Vehemente 6 . GÉNESIS
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6 . GÉNESIS

La vida de Zimbel siempre fue conflictiva.

Hijo de un padre adoptivo y una madre desaparecida.

Nunca llegó a conocerla, y por ende, a entender los motivos de su abandono.

Según Abi, la noche de un 22 de agosto, un recién nacido apareció en la puerta de su tienda, y como era de buen corazón, lo crio con sus demás hijos.

—El viento te trajo hacia mí. ¿Cómo explicas que un bebé soportara el frío de la noche por quién sabe cuánto tiempo antes de que yo me percatara? Lo único que puedo decir es que eres un milagro, Zimbel; un milagro que vino a traernos dicha.

«Dicha». Las explicaciones de su padre siempre terminaban con esa palabra: dicha. Cómo la odiaba. Supo desde muy joven que su linaje era especial, que no era como los demás niños y que estaba destinado al éxito absoluto.

Fir’Ham creció entre gente devota que a cada instante le recordaba su «dicha». Así fue como entró al Santuario, y era de esperarse que en menos de una semana se ganara la atención de sus superiores. No tardaron en recaer las expectativas, expectativas que por un tiempo se sintieron bien.

Pero al cumplir los quince años de edad tuvo su primer colapso de identidad, que erróneamente llamó «confusión». Jamás se lo contó a su padre, ni a ningún tutor, en vez de eso, rezó.

—Ventus, me siento tan confundido... ¿Qué es lo que tengo de especial y por qué no fui lo suficiente para mi madre si sí soy para los demás?

... ¿Por qué?... ¿Por qué yo?... Tengo tantas preguntas...

, pero sé que no tienes interés en escucharlas...

Por favor, apiádate de mí..., ayúdame a sentir mi vida como tú la sientes. Seré bueno, lo prometo...

Al final, sus plegarias fueron ignoradas.

Ese milagro que lo mantuvo con vida desde su primer respiro se transformó en una maldición que tuvo que ocultar.

¿Por qué parecía que los dioses solo lo miraban cuando era conveniente?

No podía soportarlo, no podía seguir así.

¿Desde cuándo ser un descendiente se convirtió en un infierno?

¿Desde cuándo... la armonía de vivir otro día más desapareció con el tiempo?

No tenía remedio, no tenía nada. Lo único que le quedaba era seguir las órdenes del Santuario, solo; aprender y prepararse para la ascensión, por su familia, por los dioses.

Su camino estaba hecho, solo debía seguirlo en línea recta. No había obstáculos, no había errores; la perfección se mantenía intacta acorde a la profecía.

Hasta que un día... simplemente se enamoró .

Hace 5 años.

Erén, Gocedonia, 2059.

El decimoquinto cumpleaños de Zimbel trajo consigo una oleada de pensamientos que afectó a su perspectiva diaria.

Las crisis existenciales se volvieron más frecuentes, además de la presión por parte de sus mentores y el cambio hormonal debido a la pubertad.

No existía un día en que no terminara con las manos sudorosas; el estrés de seguir en línea recta lo carcomía.

Pasaba noches sin dormir, autoexigiéndose.

Tenía sueños lúcidos, pesadillas y supuestas visiones que solo le generaban más conflictos internos.

En el Santuario existían cinco secciones de estudio dependiendo de la edad, y aunque Zimbel era el más hábil de todos, permanecía en la segunda sección, donde los niños y jóvenes de diez a diecisiete años convivían mutuamente.

Era de esperarse que Zimbel tuviera problemas para socializar; él era la excepción y recibía educación individual, por lo que ningún otro Encantador de la edad se atrevía siquiera a hablarle por el simple hecho de ser «demasiado normal» para él.

No tenía amigos y deseaba tanto tenerlos .

El único momento en el que se sentía igual a los demás era en la hora del desayuno; todos se reunían en el gran comedor del templo.

Ya conocía a sus compañeros de vista, se sabía sus nombres y la comida que más repetían al día.

Tenía listo un sinfín de temas para conversar, pero como siempre, la preferencia maldita estaba de su lado, viéndose forzado a compartir asiento con uno de sus mentores que por obvias razones, ahuyentaban las posibilidades de que alguien se acercara.

Para mantener la motivación de los estudiantes, cada mes se realizaba una exposición de poemas basándose en los tres conceptos más importantes del zarcoísmo: fe, constancia y autoestima; « porque no puedes amar a Dios si no te amas a ti primero ».

A Zimbel le gustaba participar, sus poemas no eran la gran maravilla como muchos suponían; e n realidad escribía con fallas a propósito para fingir ser un novato.

Firmaba sus obras con su seudónimo, « Belle », con la esperanza de atraer amigos, pues era costumbre, y había esa libertad, de que una persona escribiera su propio nombre en el poema que más le atrajese; significaba admiración, estima e interés hacia el autor,

dando pie a que después pudieran conocerse y hablar, avivando el compañerismo y la empatía.

Aquel mes no fue distinto. Como siempre, nadie escribió en su poema. Quizá era bueno siendo malo que los demás realmente pensaban que no se trataba de él, que solo era un tonto inculto con errores de gramática.

Caminó con los brazos cruzados, viendo uno a uno los poemas pegados en las paredes del gran corredor principal.

Pequeños grupos entre encantadores se formaban, comentando y halagando los escritos ajenos, y cuando se percataban de la presencia de Zimbel, se hacían a un lado para darle el paso.

Estaba tan acostumbrado al trato «noble» que ya ni siquiera se esforzaba por ser modesto.

Le agobiaba, le agobiaba demasiado, pero siguió, y antes de dar media vuelta y regresar a su habitación, leyó el último poema pegado entre un montón que destacó por su tinta roja.

«Los ojos del cielo permanecen cerrados

mientras me ahogo en los ríos olvidados.

Maldigo este dogma, mi propia naturaleza

que me debilita y pesa.

Silencio de los que caen.

La penumbra fría me devora y me aísla

en una triste melancolía que me exilia.

Mi alma ya no reza, solo grita que me miren,

que esta indiferencia desaparezca » .

—Khada.

— «Khada».

No había ninguna firma más, pensó que era el primero en leerlo, ya que la hoja estaba escondida entre las demás. Buscó una pluma en el estante comunitario y puso su seudónimo en él.

—Khada... —lo repitió de forma inconsciente.

No recordaba a ninguno de sus compañeros con ese nombre, por lo que asumió que se trataba de alguien en la tercera sección.

Obvió la posible diferencia de edad; solo quería conocerlo porque su poema le fascinó; creyó que podía tener una charla amena...

, se creyó capaz de entender cómo se sentía acorde a su lírica y así ganarse una amistad en común después de años de soledad.

Eso era lo que quería: alguien con quien sentirse comprendido.

Estiró el cuello y buscó sobre la multitud de estudiantes, esperando toparse con Khada y reconocerlo aunque nunca en su vida lo hubiera visto.

Confió en su instinto, se mezcló entre los demás sin despegar la vista del poema de tinta roja.

Se movió, cambió de posición y fingió estar perdido en otra cosa.

Parecía tonto, algunos se extrañaron, hasta que minutos después, por fin dio con su objetivo.

Alguien se acercó a la pared, desprendió el poema y se fue conteniéndolo en su puño.

Los ojos de Zimbel se iluminaron, aquel solo podía ser Khada. Así que corrió tras él, perdiéndose en el pasillo.

Actualidad.

Seguía teniendo pesadillas con « él ».

En la colina, el océano de montañas a los horizontes tenía impacto en quien lo viera.

El sentirse insignificante ante la majestuosidad de la naturaleza era algo de lo que Zimbel ya estaba acostumbrado, y aún así, le dedicaba a la vista el respeto que se merecía como la primera vez que llegó.

Estaba sentado con las piernas cruzadas y los brazos extendidos sobre sus rodillas, pensando...

, sintiendo con la ayuda del viento revoloteando sus mechones.

La reciente catástrofe lo dejó mal. Se había encontrado con Khada cuatro años después, quien para acabarla intentó matarlo.

No supo a qué llegar, no supo nada. Intentó enfocarse en los datos que recolectó.

Su travesía como «detective» había empezado tres años atrás.

Desde entonces, lo único que conseguía eran las sobras y cadáveres que Khada dejaba a su paso; hombres y mujeres de edades variadas, complexiones y nacionalidades.

Quiso suponer que había algún patrón oculto, pero las víctimas eran tan opuestas que por un tiempo creyó que eran asesinatos al azar en serie.

Hasta que decidió llevar un registro de los detalles más minúsculos, llegando a las siguientes conclusiones:

Los asesinatos se llevaban a cabo una vez cada dos semanas.

En los meses con 31 días había un 50% de probabilidad de que el número de asesinatos subiera a dos por cada quince días.

El asesinato podía realizarse cualquier día de la semana a excepción de los viernes.

Existía un periodo invisible aproximadamente de cinco o seis semanas en donde las víctimas compartían el mismo género.

Era un auténtico dolor de cabeza. Zimbel se obligó a sí mismo a mantener todos sus sentidos alerta.

Un rasgo lógico apareció luego del primer año de investigación y así se mantuvo hasta la actualidad, repercutiendo en su propia personalidad.

Era costumbre en él tener recaídas luego de no conseguir un progreso visible, por lo que trató de aprovechar cada información a su alcance.

Si sus predicciones eran correctas y tomaba en cuenta la fecha del último asesinato, el periodo invisible había culminado con la nieta de Faris, lo que significaba que la siguiente víctima, dentro de dos semanas, sería un hombre.

Su hipótesis sería perfecta de no ser por la extraña lista de adjetivos femeninos que supuestamente Khada había mencionado. Aquello lo abrumó. Soltó un suspiro profundo, cerrando los ojos. Le faltaba algo para alcanzar la paz absoluta y concentrarse..., algo que no podía encontrar en su interior.

—Zimbel.

Parpadeó al escuchar su nombre; su ceño se frunció con pesar, y aunque odiaba que se entrometieran en su vida, esa vez se sintió aliviado. A su costado percibió el calor de Russell tomando asiento junto a él.

—¿Cómo estás?

Su pregunta fue estúpida, demasiado estúpida… o quizá demasiado inocente.

—Mal —clavó la vista en el pasto.

Esperó un diálogo o algo sin sentido propio de Russell.