Vehemente 1 . VENGANZA #2
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1 . VENGANZA #2

El público festejó la victoria. La otra mitad que apoyaba a Russell abucheó sin parar. Leone le lanzó una mirada triunfante a Beltrán, quien solo apretó los labios, forzando una sonrisa. Aunque su postura reflejaba satisfacción, en el fondo estaba decepcionado.

Las paramédicas entraron a la explanada enarenada y revisaron el estado del Demonio Rojo, y poco a poco él recuperó la razón gracias a que la luz del sol le pegaba en el rostro. Se sentó en el suelo mientras una mujer le tomaba el pulso y otra revisaba sus moretones.

Perdió sus sentidos en la oficina de la cima, notando la frustración de Beltrán en su cabina.

Luego, sus ojos bajaron hasta toparse con los de Leone, jadeante a lo lejos con una expresión que no pudo identificar debido al mareo y al brillo de la resolana, solo lo vio desaparecer por donde había entrado tras unos segundos inmóvil.

No tuvo el valor de llamarlo, y en su defecto vio de reojo las bancas de la primera fila para ver si su padre aún seguía ahí, pero él ya se había ido.

Fue el golpe que terminó por acabarlo.

Miserable. Humillado.

Una lágrima muy gruesa escurrió por su ojo izquierdo.

—No va a significar nada para mí.

Los recuerdos de esa misma tarde llegaron en el peor momento. Tangibles y reales. Estaba ahí de nuevo.

Russell lo miró a través del espejo, confundido.

—Lo de hoy, digo —Leone se aclaró la garganta—. La pelea.

Los dos compartían camerino, lo tenían dividido exactamente a la mitad, con sus respectivas decoraciones personales y dos grandes espejos viéndose de frente en los lados opuestos.

Russell miró el maquillaje cerrado sobre su tocador.

—Hemos peleado juntos desde siempre; tú y yo, hombro a hombro… Pero, finjamos por esta vez que somos desconocidos, ¿sí?

Nunca había escuchado a Leone hablar con tanta seriedad. Creyó que era otro de sus juegos, a lo que sonrió confiado, ignorando la tensión creciente.

—¿Estás terminando conmigo? —bromeó—. «Perdón si te rompo la cara, pero no eres tú, soy yo», ¿es eso?

Ambos formaban «El Dúo Letal» de Inu Koi, los mejores luchadores de la década. Juntos mantenían la racha invicta. Además de que se complementaban, eran imparables.

Leone era el único que sacaba el lado más tonto de Russell.

Terminó su oración con una sonrisa entre dientes y de reojo esperó a que Leone le siguiera la corriente como solían jugar. Sin embargo, esa vez Leone no respondió. Se giró, le dedicó un ceño tenso, incómodo, y por un instante Russell sintió que quien tenía enfrente era un completo desconocido.

El día estaba a punto de terminar.

Calles llenas. Los autos pasaban reflejando sus luces en los edificios y locales.

Russell paseaba por la avenida, escondiendo sus manos y su cabello bajo un delgado abrigo gris de gorro, con la mirada en el suelo y gafas de sol pese a la ausencia de este.

Caminaba hacia la zona hotelera, un espacio cerca del río lleno de hoteles y bungalós, pero también de bares de cualquier categoría.

Debido a la ubicación, los precios eran demasiado accesibles con tal de superar a la competencia.

Russell no era de intoxicar su cuerpo con alcohol, pero era una situación que lo ameritaba. Se sentía sin ánimos; no quería ni imaginarse las palabras que le hubiera dicho su padre si lo tuviera de frente.

Sus pies se detuvieron a las puertas de madera de un gran local, marcadas por los años y el constante ir y venir de los clientes habituales.

«El escondite del diablo», decía el gran letrero con luces de neón encima de la entrada.

Alzó una ceja y bufó; no cabía duda de que estaba en Inu Koi.

Se frotó la cara, inspiró y entró al bar, pasando desapercibido.

Lo último que quería era estar en un sitio popular.

Caminó medio encorvado, con un aire de indiferencia y cabizbajo.

Llegó a una mesa vacía escondida entre las columnas de la esquina y se apoyó sobre su brazo a la par que se quitaba los lentes.

Sin esperar mucho, un mesero se acercó y le ofreció la carta; Russell no la tomó, directamente pidió una botella de mezcal.

El mesero dio media vuelta y se dirigió a la barra, regresó y le dejó su pedido.

Russell pagó y exigió que no volvieran a molestarlo.

Quería embriagarse, pero no tan rápido. Bebió directamente de la botella, volviéndose a hundir en sus pensamientos. No tardó ni tres minutos para acabarse todo el contenido. Agonizaba en silencio por la paliza que le habían metido, y se lamentó para sí mismo haber sido tan confiado.

Un par de exclamaciones de borrachos lo obligó a girarse.

En las pantallas colgadas sobre la barra se transmitía la repetición de su pelea.

Vio de nuevo a Leone. Y para acabarla, la toma pasó a las afueras de la arena, donde una reportera del programa de chismes más famoso del país perseguía a su padre mientras le extendía el micrófono, buscando una declaración sobre la derrota de su hijo.

Pablo Huzumán ni siquiera la miró; pasó de largo, con la mandíbula tensa, y Russell conocía esa postura mejor que nadie.

Era un fracaso. Un hueco frío se le abrió en el estómago y deseó que el suelo del bar se abriera y se lo tragara para siempre. Empezó a sentirse mareado; era lo que buscaba. Sus mejillas se calentaron y pronto cabeceó sobre la mesa, a punto de llorar.

Del otro extremo del salón, un grupo de hombres jugaba a las cartas. El potente aliento a alcohol y a tabaco reinaba en aquella mesa. Uno de ellos, el más grande y musculoso, tenía el cabello marrón que hacían destacar sus intensos ojos color miel.

—¿Ese no es el hijo de Don Pablo?

Él alzó la cabeza cuando escuchó a su colega, topándose con la figura escondida del luchador al fondo del salón. Era imposible no ver sus mechones pelirrojos escaparse debajo del gorro.

—Lo es... —sonrió—. Le metieron una putiza.

Sus acompañantes pausaron el juego y se miraron entre sí.

—¿No creen que se merece otra? —se levantó de su asiento, dejando que las luces iluminaran sus cicatrices: una en el labio superior, otra cruzándole la ceja derecha y la última en el tabique nasal, que era, relativamente, la más reciente de todas.