfortante.

Estaba a punto de acomodarse, de articular alguna palabra para agradecerle ese gesto, pero sintió un peso suave a su lado; apenas y se atrevió a respirar al sentir la cabeza de Zimbel recargarse sobre su hombro.

Contuvo el aliento; cerró los puños sobre sus rodillas mientras su cuerpo se volvía rígido bajo la sien del azabache.

El pulso le latió con fuerza y una oleada de calor subió por su cuello.

El silencio seguía, interrumpido solo por la respiración relajada de Zimbel. Russell tragó saliva, sintiendo la garganta seca, y obligó a su mente a buscar una pregunta antes de que su propia agitación lo delatara.

—¿Qué son las corrientes en realidad? —fijó su vista en el polvo luminoso que dejaron las estelas. Pensó en el día cuando recién se conocieron; la respuesta seguía siéndole ambigua para un hombre práctico como él.

Zimbel no se apartó. Se tomó su tiempo, dejando que la duda flotara en el aire, disfrutando la quietud.

—Se llama Enlace — parpadeó muy despacio y humedeció sus labios — .

Todos tenemos uno. Viene con nosotros desde que nacemos como una parte del alma que conecta con el mundo exterior.

Es el origen de los sentidos… Pero no todos saben que lo poseen.

La determinación que predica el zarcoísmo es lo que despierta el Enlace. No es solo desear algo… es…

—Ser vehemente —completó Russell en un murmullo bajo, casi para sí mismo.

Zimbel se quedó callado. El ligero ritmo de su respiración se detuvo por un instante.

Despacio, separó la cabeza de su apoyo; miró a Russell a los ojos, y este le devolvió el gesto con una sonrisa y un par de hoyuelos junto a la comisura de sus labios.

Zimbel asintió de forma imperceptible, relajando los hombros como si Russell acabara de poner en palabras exactas algo que a él le costaba explicar.

—Cuando la vehemencia aparece, el Enlace despierta y te vuelves uno con el entorno.

Russell sostuvo la mirada un poco más, hipnotizado por la cercanía de esos ojos azules que parecían estudiarlo con admiración.

Una presión caliente le oprimió el pecho, haciéndole olvidar la rigidez de hace un minuto.

Ninguno de los dos habló, ni hizo el intento por desviar la atención; se quedaron así, compartiendo un aire que de pronto se sentía igual.

Zimbel exhaló, rompiendo el trance con la misma delicadeza con la que había comenzado; inclinó el rostro y volvió a apoyar la cabeza sobre el hombro del luchador. Estiró el brazo y apuntó con su índice el horizonte del sureste, en dirección al pueblo.

—Nací y crecí en Erén —inició—. Es un lugar tranquilo y solidario, pero desde que empezaron los ataques de Khada, hace cuatro años, la sociedad se ha estado dividiendo.

—¿Sí?

—Cada vez hay menos confianza en los cuerpos de seguridad, lo que nos obliga a tomar precauciones, hasta el punto de hacer justicia con mano propia.

Aunque es de esperarse; Erén es un pueblo pequeño, con más bosque que civilización, oculto entre las montañas.

Es imposible comparar nuestro modelo de protección con el de la capital, por ejemplo; o con el de otros países. Vivimos algo atrasados en ese aspecto.

«Atrasados». Era cierto, Russell se percató desde que llegó.

Calles amplias, ningún auto, vida rústica.

Hizo memoria y se transportó a la tienda del padre de Zimbel, con decoraciones tradicionales, inciensos, vitrinas de madera y aparatos electrónicos analógicos.

Le resultó curioso; tenía el presentimiento de que la gente vivía así porque quería.

—Erén es tan diferente a mi hogar —reflexionó.

—¿Cómo es Inu Koi? —Zimbel lo miró desde abajo, sin apartarse de él.

—Caliente —fue lo primero que pensó—. Ruidoso, agitado; la gente va de allá para acá. El espectáculo lo mueve todo.

—¿Y te gusta que sea así?

La pregunta del azabache trajo consigo un silencio silbante.

Russell relajó los párpados y se miró las palmas, que raramente le comenzaron a sudar.

La añoranza predominó aunque no quisiera.

Por mucho que se quejaba del clima, la gente y las expectativas que su padre tenía sobre él, un pequeño calor custodió su corazón, deseando regresar a Inu Koi.

No obstante, su propio anhelo se contradijo.

Cerró los ojos, la pelea con Leone se presentó en su consciencia y pareció volver a vivirlo en carne propia.

El calor, la arena, los gritos del público.

Parpadeó muy lento, volviendo a sentir el hormigueo de los puñetazos en su cara.

Su orgullo le jugó mal. Leone era más que su amigo, y aún sabiendo que el enfrentamiento era algo meramente profesional, sintió los golpes reales, tan reales que dudó de su confianza... , de su amistad.

Una epifanía. Hecho que nunca se detuvo a pensar.

Abrió bien los ojos. Su vida no era mala, lo tenía todo.

Tenía una madre que lo amaba, un padre que apoyaba su pasión.

Tenía dinero, reconocimiento, estatus...

, tenía a Leone. Se sintió mal, se sintió estúpido.

Su orgullo le nubló el juicio, dejándose vencer por una derrota que lo orilló a un final difuso imposible de recordar...

, que le abrió nuevas puertas... puertas que lo condujeron a Zimbel.

Y en eso, oyó un suspiro por parte de él, adoptando una postura más relajada a su lado, a lo que solo contestó que sí.

La sala se sumergió en los colores del ocaso, con tonos anaranjados que hacían más notorias las partículas de polvo que flotaban en el aire.

Russell estaba ahí, de pie frente a una mesita de madera que sostenía un teléfono fijo.

Su mirada reflejaba angustia. En lo que restó del día estuvo pensativo y callado.

Su energía no paraba de concentrarse en el presente de su situación y la plática que tuvo con Zimbel que le provocó darse cuenta de la irresponsabilidad que cometió.