Vehemente 5 . EL DIABLO #2
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5 . EL DIABLO #2

El camino se tornó silencioso. No fue tedioso; pasaron por puestos callejeros y casas.

Cada rincón del pueblo se sentía mágico, tranquilo; las colinas a lo lejos junto con los rayos del sol hacían de la experiencia más irreal.

Russell admiró los detalles, entrando en un estado de satisfacción que muy pocas veces alcanzaba.

Y por andar en las nubes, chocó con la espalda del azabache.

—¿Qué pasa? —sus ojos verdes se dirigieron al frente, topándose con algo que le provocó una mueca de asombro. Justo en ese momento sintió la mano de Zimbel rodear su muñeca.

—No te separes de mí.

Llegaron a un mercado y se adentraron. Puestos de manualidades, ropa, comida. No fue extraño, en Inu Koi también se instalaban vendedores independientes en mitad de la calle, aunque la unión de la gente era mucho más presente ante sus ojos.

—¡Sandías frescas, sandías frescas!

—¡No sean tímidos! ¡Vengan a mi tienda!

—¡Acérquense a mi carpa, señoras y señores, tenemos todo lo necesario para el hogar!

Voces, bullicio, incluso música tradicional con guitarras y alegría.

Un ambiente ameno. Russell se perdió en los puestos mientras era guiado, desde pescaderías hasta panaderías; el aire, pese a sentirse caliente, olía demasiado bien.

Quería detenerse y probar de uno por uno los deliciosos alimentos que prometían; ponerse la ropa hecha a mano que colgaba de las carpas de los puestos y encontrar un nuevo estilo; tener el tiempo para hacer todo lo que quisiera.

Apreció con atención la forma en que la gente interactuaba con su entorno.

Para los locales era un acto rutinario: vio a un comerciante de verduras esparcir de la palma de sus manos una ligera brisa de agua desde una cubeta hacia su carrito de madera, manteniendo los productos frescos y brillantes utilizando la Corriente del Agua .

Unos pasos más adelante, el encargado de un puesto de comida encendió un comal con un rápido chasquido de los dedos, generando una pequeña combustión nacida de la pura fricción de su energía gracias a la Corriente del Fuego. Russell seguía sin poder creerlo.

Sintió la mano de Zimbel apretarle aún más, por lo que volteó a verlo, y cayó en la cuenta de que solo alcanzaba a ver personas utilizando el agua y fuego en su nivel más básico.

Quiso buscar con la mirada a su alrededor, esperando encontrar a alguien que utilizara la Corriente del Viento, la de Zimbel.

Miró en todas las direcciones, en los callejones que se formaban entre los puestos, las carpas de las tiendas y los gestos de los compradores, pero no vio nada.

Ni siquiera sabía cómo era la Corriente del Viento, ni cómo se manifestaba en la vida diaria de las personas.

Volvió su mirada a Zimbel. Él jamás se detuvo; pasaba entre el mar de personas, sabiendo del camino hasta con los ojos cerrados.

Russell se perdió otra vez, ahora en Zimbel, y lo analizó: 1,68 metros, espalda angosta, brazos delgados, cuerpo pequeño en general.

Contorneó con los ojos su silueta, deteniéndose en la terminación de su cintura, después la cadera, marcada por la gabardina ceñida que vestía.

Alguien como él sería carne fresca en la academia de lucha, ¿o no?

Tenía una expresión facial decidida que imponía; con eso contrarrestaba su físico.

—Zimbel... —lo llamó. Quiso iniciar una conversación a raíz de sus reflexiones y, para captar mejor su atención, giró la mano y también lo tomó de la muñeca.

El ojiazul siguió caminando, mas ladeó su cuerpo para verlo de reojo. El bullicio del mercado estuvo a nada de desaparecer, creando el momento perfecto para charlar, pero una persona se atravesó.

—¿No quieren comprar dulces? ¡Yo los hago!

Era una niña que cargaba una bandeja de metal dos veces más grande que su cabeza. Les sonrió a ambos y estiró los brazos, mostrándoles la mercancía.

Russell se quedó en blanco. Soltó a Zimbel, bajó la mirada y observó los dichosos dulces de distintos tamaños, en su mayoría cuadrados, rosas y aparentemente con azúcar fina espolvoreada por encima, dando la impresión de que estaban nevados.

—Ah... se ven deliciosos —en verdad se sorprendió.

—¡Y lo están! Por favor, prueba, y si te gusta, te daré un descuento en tu compra.

La niña se paró de puntas con tal de acercar la bandeja.

Zimbel se cubrió la boca, aguantando una risa entre dientes. Ya sabía sobre la insistencia de la gente en el mercado, y le hizo mucha gracia ver a Russell, un hombre grande, siendo intimidado por una niña de tal vez ocho años.

Metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó cinco monedas. Contó tres y se las dio.

—Te compraré dos bolsas.

—¡Muchas gracias! —ella sonrió de oreja a oreja, girándose hacia Zimbel.

Russell suspiró, vio el intercambio y un calor agradable le acarició los brazos, seguido de una sensación bonita en el pecho.

—Toma —Zimbel le entregó una bolsa y guardó la otra.

—Gracias —sonrió y se llevó un cubito de dulce a la boca por mero compromiso, pero al saborearlo abrió los ojos y masticó con calma—. Esto está muy bueno...

Zimbel se cruzó de brazos, retomando el paso.

— Lokum —murmuró.

—¿Qué?

—Eso que comes —señaló la bolsa—. Se llama lokum . Es un dulce de aquí. Se fabricaba en el sur, haciéndose difícil de conseguir, y por ende un manjar exclusivo para los sultanes. Pero las cosas cambiaron y ahora cualquiera puede comerlo.

La mirada de Russell resplandeció con interés. Apreció la bolsa de lokum , ahora más, y se quedó en esa posición por un buen rato.

Finalmente asintió. Le gustó ser ignorante, porque aprender de Zimbel lo ponía feliz.

Llegaron a una tienda, cruzaron la puerta y una campanita sonó al abrirla.

El ruido del exterior fue reemplazado por el entorno del local; se oían las aspas de un ventilador de escritorio y voces de una telenovela vieja proveniente de una televisión analógica en blanco y negro.

El olor a incienso de sándalo junto con la melodía de unas campanitas de viento colgadas encima del mostrador, sumando la decoración cálida con vitrinas y mantas rojas, lo hacía un sitio demasiado acogedor.

Los ojos de Russell se detuvieron en una figura en particular: la estatua de un hombre que hizo que sus cejas se fruncieran sin querer.

Aquel sujeto no era para nada común; tenía la piel pintada de rojo, cuernos bien definidos sobre su cabeza, una cola y cuatro brazos con garras negras que sostenían el peso del mundo sobre sus hombros.

Los detalles eran meticulosos, esculpidos con una precisión devota en lo que parecía ser un material bastante fino que hacían destacar sus tres ojos amarillos.

Para su propia crianza, una criatura así calificaría como un diablo, pero no le produjo ninguna inquietud.

Se trataba simplemente de una pequeña estatua decorativa que, de hecho, lucía una etiqueta con un precio accesible si es que sus cálculos mentales eran correctos al hacer la conversión de la moneda.

Fuera de las fronteras de su país existían creencias y mitologías de las que jamás se había detenido a indagar. El local estaba repleto de objetos variados, extraños y fascinantes relacionados con ellas. Y en lugar de rechazarlas, sintió unas ganas inmensas de entenderlas todas.

Del mostrador salió un hombre canoso de piel morena. Russell al verlo se detuvo junto a Zimbel. El señor estaba sonriendo por la escena de la telenovela.

—Hasta que por fin me visitas, muchacho.

—Hola, Abi —Zimbel sonrió e hizo una leve reverencia con su cabeza; rodeó el mostrador, se acercó, tomó su mano y la besó en un saludo respetuoso.

—¿Qué te trae a Erén tan pronto?

—Trabajo —contestó a secas.

Un silencio se generó a partir de sus palabras. Russell tragó saliva, no sabía si debía saludar al anciano o solo sonreírle.

—Abi, él es Russell —Zimbel los presentó—. Russell, él es Abi, mi padre.

El pelirrojo se enderezó; estiró la mano con el propósito de saludarlo debidamente.

—Un gusto, señor. Zimbel me ha hablado mucho de usted —mintió; los nervios lo orillaron.

Abi correspondió el apretón, mostró una risa amigable.

—E ste no es de aquí, ¿verdad? —comentó enfrente de él, girándose a su hijo.

La libertad de las palabras de Abi se sintió como un balde de agua fría. Russell le sonrió, esperó a que el señor lo soltara para poder incorporarse.

—Soy de Inu Koi... —agregó.

—¿Inu Koi? Ya veo. ¿Y a qué te dedicas? ¿O por qué alguien de allá se está viendo involucrado con mi hijo?

De un segundo a otro la postura de Abi emanó autoridad; tenía toda la cara de ser de esos ancianos con carácter fuerte, sin compasión hacia el prójimo y capaz de destruir con palabras. Russell aguantó la respiración, sus manos se enfriaron, ¿por qué de repente se sintió examinado?

—Papá... —Zimbel masculló, avergonzado.

—Bueno, bueno —él se dio la vuelta y apagó la televisión—. Bienvenido a mi tienda, Russell; estás en tu casa.

—Gracias, igualmente —no supo qué más decir.

La tensión perdió fuerza conforme avanzó el tiempo.

Abi y Zimbel conversaron. Russell, por su lado, hiló los acontecimientos vividos desde que llegó.

Pudo crear una imagen más clara de lo que era el estilo de vida de Zimbel: pasado misterioso, vivienda alejada, una hermana comprensiva y un padre protector.

—Te traje lokum .

No sabía si tenía una madre, o más hermanos, tíos; no sabía nada.

Zimbel se mantenía al margen con eso, era una persona muy reservada, y en el fondo buena aunque no lo aparentaba.

En un pueblo donde la alegría abundaba, ¿por qué él parecía ser el único triste?

El estrés de no progresar en cierto tiempo, según Zuri.

Tal vez su sufrimiento era tanto que se obligó a dejar de sentir para enfocarse en su tarea.

Quizá no conocía a Zimbel lo suficiente, pero de lo poco, sintió empatía por él, más de lo que confesó.

Gracias a las mantas puestas desde los balcones de las casas, se formaba un túnel de telas.

Russell tenía muchas preguntas, tarde o temprano explotaría por acumular tantas.

Y aún así, como siempre, se las guardó; creía que llegaría el momento adecuado para conocerse el uno al otro, y así prefirió dejarlo.

El bullicio dejó de tener impacto en él, le impresionó lo rápido que se había acostumbrado al gocedonio.