Vehemente 5 . EL DIABLO #3
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5 . EL DIABLO #3

Pasaron cerca de un puesto de figuras de barro alzado en el patio delantero de una casa, atrás había un gran vitral oscuro que funcionaba como un espejo.

Russell se percató sin detenerse; vio su reflejo junto con el de Zimbel, y por alguna razón se alegró.

De manera discreta se acercó más, caminando a su lado, hombro a hombro.

Volvió a mirar su propio reflejo, pero entre las carpas cubriendo los rayos vio a una persona parada en el balcón de una casa a sus espaldas, vestida de negro y una capucha cubriéndole la cabeza; contrastaba con el colorido estilo de vida en Erén.

Sin verle la cara, Russell supo que la atención de aquel extraño estaba sobre ellos.

En un intento por hacerse creer a sí mismo que solo estaba exagerando, se volteó a su costado contrario, al balcón real.

A punto de enfocar su vista en los barandales de madera, sintió en su nuca un hormigueo caliente.

Rotó su cuerpo sin dudarlo, encontrándose cara a cara con el hombre de negro, corriendo hacia Zimbel con un cuchillo en mano.

—¡ZIMBEL!

El luchador gritó. Se interpuso, agarró de los hombros a Zimbel y lo empujó con fuerza lejos de ahí.

El hombre chocó contra él; ambos cayeron debido a la inercia.

El forcejeo rápido hizo que Russell recibiera un corte fino en el antebrazo, quien jadeó, tratando de verle la cara.

Su sorpresa creció al ver que llevaba una máscara roja cubriéndole el rostro, con cuernos, un pico y las cuencas de los ojos totalmente negras y vacías.

Esa tenebrosa imagen se impregnó en su conciencia, acompañada de los gritos de los clientes y mercaderes que no tardaron en armar un escándalo.

—¿Quién eres? —le preguntó estúpidamente, como si le fuera a responder.

El enmascarado no habló; se petrificó por medio segundo, confundido, y fue ahí donde Russell confirmó que el objetivo era Zimbel.

Sin perder un instante, lo sujetó del brazo e intentó hacerle una llave para inmovilizarlo.

El misterioso forcejeó con todas sus fuerzas y consiguió zafarse antes de que pudiera aprisionarlo por el cuello; apenas logró incorporarse a medias, todavía retenido por uno de los brazos.

Soltó un quejido bajo la máscara, guardó la daga y, desesperado, lanzó un puñetazo con su mano libre.

Russell lo vio venir, levantó el antebrazo, desvió el golpe y mantuvo firme el agarre.

—¿Russell? —Zimbel se reincorporó , aturdido. Se quedó estático en cuanto los vio a ambos y su mandíbula comenzó a temblar.

—Zimbel... —Russell temió haberlo herido por el empujón. Bajó la guardia, aflojando el agarre.

El enmascarado aprovechó la apertura y le clavó un codazo.

Russell se encorvó por el impacto y, antes de que pudiera reaccionar, recibió un puñetazo de lleno en el rostro.

Apenas intentó contraatacar, un frío repentino le recorrió el abdomen.

El hombre lo había pateado con todas sus fuerzas, lanzándolo contra el puesto de cerámica.

Se estrelló sobre la mesa principal, que se hizo añicos bajo su peso, arrastrando consigo las vajillas exhibidas y las mantas que adornaban el puesto.

Fue incapaz de ponerse de pie de inmediato.

El misterioso se enderezó, buscó con la mirada una ruta de escape, y una mancha en su campo de visión lo hizo detenerse.

Vio a Zimbel; él también lo hizo. Los dos compartieron posturas: congelados, observándose y dejando que la gente a su alrededor corriera despavorida.

Los gritos se tornaron ecos, después, silencio.

Zimbel contuvo la respiración, incrédulo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Khada...

Pero él no acudió a su nombre. Sus pupilas alcanzaron a distinguirse a través de la máscara, despertando en Zimbel los recuerdos imborrables que le perturbaban día y noche.

Khada no intentó atacarlo, estaba consciente de que en cualquier segundo aquel bruto se incorporaría. Así que huyó sin mediar palabra.

—¡KHADA! —las piernas de Zimbel no respondieron, seguía en estado de shock.

Miró el puesto en donde Russell cayó, la gente no dudó en ayudarlo a ponerse de pie. Por lo que no se la pensó; en cuanto sus sentidos respondieron, corrió tras Khada, dejando a Russell a su suerte.

Hace 4 años.

—¡Khada! —el joven Zimbel tenía los ojos húmedos por la tristeza—. Khada, ¿qué te ocurre?

Estaba lloviendo en aquel roble, y las pocas gotas que atravesaban las gruesas hojas cayeron en sus rostros. El castaño lo miró inexpresivo.

— Bel … —empezó, desviando la mirada.

—Hay algo que no quieres decirme. Algo que te inquieta.

Khada se acercó y lo abrazó.

Zimbel correspondió; lloró en sus brazos.

—Bel… —le susurró—. Estoy bien.

Tomó su rostro con ambas manos. Hizo que lo mirara. Zimbel, entre sollozos, apreció sus rasgos sin intenciones de alejarse. Por un momento pudo controlar su tristeza.

—Mírame, estoy bien. No oculto nada —aclaró, y se acercó todavía más; chocó su nariz con la de él y lo cubrió con su cuerpo en un fuerte abrazo.

Zimbel cerró los ojos y correspondió, sintiendo su calor.

—Khada… Ya no me mientas más…

Él reguló su respiración, desvió su atención al horizonte gris. El viento le sopló en la cara con una brisa húmeda.

—Te quiero, Khada —una vez más, Zimbel repitió su nombre. Eso lo sacó de su trance—. Te quiero en serio; por favor, ya no me mientas más.

Khada lo soltó, le miró desde arriba en silencio; su rostro, con el ceño ligeramente fruncido, hizo que Zimbel suspirara, iniciando un segundo abrazo más fuerte; no quería que el momento terminara, solo con él se sentía completo…, con Khada.

Actualidad.

Zimbel llegó al límite; corrió por el camino de hojas, desesperado. Khada huía delante de él, a solo dos metros de distancia. Tan cerca y tan lejos, y ni así pudo alcanzarlo. Su religión le prohibía usar las corrientes elementales en contra de la vida.

El enmascarado tomó impulso y saltó hacia una rama salida del árbol más cercano, se aferró a esta y trepó ágilmente, perdiéndose entre las hojas.

Zimbel no consiguió seguirle el paso, y conste a su desesperación, tropezó con una raíz y cayó al suelo, rodando y golpeándose con las pequeñas piedras del camino de tierra antes de aterrizar de cara.

Su dolor no fue suficiente; alzó el rostro para no perder de vista a su objetivo, pero ya era tarde, Khada se había escapado de nuevo.

Golpeó la tierra con su puño. Lloró; el dolor de la caída se mezcló con la impotencia que llevaba acumulada en el día, dando como resultado un choque de emociones y recuerdos que en vez de desahogarlo, lo ahogaron más.

—¡Zimbel! —escuchó la voz de Russell a lo lejos.

Se limpió las lágrimas sin éxito, posteriormente se levantó a duras penas.

Russell llegó y se tomó unos segundos para recuperar el aliento.

—¿¡Qué mierda pasó!?

Zimbel no respondió.

—Te defiendo y tú me dejas abandonado allá.

Su molestia era cada vez más evidente; parecía que en cualquier momento le soltaría un golpe.

De nuevo, Zimbel no respondió. Bajó el rostro y evitó hacer contacto visual con él.

—¡Puta madre, mírame cuando te hablo! —mostró los dientes y lo tomó de los brazos, girándolo . Habló en inuense.

Y en ese momento, el tiempo se detuvo. Zimbel abrió bien los ojos, sorprendido por la agresividad del movimiento y de sus palabras; no entendió lo que Russell había dicho, pero bastó la forma violenta en la que lo hizo para saber que estaba al límite.

Disimuló una mueca de dolor, la fuerza de Russell era tanta que sintió sus brazos calientes por la falta de circulación. Lo miró, triste, y solo frunció el ceño, conteniéndose para no romper en llanto frente a él.

—Yo... lo siento —no fue capaz de aguantar los sollozos—. Perdóname... Yo... no quería dejarte solo... Perdóname.

Russell aflojó el agarre. No supo qué decir. Lo abrazó sin pensarlo.

Fue extraño para Zimbel, por poco olvidaba cómo era respirar.

La chispa de la esperanza volvió a encenderse en su alma, la que creyó extinta desde hace tiempo.

Bastó ese abrazo para avivarla otra vez, tenue, aunque obstinada en no morir.

Tardó unos segundos en reaccionar; cuando al fin lo hizo, correspondió con la poca fuerza que le quedaba.

Cerró los ojos y, por primera vez desde que todo había comenzado, se permitió derrumbarse.

Hundió las uñas en su gran espalda, aferrándose a él como si su vida dependiera de ello.

Russell lo acogió con firmeza, evitando una separación. Solo quería que Zimbel supiera que él no le haría daño.