Vecinos y otras catástrofes 28. Presidimos todos
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28. Presidimos todos

Los bomberos tardaron cuatro minutos y once segundos en dejarlo apagado.

Entraron seis. Cuatro por el portal y dos por la puerta de servicio, con la manguera de veinticinco, y lo primero que hizo el que mandaba, un hombre de unos cincuenta años con el casco echado hacia atrás, fue pararse en el arco del patio, mirar aquello dos segundos y decir:

—¿Esto qué es?

—Es un extintor —dijo el señor Salguero.

—Eso no es un extintor.

—Es que estaba recargado.

El jefe de dotación no contestó. En veintitrés años de servicio había visto muchas cosas y aquella tarde vio otra, y a lo largo del turno siguiente se lo contó a nueve personas.

Mojaron el patio entero. Ese es el detalle que importa y por eso hay que decirlo despacio: mojaron con la manguera de veinticinco, a presión, durante casi dos minutos, el fondo del patio, la mesa, la pared, el hueco del cuartito y las once cajas de temario de Correos que llevaban desde el jueves apuntalando un tabique con doscientos cuarenta kilos de papel prensado.

Un papel mojado no pesa doscientos cuarenta kilos. Pesa mucho más, y aguanta mucho menos.

El coche patrulla

Los dos agentes esperaron a que los bomberos terminaran, que es lo que se hace, y entraron en el patio a las siete y once.

No venían por el fuego. Venían por un escrito del Colegio Oficial de Arquitectos con traslado al ayuntamiento y a la Policía Local, incoado el 22 de octubre, en el que se ponía en conocimiento la presunta ocultación deliberada de lesiones estructurales a técnico competente en el inmueble sito en calle Anunciación número 7, y venían a hacer lo que se hace en esos casos, que es identificar al representante legal de la comunidad de propietarios y darle traslado de la notificación.

El agente que llevaba la carpeta miró aquello.

Miró el patio empapado, la purpurina, los farolillos, el póster plastificado de un metro diecinueve por ochenta y cuatro clavado junto a una grieta, las cuarenta y dos sillas mojadas, la cortina de ducha de flores azules colgada de un alambre y a cuarenta y seis personas de pie, rosas, en silencio.

Y preguntó lo único que se puede preguntar en un sitio así:

—¿Quién es el presidente de la comunidad?

Hubo un segundo de silencio.

Un segundo entero, de esos que en un patio con cuarenta y seis personas se oyen.

Y en ese segundo, cada uno de los que estaban allí hizo la cuenta de lo que había hecho desde el 2 de septiembre: el papel pintado robado, el engrudo, el incienso, el póster de la Virgen puesto para tapar una humedad, el tour del ente a tres euros con croqueta, las cámaras compradas sin factura, el disco duro vendido en un mercadillo, la regadera de dos litros y medio a las dos y cuarto de la madrugada y un señor del ayuntamiento al que le enseñó la casa el vecino equivocado.

Federico Pardal dio un paso adelante.

—Yo.

Y a su izquierda, Rafi Cuenca, en chanclas y con la camisa empapada, dio otro.

—Y yo.

—Y yo —dijo Chelo, desde el taburete, con la libreta del trimestre en las rodillas.

—Y yo —dijo Encarni, del 2ºA.

—Y yo —dijo Herminio Rueda, que tenía once cajas de su vida chorreando a cuatro metros.

—Y yo, hijo —dijo la señora Angustias, levantando la fiambrera pequeña, que había cogido al salir corriendo porque en esa casa lo primero que se salva es lo que se come.

Y después don Aurelio, y Yoli, y el señor Salguero, y el matrimonio del 3ºC que no iba a una junta desde 2020, y Vane del 4ºB con el brazalete de raso azul, y Bruno Salcedo, que no es propietario, que no paga cuota y que llevaba mes y medio viviendo de alquiler en un ático, y que lo dijo igual.

—Aquí presidimos todos —dijo Federico Pardal.

Y esa fue la única vez que se dijo aquella frase en el Edificio Girasol.

Conviene explicar lo que era aquello, porque desde fuera parecía una insolencia y no lo era.

No fue un desafío a la autoridad. A ninguno de los que dieron un paso adelante se le pasó por la cabeza desafiar a nadie: son gente que paga sus recibos, que vota, que devuelve el carro del súper y que si les llega una multa la pagan por internet con el número de expediente delante.

Fue las tres cosas a la vez que hay que ser en un patio como aquel.

Fue una confesión, porque cada uno de ellos había hecho algo en aquellas nueve semanas de lo que no podía presumir.

Fue una coartada, porque cuarenta y seis culpables no son cuarenta y seis culpables: son un problema administrativo.

Y fue, sobre todo, y esto es lo que no cabía en la carpeta del agente, la manera que encontró aquella gente de decirle a un hombre de sesenta y un años, en jersey y con purpurina en los hombros, que llevaba siete años cargando solo con una finca que no le había dado las gracias ni una vez, que aquella tarde no iba a firmar solo.

El agente de la carpeta se quedó mirándolos.

—Señores, yo necesito un nombre.

—Ya se lo hemos dado —dijo Rafi—. Le hemos dado cuarenta y seis.

—No puedo poner cuarenta y seis.

—Pues ponga «la comunidad», que es lo que somos.

El otro agente, el joven, se apartó dos metros y llamó por radio.

Estuvo hablando un minuto largo. Volvió, dijo algo al oído del de la carpeta, y el de la carpeta hizo lo que hacen en este país los funcionarios sensatos cuando se encuentran con una situación que la norma no tenía prevista: sacó el bolígrafo, anotó los datos de la finca, anotó que la notificación se entregaba «al presidente saliente en funciones, señor Pardal, en presencia de la comunidad reunida», y dijo que el expediente seguía su curso y que ya recibirían.

Federico firmó el acuse.

Con purpurina en las manos.

Inma

Su madre llevaba veinte minutos de pie en el mismo sitio.

Inma Ardales la había estado mirando desde la puerta del patio, con el bolso todavía al hombro, porque había llegado a las seis y media, cuando ya había empezado la junta, y no había llegado a sentarse.

La vio salir de detrás de la cortina. La vio ver el micrófono en el suelo.

La vio quedarse allí, en el borde, con las manos juntas por delante, mientras entraban los bomberos, mientras mojaban el patio, mientras la purpurina se le posaba en los hombros del vestido negro y mientras cuarenta y seis personas se declaraban presidentas de una comunidad de propietarios delante de dos policías municipales.

Y la vio, cuando todo aquello terminó, hacer una cosa muy pequeña: mirar el enchufe.

Miró el enchufe del alargador, que estaba desconectado y muerto, y después miró la mesa de sonido, que era un aparato negro empapado, y después miró el micrófono, y su cara no cambió de ninguna manera aparente.

Inma Ardales cruzó el patio y llegó hasta ella.

—Mamá.

—No hay luz.

—Ya.

—No hay corriente en toda la finca, hija. Lo ha bajado Federico.

Y entonces Maruchi Ardales dijo, en voz baja, casi para adentro, la frase que llevaba diciendo toda su vida como quien cuenta un chiste, y la dijo aquella tarde por segunda y última vez en este libro, y no como un chiste:

—Yo no envejezco. Yo me voy quedando en acústico.

Inma se la quedó mirando.

—Mamá, ¿tú quieres cantar?

—Aquí ya no se puede cantar.

—Yo no te he preguntado eso.

El camión

El camión de bomberos estaba en la calle Anunciación, en doble fila, con el mástil de iluminación desplegado y encendido, porque a las siete y veinte de un 1 de noviembre ya es de noche cerrada y porque el jefe de dotación lo había dejado puesto para el repaso final.

Aquel foco daba una luz blanca, dura, de las que no favorecen a nadie, y llegaba hasta el fondo del patio por el arco del portal.

Inma habló primero con el bombero más joven, que estaba recogiendo manguera, y le explicó la cosa en catorce segundos, y el bombero más joven llamó al jefe de dotación, y el jefe de dotación, que se llamaba Antonio y que aquella noche se lo contó a nueve personas, miró a la señora del vestido negro, miró la calle, miró el reloj y dijo que en la plataforma trasera, que son tres peldaños y hay barandilla, y sin subirse a la escalera, y con un compañero al lado.

Maruchi Ardales subió los tres peldaños.

Se puso de cara al portal, que es donde estaba la gente, con el foco detrás y a un lado, no de frente, cosa que ella corrigió con un gesto de la mano al bombero joven en menos de dos segundos y que el bombero joven obedeció sin entender por qué.

Se colocó. Bajó los hombros. Puso las manos por delante, una encima de la otra.

Y a las siete y veintitrés de la tarde del sábado 1 de noviembre de 2025, en mitad de la calle Anunciación, sin micrófono, sin altavoces, sin corriente eléctrica y sin música, la Sirena de Marbella cantó «Chíllame bajito» entera.

Del primer verso al último.

Cantó los cuatro compases de entrada con la boca cerrada, porque la canción empieza así y porque el noventa por ciento de la gente que la había oído en 1989 no lo recordaba.

Cantó la primera estrofa mirando al portal.

Cantó el estribillo, que es una tontería preciosa de tres frases que dice lo que decían las canciones de aquel verano, y lo cantó despacio, más despacio de lo que está grabado, porque a los sesenta y cuatro años una voz no corre pero se apoya.

Se comió una nota en el segundo puente. La cogió en la siguiente.

Y en la última frase, la que en el disco va con eco y con coros, no había eco ni coros, y se oyó una voz sola en una calle mojada de un barrio del sur, y se oyó entera, hasta el final, sin una sola ayuda.

Duró dos minutos y cincuenta y un segundos.

Lo que se oyó desde abajo

En la calle Anunciación había, a esa hora, sesenta o setenta personas: los cuarenta y seis del patio, los bomberos, los dos agentes, los vecinos del número 5 y del 9 asomados, el camarero del bar de la esquina con el trapo al hombro y varias personas que pasaban y se quedaron.

No aplaudió nadie hasta el final, porque estaba puesto en el orden del día.

Inma Ardales lo grabó entero con el móvil, en vertical, con la mano temblándole, y en la grabación se oye de fondo, todo el rato, un ruido raro que ella no supo identificar hasta que la vio dos días después, y que era ella misma respirando de una manera que no es llorar ni es reírse y que en este libro no se va a clasificar, porque el Cronista no está para eso.

Vane, del 4ºB, con el brazalete de raso puesto y el móvil en la mano, no grabó ni un segundo. Lo había prometido.

Bruno Salcedo tampoco. Tenía la cámara al hombro, encendida, con batería y con tarjeta, y no le dio a grabar, y de esa decisión ha dicho después, en dos entrevistas y con las mismas palabras, que es la única cosa realmente buena que ha hecho en su oficio.

Y Federico Pardal, de pie en el portal, con el acuse de recibo doblado en el bolsillo de la camisa y purpurina en los hombros, miró el foco blanco del camión de bomberos alumbrando a una vecina suya que cantaba en la calle, y pensó una sola frase, muy corta, que no dijo ni ha dicho nunca a nadie, y que tenía dentro un nombre y un buzón.

El Cronista la deja pasar.

Las siete y veintiséis

Aplaudieron cuando terminó.

Aplaudió la calle entera, los del número 5 desde el balcón, los bomberos con los guantes puestos, que suena a nada, y los dos policías municipales, que aplaudieron los dos y no lo pusieron en ningún sitio.

Maruchi Ardales bajó los tres peldaños con la mano en la barandilla, le dio las gracias al bombero joven, se recolocó el pendiente de clip por primera vez en once días y dijo, a nadie en concreto:

—Pues ya está.

Y entonces, al fondo del patio, detrás de once cajas de temario de Correos empapadas y a través de un tabique del que llevaba una hora saliendo humo, algo cedió.