Vecinos y otras catástrofes 27. El acuerdo histórico
90%

27. El acuerdo histórico

A las cinco y media de la tarde, el patio del Edificio Girasol estaba lleno.

Bruno tenía puestas tres cámaras. Una en trípode al fondo, general. Otra en el hombro, para él. Y la tercera en la barandilla del primero, atada con brida, apuntando al póster plastificado.

En la esquina de la escalera, sobre otro trípode, había una tableta encendida con una videollamada abierta, y en la pantalla de la tableta, tres cuadraditos con tres personas de la plataforma que estaban en Madrid, en Londres y en una cocina.

Y al fondo del patio, en el hueco del cuartito, colgada de un alambre entre la pared y la columna, había una cortina de ducha de flores azules que la señora Angustias había subido del trastero aquella mañana y detrás de la cual, desde las cinco y veinte, estaba Maruchi Ardales haciendo voz.

Se la oía. Se la oyó todo el rato, por debajo de todo lo demás, haciendo escalas cortas con la boca cerrada, y el edificio entero fingió durante una hora que no la oía, que es la forma más alta de respeto que conoce este barrio.

De seis a seis y cuarenta

La junta empezó a las seis y siete, que en el reloj de propaganda de hilos Presencia son las seis y cuatro.

Presidió Federico Pardal, no porque lo fuera, que no lo era desde el 22 de octubre, sino porque cuando llegó el momento nadie se levantó y él se levantó.

Punto uno: leyó el informe municipal entero. Cuatro páginas. Incluida la frase de las veintiuna palabras sobre el residente que facilita el acceso y manifiesta que el revestimiento se ha instalado para tapar las lesiones. La leyó despacio y sin justificarse.

Punto dos: Rafi Cuenca leyó el proyecto de intervención.

Habló doce minutos, de pie, con dos folios en la mano que casi no miró.

Explicó lo del asiento diferencial, lo de la fuga vieja del saneamiento y lo que había encontrado en la cata del jueves.

Explicó que había que recalzar por bataches, que es una palabra que en aquel patio no había sonado nunca y que la señora Angustias hizo repetir dos veces.

Explicó los plazos, el presupuesto y las tres semanas de andamio.

Y terminó con una frase que no venía en los folios:

—Este edificio no está en ruina. Este edificio está desatendido, que es otra cosa. Yo llevo aquí catorce años y he sido parte de eso.

Nadie dijo nada. Encarni se puso a mirarse las manos.

Punto tres: se leyó el acuerdo, que estaba colgado detrás en un metro diecinueve por ochenta y cuatro y que todo el mundo llevaba una hora leyendo por su cuenta.

Punto cuatro: turno de palabra, tres minutos por vecino, con el reloj de Chelo encima de la mesa.

Habló el señor Salguero, para que constara que ellos tenían el coeficiente más alto.

Habló Encarni, cuatro minutos y medio, para decir que ella siempre había estado a favor de arreglar las cosas, afirmación que Chelo recogió en acta sin ningún comentario.

Habló don Aurelio, de frente y muy alto, para preguntar si la película la iban a poner en la televisión de verdad o en el móvil.

Y habló Herminio Rueda, cuarenta segundos, para decir una cosa que hasta aquella tarde no había dicho en voz alta en siete años de comunidad:

—Yo estoy a favor. Y quiero que conste que llevo diecinueve convocatorias y que en enero salen las notas.

Le aplaudieron. Fue el único aplauso de toda la parte administrativa y duró seis segundos, y aquel hombre se sentó con la cara colorada y no volvió a hablar.

Punto cinco: votación a mano alzada.

Cuarenta y dos a favor. Cero en contra. Cero abstenciones. Votaron los diecinueve propietarios, votó Chelo sin derecho, votaron las cinco señoras del mercadillo y votó el camarero del bar de la esquina, y a nadie se le ocurrió corregirlo.

Punto seis: la firma.

Seis y cuarenta y seis

Federico Pardal destapó el bolígrafo.

Rafi Cuenca se acercó a la mesa. Bruno se puso en cuclillas a metro y medio con la cámara al hombro. Marga levantó el móvil. En la tableta, los tres cuadraditos se acercaron a sus pantallas.

Y en el portal, a doce metros de allí, detrás de un póster de la Esperanza de Sevilla a tamaño casi natural, la humedad conocida en aquella finca desde 1996 como la Lourdes, que llevaba veintinueve años bajando por el mismo paño, terminó de hacer lo que llevaba desde el jueves haciendo despacio, que era mojar la cinta americana que sujetaba un alargador de goma al zócalo, meterse por el corte que tenía aquel cable a la altura del tercer tramo —un corte viejo, de cuando se usaba para el aspirador, mal aislado con dos vueltas de cinta— y cerrar un circuito que no tenía que cerrarse.

El remiendo del 88 aguantó ocho segundos.

A los ocho segundos, la regleta de cuatro tomas que estaba debajo de la mesa grande de camping, al fondo del patio, junto a la pared, hizo un chasquido seco, se puso negra y soltó por el lateral una pequeña llama azul de unos cuatro centímetros.

La llama azul tocó una colcha de flores.

Seis y cuarenta y siete

La colcha prendió despacio, con un humo blanco y grasiento, y a los diez o doce segundos el fuego llegó a la caja de cartón que había debajo, la de las veintidós bengalas de mano compradas en un lote en 2019 con el cartón ya blando por seis años de trastero.

Una bengala caducada no siempre está caducada. Una bengala caducada, en la mayoría de los casos, es una bengala que funciona peor. Y funcionar peor, en el caso de una bengala, no significa no encenderse: significa encenderse de una manera que no estaba prevista.

Se encendieron nueve de las veintidós, y no a la vez, sino en tandas, con dos o tres segundos entre una y otra, proyectando chispas blancas y amarillas en horizontal a la altura de las rodillas, debajo de una mesa, en un patio con cuarenta y seis personas sentadas en semicírculo a cuatro metros.

No le pasó nada a nadie. Conviene decirlo ya y no dejarlo para el final, porque este es un libro de comedia y hay cosas con las que no se juega: no hubo un solo herido en el Edificio Girasol aquella tarde. Ni una quemadura. Ni un desmayo. Nada.

Lo que hubo fue esto.

Cuarenta y seis personas de pie en dos segundos y medio, sin una silla caída, porque en este país la gente sabe levantarse deprisa.

Un perro podenco saliendo por la puerta del portal a una velocidad que nadie le conocía.

Un hombre de ochenta y siete años al que su hijo cogió por el codo y sacó a la calle sin decir una palabra.

Y a Rafi Cuenca gritando dos cosas, en este orden: «¡El cuadro, Federico, el cuadro!

», que quería decir que bajara los diferenciales del cuarto de contadores, cosa que Federico Pardal hizo en once segundos porque llevaba siete años sabiéndose de memoria dónde estaba cada llave; y «¡No tiréis agua! ».

Lo segundo llegó tarde.

El extintor

El extintor lo cogió el señor Salguero, del 4ºA, que estaba a metro y medio, que hizo la mili en 1989 y que es, hay que reconocérselo, la única persona de aquel patio que reaccionó como se debe reaccionar: quitó el precinto, apuntó a la base del fuego y apretó.

De los cuatro extintores portátiles de seis kilos que la señora Angustias había comprado en agosto a un conocido del mercadillo, recargados de segunda mano, sin etiqueta de revisión y con el precinto puesto, tres estaban vacíos.

El cuarto no.

El cuarto estaba lleno, hasta arriba y a presión, de purpurina.

De purpurina de la gorda, rosa fucsia, de la que se echa a las carrozas de la cabalgata y a los tronos de las peñas, porque aquel conocido del mercadillo se dedicaba desde hacía años a recargar extintores viejos con confeti y purpurina para venderlos a las peñas de la feria, y en agosto le había colocado a la señora Angustias un lote mixto sin especificar cuál era cuál.

El señor Salguero apretó el gatillo durante cuatro segundos.

Y el patio del Edificio Girasol, con el fuego debajo de la mesa, el humo blanco subiendo, las bengalas terminando de gastarse y cuarenta y seis personas de pie contra las paredes, se llenó de golpe, del suelo a los farolillos, de una nube de purpurina rosa que salió a presión, se abrió en abanico y empezó a bajar despacio, brillando, encima de todo el mundo.

Aquello apagó parte del fuego, y es verdad: la purpurina, disparada a seis kilos de presión, apagó la colcha.

Lo que no apagó fue el cartón, ni las cajas de temario del tabique del cuartito, que a esas alturas ya estaban prendidas por abajo.

Lo que cada uno vio

Y aquí es donde este capítulo tiene que ponerse serio para poder ser gracioso, porque lo que hubo en aquel patio a partir de las seis y cuarenta y ocho no fue un incendio: fueron once incendios distintos, uno por cabeza.

Federico Pardal vio un siniestro con responsabilidad civil.

Fue lo primero que vio y lo dijo en voz alta: «Que nadie toque nada, que esto hay que documentarlo.

» A las seis y cincuenta y uno estaba en el escalón del portal, con purpurina en los hombros, apuntando en la carpeta azul la hora exacta del corte de corriente.

Marga, la ejecutiva, vio material. Levantó el móvil, grabó nueve segundos y los mandó por un chat de trabajo.

En la tableta, uno de los tres cuadraditos de la plataforma preguntó, y se oyó por los altavoces de la mesa de sonido antes de que se fuera la corriente, si aquello estaba guionizado.

Bruno Salcedo no vio nada, porque estaba corriendo con el extintor tercero en la mano y la cámara colgando del hombro, y porque es la única persona de este libro que aquella tarde soltó la cámara antes de pensar en ella.

Vane, del 4ºB, grabó. Grabó los tres minutos enteros, sin publicar nada, sin conectar con nadie, hablando en voz baja hacia el micrófono como llevaba haciendo seis años: «Vale, no pasa nada, está controlado, no os asustéis», dicho a nadie, porque no había directo.

La señora Angustias vio, con toda claridad, un problema comercial, y a las seis y cincuenta y tres ya estaba diciéndole a Encarni que aquellos extintores se los había vendido un sinvergüenza.

Encarni vio un castigo.

Y Chelo, que no se movió del taburete de la puerta de la mercería en todo el rato, sacó la libreta del trimestre, quitó el capuchón y escribió, con su letra pequeña, la línea que después ha leído en voz alta en esa tienda unas doscientas veces:

18:47. Siniestro. Tonalidad fucsia.

Y detrás de la cortina

Maruchi Ardales salió de detrás de la cortina de ducha a las seis y cuarenta y nueve, con el vestido negro largo y los zapatos con la media suela nueva.

Vio el humo, vio la purpurina bajando, vio a cuarenta y seis personas contra las paredes y vio el micrófono de pie, tirado en el suelo, con el cable desenchufado.

No gritó.

Se quedó allí, en el borde de lo que aquella tarde había sido un escenario, con las dos manos juntas por delante, en la postura exacta en que espera una persona a que le den la entrada.

Las siete menos cinco

La llamada al 112 la hizo Yoli, del 3ºB, a las seis y cincuenta, con la niña en un brazo, desde la calle, y la hizo bien: dijo la dirección dos veces, dijo que no había heridos y dijo que el fuego era pequeño y estaba en un patio interior.

A las siete menos cinco, por la calle Anunciación, con la sirena puesta y con una maniobra que se llevó por delante el retrovisor de una furgoneta, entró un camión de bomberos.

Detrás, sin sirena, entró un coche patrulla.

El coche patrulla no venía por el fuego.