Vehemente LA SEGUNDA VEZ QUE NOS CONOCIMOS
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Por C. Michdo

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LA SEGUNDA VEZ QUE NOS CONOCIMOS

Gocedonia, 2060.

Solo habían pasado minutos. La madrugada, fría y sin vida, abrazó los alrededores del Santuario, dejando la flora sumergida en una penumbra desolada y tormentosa para quien sea que vagara por ahí.

Amenazaba con llover. Khada jamás dejó de correr cuesta abajo.

Su cuerpo se movía a la misma velocidad del viento.

Pasaba por los árboles en una ráfaga que era indistinguible ante la negrura de la noche.

Su punto de no retorno lo obligó a dejarse caer al pasto para permitirse romper en llanto.

Sus uñas se clavaron en la tierra, luego golpeó el suelo, liberando su ira.

Se decía a sí mismo estúpido, y las lágrimas aumentaron su grosor, deslizandose con rapidez sobre sus pómulos.

Algo en su interior ardía a la altura de su corazón.

Estaba devastado, traicionado; por su propia maestra, por todos… , por Zimbel .

Pensó que tal vez podía deshacerse de todo el dolor que su madre alguna vez le causó, sus exigencias y sus demonios.

Quizá abriendo las puertas de su corazón e intentando ser más sensible.

Todo eso solo lo arrastró a su miseria, a su debilidad.

Intentó comprender a las personas, pero ellas no lo comprendieron a él .

En su mente estaba solo, en la realidad también.

Ya no tenía su Enlace, ni familia para regresar o un techo donde quedarse.

Ya no tenía nada, solo la frustración de la mera existencia; aquella que se asemejaba a una puñalada en el cuello.

Devastado, se levantó, sacudiéndose la tierra, y suspiró.

Miró de reojo a sus espaldas aquel camino que tuvo que recorrer sin rumbo.

Solo habían pasado minutos, pero se sintió como un hecho de siglos. La reciente catástrofe le dolía demasiado. Lo recordaba muy bien, su pecado.

Estaba con Zimbel y fueron descubiertos. El castigo de Khada recayó en su estatus de Encantador, mientras que el de Zimbel, a simples sermones cual víctima.

Los árboles que lo rodeaban tenían las hojas más oscuras y los troncos gruesos; no ubicaba para nada la ruta, lo que significaba que se había sumergido en lo más profundo del bosque. Estaba perdido. El estrés desapareció ; tocó sus ropas, recordando lo que se llevó antes de escapar.

—El libro... —susurró con los ojos bien abiertos.

De la tensión que ejercía la hebilla de su cinturón, sacó una hoja opaca, perteneciente a un libro del que solo pudo arrancar una página. Arrugó el papel entre su mano y cerró los ojos. Sonrió al sentir la textura polvorienta bajo sus dedos, y caminó, adentrándose al bosque.

Sabía el destino que le robó Zimbel que estaba dispuesto a recuperar, el que le pertenecía por derecho.

Estaba harto de no recibir el reconocimiento que se merecía.

Celoso, frustrado, leyó por última vez el contenido de la página, viendo párrafos escritos en gocedonio antiguo y manchas de sangre vieja olvidadas por el tiempo.

A raíz de su desesperación, dejó caer la hoja al suelo.

Buscó la piedra más afilada y con ella se hirió el antebrazo izquierdo de principio a fin hasta hacerse sangrar, dejando que las gotas cayeran sobre el papel.

El dolor pronto se manifestó, parecía que la propia carne expuesta se carcomía a sí misma, obligándolo a retorcer los dedos. La página se humedeció de sangre nueva.

Y, por una mediocre ofrenda y un profundo deseo, el ritual inició.

Khada lo tenía contemplado, sabía a lo que iba a enfrentarse.

Esa cara formaba parte de un antiguo libro escrito por tres poderosas brujas de distintas regiones, según la leyenda.

Lo conservó durante años hasta volverse mayor; pensaba que llegaría el día en que lo iba a necesitar, y vaya que no se equivocó.

—¡TE ESTOY LLAMANDO, DEMONIO! —gritó al aire, apretando sus dientes para evitar agonizar por la herida.

No sucedió nada durante más de un minuto. Frunció el ceño, adolorido; se apretó la parte superior del músculo, pues la sangre comenzó a salir a chorros.

Se desmayaría tarde o temprano, y estuvo a punto de perder la fe, dejarse caer y aceptar el suicidio, hasta que de la hoja emanó una niebla oscura que rodeó su cuerpo.

Desapareció, y la presencia de una energía pesada se sintió por todo el bosque, seguido de un frío en la nuca que le provocó escalofríos.

—Hum... —una voz distinta se oyó.

—¿¡Hola!?

—¿Cuántos años tienes?

—¿Acaso importa mi edad?

—Te ves muy joven, ¿deseas tanto la muerte? —la voz rio.

—No subestimes mi apariencia —contestó Khada. Tensó el puño, haciendo que la sangre escurriera más rápido por su piel—. Tengo veinte años y la fuerza de un hombre de treinta.

—Lo único que tienes es una herida abierta que te matará en dieciocho minutos exactos.

—Y sigo de pie, desafiándote.

—Hum... También tienes agallas.

Las nubes cubrieron en su totalidad a la luna; las sombras de los árboles crecieron, consumiendo la poca fe devota que mantenía Khada.

Tensó el entrecejo de nuevo, oscureciendo su mirada, paciente a que lo que sea que estuviera ahí se diera cuenta de su determinación , y de repente, su herida se cerró sin lógica, dejando únicamente la sangre esparcida por su piel, que junto con la del suelo y la de la hoja, se desprendió y flotó,

contradiciendo las leyes de la gravedad.

Khada fijó la atención, anonadado. Tragó saliva, cubriéndose el antebrazo donde hace unos segundos estaba la hemorragia que lo mataría.

La niebla oscura se fusionó con la sangre, formando una enorme silueta difusa que poco a poco tomó forma.

Entre el polvo y la negrura, se mostró un pico, seguido de unos ojos rojos y unas afiladas garras que aprisionaron aquella burbuja de sangre flotante; se la llevó al pico y la bebió, esfumando lentamente la oscuridad, revelando la apariencia del demonio.

Un hombre convertido en cuervo. Su imagen mutante podía petrificar a cualquier humano, y Khada no fue la excepción.

Este retuvo el oxígeno, observó a detalle las peculiaridades del monstruo, cada vez más asustado.

Plumaje grueso en una figura humanoide; polvoriento y tal vez con parásitos escondidos entre las plumas.

Brazos gruesos y fuertes, portadores de inmensas garras al igual que en los pies cual ave de caza.

Pero lo más perturbador era su rostro, con ojos humanos, rojos, reflejando el horror del propio infierno.

Colmillos afilados salían de su pico, sarrosos y con sangre seca entre las encías.

Un demonio puro, sacado de la peor pesadilla del más creyente.

El cuerpo de Khada tembló. La aparición de aquella criatura volvía el aire denso y sofocante.

Intentando relajarse, cerró los ojos. Recordó el contenido del libro; existía un apartado dedicado al demonio y trató de evocar su nombre.

Su corazón produjo un latido tan fuerte que resonó en su cabeza y lo iluminó:

«Corvus, el cuervo que se comió los ojos de su hijo, y que a raíz de eso fue señalado por Dios».

Corvus, el demonio del que su leyenda aterrorizó a todo un continente por siete siglos consecutivos. Ese demonio devora hombres, encarnación del caos, la maldad y la apatía. Ese que tenía frente a sus ojos.

—Corvus. Eres Corvus.

—El único —respondió con una sonrisa inquietante que deformó su pico—. Pude haberte dejado desangrar, provocarte un infarto cerebral o matarte con mis propias manos; cualquiera de las tres opciones habría sido excitante y, aun así, sigues aquí. Has llamado mi atención. Felicidades.

Khada inhaló con dificultad; la presión en el oxígeno seguía hostigando su cuerpo. Hizo el esfuerzo por mantenerse fuerte; infló el pecho y encaró al demonio.

—Mi nombre es Khada, Khada De Sarí. Muchos se estremecen al oír tu nombre; dicen que tienes el poder de cumplir cualquier deseo, sin importar las circunstancias —marcó una pausa y se arrodilló—. Ayúdame, te lo ruego. Así podré reclamar lo que me han robado.

El demonio alzó ambas cejas; sus plumas se esponjaron , haciendo de su figura más grande. No habló, permaneció estático, casi parecía que se había quedado sin palabras.

—¿Y se puede saber qué es eso que te han robado? —se giró al fin, indiferente.

—La ascensión.

Un ensordecedor silencio explotó tras la respuesta.

Corvus abrió bien los ojos, volvió a darse vuelta con tal de mirar al muchacho.

Habían pasado más de nueve siglos desde que escuchó aquella palabra por última vez.

Sonrió de lado, impaciente; se acercó al mortal sin el más mínimo tacto, y este solo pudo reflejar su pavor con ligeros temblores de mandíbula.

—Un ascendido, ¿eh? Así que mi ingrato hijo no perdió el tiempo ¿Serás el primer ascendido después de él?

—Seré el primer ascendido si me ayudas —Khada entrelazó las manos frente a su cabeza, dedicándole su más profundo y esperanzado respeto—. Por favor.

Cualquier demonio soberbio o incluso un dios se sentiría satisfecho con la devoción, mas Corvus no. Mostró una mueca de repulsión y desvió la vista hacia el cielo.

—Tu gesto me ofende, no vuelvas a hacerlo frente a mí.

Khada se levantó a duras penas, y a la vez, las nubes negras avanzaron de posición, como si el cielo obedeciera la voluntad del muchacho. El viento sopló, llevando consigo las hojas muertas de la tierra.

—Tendrás lo que quieres —el demonio alzó ambas manos—. Pero primero me ayudarás a renacer.

La oscuridad que caía de sus plumas inundó el bosque con su niebla, dando paso a una tensión creciente que retumbó en los tímpanos de Khada.

De un momento a otro su vista se nubló, al igual que su sentido auditivo.

Lo único que consiguió identificar fue el olor de la sangre.

Corvus invocó un puñado de arena oscura entre sus garras, el cual se convirtió en un cuenco rojizo y alargado.

Lo sostuvo con ambas manos, esperó entre la tempestad a estar listo, y cuando lo estuvo, abrió el pico, dejando escurrir sangre espesa de su propia boca.

Llenó el cuenco, salpicando la tierra con gotas gruesas.

Khada jadeó, su cuerpo no respondía, ni podía respirar debidamente. La emoción lo tenía expectante.

—Bebe —Corvus le ofreció el cuenco—. Recibirás una fracción de mi poder; así me serás útil. Sellarás el trato y te convertirás en mis ojos y mi gusto. A través de ti comeré.

—¿Y qué será de mi deseo? —Khada tomó el recipiente.

—No apresures las cosas. Te lo cumpliré, tienes mi palabra. Soy poderoso, pero ya estoy viejo; necesito que devores la sangre que alimentará mi poder para romper mis cadenas y liberarme; si no, no podré ayudarte.

La sangre en el cuenco no era normal, su color opaco quemó con la simple apariencia la garganta del muchacho.

Se tornó refrescante, apetitosa, despertando sus deseos más impuros.

Khada salivó; la tentación de beber crecía a cada respiro, sin embargo, la idea de convertirse en el servidor del diablo lo dejaba en duda.

No tenía palabras, no tenía nada. La voz se le había ido, estaba empapado de temor, incertidumbre y frío.

Su vida ya no tendría futuro si decidía acobardarse; conservó la página por años, memorizó su contenido y la trajo hasta donde estaba.

Ya no... Ya no había motivos para retroceder.

—Bebe... Bebe hasta la última gota.

Y lo hizo, bebió..., bebió hasta hartarse.

La fluidez viscosa deslizándose a través de su esófago le generó escalofríos.

Cerró los ojos con pesadez, tragando más rápido y haciendo del tormento un poco más tolerante.

Lo bebió todo, tan desesperado que la sangre le escurrió por el cuello.

En cuanto alejó el cuenco, notó la mirada de Corvus sobre él, sonriéndole; supo que el demonio estaba feliz, a punto de soltar alguna carcajada victoriosa. No hizo más que quedarse quieto.

El ambiente se volvió difuso, Khada ya no podía distinguir entre el cielo y los árboles.

Sus manos temblaron y la piel le sudó al borde de un desmayo.

El cuenco cayó, iniciando así los efectos del pacto concretado.

Su temperatura corporal subió al tope. Náuseas, mareos.

Khada tosió, asqueado. No pudo sostenerse más y colapsó sobre sus propias piernas.

Se quejó al final, conteniendo gritos ahogados, cerrando fuertemente la mandíbula.

La respiración le pasaba entre los dientes, y debido al frío del aire, el vaho salió en forma de líneas delgadas.

Algo estaba cambiando, algo importante. Sus huesos crujieron, comenzó a sentirse más ligero; su interior estaba cambiando, reflejándose en una armonía ósea perfecta, proporcional, humanamente imposible y hueca como las de un ave.

Temió mutar en una bestia, pero se alivió al mirarse las manos y confirmar su aspecto humano.

Cualquier herida o malestar desapareció, había renacido en un cuerpo perfecto, dotado de los tres sentidos más desarrollados de un depredador: vista, oído y olfato.

Las estrellas del espacio se vieron desde la tierra, ignorando las nubes y la capa de la atmósfera; incluso fijando la vista pudo divisar a lo lejos los planetas y percatarse de su movimiento sin el más mínimo esfuerzo.

Oyó también la corriente de un río a kilómetros de distancia, junto con el sonido del agua chapotear por los peces en ella.

¿De esto y más era capaz de hacer el diablo?

Sus ojos, corruptos por la oscuridad, adoptaron el mismo rojo de la sangre que consumió.

El viento le sopló en la cara, llamando su nombre, acariciando su cabello a modo de consuelo, pero ni así Khada acudió, ignoró la brisa y todo lo que viniera de ella.

Solo podía pensar en las habilidades que le fueron otorgadas para desafiar a quienes lo desafiaron.

Un sentimiento familiar que debió quedarse en el olvido, que lo único que hizo fue regresarlo a su primera decepción, cuando era apenas un niño y su madre lo abandonó. Ya no había porqué resentirse, ya no había pena..., ya no era un niño, sino la marioneta del diablo. Y extrañamente, no le preocupó.

—Lo soportaste —Corvus sonrió—. No moriste. Felicidades.

Khada guardó silencio. En vez de sentirse orgulloso por ser quizá el primer humano en sobrevivir al demonio más temido del continente, suspiró; apretó los puños, usando su propia piel para medir su fuerza.

Inhaló y exhaló, conociéndose, concentrándose.

En menos de unos minutos aprendió a controlar la agudez de sus sentidos.

Al fondo de su consciencia oyó voces difusas, susurrando fechas, adjetivos y nombres que por más que pusiera atención, no logró distinguirlos.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —el demonio alzó la voz—. Ve y busca a los que porten la sangre que me nutrirá. Cuanto más rápido lo hagas, más rápido te ayudaré.

—¿Cómo sabré que voy por buen camino? —Khada lo miró desde abajo.

Ante la pregunta, Corvus señaló con la mirada el cuenco en el piso.

Él ladeó la cabeza. Aquel dichoso recipiente había cambiado de forma, por lo que se agachó para levantarlo.

Su respiración por fin se reguló al ver que se transformó en una máscara roja, brillante, afilada, con cuernos intimidantes y agujeros negros en los ojos.

La colocó en su rostro, y al hacerlo, escuchó al cuervo reír y decir:

—Solo lo sabrás.

Khada desvió la vista. Se quedó mudo; no le nació agradecerle con palabras. Dio media vuelta. Se fue; su cuerpo atravesó con un aire decidido los arbustos del camino por donde llegó, siguiendo una energía que la propia esencia del demonio lo guio hacia su primera víctima.

Corvus mantuvo la sonrisa; sus ojos brillaron en un destello carmesí, dando inicio a una segunda risa entre dientes.

—El fruto cayó cerca del árbol... —se dijo a sí mismo, impaciente.

Sin caos, no hay esperanza.

Y sin esperanza, no hay nada.