26. Producción
Conviene enumerarlas, porque después va a hacer falta saber dónde estaba cada una.
El tabique
El jueves por la mañana, Rafi Cuenca abrió una cata.
Una cata es un agujero que se hace en una pared para ver lo que hay dentro, y se hace antes de escribir un proyecto porque un proyecto escrito sin mirar es una carta a los Reyes.
La abrió en el arranque de la medianera, a ras de suelo, en el rincón del patio donde la grieta nace, con un martillo y un cincel que sacó del trastero y con un cubo debajo para el cascote.
Picó cuarenta minutos.
A los cuarenta minutos se levantó, se limpió las manos en el pantalón y se quedó mirando lo que había salido, que eran dos cosas.
La primera, un terreno flojo y oscuro debajo de la cimentación, húmedo al tacto de una manera que no se explicaba por la lluvia, y que le confirmó lo que llevaba diciendo desde octubre en voz baja: que allí abajo hay agua que no debería haber, y que lleva años.
Y la segunda, que ese muro del fondo del patio no es del sesenta y dos.
Es de ladrillo macizo, tomado con mortero de cal, con una hilada a sardinel a la altura del arranque que no la pone nadie desde antes de la guerra.
El bloque que hay encima, el edificio entero, se levantó en 1962 sobre él, aprovechándolo, que es lo que se hacía entonces y lo que se sigue haciendo cuando conviene ahorrar.
—Aquí antes había otra cosa —dijo Rafi.
—Aquí antes había una casa de vecinos —dijo Chelo desde la puerta de la mercería, sin levantar la voz—. La tiraron en el sesenta y uno. Media, porque la otra media no se dejó tirar.
Nadie le hizo mucho caso, porque eran las once y media de la mañana y había setenta cosas que preparar.
El problema práctico fue otro: al picar el arranque, el tabique que cierra el fondo del patio —ese que tapa el hueco del antiguo lavadero, que en aquella finca no sirve para nada y que todo el mundo llama «el cuartito»— se movió tres milímetros y soltó un reguero de polvo por la junta superior.
Tres milímetros no es nada. Tres milímetros, con cuarenta personas debajo el sábado, es otra cosa.
—Hay que apuntalarlo —dijo Rafi—. Hoy.
—¿Con qué?
Y ahí es donde entra Herminio Rueda.
Diecinueve años
Bajó a las cinco de la tarde con la primera caja.
La segunda la bajó a las cinco y cuarto y la tercera a las cinco y media, y a las siete menos veinte había en el patio del Edificio Girasol once cajas de cartón de las de folios, apiladas en dos columnas contra el tabique del cuartito, y dentro de las once cajas estaba el temario completo de las diecinueve convocatorias a las que se había presentado aquel hombre desde 2006.
Manuales de admisión y clasificación de envíos.
Legislación postal. Atención al cliente.
Productos y servicios. Ordenación del territorio, que cayó en 2013 y no volvió a caer.
Cuatro ediciones distintas del mismo tema porque la normativa cambió tres veces.
Y encima de todo, subrayados en cuatro colores, con pósit, con las esquinas dobladas y con la letra de un hombre que empezó a estudiar a los veinticuatro años y que tiene cuarenta y tres.
Los apilaron entre Rafi y él, en columnas de setenta centímetros, calzadas con cuñas de madera, formando un contrafuerte de papel contra el tabique.
Aguantaba. Aguantaba de maravilla, porque el papel prensado es uno de los materiales más nobles que existen y porque once cajas de temario de Correos pesan doscientos cuarenta kilos.
—Herminio, esto no te lo voy a poder devolver bien.
—Da igual.
—Hombre, da igual no.
—Que da igual, Rafi —dijo Herminio Rueda, colocando la última caja—. Si saco plaza, no lo necesito. Y si no la saco, tampoco.
Se quedaron los dos mirando aquello un momento.
—El tema nueve está en la de abajo —dijo Herminio—. Ese aguanta lo que le echen.
El póster
Federico Pardal se pasó el jueves entero redactando y el viernes entero plastificando.
El acuerdo que se iba a someter a votación el sábado tenía cuatro puntos y ocupaba una cuartilla, y Federico lo mandó imprimir en la copistería de la avenida a tamaño A0, que es un metro diecinueve por ochenta y cuatro, y lo plastificó en dos mitades porque la plastificadora de la copistería no daba más, y las unió por detrás con cinta de embalar.
El punto primero aprobaba la ejecución del proyecto de intervención estructural.
El punto segundo aceptaba la aportación económica de la productora en concepto de derechos y localización.
El punto tercero designaba a don Rafael Cuenca Ruiz, colegiado número que se dejó en blanco porque no se lo sabía de memoria, como técnico redactor y director de la ejecución.
Y el punto cuarto decía, con la letra más grande de todo el cartel:
Queda sin efecto el acuerdo adoptado por esta junta el 3 de septiembre de 2025. En este edificio no se volverá a tapar nada.
Lo colgó el viernes por la tarde en la pared del patio, en el paño desnudo de la fachada este, sujeto con cuatro clavos y a la derecha de la grieta, de manera que quien se sentara aquella tarde en el patio iba a tener delante, a la vez y sin poder separarlas, la lesión y el acuerdo.
Estuvo un buen rato mirándolo desde abajo, para comprobar que se leía.
El brazalete
A Vane, del 4ºB, la nombraron el jueves por la noche, en la mercería, «community manager oficial de la comunidad», cargo que no existe en la Ley de Propiedad Horizontal y que se aprobó por aclamación en dos minutos.
La señora Angustias le hizo un brazalete con una cinta de raso azul de la mercería y una etiqueta escrita a rotulador. Chelo lo apuntó en acta.
Vane aceptó con una condición, y la puso de pie y sin que le temblara la voz, que es una cosa que en septiembre no habría sabido hacer:
—Yo grabo lo del acuerdo, la firma, la obra y lo que haga falta. Pero de Maruchi no cuelgo nada. Ni un plano. Ni cantando.
—Vane, si canta ella es que quiere que se la vea —dijo Encarni.
—Que la vean los que estén aquí.
Y aquella chica, que llevaba desde el 21 de octubre sin publicar una sola cosa y que tenía en el móvil el vídeo más visto de su vida, se quedó plantada en mitad de la mercería con dos mil setecientos euros de ingresos por publicidad pendientes de aceptar en una bandeja de correo que no había abierto.
—Y otra cosa —añadió—. El brazalete me lo pongo, pero yo no soy de la finca por el brazalete.
Nadie entendió muy bien qué quería decir. Chelo sí, y no lo apuntó.
El orden del día
Chelo redactó el orden del día el viernes por la mañana, a mano, en un folio, y lo fotocopió cuarenta veces.
Constaba de siete puntos.
Uno: lectura del informe municipal. Dos: lectura del proyecto de intervención.
Tres: lectura del acuerdo. Cuatro: turno de palabra, tres minutos por vecino, con reloj.
Cinco: votación a mano alzada. Seis: firma.
Y siete, escrito con la misma letra y sin ninguna marca que lo distinguiera de los otros seis:
Actuación de doña María del Carmen Ardales Ruiz («Maruchi Ardales»).
Debajo, a modo de nota:
Se ruega no aplaudir hasta el final.
El cable
El equipo de sonido lo puso Bruno: dos altavoces pequeños, una mesa de cuatro canales y un micrófono con pie, todo prestado por la productora y traído el viernes en una furgoneta.
El problema fue la corriente.
En el patio del Edificio Girasol hay una sola toma, la del enchufe de la escalera, que es de las de tapa de plástico y que alimenta la luz del rellano y poco más. Aquello no daba para dos altavoces, tres focos y una cámara.
De modo que se hizo lo que se hace en este país cuando falta un enchufe: se pasó un alargador.
Se pasó desde el portal, del enchufe que hay debajo de los buzones y que en su día se puso para el aspirador, por el suelo, pegado a la pared de la izquierda, sujeto cada metro y medio con cinta americana.
Cruzaba el portal entero, pasaba por debajo del póster de la Macarena, salía por la puerta del patio y llegaba a la mesa de sonido.
El tramo del portal iba a treinta centímetros del zócalo del paño de la izquierda.
Es decir, a treinta centímetros de la Lourdes.
Lo puso Rafi Cuenca, que es la única persona de aquella finca que sabía lo que significaba pasar un alargador por ahí, y lo puso porque no había otro sitio por donde pasarlo, y porque el cable era de goma y estaba entero, y porque llevaba dos días sin dormir, y porque a veces las cosas se hacen así.
Lo probó dos veces. Funcionó las dos.
Aquella misma tarde, la señora Angustias intentó vender los extintores.
Se los ofreció a Federico Pardal en el portal, con la carpeta de gomas en la mano y el argumento preparado: que una finca en obras sin extintores es una finca desprotegida, que aquello el sábado lo iban a grabar, y que treinta euros la unidad es un precio que no se ve.
—Doña Angustias, un extintor tiene que estar revisado.
—Están recargados.
—Recargado no es revisado.
—Federico, hijo, que están llenos. Se nota en el peso.
Federico Pardal, que llevaba cuarenta y ocho horas plastificando y que tenía en la cabeza cuatro puntos, una votación y una firma, dijo lo que dice todo el mundo en este país cuando le ofrecen algo en mal momento:
—Después de la junta lo vemos.
Y los cuatro extintores se quedaron donde estaban.
El ensayo
El ensayo general se hizo el viernes a las nueve de la noche y salió perfecto.
Se colocaron las cuarenta y dos sillas en semicírculo.
Se probó el micrófono, y don Aurelio, que se ofreció voluntario, contó desde el pie de micro la historia de la tortilla de su mujer y se le oyó desde el cuarto.
Se ensayó la entrada de Maruchi, que no bajó a ensayar y a la que sustituyó Encarni con una sombrilla.
Se cronometraron los turnos de palabra. Se comprobó que el póster se leía desde la última fila.
Se encendieron los tres focos, que dieron una luz cálida y estupenda sobre la pared desnuda, y todo el mundo dijo que aquello parecía otra cosa.
Herzog se paseó por debajo de las sillas.
De Maruchi Ardales, en aquellas cuarenta y ocho horas, se supo lo siguiente, y se supo por el hueco de la escalera, que en aquella finca es el conducto oficial de la información.
Que el jueves por la tarde se oyó en el 3ºA una escala. Una sola, subiendo y bajando, tres veces seguidas, con la voz de una mujer que hace mucho que no las hace y que se para en el mismo sitio las tres veces.
Que el viernes por la mañana bajó al portal con dos vestidos en fundas de plástico y se los enseñó a Chelo, y que Chelo le dijo el negro.
Que a mediodía subió el zapatero de la avenida a llevarle unos zapatos con la media suela puesta.
Y que el viernes a las diez de la noche, cuando el ensayo general ya había terminado y el patio estaba vacío, la luz del 3ºA seguía encendida, y a través de la ventana abierta, por el hueco, se oyó a alguien decir en voz alta, sola, dos veces seguidas y con una pausa en medio: «Buenas tardes a todos. »
A las diez y media, cuando terminaron, el Edificio Girasol se fue a la cama con la sensación, unánime y compartida por los diecinueve, de que por primera vez en sesenta y tres años algo iba a salir bien.
Aquí el Cronista, que lleva veintiséis capítulos con esta gente, tiene la obligación de decir una cosa.
Cuando en una comunidad de propietarios de este país sale todo bien a la primera, no es que haya salido bien. Es que todavía no ha salido.
Once y media
El viernes 31 de octubre, a las siete y veinte de la tarde, Inma Ardales contestó al correo del hospital nuevo de Sevilla desde el móvil, de pie en la parada del autobús, con dos palabras y su nombre. Incorporación, el 7 de enero.
Se lo dijo a su madre por la noche. Su madre dijo «muy bien, hija», y le preguntó si le parecía mejor el vestido rojo o el negro.
A las once y media de la noche, el patio del Edificio Girasol estaba listo.
Las cuarenta y dos sillas puestas. El cable pasado y sujeto con cinta. El póster colgado y derecho. Las once cajas de temario apuntalando el tabique del cuartito. Los farolillos cruzados en dos diagonales.
Y debajo de la mesa grande de camping, contra la pared, la colcha de flores en su sitio.