2 . ENCUENTRO #3
Un calor abrupto le recorrió la piel de la garganta y tragó saliva; sabía que esa sensación no tenía nada que ver con el alcohol.
La visión de Leone así, rogándole, despertó en él un placer secreto que no se había manifestado en años.
Disfrutó tenerlo a su merced de esa manera, pero al cabo ocultó su perturbación con un bufido áspero y dejó que una sonrisa de medio lado adornara toda su boca.
—Hazme el favor de quedarte a tomar algo, ¿sí? Es lo menos que puedes hacer por los viejos tiempos. Quizá, si me complaces con tu compañía... puede que se me dé la gana ayudarte.
La insinuación de tener que ganarse el favor mediante la obediencia hizo que el estómago de Leone se revolviera.
—Si no me vas a ayudar a encontrar a Russell ahora, me voy —se levantó de golpe, pero se detuvo en seco: cuatro de los hombres de Diego le bloquearon el paso.
—He dicho que te quedes —la voz de Diego resonó a sus espaldas.
Leone sintió el frío del miedo bajarle por la espalda; ocultó su preocupación con una mueca de disgusto. Desvió la mirada hacia la pared, maldiciendo en silencio. Cerró los ojos y resopló, dándose por vencido.
—Está bien, tranquilo —volvió a sentarse con los hombros tensos—. Pero solo un rato…
Un sueño casi eterno que lo acompañó en todo momento.
El coliseo estaba repleto de gente, esperando el desenlace de la dichosa pelea que por más de un mes se mantuvo en tendencia.
Russell se preparó, pero en vez de ponerse en una posición defensiva, descubrió sus puntos débiles, dejando que Leone lo atacara sin ninguna dificultad con una manopla de acero en los nudillos.
Su cuerpo fue golpeado hasta el colapso.
Lo último que sintió antes de desmayarse fue el puño de Leone reventarle la mandíbula.
En ese instante perdió el conocimiento, y una corriente helada lo arrastró por todo el universo, convirtiéndolo en basura que tarde o temprano desaparecería.
Russell despertó con la respiración agitada. Estaba en una cama y se desconcertó; lo último que recordaba era la botella vacía de mezcal frente a sus narices.
Sus músculos ardían cual fuego. Sentía el pecho y parte de la cara pegajosos. Se tocó, asqueado, al final notó que tenía ungüento en sus moretones.
—¿Qué mierda?
Tocó las sábanas frías que lo envolvían. No llevaba su ropa, solo unos calzoncillos negros que no eran suyos.
Se dejó caer sobre las almohadas. No tenía ni idea de dónde estaba, ni cómo había llegado.
Miró un pequeño reloj que colgaba en el muro frente a él que marcaba las 6:54 de la madrugada.
Se frotó un ojo y bostezó; estaba cansado y quería dormir, pero la curiosidad se lo comía por dentro; necesitaba respuestas.
Se levantó a duras penas y buscó su ropa por toda la habitación sin éxito.
Abrió con cuidado unos cajones de madera y sonrió al ver que guardaban ropa bien doblada, no obstante, esculcando, se dio cuenta de que eran tallas mucho más pequeñas.
Soltó un suspiro y siguió buscando para ver si de casualidad había algo que le quedara.
Encontró unos pantalones de mezclilla un poco más anchos que los demás, se los probó y sí le quedaron, aunque ajustados.
Vestido, debía pensar en una forma de escapar; descartó la puerta principal y caminó hacia la ventana de puntitas. Estaba abierta, libre de rejas, y en un primer piso. Russell sintió un frescor en el pecho; sus secuestradores no eran muy inteligentes.
Saltó con cuidado y salió. En cuanto sus pies descalzos pisaron el pasto verde y húmedo por el rocío, la sensación lo hizo detenerse en seco, obligándolo a asimilar el entorno.
Como el sol aún no iluminaba el cielo por completo, avanzó a ciegas.
La vista lo dejó sin palabras. Estaba en una colina, y al horizonte, la imponente silueta de una montaña se alzaba a lo lejos, rodeada de grandes nubes que flotaban a sus faldas.
Las aves apenas iniciaban a cantar, y los grillos y chicharras sonaban entre la maleza.
Se quedó impactado, embobado por la hermosa vista que creía posible solo en las películas extranjeras.
Bajó la mirada hacia el valle y distinguió las luces de muchas casas. Era un pueblo.
Con quedarse quieto unos minutos ahí, expuesto a la intemperie, una sensación de paz le llenó los pulmones. Fue reconfortante.
Sus músculos seguían entumecidos y rígidos; si quería salir corriendo, le sería contraproducente, aunado a que no tenía ni la más mínima idea de dónde estaba.
Retrocedió, apoyó su cadera en el borde de la ventana detrás suyo y admiró el paisaje una vez más.
Se giró. Vio las paredes, prestando atención en la madera desgastada, pero limpia, y en los detalles rústicos que lo rodeaban.
Había despertado en una casa humilde y bonita en medio de una colina.
La calidez del lugar le hizo descartar la idea de un secuestro, porque nadie mantendría cautivo a alguien en un sitio tan bonito.
Así que volvió a entrar al cuarto y cruzó el marco hacia el pasillo, con el torso al aire, por el pequeño corredor en silencio, y cuando escuchó dos voces a lo lejos, se escondió detrás de una de las columnas de madera.
En un principio, los sonidos le fueron ajenos.
Las palabras no estaban en su idioma, lo que hizo que se quedara tenso tras la estructura, conteniendo la respiración con el corazón acelerado.
Después de agudizar el oído y ponerles atención, la cadencia y la fonética le despertaron un viejo recuerdo en la memoria.
Era gocedonio. Casi de inmediato, recordó las clases y cursos que había tomado durante su formación como luchador internacional.
Se esforzó por captar el ritmo de la conversación y logró entender las palabras.
—¿Cuándo se irá de aquí? —era la voz de un hombre joven.
—Cuando recupere la consciencia —una mujer respondió—. Parecía muerto cuando lo encontramos. ¡Tú mismo lo viste!
—¿Pero por qué en mi habitación? —se molestó.
—Porque es en donde más circula el viento.
—Ya pasaron doce días y aún no despierta.
—No entiendo en qué te afecta si tú nunca estás en casa...
Ambos guardaron silencio; se miraron entre sí. La chica volvió a hablar, un poco más tranquila.
—¿Y si esta es la señal de Ventus?
—No menciones eso, Zuri, y menos cuando hay un desconocido en la casa —el hombre se puso a la defensiva.
Russell decidió asomarse solo un poco para ver si reconocía algún rostro.
Y cuando lo hizo, la conversación se detuvo y el hombre ya no estaba.
Retrocedió al notar los ojos verdes de la mujer sobre él, y algo detrás suyo lo detuvo; se dio la vuelta, para su sorpresa, el hombre estaba a pocos centímetros de él.
Tenía el cabello negro y la piel blanca.
Apareció de la nada. Russell soltó un grito y se pegó más al muro.
—¡CARAJO! —levantó el puño para lanzarle un golpe por puro reflejo, pero el chico lo esquivó.
—¡¿Ves?! —el joven miró de pies a cabeza al pelirrojo con recelo; el rostro se le puso rojo de ira—. ¡¿Por qué traes mis pantalones?!
La chica se interpuso.
—Por fin despertaste, me llamo Zuri —ella se giró hacia Russell con una leve sonrisa, ignorando por completo lo sucedido—. ¿Cómo te sientes?
—Acosado. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Zuri borró su sonrisa y ladeó la cabeza; le miró los moretones.
—¿No te acuerdas?
—¿Acordarme de qué?
—Te encontramos a la orilla del río. ¿De dónde vienes?
El pelirrojo entrecerró los ojos. Inhaló y se tomó un tiempo para responder.
—Inu Koi.
—¿Y cómo llegaste hasta acá? —el pelinegro se metió a la conversación.
—¿Cómo que cómo llegué hasta acá? —Russell formó ambos puños—. ¿Dónde estamos?
—En Erén, Gocedonia —le dijo Zuri.
La cabeza del luchador palpitó. Mostró los dientes en una mueca de dolor y se recargó en la pared.
—Necesitas seguir descansando —insistió la castaña. Lo tomó del brazo con intención de llevarlo de nuevo a la habitación, y en eso el azabache masculló.
—Zuri...
—Zimbel, tenemos que ayudarlo.
Este no replicó; dio media vuelta y desapareció por el pasillo con los puños contenidos. Tenía un peculiar mechón lila debajo de su oreja que seguía notándose aún en la oscuridad.
— Discúlpalo , él no es así —Zuri acomodó su agarre.
Russell miró de reojo la dirección donde Zimbel se había ido.
La chica lo llevó a la habitación e hizo que se recostara al borde de la cama; después salió del cuarto, no tardó en regresar con un tazón caliente de sopa.
—Seguramente tienes hambre —se lo acercó—. Toma, la estaba preparando para mí, pero está claro que tú la necesitas más.
—Gracias —Russell probó una cucharada por cortesía y se sorprendió—. Oye, está bueno...
—¿Cómo te llamas?
—Russell —dejó el tazón en el buró junto a la cama.
—Bueno, un gusto, Russell. No te preocupes por lo demás, puedes quedarte aquí el tiempo que necesites; así que descansa —la chica se giró hacia la puerta.
—Gracias... —asintió, extrañado.
Zuri le sonrió, sus ojos resplandecieron honestamente, y se fue, dejándolo solo. Se quedó un buen rato sentado, tratando de recordar lo que había pasado y cómo había llegado ahí, pero sus pensamientos seguían difusos.