Vecinos y otras catástrofes 29. El zócalo
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29. El zócalo

Lo tiró el agua.

El papel mojado se hincha, se abomba y pierde la línea.

Las columnas se abrieron por la mitad, las cajas de abajo reventaron por los lados y el contrafuerte de doscientos cuarenta kilos que Herminio Rueda había construido con diecinueve convocatorias de su vida se deshizo hacia fuera, en abanico, empujando el tabique cuatro centímetros.

Con cuatro centímetros basta.

Cayó de una pieza, hacia dentro del hueco, con un ruido sordo y una nube de polvo mojado que en la calle Anunciación se oyó como se oye un mueble grande al caerse en el piso de arriba.

Cuando se aclaró aquello, en el patio del Edificio Girasol quedaron a la vista dos metros y medio de pared que llevaban sesenta y tres años sin ver la luz.

Lo que había detrás

Rafi Cuenca fue el primero en entrar, con la linterna del móvil, pisando cascote mojado y papel deshecho, y se paró a metro y medio.

Detrás de él entraron Federico, Bruno, el jefe de dotación y, sin que nadie la invitara, la señora Angustias.

Lo que había era un zócalo.

Un zócalo corrido de azulejería, de metro veinte de alto, que cubría los dos metros y medio de paño del fondo y doblaba en la esquina; de azulejo de arista, con el relieve marcado, en verde, blanco y un azul cobalto que a la luz de una linterna de móvil no parecía tener sesenta años ni ciento veinte; con una cenefa de remate arriba, de hojas y cintas, y con olambrillas cuadradas intercaladas en la parte baja.

Y estaba entero.

Esa es la palabra, y hay que decirla bien: entero. Sin una pieza rota. Sin una junta reventada. Con la lechada gris y todo, con dos manchas de humedad en la esquina izquierda y con una capa de polvo de sesenta y tres años que se caía sola.

Un tabique de medio pie, levantado por unos albañiles de 1962 con toda la mala idea del mundo, es decir, con prisa y sin ganas, había protegido aquello mejor que cualquier museo.

Rafi Cuenca se agachó, se limpió la mano en el pantalón y pasó dos dedos por el relieve.

Y entonces habló durante un minuto y medio de una manera que en aquel patio no le habían oído nunca.

Dijo que era azulejo de arista, hecho con molde, no pintado a mano, lo cual quería decir producción de fábrica.

Dijo que el verde de cobre y aquel cobalto eran de las fábricas de aquí, de las de la orilla, y que se dejaron de hacer así antes de la guerra.

Dijo que la cenefa era de catálogo, que él la había visto en dos edificios del centro y que en uno de ellos había trabajado.

Y dijo que el zócalo no estaba puesto en un patio: estaba puesto en el lavadero de una casa de vecinos, que es donde se ponía, porque era el sitio donde había agua y donde las mujeres pasaban seis horas al día, y que si aquello estaba allí era porque la casa de vecinos que había antes en aquel solar no la habían tirado entera.

—La tiraron en el sesenta y uno —dijo Chelo desde la puerta del patio, con la libreta debajo del brazo—. Media. La otra media se quedó porque había un pleito con la del fondo, que no firmaba.

—¿Y usted eso cómo lo sabe? —dijo el jefe de dotación.

—Porque la del fondo era mi tía.

Las once cajas

A Herminio Rueda hay que dedicarle un párrafo, porque estuvo allí y porque nadie se acordó de él aquella noche hasta que fue tarde.

Cuando el tabique cayó y todo el mundo se metió en el hueco con las linternas, él se quedó fuera, en el patio, delante de lo que quedaba de su contrafuerte: once cajas de folios reventadas por los lados, empapadas, con el papel hinchado saliéndose por las juntas, y en el suelo, flotando en dos dedos de agua sucia, veinte años de subrayados en cuatro colores.

Se agachó y sacó de allí un tomo. Lo abrió. Se le quedó pegado en las manos.

—Herminio —le dijo Rafi Cuenca desde el hueco, y no le dijo nada más, porque no había nada que decirle.

—Ya lo sabía —contestó él, y dejó el tomo donde estaba—. Ya sabía yo que iba a ser en el nueve.

Se quedó un rato mirando aquello, sin tocar nada. Después entró en el hueco a ver el zócalo, como todo el mundo, y estuvo dos minutos allí dentro, y dijo lo mismo que dijeron los demás, que era muy bonito.

Las cajas se tiraron el lunes. Las bajó él solo al contenedor, en dos viajes, sin decírselo a nadie.

La noche

Aquella noche no se acostó nadie en el 1ºD.

A las nueve, Federico Pardal subió a su casa, se cambió de camisa, se limpió la purpurina del pelo con una toalla y bajó al portal con la carpeta de anillas de 2025, la de 2024 y las cuatro cajas de archivo que tiene en el altillo, ordenadas por años desde que es presidente.

A las diez, Chelo abrió la mercería, encendió el fluorescente del fondo y sacó del estante de arriba la carpeta de gomas etiquetada ANUNCIACIÓN 7.

Y a las diez y media, en la mesa del mostrador, con la persiana a media altura, tres cafés y un plato de croquetas que nadie había pedido, empezó lo que en aquel barrio se ha contado después como la noche en que un edificio se salvó a sí mismo con papeles.

Y hay que ser exactos, porque es lo justo.

De la carpeta de gomas de Chelo salieron: dos fotografías en blanco y negro del portal, una de ellas de 1968, en la que se ve la puerta del patio abierta y, al fondo, un pedazo de zócalo; el folleto amarillo de la promotora de 1962, con las cuatro fachadas a plumilla; tres recortes de prensa local de 1961 sobre el derribo de «la casa de vecinos de la calle Anunciación»; y la esquela de un vecino del primero muerto en el 81, que no servía para nada y que Chelo puso encima de la mesa igual, porque en su archivo las cosas no se separan.

Del archivo de Federico Pardal salió todo lo demás.

Y aquella noche, a aquel hombre, le hizo mucho bien enterarse de una cosa.

Durante siete años, Federico Pardal había plastificado convocatorias, había fotocopiado actas, había guardado presupuestos que no se aceptaron, partes de averías, facturas del ascensor, cartas del seguro, recibos de la empresa de limpieza y una carpeta entera de comunicaciones con el ayuntamiento que empezaba en 2018.

Todo el edificio se había reído de aquello.

Se lo habían dicho a la cara en dos juntas.

Y a las once y cuarto de la noche del 1 de noviembre de 2025, Rafi Cuenca fue sacando de aquellas cajas, una por una, las once cosas que hacían falta para acreditar la antigüedad, la titularidad, el régimen y la historia constructiva de un inmueble, y las once estaban.

—Federico.

—¿Qué?

—Que esto no es un archivo de comunidad. Esto es la memoria del edificio.

Federico Pardal no contestó. Se puso a ordenar por fechas.

Diecisiete días

Lo que vino después fue burocracia, y este libro no va a fingir que la burocracia es emocionante. Va a contarla porque fue lo que salvó aquella finca, y porque en este país las cosas se salvan así o no se salvan.

El lunes 3 de noviembre, a las nueve menos cuarto, Rafael Cuenca Ruiz, arquitecto técnico, colegiado en vigor desde junio de 2016 y sin un solo trabajo firmado desde 2010, presentó en el registro del ayuntamiento dos escritos.

El primero, dirigido a la Gerencia de Urbanismo, era la comunicación del inicio del expediente de intervención estructural del inmueble, con solicitud de prórroga del plazo del informe desfavorable por hallazgo sobrevenido.

El segundo, dirigido al servicio de Patrimonio, era una solicitud de inclusión cautelar en el catálogo municipal de un elemento de valor etnológico y artístico localizado en el interior del inmueble, acompañada de doce fotografías, una memoria de cuatro páginas y un anexo documental de treinta y un documentos, de los cuales veintidós procedían del archivo de una comunidad de propietarios y nueve de una mercería.

El técnico de Patrimonio vino el jueves 6.

Estuvo cuarenta minutos en el patio, midió, fotografió, quitó polvo con una brocha de las suyas y encontró, en la tercera pieza de la hilada inferior, empezando por la izquierda, el sello de fábrica impreso en el barro. Debajo del sello, dos números: 08.

—Mil novecientos ocho —dijo.

—O 1908 de la serie —dijo Rafi.

—No. Aquí, en esta fábrica, era el año.

Y a partir de ahí, aquel edificio dejó de ser un problema de una comunidad de propietarios y pasó a ser un asunto de tres administraciones, que es el estado en el que en España las cosas empiezan por fin a moverse.

Las cámaras

El expediente sancionador siguió su curso durante tres semanas y murió de la manera más tonta.

El instructor solicitó, entre otras cosas, las grabaciones del sistema de videovigilancia instalado en el inmueble, a fin de determinar la fecha y las circunstancias de la colocación del revestimiento sobre el paramento afectado.

Federico Pardal entregó el disco duro entero. Sin quitar nada. Lo llevó él en mano.

El informe del técnico municipal que examinó aquel aparato ocupa tres párrafos y concluye que el dispositivo presenta un error permanente en el reloj interno, que la totalidad de las grabaciones aparece fechada el 14 de marzo de 2011 y días sucesivos, que dicho error no es corregible por el usuario y que, en consecuencia, el material carece de valor probatorio a efectos de acreditar hechos ocurridos en 2025.

Ochenta euros, sin factura, comprados en un rellano a una señora de ochenta y cuatro años que dijo que eran vintage.

La resolución, ya en enero, impuso una sanción a la comunidad por ejecución de actuación no comunicada, la cuantificó en el mínimo del tramo, la redujo por reconocimiento de responsabilidad y por colaboración en la protección del elemento catalogado, y la dejó en seiscientos euros.

De la visita del instructor a la finca, en la que estuvo cuarenta minutos y se llevó un tupper, no consta nada en el expediente. Croquetas mediante.

El Colegio

El Colegio Oficial de Arquitectos archivó sus diligencias el 2 de diciembre.

Las archivó, según el escrito, «a la vista de la colaboración prestada por la comunidad y del hallazgo patrimonial derivado de la intervención», y en el mismo escrito solicitó formar parte de la comisión técnica de seguimiento de la restauración del zócalo y figurar en la placa que se colocara, si se colocaba, con la mención de haber participado en la identificación del elemento.

En la identificación del elemento había participado un hombre en chanclas con una linterna de móvil.

Federico Pardal, que a esas alturas tenía ya siete años de práctica en no decir en voz alta lo que estaba pensando, contestó al Colegio agradeciendo el interés y aceptando su participación, y archivó la carta con las otras.

La firma

El proyecto de intervención estructural y restauración del zócalo del patio del inmueble sito en calle Anunciación número 7 se terminó de redactar el 17 de diciembre a las once de la noche.

Sesenta y tres páginas. Memoria, mediciones, presupuesto, estudio básico de seguridad y salud y catorce planos, dibujados en un ordenador de segunda mano que Rafi Cuenca compró en el mercadillo a su propia madre por ciento veinte euros, precio de amigo desconocido.

El presupuesto de ejecución quedó en ciento treinta y siete mil euros, nueve mil más de lo previsto por lo del zócalo.

La aportación de la productora cubría ciento dieciséis mil.

La ayuda municipal de rehabilitación de elementos catalogados, resuelta con carácter provisional el 12 de diciembre, cubría diecinueve mil quinientos.

El resto lo puso la comunidad de una derrama de cien euros por vecino, que se aprobó en junta ordinaria por unanimidad y en once minutos, esta vez sin motín.

El 18 de diciembre por la mañana, en la mesa de la mercería, con la persiana a media altura y con Chelo, Federico y una fuente de croquetas delante, Rafi Cuenca abrió el proyecto por la hoja de firmas.

Estuvo un momento con el bolígrafo en el aire.

Llevaba quince años sin poner su nombre debajo de un plano. La última vez que lo había hecho, en marzo de 2010, un fragmento de cornisa de cuarenta kilos había caído sobre el capó de un coche oficial en una calle con ochenta personas.

Le temblaba el pulso. Se le notaba, y lo vieron los dos.

—Rafi —dijo Federico.

—Ya voy.

—Que si esto se cae, esta vez nos caemos todos. Ya lo dijimos.

Firmó.

Debajo de la firma tenía que poner el número de colegiado.

Se lo tuvo que mirar en el carné.