Vehemente 1 . VENGANZA #3
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1 . VENGANZA #3

Los cuatro hombres lo imitaron y avanzaron hacia la mesa de Russell. Este alzó la vista al percatarse de su presencia sin poder reconocerlos. Solo dejó ver una mueca de cansancio, haciendo desaparecer cualquier rastro de tristeza.

—Jamás pensé verte en un lugar como este —el de las cicatrices se sentó en la única silla vacía frente a él.

—¿Qué quieres? —Russell entrecerró los ojos sin soltar su botella.

—¿En serio no te acuerdas de mí?

—No. Piérdete.

Aquella actitud enfadó al musculoso. Soltó un suspiro y golpeó la mesa con su palma abierta; a su vez se arrimó para tomar al luchador del cuello del abrigo. Russell arrugó la nariz, conteniendo un bostezo, y por fin observó a detalle las facciones del bruto.

—Ah, Diego —lo reconoció—. Tanto tiempo... ¿Todavía te duele el golpe que te di?

El hombre lo soltó y se levantó sin dejar de mirarlo. Diego de Ávalos, un luchador retirado de manera precoz que encontró mejores y más fáciles formas de ganarse la vida. Tenían un pasado juntos, una rivalidad que todavía seguía encadenada al orgullo de Diego.

—¿Quieres la revancha? —Russell soltó una risa, delatando su ebriedad.

—Claro.

Y sin tener que hablar, los hombres de Diego tomaron al pelirrojo con poco cuidado, obligando que se levantara. Russell se apoyó junto a uno de ellos y jadeó, confundido. La gente a los alrededores le restó importancia; dieron por hecho que se trataba de un juego entre amigos.

—¡Oye! —intentó zafarse.

Salieron por la parte trasera, donde entre los ruidos de la ciudad, se podía escuchar el río turbulento que pasaba atrás. Empujaron al luchador al suelo, y este se golpeó la cara de frente. Su gorro se deslizó, dejando ver su cabello anaranjado por completo.

—¿Cinco contra uno? Eres un enfermo —Russell se quejó, queriéndose levantar a duras penas.

Diego, con una mueca de disgusto, le hizo una seña a sus hombres, quienes lo rodearon de nuevo y lo inmovilizaron de ambos lados, dejando expuesto su torso.

Deigo se acercó poniéndose una manopla de acero entre los nudillos; se le notaba a leguas que había soñado con ese momento, incluso sus ojos oscuros resplandecieron.

Qué mejor placer que agarrar al hombre que le arruinó la vida ebrio y desorientado.

Le soltó un fuerte golpe en el abdomen, provocando que Russell dejara escapar un gemido ahogado; quiso recuperar el aire, pero de nuevo, recibió otro golpe, así cinco veces hasta que sus piernas flaquearon.

—Eres un cobarde... No has cambiado nada —lo miró de reojo, jadeante—. ¡¿Me oíste?! ¡Un puto cobarde!

Y en su respuesta, Diego lanzó otro contundente golpe a las costillas. Russell contuvo sus lágrimas; no podía pensar con claridad, y sus músculos se contraían con cada golpe. Bajó el rostro y apretó la mandíbula.

Se contuvo de gritar para no dañar más su orgullo.

—No me importa si te mueres —Diego lo tomó del cabello e hizo que alzara la vista hacia él—. Solo quiero que sientas lo que yo sentí por tu culpa.

Le hizo una seña a sus hombres para que lo soltaran.

Russell no podía mantenerse de pie; tenía la nariz roja y la respiración descontrolada.

Diego se acercó. Quedaron a muy pocos milímetros uno del otro.

Russell lo miró. La diferencia de alturas siempre fue algo de lo que Diego se aprovechó.

Él era más alto por quince centímetros que Russell.

Pero sin pensársela dos veces, este le escupió en la cara, manchando su mejilla de saliva y sangre.

Diego se alejó, asqueado; mostró los dientes hecho furia.

Tensó su puño derecho y le soltó un último golpe en la mandíbula con la fuerza necesaria para hacerle perder la razón.

Russell pudo haber caído de no ser por los hombres que pronto lo sostuvieron por reflejo, sincronizadamente, pero no dudaron en dejarlo caer al cabo de unos segundos.

—¿Ya entendiste, eh? —Diego resopló—. Esto es para que sientas lo que es ser humillado de verdad.

Esperaba una respuesta, y al no tener ninguna, le pateó ligeramente el hombro para llamar su atención.

—¿Me oíste?

Russell no reaccionó, ni siquiera dio señales de que estuviera vivo.

El pulso de Diego no tardó en acelerarse; tensó los músculos de su cuello y abrió bien los ojos con la idea de que el tipo se levantara.

Cruzó miradas con sus hombres. Les ordenó con la cabeza que lo levantaran; el cuerpo de Russell no hizo el esfuerzo por apoyarse.

Estaba muerto.

—¿Señor?

—¿Qué hacemos con él?

Un silencio ensordecedor inundó el exterior. Diego suspiró profundamente. No era propio de él. Negó y se mordió el labio inferior. Sus ojos se iluminaron a medias.

—Tírenlo al río —ordenó, quitándose la manopla de acero manchada de sangre.

Los demás se miraron entre sí, dudosos; al final arrastraron el cuerpo de Russell hacia la corriente que azotaba a varios metros. Lo lanzaron sin la más mínima pena, y este no tardó en ser tragado por el agua, desapareciendo en menos de un minuto mediante la turbulencia.

Diego se sobó la muñeca y enderezó su espalda, ocultando una mueca rígida.

—Ni una palabra de esto —murmuró sin apartar la vista del movimiento constante de las pequeñas olas del agua. Se limpió la baba de su mejilla y regresó como si nada al bar.