5 . EL DIABLO
Erén, Gocedonia, 2064.
Agua atrapada en un vaso de cristal, esperando a ser liberada, bebiéndola o vertiéndola.
Cristalina y pura, sacada de algún manantial gocedonio de renombre.
Seguramente con un sabor refrescante y fino; Zimbel lo supo con solo verla.
Estaba solo, sentado frente a un escritorio con una jarra de cristal y un juego de tres vasos, el de él era el único con agua.
Su espera se tornó molesta, y para distraerse, movió su dedo índice siguiendo remolinos invisibles sin alzar su mano del descansabrazos.
Fue una acción discreta que no se echaba de ver.
El agua dentro del vaso se elevó hasta topar con la boquilla y estuvo a punto de desbordarse.
Se engañó a sí mismo haciéndose creer que lo que realmente estaba alterando era el aire dentro del vaso y así hacer la ilusión de que el agua flotaba.
Pero lo cierto era que sí movía el agua por su cuenta sin la necesidad de trucos visuales.
Jugar con los elementos era algo que hacía con constancia para canalizar su frustración.
Procuraba hacerlo en soledad, pues no quería que nadie descubriera que podía interactuar con otros elementos además del viento.
« No hay registros de algún humano que haya dominado siquiera dos corrientes ».
« No hay », repitió de sus mentores, y él no deseaba ser el primero, por lo que lo mantuvo en secreto incluso de su hermana.
Así debía de ser, ¿no? Ser el elegido lo hacía un hombre extraordinario con capacidades por encima del promedio, dándole facilidades en el aprendizaje y la doctrina del zarcoísmo.
El elegido ..., si tan importante era, ¿por qué no se sentía orgulloso de ello?
Tenía la manía de desahogarse a través de los elementos, y por supuesto que no desaprovechó hacerlo en su posición.
El agua siguió subiendo; unas cuantas gotas escurrieron hasta humedecer la superficie del escritorio; él solo observó cómo caían y eran absorbidas por la madera.
Estaba frustrado, harto de las expectativas ajenas solo por su linaje dorado.
Faltaba poco para que el agua se derramara por completo.
Algo lo obligó a retener la última capa fina que faltaba…
, algo que empezaba con R y terminaba con su paciencia, y que lo estaba esperando afuera mientras él hacía su trabajo.
—Russell...
El agua bajó. Zimbel perdió su mirada en el vacío de la nada, recordando la actitud del pelirrojo durante el trayecto a Erén.
Fue silencioso, placentero; Russell intentaba formalizar una conversación de una manera tan torpe y pobre que al final no lograba concretar nada .
Era estúpido. Recordó los comentarios bobos de las anécdotas que se le ocurrían en el camino, y sin querer sonrió.
Aunque le costara aceptarlo, Russell era un hombre extraño.
Su inocencia le incitaba a conocerlo a fondo solo por mera curiosidad.
Era confuso. No había conocido a alguien tan llamativo como él, quizá por su cabello anaranjado que lo relacionaba con el fuego...
, fuego que lo llevó a visualizar su apariencia dentro de su cabeza.
Era observador, y tenía la maldición de la memoria fotográfica.
La imagen de Russell apareció a todo color frente al ojo de su mente: su silueta, su ceño, sus labios; todas sus facciones eran duras por naturaleza; su nariz ligeramente curveada del puente hacía de su perfil muy varonil y fuerte, digno de un guerrero...
¿Un guerrero? ¿Aquel que protege y defiende?
La puerta de la habitación se abrió. Zimbel se levantó llevando el puño al pecho en señal de respeto, dándole la bienvenida a los dos hombres que entraron.
El primero, el Comandante Ishan, un hombre de alto, bronceado, que a pesar de su madurez, seguía manteniéndose erguido y dispuesto, con una corta barba blanca y el uniforme estrellado de la milicia de la capital.
El segundo, el dichoso anciano Faris, con arrugas en su piel morena y una venda en el cuello.
Zimbel realizó una reverencia, mentalizándose para lo que sea que se avecinaba.
—Cuéntele lo que me dijo, señor Faris —el Comandante dio inicio a la reunión.
El anciano frunció el ceño; sus ojos cristalinos por las cataratas estaban llenos de pesar.
—Vi al Diablo matar a mi nieta —empezó con la voz ronca al tomar asiento, abriendo los ojos cada vez más—. A sangre fría, con un cuchillo en el vientre.
—Lo lamento mucho —las manos de Zimbel se enfriaron.
—Estaba esperando a su primer hijo...
La cruda suerte. El oxígeno desistió. Zimbel no pudo soportar la noticia y se frotó la frente. Suspiró en silencio y vio que el Comandante también se consternó. Tuvo la sensación de que se visualizó a sí mismo, pues sabía que él tenía una hija de edad casadera.
—Entiendo su dolor, pero necesito más detalles sobre lo que pasó. Así podré darle a su nieta la paz que se merece.
Faris cerró los ojos, sus lágrimas le acariciaron la cara; no sollozó, sufrió en silencio. Al cabo de medio minuto sorbió por la nariz y asintió mirando al suelo.
—Todo pasó tan rápido... —siguió—. Me atacó primero y me desmayé, pero antes escuché que murmuró unas palabras.
—¿Qué palabras?
El anciano hizo el esfuerzo por imitar la fonética que se le había quedado grabada.
—Las repitió varias veces en ese orden mientras asesinaba a mi nieta. Sonaba con ritmo, como una forma para no olvidarlas.
Zimbel enmudeció . Su pulso se percibió detrás de las orejas, avivando un calor similar al del miedo.
Pronunció las palabras en silencio, haciendo retrospectiva.
Aunque la acentuación del anciano era inexacta, juraba conocerlas de algún lado.
Y entonces sus ojos se iluminaron con alivio, dando por terminado el martirio.
—Es gocedonio antiguo... —concluyó, pensativo, llevándose una mano a la barbilla—. Esos sonidos son prefijos que se fusionan con artículos femeninos. Adjetivos para describir a una mujer: «embarazada», «joven», «amorosa» y «última».
—La víctima anterior a esta también fue una mujer —el Comandante agregó—. ¿Será una lista?
—Quiero pensar que no, porque si fuera cierto, tres mujeres más serán asesinadas... Aunque... —Zimbel hizo una pausa y sopesó—. En las regiones del sur, la unión de las palabras «embarazada» y «amorosa» se utilizaba para referirse a una madre primeriza.
—Dios.
—Sé que esto es confuso, Comandante, pero no debemos dejar ningún cabo suelto —Zimbel se acomodó en su asiento—. Señor Faris, ¿hay algo más que me quiera decir?
Le había hablado a la nada; el viejo no contestó. Zimbel tensó discretamente los puños, ocultando su impaciencia. Por su parte, Faris alzó la cabeza; se veía ido, perturbado.
—No estaba solo.
—¿Qué? —Zimbel se inclinó.
—El Diablo... venía con alguien más. Un muchacho de blanco.
—¿Muchacho?
—Es todo lo que tengo que decir; por respeto a mi nieta, lo demás es innecesario.
El anciano se levantó de la silla. Sin ofrecer una reverencia de despedida, se marchó de la oficina.
Zimbel se puso de pie. Su inquietud creció, adornando cada respiración con un pensamiento distinto.
Faris se fue, lo dejó con la duda en la boca y para colmo no podía forzarlo a seguir hablando, pues iría en contra de sus propios valores.
Resopló como última alternativa; con el cansancio en sus piernas, siguió de pie, perdiéndose en la puerta principal que quedó abierta.
La espina de la ansiedad seguía obstruyendo su garganta.
Sintió una mano apoyarse en su hombro. Al voltear, se encontró al Comandante Ishan con un rostro desestresado.
—Supongo que es todo por hoy.
—Supongo... —Zimbel tragó saliva, cabizbajo.
—Lo estás haciendo bien, Fir’Ham.
De nuevo los halagos vacíos; toda su vida creció con ellos y en la actualidad ya estaba harto. ¿Qué sentido tenía ser perfecto en un mundo imperfecto? Lo único que conseguía siendo bueno era la admiración superficial de las personas, y a su vez, la envidia de otras. Esa no era la vida que quería.
—Gracias —respondió sin ganas—. Con su permiso, me retiro.
—Antes de que te vayas... —el hombre se cruzó de brazos—. ¿Tu padre no te lo dijo?
—¿Decirme qué? —se detuvo, dándole la espalda.
—Mi hija quiere conocerte.
Y claro, había olvidado que ser el elegido significaba convertirse en un buen partido.
—Gracias por la consideración, pero ahora mismo estoy muy ocupado. Con permiso, y que le vaya bien en su viaje.
El pueblo de Erén era conocido por sus espectaculares vistas, su deliciosa repostería y la magnífica fuente que decoraba el centro de la entrada principal, construida de granito y soltando aguas cristalinas que, según las leyendas, venían de todos los ríos de Gocedonia.
Russell permanecía ahí, sentado en el borde, admirando las montañas que se divisaban a lo lejos, sobre las casas.
Sentía la resolana pegarle en la espalda, pero ni así se movió.
Esperaba a Zimbel; si no mal recordaba, se había ido a una casa exactamente a dos cuadras de la fuente para reunirse con un policía, o al menos así lo entendió.
Se frotó la nuca, enderezando su columna; la postura encorvada que adoptó le empezó a incomodar, por lo que se estiró, y al hacerlo, notó que los pueblerinos le miraban de pasada con asombro.
¿Era una falta de respeto? ¿Su ropa se había desacomodado?
Aún estando acostumbrado a los ojos ajenos, extrañamente se sintió intimidado.
¿Será por su apariencia foránea? Erén encajaba con el arquetipo de pueblo conservador y aislado; ¿o era por su cabello?
Ni estirando el cuello pudo ver a otro pelirrojo a la redonda.
Pronto se encogió, casi a punto de morderse las uñas y deseando desaparecer de la vista de los demás.
—Russell —alguien lo llamó.
Se sobresaltó. Al ver a Zimbel enfrente suyo no hizo más que irse hacia atrás. Por poco caía a la fuente de no ser porque se aferró al borde de esta.
—Hola —se levantó como si nada—. ¿Cómo te fue?
—Bien —Zimbel alzó una ceja.
—¿Te dieron lo que necesitabas?
—Algo así. Vámonos.
Lo siguió sin cuestionarlo. Caminaron en línea recta, adentrándose por la calle principal. De nuevo la atención cayó en él, lo que lo obligó a pegarse a Zimbel.
—¿Es normal que la gente te mire tanto?
—Llamas la atención, es todo. No es común ver a alguien de tu tamaño aquí.
Russell se miró las manos, seguido de los brazos y por último el torso; esbozó una sonrisa al terminar.
—Me halagas.
Zimbel giró los ojos y resopló.
—Vamos.