3 . UNA OPORTUNIDAD #2
El «paseo» fue de lo menos tranquilo. Zimbel estaba a la cabeza, guiando al luchador a un lugar alejado de la casa con tal de encontrar silencio y privacidad.
Russell le pisaba los talones, no comentó nada y sus pensamientos flotaban alrededor de su mente sin saber qué esperar.
La actitud del gocedonio era demasiado extraña.
Pensó que, si Zimbel planeaba deshacerse de él, ese sería el lugar adecuado: alejado de la civilización y en medio de la nada.
Llegaron a un sitio único. Había un tronco caído bañado en hojas en el que Zimbel no dudó en sentarse; cuidó el recipiente de pulau sobre sus piernas y suspiró, comunicando a través de su expresión corporal que estaba cansado.
Russell tomó asiento a su lado, en silencio.
Ambos apreciaron la belleza de la víspera del otoño en el bosque; el polvo forestal caía junto a las hojas cual lluvia mágica, siendo un espectáculo que el pelirrojo nunca imaginó ver en persona.
El viento acarició sus rostros y adornó los alrededores con el silbido de la corriente.
—Russell.
Él acudió, y se encontró con el perfil de Zimbel inclinado hacia el suelo, viendo la tierra dispersarse y mezclarse con las ramas caídas.
Sus ojos azules estaban relajados, tristes.
Russell se quedó inmóvil, siguiendo sin querer la curva de su nariz respingada.
El viento agitó algunas hebras de su cabello negro y observó el movimiento anonadado. Parpadeó.
Cuando Zimbel levantó apenas la cabeza, Russell apartó la vista.
—¿Tú crees... en el destino? —Zimbel lo miró a los ojos.
La pregunta lo tomó desprevenido. Se enderezó torpemente, evitando hacer contacto visual. Su desconcierto provocó que gesticulara sílabas incompletas. Zimbel, al notarlo, resopló, dejando ver una sonrisa incrédula.
—Olvídalo. Ni siquiera sé por qué le estoy preguntando esto al hombre que sigue usando mis pantalones.
Y se levantó dispuesto a irse. Aprisionó el recipiente; no tenía nada que hacer, ni qué ver.
El frío se apoderó de sus manos y sudaron como forma de desahogo hacia la frustración de no solucionar sus problemas.
Negó, pero justo al dar un paso, sintió la mano pesada de Russell tomarlo de su muñeca, obligándolo a detenerse.
Intercambiaron miradas. Zimbel enmudeció .
El bote de comida cayó al suelo, haciendo un eco que eliminó el sonido.
Fue ahí donde se dio cuenta de que estaban solos en medio del bosque, no había nadie más que pudiera interrumpirlos.
Su respiración se cortó y su corazón se aceleró.
El calor de Russell subió por su brazo y llegó al pecho.
Por alguna razón, el tacto le hizo sentir a salvo, tranquilo; esa sensación que deseaba tener de vuelta y permitirse entrar en un estado vulnerable sin el miedo de ser juzgado.
El luchador aflojó su agarre, enfocó su atención hacia el lado opuesto para evitar un malentendido.
—Te responderé si tú me respondes primero... —fue lo único que salió de su boca tras seis largos segundos de quietud y volvió a mirarlo—. ¿Quién es Khada? Creo que lo menos que puedo hacer es intentar serles de ayuda; me salvaron la vida.
El sonido del ambiente regresó. Zimbel abrió bien los ojos; tragó saliva al oír el nombre de quien lo condenó.
Se zafó de Russell, dedicándole un rostro indignado, molesto y sobre todo, a la defensiva, oponiendo su reacción anterior.
Le dio la espalda y recogió la comida con un chasquido en la lengua.
—¿Zimbel?
« Ya basta. Para, por favor».
Sentimiento absoluto. Culpa infinita. Zimbel pegó el recipiente a su pecho.
¿Cuánto tiempo iba a cargar con ese peso que no le correspondía?
¿Cuánto tiempo... pensaba quedarse así? Aunque su orgullo y su obstinación le hicieran creer que lo solucionaría solo...
, aunque diera por hecho que no necesitaba ser salvado, la verdad era otra.
Miró a Russell de reojo, quien permanecía atento a cualquier movimiento que hiciera.
Respiró por la nariz y arrugó el entrecejo.
Se odiaba a sí mismo, se odiaba por ser débil y dependiente, por esperar un cambio y ser positivo.
Se odiaba tanto por ser un fiel creyente del destino...
, y por pensar que Russell era aquel del que hablaba su maestra.
—Khada era un Encantador como yo —lo dijo—. La diferencia es que a él lo despojaron y yo renuncié.
Russell detuvo la cuchara de pulau a mitad de camino a su boca. El contraste entre sus grandes manos y el cubierto minúsculo que Zuri le había empacado habría sido cómico en cualquier otro momento, pero la seriedad en la voz del azabache le congeló el gesto.
—Él era… muy importante para mí —continuó Zimbel, contemplando las nubes grises sobre las copas de los árboles—.
Cuando el Decreto Divino me nombró el próximo ascendido, renuncié a ese futuro para encontrar a Khada.
Está matando inocentes en Erén. Siembra el pánico y sigo sin entender por qué.
Es mi deber detenerlo. No puedo dejar que siga lastimando a la gente.
Exhaló con fuerza y regresó a su postura habitual. Al mirar hacia el tronco, Russell seguía con el bocado a medio masticar y el entrecejo tan fruncido que parecía que la comida le supo mal. Zimbel se cruzó de brazos, perdiendo la paciencia.
—Tu cara me dice que estás perdido. ¿Qué no entendiste?
—No, bueno… sí entendí la parte de que el tipo es un peligro —se rascó la nuca, dejando el contenedor de lado—. ¿Qué es un Encantador? ¿Y un ascendido?
Las hojas del árbol sobre ellos bailaron con un silbido largo, similar al sonido de las olas del mar.
Zimbel parpadeó despacio, cayendo en la cuenta de la obviedad que había pasado por alto: Russell venía de un país diferente; la cultura de Gocedonia le era ajena.
Se giró, dándole la espalda, ocultando su frustración.
—Un Encantador es quien lleva la fe del zarcoísmo más allá de las oraciones —explicó y señaló el entorno—. En tus tierras lo llamarían magia, supongo. Pero aquí es aprender a escuchar la naturaleza y volverse uno mismo con ella, entonces las corrientes elementales fluyen en el interior.
Russell quedó peor.
—Ya… ¿Y un ascendido?
—Es dejar de ser humano. Es ser el sucesor elegido por Dios en la tierra. Un semidiós.
En ese instante, una ráfaga de viento desprendió una hoja seca del suelo que terminó aterrizando en la cara de Russell; le pareció gracioso, sonrió al quitársela y su gesto se agrandó más al oír las palabras del chico.
—¿Un elegido? ¿Como en las películas? —bromeó entre dientes—. ¿O sea que te ibas a convertir en una especie de monje supremo?
La mirada de Zimbel se oscureció; apretó su puño y le sembró un golpe seco en la coronilla de su cabeza. Russell se sobresaltó, borró su sonrisa y encogió los hombros, sobándose la frente, pasmado.
—¿¡Y eso!?
—Esto no es un juego —se enfadó.
—Perdón, perdón... —entrecerró un ojo—. ¿Entonces tienes poderes?
—Renuncié a ellos.
Una nube atravesó el cielo, creando una sombra sobre los dos. El sol seguía bajando, no faltaba mucho para que anocheciera. La poca oscuridad que nació a los alrededores detuvo la brisa que adornaba la conversación. Zimbel miró las palmas de sus manos con pesar.
—Ahora soy un civil —agregó. La nube en las alturas se alejó, siguiendo su camino y liberando la luz del ocaso.
Le mintió.
No, no iba a decirle. No iba a decirle que, pese a haber renunciado, aún mantenía su Enlace intacto.
No iba a decirle que de todos los encantadores de su generación, él fue el único que logró dominar la Corriente del Viento.
No iba a decirle que seguía siendo el elegido ni que era el único mortal en interactuar con los tres elementos directamente.
No iba a decirle..., no ahora . Tenía que confiar en él.
Ni siquiera conocía a Russell, no sabía sus motivos ni de dónde apareció.
Incluso con la insistencia de su maestra, una parte de él creía con firmeza que solo se trataba de una simple casualidad.
Porque estaba harto de esperar lo mejor.
Estaba harto de creer que cualquier persona que se le cruzara iba a ayudarlo incondicionalmente .
Así que se dio por vencido sin haberlo siquiera intentado.
Sonrió para sus adentros, diciéndose a sí mismo cobarde.
—Tal vez todavía no comprendo la magnitud de tu caso... —Russell habló con la voz firme—. Pero...
Zimbel se congeló, sus piernas dejaron de responder. Giró la cabeza, topándose con los ojos verdes del moreno.
—Te debo una bien grande... A ti y a tu hermana —apretó los puños e infló el pecho—. Y... , honestamente no me molestaría tardarme en regresar a mi hogar; nadie me está esperando, así que... creo que si me sigues explicando, podré entenderte.
Sus palabras eran sinceras. De nuevo, Zimbel dudó. ¿Quién era ese tipo? ¿Quién... lo envió? Bastó con esa disposición para avivar el interés curioso sobre su existencia. Su corazón latió con más fuerza, ¿se equivocó? ¿Sería Russell distinto? ¿Cómo?
—Y bueno, contestando a tu pregunta, sí creo en el destino.
« ¿Por qué?»
El viento sopló, trayendo una brisa cálida que hizo revolotear su gabardina. Era más que obvio, Ventus le estaba hablando, pero al no poder escucharlo, solo dedujo que lo aceptaba ¿Eso era?
Así que, decidió darle una oportunidad.