Vehemente 3 . UNA OPORTUNIDAD
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3 . UNA OPORTUNIDAD

Entonces, durante el qwuadi , Zimbel se adentró al bosque.

Solitario, caminó a un paso moderado, sopesando.

Su respiración reflejaba angustia e impaciencia.

Las ramas por donde pasaba, crujían; de entre las hojas de los árboles, los primeros rayos del crepúsculo se asomaban, sumergiendo el paisaje en colores cálidos y otoñales.

Zimbel suspiró; la corriente vespertina acarició su rostro tan gentil que parecía el tacto de una persona.

Los susurros del viento se comunicaban con él y lo guiaban hacia un camino de hojas caídas.

Ya lo sabía. Cerró los ojos por más de medio minuto, y al abrirlos, vio a una mujer frente a él, vestida de blanco; su cabello lacio y albino caía por sus hombros, y sus ojos ciegos, blanquecinos, se mantuvieron fijos en su dirección.

—Maestra —Zimbel se arrodilló.

—¿Te sientes listo? —preguntó ella, juntando sus manos.

Él asintió.

Ambos avanzaron cuesta arriba en silencio. Llegaron a un barranco donde a lo lejos se apreciaba el pequeño pueblo de Erén y después, el mar de montañas que protegía la capital de Gocedonia en el horizonte.

—Hablé con el Comandante Ishan —la maestra inició—. Un anciano llamado Faris dice que vio a Khada hace dos días; quiere reunirse contigo.

Zimbel sintió un frío recorrer su columna al escuchar aquel nombre, y las sombras de su pasado respirando sobre su nuca otra vez. Desvió la mirada al pueblo y soltó un suspiro nervioso, evidenciando que ya no tenía ni una pizca de equilibrio en su interior.

—Yo... no sé si pueda seguir con esto —susurró, canalizando su angustia con los puños tensos—. Me estoy quedando atrás. Y no dejo de tener pesadillas con la oscuridad y… él .

—Zimbel —la maestra se puso en frente suyo.

Por un momento pensó que iba a recibir un sermón, pero ella simplemente le sonrió con ternura.

—Fuiste mi mejor alumno —miró a la lejanía—. Tengo fe en ti. Recuerda que después de la tempestad...

—...Viene la calma —él concluyó la oración, desanimado.

La peliblanca sonrió y posó su mano sobre la suya. Cerró los ojos e inhaló sin soltarlo. Zimbel no se movió. Una corriente de viento limpió la basura forestal a sus pies.

—El viento me habla —ella susurró.

—¿Qué le dice? —se sorprendió. Sabía que se refería a Ventus.

—Lo mismo de siempre. Que no deberías hacer esto solo.

Zimbel frunció el ceño, desconcertado. Bajó la mirada un instante, creyendo que encontraría una respuesta en la tierra entre sus botas. Cuando se incorporó, su maestra ya había desaparecido. El viento volvió a soplar. Dejó al joven con el bello paisaje dorado, pero más que apreciarlo, se afligió.

Dudó en sus palabras. Respiró hondo. Dudó en esas palabras que pesaban. El mismo destino repetía en su oído: «No deberías hacer esto solo».

Sin querer analizarlo demasiado, su mente trajo la imagen de aquel hombre frente a sus ojos.

—Russell… —recordó su nombre.

No era un pensamiento claro, solo una intuición. Una posibilidad que se resistía a morir.

Si su mentora le seguía insistiendo, era por una razón.

Marcaron las 7:36 de la tarde. Zuri atravesó el pasillo en dirección a la habitación de Zimbel; cargaba un cesto con la ropa limpia de Russell, planchada y bien doblada.

Al detenerse frente a la puerta, se hizo a un lado la trenza con un meneo de cabeza y llamó.

No tuvo respuesta, por lo que tocó de nuevo, extrañada.

—¿Russell?

Agarró la perilla y la giró. Entró al cuarto, topándose con el cuerpo del pelirrojo tendido en el suelo, haciendo una especie de plancha y sosteniéndose únicamente con los brazos. Ni sus piernas ni pies tocaban el suelo.

—... ¿Russell?

—Hola —saludó sin abandonar la posición.

La joven parpadeó un par de veces; su asombro aumentó al ver que se mantenía estático aunque pasaran los segundos. Sus ojos se movieron a una velocidad casi inhumana y se clavaron en su espalda desnuda, después en sus bíceps tonificados y marcados por la fuerza.

—Eh... —Zuri se aclaró la garganta y negó—. ¿Qué estás haciendo? Deberías estar en reposo.

—Calistenia —contestó sin voltear a verla—. Hoy se cumplen trece días desde la última vez que me ejercité y tengo que improvisar. Descuida, estoy por terminar.

Al final su voz se quebró debido al esfuerzo; jadeó.

—¿Calis…tenia? —murmuró para sí misma—. ¿Es doloroso?

—Depende.

A los ocho segundos, Russell se reincorporó .

Estiró su espalda, llevándose ambos brazos a su nuca.

Zuri ni siquiera parpadeó, seguía tan perdida en los músculos del moreno que se tambaleó con el peso del cesto.

A su corta vida de diecinueve años, jamás había presenciado a un hombre tan fuerte como Russell.

—Aquí tienes tu ropa. Lamento no habértela dado antes; no sabía cuánto tiempo quedarías en coma.

—Gracias —él le sonrió rascándose la cabeza; tomó solo su camisa y se vistió frente a ella. No se molestó en ponerse de nuevo sus pantalones, los de Zimbel eran muy cómodos.

—No me lo agradezcas, es lo menos que puedo hacer. ¿Tienes hambre? Preparé pulau y té de jazmín.

La muchacha no lo dejó responder, tomó su brazo y salieron al pasillo, adentrándose a la cocina.

Lo sentó en una de las sillas de la barra y en un tiempo récord sirvió los platos con una generosa cantidad de comida.

Guardó más en un recipiente con tapa aparte y sacó una tetera de porcelana de la vitrina.

—Se ve rico... —el luchador se sorprendió, pese a nunca haber visto u oído tal platillo, se le antojó como si ya supiera su sabor.

Recordó cuando, al finalizar la escuela, su madre le cocinaba caldo de pollo con arroz, cocido de res, o cualquier otra cosa con arroz.

El arroz era el ingrediente base del dichoso pulau : arroz, verduras y carne roja, tal vez de res o de cordero; comida universal que en Inu Koi también se servía, pero tenía la certeza de que eso sabía diferente.

—Ojalá te guste —la voz de Zuri interrumpió su pequeña reflexión—. No suelo cocinar en grandes cantidades porque no me gusta desperdiciar; además, Zimbel se la pasa afuera y yo me voy a estudiar... Pero si no te gusta el pulau , puedo cocinarte otra cosa.

Russell depositó toda su atención en la muchacha; no la conocía en realidad y ya se sentía en confianza con ella. Le sonrió de manera sincera, con un brillo en los ojos y discretos hoyuelos alrededor de sus labios. Pocas eran las personas a las que le dedicaba tal gesto.

—Eres muy amable —pensó en voz alta.

Zuri alzó ambas cejas, sus mejillas se ruborizaron, dando pie a una sonrisa tímida que la ocultó jugueteando con la punta de su trenza.

—Así nos educó papá —se sobó los brazos y retuvo su respiración—. Zimbel también es amable, solo que está pasando por un momento difícil. No creas que tiene algo contra ti.

—¿Momento difícil?

No pasó mucho para que Zuri endureciera su postura.

Resopló, nerviosa, creyendo que había dicho algo que no debía.

Sacudió sus manos de arriba abajo, enfatizando su inquietud.

Reguló su respiración, tranquilizándose rápidamente.

Para ella, Russell no era un extraño (aunque sí lo era), veía en él intenciones neutras que no se inclinaban a ningún bando. Eso la motivó a abrirse.

—Quedará entre tú y yo, ¿de acuerdo? —lo volteó a ver llevándose el dedo a sus propios labios.

—De acuerdo... —Russell se acomodó.

Ella parpadeó muy lento.

—Zimbel está buscando a una persona —empezó—. Una persona muy mala.

—¿Qué tan mala?

—Demasiado. Mi hermano quiere expiar sus pecados tratando de redimir a esa persona, pero ya han pasado cuatro años y no logra encontrarla.

Debido a que la ventana estaba abierta, el viento ventiló la cocina.

Los mechones de Russell ondearon levemente al igual que la punta de la trenza de Zuri.

La corriente fue un respiro necesario. Ella cerró los ojos, disfrutándolo.

Pensó en todo lo habido y por haber; pensó en Russell, en su fuerza y en su estadía en la casa; en la suerte que tuvo de no haberse ahogado o quedado malherido en medio del bosque.

Pensó en su hermano, en su sufrimiento silencioso.

Nada de eso era una coincidencia. Frunció el entrecejo y abrió los ojos.

Con toda la devoción del mundo, tomó a Russell de la mano.

—¿Estás aquí para ayudar a Zimbel? —preguntó con un volumen bajo.

—¿Ayudarlo?

—Es lo que dice la maestra.

Russell entreabrió los labios. Una corriente fría le pasó por la nuca al acordarse de lo que logró escuchar de Zimbel esa mañana.

—Con razón evitó el tema... —murmuró.

Zuri apretó el agarre, obligando a Russell a voltear a verla de nuevo. Los dos se quedaron callados, ella con un rostro suplicante.

—Vas a ayudarlo a atrapar a Khada, ¿verdad?

« ¿Khada?»

Russell se quedó sin palabras. Ni siquiera podía recordar cómo es que había llegado a Gocedonia. No se sentía con la capacidad de elegir, era algo que no le correspondía, o al menos así creía. Se zafó de Zuri, todavía mirándola, y subió los hombros.

—Escucha... —dijo, pero antes de pronunciar algo más, alguien entró por la puerta principal.

Era Zimbel, vestido distinto, con una gabardina roja sobre una camisa color hueso abotonada hasta el cuello.

La casa se sumergió en el silencio total. Todo el aire que había entrado se escapó por la puerta.

—Zimbel... —Zuri se levantó—. ¿Cómo te fue?

Pese a la calidez de las palabras de su hermana, él no respondió.

Sus ojos destilaban una inaccesibilidad que ya parecía propia de él; su postura rígida gritaba a leguas que no lo perturbaran más.

Lo único que hizo fue señalar a Russell con el índice derecho, y este al percatarse se levantó sin dudarlo.

—Tú, ven conmigo. Tenemos que hablar.

Esas palabras pudieron haberlo hecho temblar.

La temperatura bajó de repente; Zuri y Russell se petrificaron, ninguno cuestionó la autoridad del azabache y aunque millones de preguntas comenzaron a surgir, el moreno acató.

Zimbel infló el pecho, decidido, dio media vuelta y se perfiló para retirarse.

—Zimbel —la joven alzó la voz; rodeó el pretil del comedor y le acercó el recipiente extra que llenó de comida—. Hice pulau , llévatelo.

Él se quedó quieto, miró a su hermana y sus facciones se ablandaron. Lo recibió asintiendo.

—Gracias.