4 . EL ELEGIDO #2
—Buenos días —correspondió—. ¿Les ayudo en algo?
—Ayúdanos sentándote en la mesa.
Russell no objetó; tomó asiento, haciendo notable ruido al mover la silla, y se recargó en el respaldo para estirarse y bostezar.
Su columna tronó y sus músculos se marcaron por el esfuerzo.
De repente sintió en el dorso de la mano un ardor tan repentino que se sobresaltó y adoptó una postura más prudente en la mesa.
Evitó quejarse, lo único que hizo fue mostrar los dientes con una mueca desconcertante, y se dio cuenta de que Zimbel le había pegado con una espátula caliente.
—Muestra un poco de respeto —el azabache le dio la espalda—. El comedor es un lugar sagrado.
—Zimbel, no seas grosero —Zuri suspiró.
—¿El grosero soy yo por defender las tradiciones? —se indignó.
—Él no es de aquí.
—Pues no, pero eso no significa que pueda hacer lo que quiera. Estoy siendo muy tolerante con él... Parece que es alérgico a las camisetas.
Dijo lo último dedicándole una mirada asesina.
Y Russell, en vez de sentirse atacado, rio. De no ser por Zuri, pensaría que Zimbel tenía algo personal contra él, pero la verdad era otra, sus palabras no eran malintencionadas, simplemente así era de gruñón.
Los hermanos se quedaron callados al oír su risa, y Zuri no tardó en contagiarse. Zimbel, por su parte, desvió la mirada un tanto confundido .
—Si quieres, puedo ir a ponerme una —la voz de Russell se oyó ronca.
—Ya quédate así —contestó, indiferente.
El moreno sonrió. No tuvo tiempo de comentar algo más al respecto, ya que Zuri se acercó con dos platos, uno en cada mano; dejó el más grande en dirección suya, sobre un pedazo de periódico que servía de mantel, y ella se sentó en el asiento de en medio.
Zimbel llegó con un plato y se acomodó frente a Russell, dejando a la joven en medio de los dos.
—Un desayuno al estilo Fir’Ham. —Zuri juntó las palmas, dedicando toda su atención al plato—. Buen provecho.
Al ver el plato que le habían servido, Russell comparó las porciones; la suya estaba mejor servida. Carne, pasta, arroz, hortalizas, huevo, pan.
—Oh..., esto... —apenas pudo gesticular—. Esto es para todos, ¿no?
Zimbel y Zuri intercambiaron miradas. Ella negó conteniendo una sonrisa.
—Tu cuerpo es mucho más grande que el nuestro; necesitas alimentarlo bien.
—Zuri, pero esto es demasiado, yo...
Su garganta se cerró y su estómago rugió, delatándolo. Era lo más rico que había visto en su vida, ¿y todo para él? Era un sueño; salivó , dejándose llevar por el exquisito olor que desprendía la pasta mezclada con la carne.
—Fue idea de Zimbel
Russell tomó los cubiertos y alzó la vista; se topó con él, sereno y reservado; este le dedicó una sonrisa obligada y después volteó a otro lado, usando su plato como excusa para no verlo más.
—Come ya —dijo de mala gana.
El pelirrojo asintió. Agarró con la cuchara una pequeña porción de cada cosa y comió. Sus papilas gustativas fueron bendecidas, la combinación de sabores explotó en su boca; el gusto fue tanto que se recargó en el respaldo, a punto de irse hacia atrás.
—Está riquísimo —sus ojos brillaron deleitados—. Mis más sinceras felicitaciones a los chefs.
—Zimbel lo preparó todo
Al oír el comentario de su hermana, este encogió los hombros y agachó la cabeza, ocultando un ligero rubor en sus mejillas.
—¿De verdad? —Russell volteó a verlo—. Pues te quedó muy rico. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
Un silencio rompió con la continuidad de la conversación.
Zimbel se contuvo, siguió evitando a los dos, picando la comida con el tenedor, hasta que poco a poco relajó los músculos y se enderezó.
Su cara transmitía cansancio, tenía los párpados relajados naturalmente, intensificando el azul de sus ojos.
—En el Santuario —respondió muy bajo—. Es parte del Voto Conservado.
—¿Voto Conservado?
—Es alejarse de la civilización y pasar un tiempo en el bosque. Sin agua, comida, reservas ni gente; solo tú —Zuri se integró—. Dura dos meses y normalmente se hace en la adolescencia. Así uno empieza a relacionarse con su elemento y aprende a sobrevivir con él.
El comedor se hundió en un calor momentáneo. Russell tragó saliva, incrédulo.
—¿Y tú lo hiciste?
—Sí.
—Fue el Encantador más joven que se atrevió a realizar el voto conservado a esa edad —la chica agregó, orgullosa—. Es común hacerlo a los catorce o quince, ¿pero a los diez?
—Zuri...
El asombro de Russell aumentó más.
—Así que todos los encantadores deben aprender a cocinar... —pensó en voz alta mientras se volvía hacia la castaña—. ¿Tú también lo hiciste Zuri?
—Sí —ella asintió—. Yo lo hice a los catorce. Al principio tuve mucho miedo, pero eso me ayudó a familiarizarme con mi Corriente.
—¿Y cuál es?
En vez de contestar, Zuri le sonrió de oreja a oreja; estiró la mano hacia la mesa y quitó la tapa de la tetera entre los platos.
Con el movimiento suave de sus dedos, el agua del interior se elevó hacia el aire, obedeciendo su voluntad, sin trucos.
Jugó con el líquido flotante, moldeándolo en una esfera cristalina que se suspendió entre su palma.
Luego, la esfera se estiró y onduló por el aire como una serpiente translúcida, rodeando el cuerpo de Russell en un recorrido hipnótico.
Él se quedó impresionado, siguiendo con la mirada la corriente que pasaba a centímetros de su piel.
Finalmente, Zuri guio el agua de vuelta sobre la mesa, agrupándola; engarrotó los dedos y el agua burbujeó, alcanzando el punto de ebullición en un par de segundos.
Con un último movimiento descendente, el líquido regresó al interior de la tetera; Zuri tomó el asa y sirvió el té caliente en la taza de Russell, dedicándole una mirada divertida ante su asombro.
—Agua.
El luchador le dio un gran bocado al tenedor.
Jamás se había interesado tanto en la cultura gocedonia , porque su padre nunca se la contó.
Recibió un golpe de realidad; nunca creyó que existieran cosas tan diversas más allá de su hogar, y el hecho de estar conversando con los hermanos sobre conceptos desconocidos para él, lo hizo sentirse como un ignorante de primera.
La sensación no era negativa, al contrario, eso lo motivó a querer saber más.
—Increíble —se rascó la nuca—. ¿Cuál es tu elemento, Zimbel?
De no ser por las ventanas abiertas, Russell pudo haber jurado que el aire desapareció. La atención de Zimbel sobre él se sintió como una amenaza, llena de tensión y un silencio abismal. Llegó a la conclusión de que así era su cara: inaccesible.
—El viento —replicó al cabo de unos segundos y se llevó un gran bocado de comida a la boca sin apartar la vista de Russell—. Termina de comer, ya debemos irnos.
—¿Irnos? ¿A dónde?
—Al pueblo —clavó un pedazo de pasta con el tenedor, provocando que la porcelana del plato chirriara—. Vendrás conmigo; así me ayudarás.
—Zimbel... —Zuri se sorprendió por su franqueza—. Todavía necesita reposar. No creo que sea bueno...
—El Comandante se irá a la capital y solo a través de él podré contactarme con el anciano que vio a Khada —puso ambas manos sobre la mesa y se levantó, golpeando la superficie.
Una corriente helada emergió del centro, lanzando por los aires las servilletas de tela—.
Esto es urgente, Zuri; no puedo dejar pasar más tiempo, y él prometió ayudarme.
Mencionó lo último refiriéndose a Russell.
Recorrió la silla, vaciando la poca comida que dejó al plato de su hermana.
Resopló, marcando su impaciencia. El viento circulante se esfumó, dando inicio a un silencio ensordecedor.
Zimbel no volvió a pronunciar ni una palabra.
Puso su plato en el lavadero y se fue por la puerta principal, dejándola abierta.
La sorpresa abrumadora se asentó en los rincones del comedor; Zuri bajó la cabeza, cubriendo su rostro con los mechones de su fleco. Al poco tiempo su cuerpo delató ligeros espasmos, seguido de sollozos agudos propios de su voz.
—¿Zuri? —Russell se acercó.
La chica no acudió. Se cubrió la boca con una mano. Estaba llorando.
—Zuri...
—Perdónalo —sus ojos verdes se opacaron por las lágrimas—. Él... no es así.
Entendió que se refería a su hermano. Tragó saliva, volteando hacia donde Zimbel se había ido. Su entrecejo se tensó de forma inconsciente.
—Solo quiere estar en paz —sus sollozos eran cada vez más silenciosos—. Le hicieron mucho daño…
Se acercó y lo tomó de los hombros, obligando a que todos sus sentidos se enfocaran en ella. Russell quedó hipnotizado, olvidó incluso cómo salivar. La expresión de la chica era tan pura y suplicante, imposible negarse a lo que pidiera.
—Habla con Zimbel —suspiró—. Habla con él y ayúdalo... Ha estado esperándote desde hace mucho tiempo.
—¿A mí? —su temperatura corporal subió, al igual que la frecuencia de sus latidos.
Zuri asintió, desesperada.
—Eres aquel que la maestra menciona... Eres tú, lo sé.