Vehemente 2 . ENCUENTRO #4
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2 . ENCUENTRO #4

Salió de la cama para dar vueltas por toda la habitación, deteniéndose a observar con curiosidad la decoración del cuarto.

Vio de nuevo la cómoda; Zimbel le había dicho que traía puestos sus pantalones, lo que le hizo asumir que había despertado en su recámara.

Tal vez alguien se los regaló un poco más grandes por error.

Continuó examinando el espacio, pasando la mirada por los cuadros y las fotografías analógicas colgadas dentro de marcos en las paredes; la constante exposición a los rayos del sol les habían arrebatado el brillo.

Cayó en la cuenta de que el cuarto se sentía acogedor; los muebles de madera y el aroma a sándalo le recordaban con una punzada de nostalgia a la casa de su bisabuelo.

Sus ojos terminaron sobre una hoja de papel cuidadosamente enmarcada.

Por la estructura de las líneas, se trataba de un poema.

Intentó leerlo, pero el gocedonio escrito era demasiado rebuscado; si apenas podía entenderlo cuando lo escuchaba, leerlo le resultaba un reto total.

Lo único que logró rescatar, justo al final de la hoja, fue la firma del autor en un trazo fino y cursivo: Belle .

Tomó el cuadro y le quitó la ligera capa de polvo que se había acumulado en las esquinas de madera.

Le dio la vuelta y entonces se detuvo. Había una dedicatoria en la parte de atrás que supuso eran palabras de aliento; se esforzó por leer los caracteres y lo que pudo traducir finalmente fue: «Te quiere, tu hermana Zuri».

En ese instante, Russell supo que «Belle» era Zimbel.

Dejó el poema en su sitio, dio un último vistazo a la habitación y lo aceptó. Ahora estaba en Gocedonia, y estaba a salvo gracias a los hermanos.

Los primeros rayos del sol salieron y chocaron contra las cortinas entrecerradas de la ventana.

Russell las abrió por completo, dándose cuenta por segunda vez de la hermosa vista que rodeaba la casa.

Se quedó así, quieto. Admiró la vista; el sol apenas salía, le daba al ambiente un aire de tranquilidad, nada comparado con su ruidosa capital.

Vio una mancha entre toda la belleza. Alguien descansaba en el pasto.

Era Zimbel, definitivamente. Russell no se lo pensó, salió por la ventana como lo había hecho la primera vez.

Caminó sin hacer ruido sobre la hierba y llegó junto al chico; este no se había dado cuenta, permanecía sentado con los ojos cerrados, hablando entre dientes.

—Sí, maestra. Ahí estaré durante el qwuadi .

Le prestó atención al atuendo que llevaba Zimbel, porque no había podido notarlo adecuadamente mientras estaba dentro de la casa.

Vestía un yukata negro que dejaba al descubierto una pequeña parte de su pecho.

Russell no dijo nada, simplemente se dejó caer a un par de metros de él, dejando salir un suspiro largo de alivio.

El ruido, por consecuencia, provocó que Zimbel se callara y se sobresaltara.

—¿Qué haces aquí? Te dijeron que descansaras —no se esperaba la cautela con la que había llegado Russell.

—Vi que estabas afuera, viendo el amanecer —respondió, recargando los brazos en el pasto.

—No estoy viendo el amanecer.

—¿Qué haces aquí solo?

—No es de tu incumbencia —dijo a secas.

—Lo siento —se disculpó.

Zimbel se giró, incrédulo, mirándolo por encima del hombro.

—¿Qué?

—Nada —Zimbel desvió la atención.

Russell perdió su atención en el sol naciente. Inspiró por la nariz, culminando con una exhalación que le sentó bien a pesar de la hostilidad en el aire.

—¿Estabas hablando solo? —volteó a ver a Zimbel.

—No.

—Yo también hablo solo, a veces.

Zimbel arrugó la nariz y se acomodó de tal manera que le dio la espalda.

—Lárgate de mi vista y regresa a la habitación.

—¿Qué es un gudi?

—Se dice qwuadi .

Y aunque parecía que la conversación seguiría por unos minutos más, terminó ahí. Zimbel regresó a su postura inicial; lo ignoró olímpicamente, aún con el ceño fruncido, y tras varias respiraciones, sus músculos se relajaron y cerró los ojos. Volvió a meditar.

Russell se rascó la nuca.

—¿Y qué significa?

No hubo respuesta.

—Guadi… —susurró para sí mismo.

Zimbel golpeó el césped con la palma abierta, girándose hacia Russell con el rostro en verdad irritado.

Resopló; juntó ambas manos, entrelazando sus dedos, y se contuvo de no gritarle.

Volvió a barrer su presencia. Sus ojos azules chocaron con los verdes de él, y una sensación cálida en su pecho lo hizo dudar si era buena idea relacionarse con un hombre que lo iba a abandonar cuando se recuperara por completo.

Humedeció sus labios, desviando el rostro, y al final arrancó unas cuantas hebras de pasto con sus dedos.

Llegó a la conclusión de que no perdía nada con quitarle la duda, incluso pensó que sería mejor, ya que no volvería a verlo.

—Significa atardecer. Es… gocedonio antiguo. Ahora vete.

—Pero...

—¿Qué?

Russell no dejó de mirarlo a los ojos. Incluso molesto, el rostro de Zimbel le transmitió calma.

Su piel blanca no era una novedad para él, pero juró que sus ojos azules tenían un efecto que se asemejaba a un sedante.

Si era sincero, tenía una belleza andrógina que sí lo dejó asombrado.

No había muchos así en Inu Koi. Desvió la vista al mechón lila bajo su oreja izquierda; viéndolo más de cerca supo que era natural.

—Regresaré a la habitación —se levantó.