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1 . VENGANZA

4 años después.

Inu Koi, 2064.

Se escuchaban los gritos y las ovaciones de la gente que apostaba por quién ganaría la pelea en una de las arenas de lucha más grandes del país, La Arena De Beltrán. Las luchas arrasaban en Inu Koi, era un negocio seguro.

Cada día, las bolsas de apuestas se llenaban hasta el tope.

La gente se descontrolaba desde las butacas; no les importaba el tremendo calor que inundaba la arena, incluyendo los asientos VIP.

El ambiente se llenaba de humedad y sudor.

La sofocación y los golpes de calor hacían de la experiencia más satisfactoria y emocionante, según los aficionados.

Desde lo más alto estaba «El Jefe», Beltrán Ortega, dueño de La Arena De Beltrán, sobrado de dinero y reputación.

Su asiento pintado de oro dejaba en claro que él era el rey.

Un hombre castaño y pálido, experto en los negocios y las peleas; el mejor perfil para un líder de coliseo.

Vestía un pantalón oscuro común y una camisa de manga larga teñida de morado con los primeros tres botones desabrochados, marcando su tonificado pecho lampiño y dándole una apariencia seductora.

Sus piernas estaban abiertas, buscando la posición más cómoda; sobaba su barbilla con sus dedos decorados con anillos de oro, impaciente.

Estaba ansioso, no solo había apostado una buena cantidad de dinero hacia un luchador, también era la primera vez en la historia que organizaba un evento de gran magnitud.

Aquella pelea no iba a ser del montón, tenía motivos para convertirse en la pelea del siglo: dos gigantes de la lucha peleando entre sí despertaba un asqueroso interés en todo el país.

Beltrán sacudía la pierna sin darse cuenta.

Significaba mucho para su negocio y cualquier mínimo error iba a costarle la imagen.

Depositó toda su fe y dinero en Russell Huzumán; para muchos, el mejor luchador del mundo.

Joven, guapo y disciplinado. El favorito del jefe, el mejor de los mejores.

No por nada era el hijo de Don Pablo, «El Conquistador De Fuego», un legendario luchador retirado que, a raíz de eso, se esparcía la idea de que Russell solo había ganado fama gracias a su padre.

Pese a esos comentarios, Beltrán le seguía apreciando, Huzumán Jr. tenía talento.

Y era de esperarse que Don Pablo estuviera en las primera filas del público para ver a su hijo.

Ojos oscuros, cabello cobrizo y un bigote acompañado del rastro áspero de su barba con una semana de crecimiento.

Vestía una camisa roja que resaltaba su piel morena y un pantalón caqui con un gran cinturón de plata.

El hombre, a sus cincuenta y tres años, seguía manteniendo un físico imponente.

Su gran espalda permanecía apoyada en el respaldo, a la vez que una de sus manos la posaba encima de la pierna de una mujer sentada a su lado; castaña, morena y con un ajustado vestido anaranjado que estilizaba su figura.

Ella no era la madre de su hijo, pero sí su actual esposa.

Beltrán se frotó la cara y hundió su cuerpo en el asiento. Tener a una leyenda esperando en sus butacas no era cualquier cosa. Suspiró, tratando de calmar su estrés y esperó con ansias a que todo terminara a su favor.

Las puertas se abrieron, acompañando el momento con una música movida que alentaba a todos a levantarse y a gritar.

En el centro de la entrada se divisó la silueta de un hombre; su mirada felina llena de confianza no tardó en avivarse al escuchar la música que inundaba cada rincón del coliseo: piano, trompetas, guitarras; aquellos instrumentos típicos de Inu Koi hacían de su sangre más caliente.

No pudo evitar mover su cuerpo al ritmo.

Ese era Russell, un pelirrojo de piel morena que no se quedaba atrás en cuanto a las miradas.

Lo que más atraía de su físico era su rostro más que su cuerpo, ya que tenía el lujo de presumir unos ojos verdes (heredados de su madre) que con un mínimo esfuerzo hacían caer a cualquiera.

A diferencia de los otros luchadores, él tenía la manía de adornar sus combates con tintes folclóricos, ya sea con actitudes dramáticas o cucando artísticamente a sus rivales al son de la música.

Salió del marco tras estirarse; saludó al público que lo elogiaba y sonrió adoptando a ese personaje vivaz que definía sus peleas.

Por un momento se sintió vivo y poderoso, más que otras veces.

Cerró los ojos mientras se dejaba llevar por la música y respiraba el aire caliente que le recordaba a los duros entrenamientos de su adolescencia; parpadeó muy lento, dirigió su vista a la puerta en el otro extremo del coliseo.

Estaba decidido. Acabaría con su rival tan rápido como fuera posible para deshacerse de la tensión que se acumulaba en sus hombros.

Dio unos cuantos saltitos y, sumando las ovaciones del público, se llenó de energía, manteniendo la cabeza en alto.

No tardaron en abrirse las puertas vecinas, aquellas por donde salían los rivales extranjeros.

Ningún foráneo salió, solo Leone Ferrán, de cabello blanco y piel morena, que al igual que Russell, vestía con unos shorts , muñequeras de cuero con los colores blanco y rojo, y maquillaje en los ojos para enfatizar las facciones e «intimidar» al enemigo por tradición.

Opuesto a Russell, Leone era más táctico; defendía hasta comprender el patrón del contrario para saber contraatacar y castigarlo con sus propias decisiones.

Russell tensó los puños, resoplando. Se le cayó la máscara.

No era común en él mostrarse tan serio. Esa vez era diferente, Leone sería su rival, y sabía que la tendría difícil si quería salir victorioso.

Buscó a su padre con la mirada. Mientras todos permanecían de pie aplaudiendo, Don Pablo era el único sentado con la atención sobre él.

—¡DAMAS Y CABALLEROS, BIENVENIDOS AL ENFRENTAMIENTO DEL SIGLO!

—en el centro, bajo la luz del sol, el presentador alzó una mano para llamar la atención.

Las ovaciones inundaron el coliseo—. ¡A mi izquierda, con 1.81 metros de estatura y 84 kilos; doce años de trayectoria profesional, presumiendo un récord de noventa y cuatro victorias en solitario y cero derrotas!

¡Y en el combate por parejas, manteniendo la gloria intacta con cincuenta y seis victorias y cero derrotas… LEONE FERRÁN, «EL INVICTO»!

La grada del este coreó la porra, levantando cartulinas y banderines con el nombre de Leone.

—¡Y a mi derecha, manteniendo un peso de 93 kilos y 1.80 metros de estatura; con ochenta y nueve victorias en solitario y tan solo dos derrotas en toda su carrera!

—Russell sonrió de medio lado, disfrutando los gritos de su grada—.

¡Portando el mismo récord de cincuenta y seis victorias en dúo sin conocer jamás la derrota!

¡El orgullo del legado... RUSSELL HUZUMÁN, «EL DEMONIO ROJO»!

Desde su palco dorado, Beltrán dio un golpe en el apoyabrazos, contagiado por la euforia.

La campana sonó, dando por iniciada la pelea.

Russell hizo el primer movimiento. Corrió hacia Leone, rodeó su torso con ambos brazos y en un solo impulso, lo levantó del suelo.

Arqueó el cuerpo hacia atrás y lo proyectó por encima de sí, estrellándolo de espaldas contra la arena.

Sin darle un instante para recuperarse, se dejó caer sobre él e inmovilizó uno de sus brazos con firmeza. El público jamás dejó de emocionarse.

Al caer, Leone maldijo; golpeó a Russell en el rostro con su codo libre y todas sus fuerzas. Huzumán se desorientó. La gente gritaba el nombre de Leone, y él alzó las manos con orgullo cuando se levantó.

No vio que a sus espaldas Russell se incorporó en silencio, quien le maldijo de regreso.

Su tabique se había hinchado y comenzaba a sentir el sabor metálico de la sangre en sus encías.

Pensaba que en cualquier momento la respiración se le escaparía del pecho, pero abrió bien el compás para mantener el equilibrio y pateó la pierna de Ferrán.

Él se alejó a duras penas a la misma distancia que Russell y le dedicó una mirada intensa, una expresión furiosa, pues la primera tacleada le había dejado un horrible ardor en los omóplatos.

No obstante, relajó sus facciones y le sonrió, cansado.

Russell no le correspondió, prefirió limpiarse con su antebrazo la sangre que escurrió por su nariz y se acercó, decidido.

Leone entrecerró los ojos, borró su sonrisa; dio un golpe al frente, Russell se preparó para contraatacar, pero Leone vaciló y lo tomó del brazo extendido.

Le hizo una llave básica para inmovilizarlo por detrás.

Huzumán no esperó a que la desesperación subiera por su garganta; soltó un cabezazo hacia atrás y le asestó a Leone en la frente, provocando que aflojara su llave.

Russell se zafó con éxito; encaró al peliblanco, y este en vez de retroceder, gritó y lo tacleó.

Los dos cayeron al suelo. Leone, encima de Russell, aplicó fuerza sobre sus extremidades y se perfiló para girarlo y cortarle la movilidad con una última llave.

Sus torsos estaban demasiado juntos, Huzumán podía sentir el pulso de Ferrán hostigarle desde arriba.

No podía soportar más tiempo sin moverse, iba a perder la paciencia si no hacía algo y sabía que la llave que haría Leone era una de sus debilidades.

Así que rodeó con sus piernas la espalda baja de Leone antes de que pudiera moverse, y con sus talones le presionó la espalda baja a la altura de los riñones.

Ferrán mostró los dientes con una mueca de dolor, aflojó su agarre un poco y Russell aprovechó para empujarlo y regresarle la jugada.

Se levantó en un acto desesperado y golpeó a Leone en el pecho con el puño entreabierto.

Él se quejó, aunque no retrocedió como Huzumán quiso; en su respuesta tomó un gran bocado de aire, frunció el ceño, alzando el puño en dirección a su costado izquierdo, pero había vuelto a vacilar; Russell reaccionó del lado equivocado.

Leone le dio dos golpes rápidos: uno en las costillas y el otro en la parte inferior de la barbilla, el último fue el más fuerte. Lo tumbó inmediatamente.

Russell cayó de espaldas contra el suelo; clavó las uñas en la arena, queriéndose levantar, pero en cuanto movió un dedo, su cabeza punzó, forzándolo a parpadear con calma. Su vista se nubló, y cuando creyó que ya se había recuperado, sus músculos dejaron de responderle y se desmayó.

Leone Ferrán, «El Invicto», ganó.