Vecinos y otras catástrofes 25. Acústico
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25. Acústico

Inma Ardales no intervino por el edificio.

Conviene dejarlo dicho al principio, porque después, cuando todo aquello salió como salió y la gente empezó a contarlo en el barrio, se dijo que la hija de Maruchi había convencido a su madre para salvar la finca, y eso es falso.

A Inma Ardales le daban exactamente igual la grieta, el expediente y los ciento veintiocho mil euros, y si aquella comunidad se hubiera hundido entera con derrama y todo, ella habría hecho lo mismo que hizo, que fue subir dos pisos y llamar a una puerta.

Lo hizo por el pendiente.

Seis días

Su madre no se lo tocaba desde el 22 de octubre.

Inma lo llevaba contando desde la noche de la junta, cuando la vio de pie en el patio con un vestido de estar en casa diciendo delante de diecinueve vecinos que había bajado a mojar una pared con una regadera de dos litros y medio porque ya no le hacía ilusión casi nada.

Aquella noche, cero.

El día 23, cero. El 24, cero. El domingo, cero.

Inma Ardales lleva treinta y cinco años viendo ese gesto y sabe lo que significa. Significa que se está diciendo algo que no es verdad, o que se está callando algo que pesa. En una semana normal, su madre se recoloca el pendiente de clip entre veinte y treinta veces.

Seis días a cero no era paz. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado en una planta: cuando a un enfermo se le van los síntomas todos de golpe, uno no se alegra; uno mira otra vez la gráfica.

Su madre no había dejado de mentir. Su madre había dejado de actuar, que es otra cosa y es mucho peor, porque una mujer que lleva treinta y seis años sobre un escenario que no existe y de pronto se baja de él no ha mejorado: se ha quedado sin sitio donde estar.

El martes 28, Inma salió del turno a las tres de la tarde, durmió cuatro horas, se levantó a las siete y subió al ático.

La condición de la hija

Bruno Salcedo abrió con cara de llevar dos días sin hablar con nadie, que era lo que llevaba.

—Soy Inma. La del tercero.

—Ya sé quién eres.

—Vengo a decirte una cosa y no vengo a discutirla.

Y le dijo, de pie en el rellano, sin entrar, que su madre no iba a firmar nada, ni a salir en ninguna película, ni a bajar a ninguna junta a que la volvieran a grabar; que ya se había puesto delante de una cámara una vez y que él sabía perfectamente lo que había hecho con aquello; y que si tenía la intención de volver a subir al 3ºA, subiera con una condición.

—¿Cuál?

—Que subas con algo que enseñar. No con algo que pedir.

Bruno se quedó un momento callado, con la mano todavía en el picaporte.

—¿Y si lo que tengo que enseñar tampoco vale?

—Entonces no subas —dijo Inma—. Que ya bastante tiene.

El miércoles

Subió el miércoles 29 a las ocho de la tarde, con el portátil debajo del brazo y sin cámara.

Abrió Inma. Su madre estaba en la mesa camilla con las gafas de cerca puestas, haciendo una cosa que llevaba tres días haciendo y que nadie le había pedido: pasar a limpio los dietarios de 1990 y 1991, que estaban escritos a lápiz, con bolígrafo azul.

—Buenas tardes, Maruchi.

—Buenas tardes.

—Le he traído una cosa. Si no la quiere ver, me voy y no vuelvo a llamar a esta puerta.

Maruchi Ardales miró a su hija. Su hija no dijo nada, ni que sí ni que no, que es la manera más limpia que tiene una persona de decirle a otra que decida ella.

—Póngalo.

Lo puso encima de la mesa camilla, entre las gafas y el dietario, y le dio al espacio.

Lo que había en el portátil

Duraba veintidós minutos y cuarenta segundos.

Era la entrevista del sábado 27 de septiembre, entera, sin música, sin rótulos y sin un solo corte, desde que él le dijo que hablara todo lo que quisiera hasta que se le acabó la tarjeta.

Estaba Bertín en el ascensor de Torremolinos, con los catorce segundos y las lágrimas y la coletilla del imitador.

Estaba el torero y el «hasta ahí puedo contar».

Estaba la Nochevieja de la autonómica, los cuarenta segundos y los cincuenta y dos.

Y estaban, después, los cinco minutos.

Los cinco. No cuarenta segundos: los cinco.

El contrato de enero que había leído el tío de Ronda, que trabajaba en una notaría, y que dijo que estaba bien.

El segundo single apalabrado para octubre.

El programa de los sábados que veían diez millones de personas.

El despacho de la calle Alcalá. Los cuarenta minutos.

El «yo no paré: a mí me pararon, que es distinto».

La circunstancia dicha dos veces antes de decirla. El pendiente de clip entre los dedos.

Y al final, sin nada montado detrás, sin ironía y sin remate, la risa de ella cerrando el asunto, que allí, con todo lo de antes puesto en su sitio, sonaba a lo que era: a una mujer que se ríe para que el de enfrente pueda seguir hablando.

Terminaba en negro, sin música.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Y entonces Inma Ardales, que estaba de pie detrás de la silla de su madre y que había visto aquello por primera vez igual que todos los demás, hizo la única pregunta que llevaba treinta y cinco años sin hacer.

—Mamá. ¿Eso fue en septiembre del ochenta y nueve?

—Sí.

—Yo nací en abril del noventa.

—Sí.

La verdad completa

Maruchi Ardales se quitó las gafas de cerca y las dejó encima del dietario.

—Yo no te lo he contado nunca —dijo— por una cosa muy tonta, y ahora te la voy a decir en dos minutos y ya está, y después no volvemos a hablar de esto en la vida.

Inma se sentó.

—Si yo te cuento a ti que a mí me quitaron el single porque estaba embarazada, tú lo que oyes no es lo que pasó. Tú lo que oyes es que yo perdí lo mío por ti.

—Mamá...

—Déjame. Que llevo treinta y cinco años pensando esta frase.

Y la dijo entera, sin recolocarse nada, con las dos manos quietas encima del hule:

—Y no fue por ti. Fue por unos señores de un despacho.

Tú no le hiciste nada a nadie, hija. Tú llegaste en abril, con tres kilos doscientos, con una nube de pelo negro y con la cara más fea que se ha visto en aquella clínica, y a mí lo único que me pasó aquel año, lo único, fue que me quedé sin trabajo.

Que eso le pasa a mucha gente. Lo otro fue lo que me salió bien.

Inma no lloró, porque ella no llora delante de la gente y porque lleva once años trabajando de noche.

Pero estuvo un rato sin poder decir nada, y en ese rato se dio cuenta de una cosa que después ha contado dos veces y siempre con dificultad: que su madre no le había estado ocultando un fracaso durante treinta y cinco años.

Le había estado ocultando una factura para que no la pagara ella.

—¿Y por eso la película, mamá? ¿Por eso el fantasma y todo lo demás?

—Por eso, no. Por eso no —dijo Maruchi—. Eso ya era por mí.

Estuvieron un momento calladas.

—El viernes tengo que contestar lo de Sevilla —dijo Inma.

—Ya lo sé. Lo dijiste en la junta delante de todo el barrio, que hay que ver cómo eres.

—Lo dije para no poder echarme atrás.

Maruchi Ardales cogió el bolígrafo azul, lo tapó y lo dejó encima del dietario de 1991.

—Contesta que sí.

—Mamá.

—Que contestes que sí, hija, que llevo un mes viéndote llegar a las nueve de la mañana con dos bolsas —dijo, y lo dijo sin dramatismo y sin mirarla, que era la única manera en que aquella mujer podía decir una cosa así sin convertirla en un número—.

Yo aquí me apaño. Y si no me apaño, ya me buscaré la vida, que llevo sesenta y cuatro años buscándomela.

—La comunidad, la derrama...

—La derrama la va a pagar un señor de Madrid con una cámara —dijo Maruchi—. Eso lo tengo yo más claro que tú.

El rebujito

A las nueve menos veinte, Inma se levantó a hacer la cena y preguntó desde la cocina, por costumbre, si le ponía el rebujito.

—Hoy no.

Fue todo. No lo dijo de ninguna manera especial, ni lo comentó, ni nadie lo comentó después. Se sirvió un vaso de agua del grifo, se lo llevó a la mesa camilla y siguió pasando a limpio el dietario de 1991.

Bruno Salcedo, que seguía allí de pie sin saber si le tocaba irse, dijo entonces la única cosa que se le ocurrió y que no era profesional.

—Maruchi, aquello que usted grabó estuvo muy bien.

—Lo sé.

—Yo lo monté fatal.

—Lo montó usted muy bien —dijo ella, sin levantar la vista del cuaderno—. Lo montó usted como se monta ahora. Que es peor.

La nacional cuatro

La conversación de la firma vino después, ya con la mesa puesta, y duró menos de lo que nadie esperaba.

Bruno explicó lo del sábado: la junta, el acuerdo, la firma del proyecto delante de la cámara, la comunidad reunida. Explicó que la plataforma la quería a ella y explicó por qué, sin adornarlo: porque la habían visto caerse en un vídeo.

—O sea, que me quieren de vieja que se cae.

—Sí.

Aquel «sí» le costó a Bruno Salcedo un esfuerzo del que nunca ha hablado, y fue lo que hizo que aquella mujer levantara la cabeza y lo mirara por primera vez en toda la noche.

—Mi disco lo compraron cuatro mil personas —dijo Maruchi—. Y fue número uno en tres gasolineras de la nacional cuatro.

Y entonces Inma, desde la otra punta de la mesa, con el plato en la mano, dijo:

—De la nacional cuatro, entre Despeñaperros y Bailén. Tres. La de Guarromán la contaste dos veces, mamá.

Maruchi Ardales miró a su hija.

—Tú te sabes eso.

—Yo me lo sé todo —dijo Inma—. Llevo toda la vida oyéndolo.

Y ahí, en la mesa camilla del 3ºA, a las nueve y media de la noche de un miércoles, con un plato de sopa enfriándose y un director de cine de pie en el pasillo sin saber si sentarse, se hizo un silencio que no fue triste.

—Voy a firmar —dijo Maruchi—. Con una condición.

—Usted dirá.

—Que canto.

—¿Cómo?

—El sábado. En el patio, delante de todo el mundo y delante de sus cámaras. Canto yo. Entera, no un trozo. Y en directo, sin playback y sin música de lata, que a mí la última vez que me pusieron una cinta debajo fue en el noventa y tres y todavía me acuerdo.

—Maruchi, es una junta de vecinos.

—Pues será una junta con actuación.

La logística

Aquella misma tarde, mientras en el 3ºA pasaba todo lo anterior, la señora Angustias Cuenca se ocupaba de lo suyo.

Porque en el Edificio Girasol se había convocado para el sábado 1 de noviembre, a las seis de la tarde, una junta extraordinaria con lectura de acuerdo, firma de proyecto y presencia de cámaras, y una cosa así, en aquella casa, no es una junta: es un acontecimiento.

Y los acontecimientos, dijo ella, hay que vestirlos.

Bajó del trastero, en tres viajes y con el carrito, lo siguiente.

Cuatro cajas de farolillos de papel, de los mismos de la verbena.

Dos manteles de hule sin estrenar.

Una caja de cartón con veintidós bengalas de mano de las de verbena, compradas en un lote en 2019 y guardadas desde entonces en el trastero, con la fecha de caducidad impresa en el lateral en letra pequeña y con el cartón blando por la humedad.

Y cuatro extintores portátiles de seis kilos que le había traído en agosto un conocido del mercadillo, recargados «de segunda mano», con el precinto puesto y sin etiqueta de revisión, que ella tenía intención de vender a los vecinos a treinta euros la unidad aprovechando que la finca estaba en obras y que un extintor, con lo de las cámaras, siempre queda bien.

Lo dejó todo apilado debajo de la mesa grande del patio, la de camping, contra la pared, y lo tapó con una colcha vieja de flores para que no cogiera polvo.

Encarni, que pasaba por allí con la fregona, se paró.

—¿Y eso qué es, Angustias?

—Cosas de la fiesta.

—¿Qué cosas?

—Cosas —dijo la señora Angustias—. Tú no levantes eso, que está colocado.

Y Encarni, que lleva cincuenta y un años viviendo en aquel barrio y que sabe de sobra cuándo una respuesta es una puerta cerrada, no lo levantó.

Nadie las tocó hasta el sábado.