Vehemente 4 . EL ELEGIDO
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4 . EL ELEGIDO

Hace nueve días.

Inu Koi, 2064.

Leone despertó altamente desorientado. Tuvo que parpadear más veces de lo estimado para acostumbrarse a la luz que atravesaba la cortina.

Sentía el cuerpo entumecido. Se sentó al borde de la cama, y esta crujió por el peso, haciendo que sus sentidos básicos reaccionaran a la par.

En un respiro lo recordó todo: la noche anterior, cuando fue a buscar a Russell, se quedó en el bar con Diego más de lo esperado y las cosas se salieron de control.

Solo hizo una mueca de dolor cuando intentó calmar la presión que atormentaba su espalda.

Observó sus alrededores, inquieto; no estaba en su habitación, no... , no conocía para nada ese lugar .

—Mierda —susurró, levantándose, dispuesto a irse.

Pero sus piernas flaquearon, seguido de un dolor punzante en la espalda baja que lo hizo cojear.

Avanzó a la silla donde estaba su ropa. Tenía la boca salada y apestaba a alcohol, así que caminó como pudo al baño de la habitación.

Cuando entró, un olor familiar le erizó la piel.

Un perfume era idéntico al que Diego usó la noche anterior.

No convencido de su sentido, regresó a la cama y olió las almohadas con un nudo en la garganta; sus manos no tardaron en sudar y se pusieron rígidas cuando el perfume de Ávalos se intensificó en las sábanas.

—...Puta madre, ¿qué hice? —se encorvó en su propia postura y apretó sus costillas en un intento por abrazarse a sí mismo.

No se lo pensó dos veces y volvió a levantarse. Se encerró en el baño. Salió con una mejor cara, relativamente. Caminó en círculos por el cuarto, y unas voces a lo lejos lo detuvieron. Escuchó a dos personas tras la ventana, así que se acercó en silencio al balcón.

—No pude dormir —era la voz de un muchacho hablando con una criada.

—¿Por lo del hijo de Don Pablo? —preguntó ella, recargándose en el palo de su escoba.

Leone se petrificó.

—No sé si pueda aguantar más con la presión. Voy a tomarme algo —el muchacho se frotó la nuca, nervioso.

—El Señor te va a matar si te ve con facha de soplón.

— Cálmate, mujer, tampoco soy idiota. Estoy estresado y ya. El tipo probablemente se ahogó y al Señor no le importa que haya sido el hijo de Don Pablo. Nos metimos con una familia de gobierno; podríamos joder la alianza...

La puerta de la habitación se abrió. Leone se giró con el rostro pálido del susto.

Era Diego, vestido con un chaleco de cuero oscuro, dejando a la vista sus grandes y tonificados bíceps; se dio cuenta de la reacción de su invitado, por lo que cerró la puerta con seguro y se acercó en silencio, con una media sonrisa en la boca.

—¿Qué haces en la ventana? —preguntó cuando se acercó lo suficiente.

—Tú... —Leone apenas podía hablar.

La gran diferencia de alturas se hizo notoria, ya que Diego se enderezó y se cruzó de brazos, mirándolo desde arriba.

—Me mentiste... —Leone habló cuando reguló su respiración—. ¿Dónde está Russell?

El castaño agrandó su sonrisa.

—Le di su merecido; pero bien dado —se jactó de ello, bufando—. Ya no se le va a olvidar que a mí nadie me humilla.

—Tú... Tú dijiste que...

Ni siquiera pudo terminar su oración. Contuvo un par de lágrimas. Avanzó hacia la puerta, le quitó el broche y la abrió, pero Diego se interpuso, empujando la madera con una mano.

—Ey, ey, ey, ¿a dónde vas? Tú de aquí no te me vas.

Leone bajó el rostro, provocando que sus mechones blancos le cubrieran parte de la mirada.

—Rata asquerosa —masculló lo bastante fuerte.

En su respuesta, Diego lo tomó del cabello y lo golpeó contra la puerta. Leone soltó un quejido por el impacto, y quiso girarse para contraatacar, pero Ávalos lo estampó de nuevo, generándole un leve mareo del que no pudo retenerse a soltar un gemido de dolor.

—Cuida lo que dices, Leone —lo jaló con más fuerza y pegó el torso a su espalda—. Yo ya no soy el que conociste en la academia. Ya no tienes a tu perro guardián y yo ya no tendré compasión contigo si me haces enojar.

Él contuvo un par de lágrimas. Se armó de valor y con su codo le golpeó las costillas en un acto muy desesperado.

Diego se alejó, y antes de que pudiera alzar la vista, Leone se giró y le soltó un puñetazo, pero él reaccionó de inmediato, bloqueó el golpe tomándolo de la muñeca y se la dobló hacia atrás para después sacarle todo el aire con un rodillazo en el abdomen.

Leone cayó. Adolorido, quiso levantarse; Diego lo inmovilizó con el pie sobre su pecho; concentró todo su peso en él, y mientras lo hacía, se agachó.

Sacó su pistola de su cinturón, amenazó con matarlo ahí mismo.

La mirada rosada de Leone se cristalizó sin poder hacer nada más, Ávalos había ganado de la peor manera, como siempre sabía hacer.

El timbre de una llamada rompió el corto silencio. Leone dejó escapar un suspiro ahogado, deseando que fuera Russell y le contara que él estaba a salvo en su departamento. Suplicó. Diego dejó de pisarlo, pero sin dejar de apuntarle con el arma, tomó el teléfono de Leone directamente de su pantalón.

—Es Beltrán —sonrió, mirando la pantalla.

Ferrán no dijo nada. Desvió la vista, conteniendo su llanto.

Diego borró su sonrisa, pensó en contestar, al final solo colgó.

Tomó a su invitado del cuello y lo levantó sin el más mínimo esfuerzo, luego lo atrapó contra la pared.

Al sentir el muro frío en su espalda, Leone abrió los ojos aterrado y evitó moverse.

¿Russell muerto? Miró los ojos de Diego, que después de un par de segundos se vieron borrosos por las lágrimas.

Miseria. Culpa.

Si hubiera sabido que las cosas terminarían así…

Ni siquiera pudo pensar en el hubiera, se lamentó como nunca, lloró como nunca. Debió acompañarlo..., debió estar ahí, debió disculparse al terminar la pelea o aclararle que todo era parte del espectáculo.

—Ya cállate, maldita sea. Olvídate de ese cabrón.

—No... No lo puedo creer... —sollozó, ocultando el rostro—. Tú eras...

—El que te dio una oportunidad. —Diego se adelantó y le lanzó un segundo rodillazo, más fuerte que el anterior.

Leone, sofocado, perdió el aliento y tosió.

—Y la desperdiciaste —le acarició los labios con el cañón de la pistola—. Vamos a hacer muchas cosas juntos, Leone. Y cuidado con abrir esa boquita tuya, ¿eh? Si no, te la volaré en mil pedazos, y esta vez hablo en serio.

Miedo.

El asesino de la persona más importante de su vida lo tenía inmovilizado, asqueado y amenazado. Un... asesino. ¿De verdad Russell estaba muerto? No dudaba en las enfermizas capacidades de Diego, pero una sensación diminuta dentro de él tenía la esperanza de que todo fuera una horrible pesadilla.

Actualidad.

Erén, Gocedonia, 2064.

La respiración de Zimbel se aceleró tanto que lo despertó de su sueño.

El corazón le latía sin parar, había gotas de sudor escurriendo por su frente.

Lentamente espabiló; se frotó la cara, cubriéndose con las sábanas.

Tomó un buen bocado de aire, pensativo; las pesadillas relacionadas con su pasado se habían vuelto frecuentes, ya estaba acostumbrado.

Se levantó y miró hacia el jardín que podía apreciarse a través de la ventana.

Estaba en el cuarto de invitados, Russell aún dormía en su habitación.

Todavía estaba oscuro, pero no fue suficiente para impedir que se acercara al marco del cristal.

Abrió las cortinas y dejó que la brisa nocturna le pegara en el rostro.

Inconscientemente, le sonrió a la nada, dejándose llevar por el sutil canto de las chicharras.

Borró su gesto cuando vio las estrellas.

Debía bajar al pueblo cuando amaneciera para reunirse con el Comandante y recabar información sobre Khada.

Se sentó al borde de la ventana para salir al jardín.

Sus pies fueron acariciados en cada paso por el césped húmedo, y la brisa hizo revolotear la playera ancha que usaba para dormir.

Se detuvo en el mismo lugar de siempre y se sentó a meditar.

Cuando cerró los ojos, percibió una gran tranquilidad, como si esta abrazara su cuerpo por la espalda con la intención de apaciguarlo .

Inspiró, dejándose llevar por los sonidos nocturnos.

Articuló movimientos coordinados con sus dedos y la corriente a su alrededor cambió de dirección.

Iba a llegar al clímax, a sentirse uno mismo con el viento, pero un crujido lo hizo abrir los ojos.

Estaba en el mismo jardín; la diferencia eran los años.

Un gran roble había crecido en el centro, reemplazando el olivo de su casa.

Zimbel estaba sentado a su sombra. El sol resplandecía y las hojas del árbol se movían en un vaivén suave, adornando el aire con un sonido agudo que se asemejaba al de la lluvia.

Se levantó sin dejar de apreciar el tronco imponente.

Extrañaba demasiado descansar a su sombra.

Su admiración fue interrumpida. Oyó voces a sus espaldas; giró su cuerpo y vio a dos muchachos corriendo hacia él, y cuando parecía que iban a chocar contra su pecho, lo traspasaron como si nada y se tumbaron entre las raíces del roble. Uno de ellos, el de cabello castaño, se acomodó para descansar.

El más joven de los dos lo llamó.

—Khada, cuando el entrenamiento termine, ¿puedes leerme de nuevo ese cuento que escribiste?

Zimbel contuvo la respiración. Estaba volviendo a vivir su recuerdo más preciado.

—Hoy tengo muchas cosas que hacer; terminaré hasta el anochecer. Tú sabes leer; puedes hacerlo solo —el castaño acomodó una mano detrás de su cabeza y observó las hojas que colgaban de las ramas sobre ambos.

—Pero yo quería que tú… —bajó su rostro, desilusionado, y desvió la mirada al horizonte.

Zimbel regresó a su presente cuando el mayor estuvo a punto de erguirse.

El gran roble ya no estaba, ni Khada.

Soltó un suspiro con pesadez y se levantó. Necesitaba dormir bien, un largo día le esperaba en unas horas, así que se giró, cabizbajo, y volvió a la habitación.

No se dio cuenta de que un cuervo blanco lo observaba desde lo alto de una rama.

La nueva mañana despertó a Russell con un delicioso olor a comida. Ni siquiera se lavó la cara al levantarse, así salió del cuarto, con un pijama prestado por Zimbel de la que solo se quedó con el pantalón. Fue guiado por el aroma, llegó a la cocina, encontrando a los hermanos cocinando juntos.

—Buenos días, Russell —Zuri lo oyó venir. Se giró con la sartén en mano y le dedicó una sonrisa.