2 . ENCUENTRO
El barrio en el que se encontraba el departamento de Russell era conocido por ser la vivienda de muchas personalidades emblemáticas en el mundo del deporte. Don Pablo había vivido ahí durante su época dorada; ahora le tocaba a su hijo.
La mayoría de los pisos seguía con las luces encendidas, incluyendo el pasillo donde Leone se dirigía a la puerta de Russell a la par que silbaba la melodía de una canción pegadiza.
Detrás de su espalda escondía una caja de chocolates blancos, específicamente, el favorito de ambos.
Subió las escaleras en silencio. Cuando llegó a la puerta, tocó suavemente y se recargó sobre el marco, esperando a que le abriera.
Nada.
Volvió a tocar, un poco más fuerte, y al tercer intento sin respuesta, sacó un redondel de llaves y tomó la llave pintada de rojo.
No era la primera vez. Entró sin más y examinó el departamento.
Las luces estaban encendidas. Dejó la caja sobre la mesa del comedor y entró a la habitación principal; esculcó la cama sin éxito.
Chasqueó con la lengua, pensativo. Salió a la sala y revisó el baño al igual que el cuarto de servicio.
Confundido, sacó su celular y le marcó. Otra vez, nadie contestó.
—Cabrón —colgó la llamada después de la cuarta vez y recargó su cadera en el pretil.
Apretó los labios, adivinando en dónde podría estar Russell.
Se cruzó de brazos y resopló. Dio por hecho que había salido a dar un paseo nocturno o al súper como solía hacer los fines de semana.
Guardó los chocolates en el congelador y se encerró en la habitación.
Iba a esperarlo. Se acomodó entre las almohadas y encendió la televisión.
Las horas pasaron. Russell no llegó.
El sol casi estaba en su punto más alto.
Leone despertó con la luz en la cara y una mueca de incomodidad; sus músculos estaban rígidos, había dormido mal.
Parpadeó hasta acoplarse, bostezó y buscó a ciegas entre las sábanas creyendo que encontraría a Russell dormido a su lado.
Nada de eso ocurrió, así que saltó de la cama con los ojos bien abiertos.
Tomó su celular. No tenía llamadas perdidas.
Volvió a marcarle, y al igual que la noche anterior, no tuvo respuesta.
No era común en Russell desaparecer así porque sí.
Después de cinco minutos en la misma posición, indagó en sus aplicaciones sin saber qué pensar.
Decidió marcarle a quien seguramente sabría de su paradero.
Presionó con lentitud el número de Beltrán.
Cuando terminó, dudó un segundo si realmente quería llamarlo.
Pensó que tal vez su jefe estaría ocupado, o que no le respondería.
Infló el pecho y soltó un suspiro pesado para armarse de valor.
Marcó, después de varios tonos, lo mandó al buzón. Resopló, molesto, y marcó de nuevo.
Al segundo tono descolgaron la llamada.
—¿Qué quieres, Leone? —se escuchó la voz ronca de su jefe, pasando por una resaca.
—Lamento interrumpirte... —él habló, pero los ruidos del otro lado del teléfono lo hicieron callar.
—¿Qué quieres? —se irritó.
—¿Sabes dónde está Russell?
Las voces de fondo no paraban de hablar y reír.
—No —carraspeó, estaba bebiendo—. Ahorita no quiero saber nada de él; me hizo perder muchísima lana. Si lo ves, dile que le den.
Y colgó.
Leone apretó los bordes del teléfono, lo lanzó a la cama. Se frotó la frente y miró al suelo. Pensó en llamar al padre de Russell, pero ya conocía a Don Pablo; sabía que él sería la última persona que quisiera saber de su hijo después de la derrota.
«¿Derrota?»
No, no podía ser posible. Debía existir otra explicación.
Leone tomó un descanso y se detuvo al verse en el gran espejo del gimnasio.
El sudor de su torso desnudo marcaba sus músculos; le gustaba entrenar sin camiseta para no perder la costumbre de las peleas.
En sus manos usaba vendas para proteger sus nudillos y mejorar su circulación, según un artículo que leyó en Internet.
Seguía confundido, inquieto. La alarma de su celular sonó desde su mochila para anunciar el fin de la rutina.
Se perdió en los vestidores, tomando una ducha con la esperanza de que el agua le devolviera la tranquilidad. Luego de vestirse, tomó sus cosas, se puso una gorra negra y regresó a casa a pie.
Las horas pasaron y Leone seguía en la calle.
No encontraba una respuesta al paradero de Russell y eso le provocó vagar sin rumbo.
Ya llevaba seis vueltas a la manzana de su departamento.
Se detuvo de manera inconsciente en la esquina de la avenida, donde los motores de los autos le hicieron reaccionar.
Alzó la vista a los edificios que tenía alrededor y observó los detalles que hacían del centro de Inu Koi tan único para él.
Parques, restaurantes, puestos, edificios.
La gente iba de allá para acá, con rostros serios, pero accesibles.
En el centro de la capital abundaba de todo.
Leone se sintió acogido, en casa..., esa era su casa.
Le enorgullecía ser de Inu Koi; trabajaba duro para llevar con dignidad la bandera sobre sus hombros y esparcir su honor.
Su infancia, su adolescencia, siempre se formó con esos valores que lo hacían sentirse parte de algo. Pero sobre todo, amaba compartir dichas experiencias con Russell, y al no tenerlo cerca, se sentía desubicado, como si no estuviera en su hogar, como si le faltara algo.
Las instalaciones policiales, calmadas y con un aire acondicionado con olor artificial a lavanda; paredes pintadas de color hueso y ventanas aún portando el mecanismo de hace más de cuarenta años. El ambiente apuntaba a que sería una jornada tranquila para los polis internos.
Sentado en el escritorio de la recepción, estaba un hombre pelinegro jugueteando con un redondel de llaves mientras perdía el tiempo en la computadora que tenía a un lado, viendo la repetición de la lucha entre El Demonio Rojo contra El Invicto.
Vestía el uniforme propio de la policía, enfatizando el azul marino hasta en la corbata, y con el parche de la bandera de Inu Koi en las mangas.
Tenía un cuerpo decente y cierto atractivo; no era el típico oficial con kilos de más que solo comía pan y café.
Parecía que se tomaba su trabajo en serio, mas su postura indiferente gritaba que quería irse de ahí cuanto antes.
«C. Miranda», decía bordado en su uniforme, casualmente del mismo azul turquesa del que eran sus ojos, los cuales se movían de izquierda a derecha ante los píxeles de la pantalla.
Su ocio fue interrumpido por el tintineo de una campanilla. Levantó la mirada a la puerta principal, viendo que una persona con gafas de sol había entrado. Un hombre de quizá su misma edad; alto, moreno y con el cabello cenizo pese a que trató de ocultarlo bajo una gorra negra.
Miranda sonrió de lado. Bajó la vista hacia la pantalla y lo comparó. Guardó el redondel de llaves en un cajón.
—¿Te han dicho que te pareces a Leone Ferrán? —comentó, confianzudo.
El hombre se detuvo frente al escritorio, se quitó las gafas, mostrando su vista rosada que solo le podía pertenecer a El Invicto.
Realmente era Leone Ferrán quien estaba frente a él, así que alzó ambas cejas, sorprendido por recibir a una celebridad en su despacho; pero al poco tiempo su emoción desapareció.
—Quiero reportar la desaparición de Russell Huzumán.
—¿Russell Huzumán? —Miranda ladeó la cabeza—. ¿El Demonio Rojo?
Leone asintió.
—Necesito que me ayuden a localizarlo.
El policía negó para sus adentros. Giró la silla, dándole la espalda, y buscó con calma entre los cajones del archivo de atrás.
—¿Seguro que no está en su casa deprimido? Después de tremenda paliza yo también desaparecería —murmuró lo suficientemente fuerte.
Leone abrió bien los ojos.
—¿Disculpe? —fue lo único que logró salir de su garganta.
Miranda volvió; puso sobre el escritorio una hoja y una pluma de tinta azul.
—Con mucho gusto lo ayudo, señor Ferrán —lo miró desde abajo con una sonrisa tranquila—. Pero me veo en la obligación de avisarle que, aunque haga su reporte, el proceso podría durar un par de días hábiles.
—¿¡Un par de días!?
—No es por presumir, pero tenemos mucho trabajo desde que comenzó el año… Todo se retrasa.
La oficina quedó en total silencio. De no ser por el motor del aire acondicionado, Leone habría jurado quedarse sordo. Tensó sus músculos, le dedicó al hombre una mirada impotente, tan obvia que él la notó.
—Lo siento, señor Ferrán, pero reglas son reglas, y el hecho de que Huzumán sea una celebridad no le quita lo civil; no podemos ponerlo por delante de los demás que ya tienen un folio asignado, así que tendrá que esperar su turno si quiere que la seguridad pública lo ayude.
—¿Es una broma?
—Vaya y quéjese con el Congreso o contrate a un detective privado si quiere agilizar las cosas —Miranda bajó la vista, dispuesto a perder sus sentidos en la computadora—. Créame cuando le digo que todo se puede conseguir en las calles de este país si sabe buscar bien...
—Quiero hablar con tu jefe.
—El comisario Raga no se encuentra, está en su hora de descanso. Mire, si gusta me puede dejar un número telefónico y así yo le llamo cuando…
No completó su oración. Cuando miró de vuelta, Leone ya se había ido.
Los siguientes dos días duraron una eternidad.
Leone trataba de mantenerse firme, pero cada segundo sin tener noticias de Russell lo convertía en verdadero infierno.
Los intentos por enfocar su mente en los entrenamientos eran inútiles y cada rincón de su departamento se volvía una provocación.
Revisaba su celular una y otra vez, abriendo la bandeja de mensajes, buscando alguna señal de vida, alguna palabra de él... , y nada.
En la tercera noche, la ansiedad se convirtió en insomnio, luego en angustia absoluta que lo obligó a dar paseos en mitad de la noche.
Ahí se encontraba, sentado en la banca de un jardín, a las 4:54 de la madrugada. Se hicieron las 7, las 8. Los rayos del sol ya eran demasiado intensos; le calentaban la cabeza aunque estuviera debajo de un árbol.
«Si sabe buscar bien», el fragmento del oficial Miranda rebotó en las paredes de su cabeza.
Tensó los puños dentro de los bolsillos de su sudadera.
Se quedó ido por un buen rato, hasta que su vista fue interrumpida por el cuerpo de un camión colectivo que se detuvo en la luz roja de un semáforo del otro lado de la calle.