2 . ENCUENTRO #2
En el costado había un anuncio que abarcaba todo el lado derecho, mostrando la ubicación de una escuela de lucha y el contacto, seguido de la imagen de un adolescente entrenando.
Para cualquier otro inuense solo era propaganda para mantener la tradición de la lucha; para Leone fue una señal: Tatsuro.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón; el teléfono le pareció un objeto extraño cuando lo sacó, más pesado de lo normal.
Al desbloquear la pantalla, sintió una opresión asfixiante en el centro del pecho que le dificultaba respirar.
Jamás imaginó que sus dedos marcarían el número de uno de sus mejores amigos bajo esas circunstancias.
El tono de llamada sonó tres veces. Cada segundo era una eternidad que golpeaba sus sienes.
—¡Leone! —la voz de Tatsuro, al otro lado de la línea, sonaba genuinamente feliz—. ¡Qué milagro, fiera! Hacía siglos que no...
—Russell está desaparecido —lo soltó—. No sé qué hacer.
El silencio que siguió después de cerrar la boca fue absoluto. Leone pudo sentir, casi físicamente, cómo la sonrisa de Tatsuro se borraba; sabía que estaba procesando la información, entendiendo sin necesidad de más palabras que la ausencia de Russell no era un asunto menor.
—¿La policía? ¿Beltrán?
—Si espero a que ellos se muevan, pasarán semanas sin que suceda nada —la frustración se cerró en su garganta, un nudo doloroso que amenazaba con quebrarlo ahí mismo, en la calle.
Sintió que le faltaba aire, se dejó dominar por el pánico.
Un sollozo ahogado se le escapó antes de que pudiera contenerlo—. Beltrán no quiere cooperar.
—Leone, escúchame —Tatsuro resopló—. Tienes que calmarte. No ganarás nada si pierdes la cabeza ahora. Respira.
—¡¿Que me calme?! —gritó, atrayendo las miradas de un par de transeúntes—. ¡Lo he intentado, maldita sea, pero ya van tres días, Tatsuro! ¡Tres putos días sin saber nada!
Su voz se rompió al final, dejando al descubierto el terror puro que lo consumía.
—Solo puedo pensar lo peor... —susurró, llevándose la mano a la boca, apenado—. Siento que le pasó algo.
Al otro lado de la línea, percibió la impotencia de su amigo. Imaginó a Tatsuro pasándose la mano por el cabello, caminando de un lado a otro. El silencio se alargó.
Finalmente, colgó con la promesa de que le llamaría en cuanto encontrara una solución.
La noche tardó en llegar. Después de un par de horas, Leone seguía en la misma posición: sentado a la orilla del sillón en la oscuridad de su sala, siendo iluminado por la luz de la pantalla del celular.
Cuando entró la llamada de Tatsuro, contestó al primer tono.
La voz de su amigo sonaba más grave que de costumbre.
Le explicó sin rodeos que había contactado a un primo que sabía que conocía gente dispuesta a hacer lo que fuera por dinero; acudir a él significaba cruzar la línea de lo legal y adentrarse en un terreno turbio que para nada era el estilo de Leone.
Tatsuro fue claro con su advertencia. Le preguntó si estaba seguro y él aceptó.
Tatsuro le envió el contacto, recalcando que la comunicación debía ser mediante mensajes de texto.
Leone le colgó. Abrió un nuevo chat con el número sin registrarlo en sus contactos.
Sus pulgares se detuvieron a milímetros de la pantalla.
Escribió el mensaje rápido: «Vengo de parte de Tatsuro. Busco a una persona. La policía no sirve; necesito resultados rápidos».
Le sorprendió que el mensaje fuera leído al instante de ser enviado.
Se quedó mirando la pantalla, viendo los puntos suspensivos que indicaban que el otro estaba escribiendo.
Pasaron unos minutos. La respuesta llegó con una cifra grande de dinero y un número de cuenta.
Leone lo entendió. No se detuvo a pensar si existía alguna garantía de éxito o si estaba a punto de ser estafado.
Confiaba en Tatsuro. Abrió su aplicación bancaria y le confirmó al desconocido la transferencia en un segundo.
El trato había iniciado. El primo de Tatsuro confesó tener acceso a círculos de poder que requerían discreción absoluta, por lo que propuso un encuentro presencial en las afueras de la ciudad para afinar los detalles de su «pedido».
La ubicación enviada apuntaba a la zona hotelera, un sector barato que, según los rumores que Leone había ignorado toda su vida, no era más que un nido de ratas donde se escondía lo peor de la sociedad.
No le importó arriesgarse con tal de encontrar a Russell. Aceptó la cita.
«La zona hotelera» solo era un nombre para que en los mapas de Inu Koi se viera como cualquier otro lugar ante los turistas.
Aunque realmente era un distrito con mucha actividad, lleno de luces y ruido, donde cualquiera podía satisfacer los vicios más comunes del hombre inuense: alcohol, apuestas y sexo; era el mejor punto de encuentro para que los criminales pasaran desapercibidos,
ya que muchos de los habitantes iban ahí pensando en verdad que era solo un buen sitio para divertirse con amigos y gastar dinero, sin sospechar lo que sucedía por debajo del agua.
Leone seguía de pie en la entrada del muelle, con la brisa húmeda golpeándole el rostro.
Mantenía el cuello de su chaqueta alzado y la visera de la gorra ocultando sus facciones bajo la luz intermitente de los neones.
Su atención estaba fija en la pantalla desbloqueada de su celular, releyendo con obsesión la última instrucción que el primo de Tatsuro le dejó en el chat: «Espérame cerca del muelle y no entres a ningún bar».
El tiempo transcurría y no había novedades. Miraba de reojo los rostros de las personas que entraban y salían. Cada cierto número de caras que veía, revisaba su teléfono.
Una figura se separó de la multitud y caminó directo hacia él.
Leone soltó un suspiro de alivio, relajando los hombros, y se preparó para iniciar la interacción con un saludo casual y el mismo tono con el que se habían hablado a través de los mensajes, pero el extraño no le dio oportunidad; cabizbajo, lo agarró con un empujón en el brazo.
Sin mediar palabra, lo guio de manera brusca, obligándolo a caminar a su lado como si fueran amigos.
Entraron a uno de los bares que daban la espalda al río.
Se tropezó al cruzar la puerta, con la mente en blanco y los sentidos saturados por el bullicio, la música alta y el humo de tabaco que se acumulaba en una nube blanca en el techo.
El hombre no se detuvo hasta llevarlo al fondo, señalando una mesa apartada en las sombras.
Al alzar la vista, Leone se quedó helado.
La persona que estaba sentada ahí entre un grupo de hombres no era quien esperaba ver, mucho menos el primo de Tatsuro.
Abrió bien los ojos y entreabrió los labios, reviviendo los recuerdos de cuando era un adolescente.
Sus manos temblaron e inspiró de forma acelerada.
Su ceño se frunció. La silueta borrosa de un joven que creyó su amigo creció hasta sobreponerse en aquel hombre fornido al centro de la mesa que parecía satisfecho con su llegada.
—Sabía que eras tú, pero quise verte de cerca con mis propios ojos —le sonrió de lado sin apartarle la mirada.
—¿Diego?
Incrédulo, la duda salió de su boca con un susurro.
Apenas parpadeó, incapaz de procesar que, después de tantos años y en ese sitio, el destino le pusiera enfrente a Diego de Ávalos, un excompañero de la academia de lucha con el que más de una vez tuvo sentimientos encontrados.
Disimuló su desorientación tragando saliva e irguiéndose un poco.
—¿Un hombre aplicado y correcto como tú en un lugar tan corriente como este? —Diego se recargó en el respaldo de su silla—. ¿Qué haces por aquí?
—Quedé con un amigo —mintió—. De hecho, ya debe estar esperándome; se me hace tarde.
Quiso girarse, pero el hombre que lo escoltó seguía detrás de él, bloqueándole el paso.
—No tengas prisa. Siéntate, acompáñame un rato.
—No puedo, en serio; me están esperando...
Leone enmudeció. Su mente, que hasta hace un segundo estaba sumergida en el pánico, se detuvo en Diego de manera repentina.
Él conocía a Russell. Habían compartido la adolescencia, los mismos círculos, la escuela, y a pesar de lo turbio del encuentro, ver una cara conocida en medio de ese mar de extraños encendió una chispa de esperanza en su interior.
Diego era orgulloso, un hombre capaz de hacer lo que sea con tal de sentirse bien consigo mismo sin importar el daño colateral.
Sin embargo, quizá era la única persona en ese maldito lugar que realmente podía entender de quién hablaba.
Así que dejó de resistirse. Bajó la mirada, derrotado por su propia necesidad, y se quitó la gorra, revelando su rostro ojeroso.
Arrastró la silla y se sentó, adoptando una postura dócil, con las manos sobre las rodillas.
Diego sonrió satisfecho. Con un leve movimiento de cabeza, ordenó a sus hombres que se retiraran, dejándolos solos en aquella mesa alejada del resto.
—No sé qué hacer, Diego —confesó Leone en voz baja—. Estoy perdido. Russell lleva tres días sin aparecer. Nadie sabe nada. Temo que le haya pasado algo grave.
La sonrisa de Diego desapareció por una fracción de segundo. Una sombra cruzó sus ojos oscuros, pero de inmediato volvió a relajarse y se acomodó mejor en el asiento.
—¿Quieres un trago? Yo invito.
El silencio de Leone le resultó molesto.
—Je... Había olvidado que ese cabrón te tiene como su perro desde que se conocieron.
Ambos se miraron fijamente. Leone, sabiendo que no estaba en posición de defenderse, dejó salir un suspiro y relajó los hombros; apoyó los codos sobre la mesa y desvió la vista hacia los clientes del bar, evitando la confrontación.
—Diego... —regresó a él; le suplicó—. ¿No puedes ayudarme?
Su voz salió frágil y suave. Leone lo miró con los párpados relajados por el insomnio y la angustia.
Estaba desesperado, y sobre todo, profundamente cansado, y esa mezcla le daba un aire muy diferente que tomó a Diego por sorpresa, quien no respondió al momento, solo se quedó estático, clavando sus pupilas en Leone por un buen rato,
como si estuviera registrando cada rasgo de ese rostro vencido para recrearlo a la perfección en su memoria más tarde.
Llevó una mano a su barbilla y fingió meditar la propuesta, apoyando su codo en la mesa, pero fue una excusa para seguir mirándolo.