Vecinos y otras catástrofes 24. La negociación
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24. La negociación

Tenía trescientas once horas de material recuperado a cuarenta euros.

Tenía un edificio con la fachada abierta en canal, una comunidad con un expediente encima y un vídeo de cuarenta segundos que había visto media España y que él no había rodado.

Tenía, en una carpeta llamada «no», once minutos que había decidido no usar.

Y no tenía película.

Y esto no se entiende desde fuera, porque la gente de ese oficio cree que una película es lo que se graba y no lo es: una película es lo que se puede terminar.

Y en aquel disco duro había cinco semanas de vida de diecinueve personas sin un solo final, porque el edificio seguía en pie, la grieta seguía abierta, nadie había arreglado nada y aquello, contado tal cual, no se acababa: se interrumpía.

En la primera le dijeron que el vídeo viral era «un regalo». En la segunda le preguntaron cuándo entregaba.

—No hay final.

—Pues búscalo, Bruno.

Los dos señores

Llamaron al ático el lunes a las once de la mañana.

Antes pasó una cosa el sábado y que en aquel edificio no comentó nadie.

Herminio Rueda volvió de Sevilla a las cuatro y media de la tarde, subió al 2ºC, dejó la carpeta de gomas encima de la mesa y no bajó al portal en todo el fin de semana.

Rafi Cuenca lo había esperado en la estación a las tres y lo había traído en el Seat de su madre, y en los cuarenta minutos de vuelta le preguntó una sola vez qué tal, y Herminio contestó «bien», que en boca de un hombre que lleva diecinueve convocatorias no significa absolutamente nada.

Los resultados provisionales salían en enero.

Abrió y se encontró en el rellano a Federico Pardal con americana, corbata y una carpeta azul, y a Rafi Cuenca afeitado, con camisa y con zapatos, que era la primera vez que Bruno Salcedo veía a aquel hombre calzado.

—¿Podemos hablar con usted un momento? —dijo Federico—. Traemos una propuesta.

Pasaron. Se sentaron en el sofá los dos, muy rectos. Y Federico abrió la carpeta azul y sacó siete cartulinas tamaño folio, plastificadas, escritas a mano con rotulador negro y azul, con títulos subrayados dos veces y un número grande en la esquina superior derecha de cada una.

—Son siete puntos —dijo—. Le pido nueve minutos.

Bruno Salcedo, que en once años de oficio había visto pitches en Ámsterdam, en Málaga y en un hotel de Madrid con moqueta beige, se sentó enfrente y dijo que sí.

La cartulina uno se titulaba SITUACIÓN y tenía cuatro líneas: informe desfavorable; plazo para presentar proyecto, 21 de diciembre; presupuesto estimado de intervención, ciento veintiocho mil euros; capacidad económica de la comunidad, doce mil.

La cartulina dos se titulaba QUÉ HAY DEBAJO, y esa la explicó Rafi de pie.

Explicó lo del asiento diferencial. Explicó que la grieta no era la enfermedad, sino el síntoma, y que lo que había que abrir era el arranque de la medianera y el cuarto de contadores para ver si la culpa la tenía una fuga vieja de saneamiento, «que es lo que yo creo».

Explicó que aquello se arregla, que no es una ruina, que un edificio de 1962 con eso aguanta otros sesenta años si se le hace caso, y que el proyecto lo podía firmar él porque estaba colegiado y en vigor.

Lo dijo sin un papel delante. Bruno lo escuchó, y a mitad se dio cuenta de que estaba escuchando de otra manera: no como se escucha a un personaje, sino como se escucha a alguien que sabe.

—¿Y por qué no lo ha dicho antes?

—Porque antes yo no era nadie —dijo Rafi—. Pásele a la tres, Federico.

La cartulina tres se titulaba LO QUE LES OFRECEMOS.

Y lo que le ofrecían era esto: acceso total, sin condiciones, a la comunidad de propietarios del Edificio Girasol durante la ejecución de la obra.

Actas. Juntas. Presupuestos. La apertura del muro.

El picado. Lo que hubiera debajo, fuera lo que fuera.

Y la firma, delante de la cámara, de un proyecto que un hombre llevaba quince años sin atreverse a firmar.

La cartulina cuatro se titulaba LO QUE PEDIMOS y tenía una sola cifra.

—Ciento veintiocho mil euros —leyó Federico—. Menos los doce mil que tenemos nosotros. Ciento dieciséis mil.

—Eso no es una localización —dijo Bruno—. Eso es coproducir.

—Eso es lo que hay —dijo Rafi.

La cartulina cinco se titulaba CALENDARIO y era, con diferencia, la mejor de las siete: una tabla dibujada a mano con regla, con las semanas del 27 de octubre al 21 de diciembre, los hitos en azul y los plazos administrativos en rojo, y una nota al pie que decía sin margen .

La cartulina seis se titulaba RIESGOS y tenía cinco, numerados. El quinto decía: Que los vecinos no quieran .

Y la cartulina siete se titulaba GARANTÍAS, y aquí Bruno Salcedo tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír, no porque le pareciera ridículo, sino porque le pareció lo contrario.

Decía: La comunidad de propietarios de C/ Anunciación 7 se compromete a: 1. Facilitar el acceso en los términos pactados. 2. Celebrar las juntas en horario compatible con el rodaje. 3. No ocultar, tapar ni disimular ninguna lesión del inmueble bajo ningún concepto.

Y debajo, en letra más pequeña, subrayado dos veces:

Este punto 3 se propondrá a la junta como acuerdo de obligado cumplimiento y sustituirá al acuerdo de 3 de septiembre.

Bruno leyó aquello dos veces.

—¿El acuerdo del 3 de septiembre era el de no hacer nada ilegal todavía?

—Ese —dijo Federico—. Ese hay que quitarlo.

La llamada

Bruno llamó a la productora a las doce y veinte, con el manos libres puesto encima de la mesa y los dos hombres delante, en el sofá, sin moverse.

Contestó Marga, que es la ejecutiva, y a los cuatro minutos entró también alguien de la plataforma, y a partir de ahí la conversación se desarrolló en un idioma que Federico Pardal escuchó con la misma cara con la que había leído en septiembre las disposiciones del burofax.

Conviene reproducir algunas frases, porque el Cronista no sería honrado si las adornara.

Se dijo que la historia «tenía un potencial enorme».

Se dijo que el vídeo viral era «un activo de posicionamiento».

Se preguntó si había arco. Se preguntó, dos veces, si había antagonista, y cuando Bruno contestó que el antagonista era una grieta, hubo un silencio de tres segundos y alguien dijo que eso «había que trabajarlo».

Se dijo también, y esta es la frase que Rafi Cuenca ha repetido después en la barra del bar de la esquina unas cuarenta veces, siempre igual y siempre despacio:

—Nosotros buscamos verdad, pero aspiracional. Ruina, sí, pero que dé ganas.

Federico Pardal miró a Rafi. Rafi le hizo un gesto con la mano de que se estuviera quieto.

Y después de veinte minutos, la plataforma dijo que sí.

Dijo que sí con dos condiciones.

La primera: que hubiera un final rodable con fecha. No valía «cuando se acabe la obra». Tenía que haber un acontecimiento, un día concreto, un acto con la comunidad reunida, algo que se pudiera poner en un calendario de producción y en un tráiler.

Y la segunda la dijo Marga, sin ninguna maldad, leyendo de algún sitio:

—Y necesitamos a la señora. La del vídeo. Ella es lo que la gente quiere ver.

Bruno colgó a las doce y cuarenta y estuvo un momento sin decir nada, porque acababa de oír a alguien resumir en catorce palabras el único asunto de aquel edificio que él no sabía cómo se toca.

Federico Pardal, en cambio, no lo entendió.

—Bueno, pues eso está hecho. Con lo que le gusta a esa mujer salir.

—Federico —dijo Rafi.

—¿Qué?

—Que no está hecho.

Y le explicó, en la mesa del ático y delante del hombre que había montado aquel vídeo, lo que en aquella finca sabían tres personas: que Maruchi Ardales llevaba desde el 11 de octubre sin bajar al patio si no era imprescindible; que en la junta de la destitución había confesado con un vestido de estar en casa; y que si a aquella mujer se le pedía ahora que saliera en una película, lo que se le estaba pidiendo, se dijera como se dijera, era que volviera a ponerse delante de la misma cámara que le había hecho lo que le había hecho.

—¿Y usted cómo sabe todo eso? —dijo Federico.

—Porque duermo poco.

Se discutió cinco minutos quién bajaba a hablar con ella.

Federico se ofreció, alegando que él era el presidente, y a los treinta segundos se corrigió solo y dijo «el expresidente», y aquella corrección, dicha en voz alta y sin que nadie se la pidiera, fue lo más honrado que se oyó en aquel ático en toda la mañana.

Bajó Rafi. Bajó Federico con él, dos pasos por detrás.

Lo que le pasaba a Bruno

Cuando colgaron, los dos hombres del sofá se pusieron a hablar de fechas y de actas y de si el acto podía ser el sábado.

Y Bruno Salcedo se quedó en la silla, mirando la mesa, con una cosa que llevaba seis días encima y que aquella mañana, por fin, supo formular.

Él había venido a este edificio en septiembre a rodar la ruina de un país.

Tenía el tratamiento escrito. Once páginas. La ruina como personaje, los vecinos como presencias, sin protagonismo individual, luz natural, sin pintoresquismo. Y llevaba seis días viendo trescientas once horas de material en las que no aparecía nada de eso.

Lo que aparecía era esto.

Un barrio entero buscando un perro que no era suyo durante cuatro horas a cuarenta grados, cada uno por un motivo inconfesable y todos buscando.

Una señora de ochenta y cuatro años devolviendo al animal con una historia falsa y una croqueta.

Once vecinos empapelando una fachada con material robado para que no los multaran, y haciéndolo en turnos de cuarenta minutos porque dos de ellos no se hablaban desde 2016.

Un hombre con cascos de obra pidiendo veinte días de silencio.

Una chica grabando un patio vacío a las dos de la mañana durante nueve noches seguidas.

Y una mujer con un vestido de diario sentada en el albero, a las dos y media de la madrugada, con la pared de su casa abierta detrás y media España mirándola, doblando una sábana por la mitad a lo largo, alisándola con el canto de la mano, en tres pliegues y no en cuatro, como se dobla un traje que va a volver a usarse.

Nada de eso era la ruina de un país.

Todo eso era, y aquí es donde Bruno Salcedo se quedó sin tratamiento, gente negándose a serlo.

La embajada

Bajaron a la una y media y no subieron.

Se quedaron en el patio, debajo del balcón del 3ºA, porque la puerta no la abrió. Llamaron dos veces al timbre y a la tercera se abrió el balcón y salió ella con una rebeca por encima.

—Maruchi, ¿podemos subir?

—No.

—Es un asunto de la comunidad.

—Ya sé lo que es.

Estuvieron ocho minutos hablando así, ella arriba y ellos abajo, en el patio, delante de la pared desnuda, como se habla en este país desde que existen los balcones y las cosas importantes.

Rafi se lo explicó entero. La obra, el dinero, la plataforma, el acto del sábado, la firma. Y lo explicó bien, sin adornar, incluida la parte que le tocaba a ella: que hacía falta que saliera, que la querían a ella, que sin ella no había trato.

Maruchi Ardales lo escuchó apoyada en la barandilla, con los brazos cruzados encima de una toalla que tenía puesta ahí para no mancharse la rebeca de óxido.

Cuando él terminó, dijo tres frases.

—A mí no me han querido nunca. A mí me han necesitado dos veces: en el ochenta y nueve, hasta que dejé de convenir, y ahora.

—Maruchi...

—Que no, Rafi. Dile a ese señor que ya me ha grabado bastante.

Y cerró el balcón.

No lo cerró de golpe. Lo cerró despacio, que fue peor.

Cuatro y diez

Aquella noche Bruno Salcedo no se acostó.

A las nueve cenó de pie. A las once vio otra vez, por decimoséptima o decimoctava vez, los cinco minutos del sábado 27 de septiembre: el cambio de tarjeta, la pregunta hecha sin mirar, los cuatro segundos y medio de silencio, «yo no paré, a mí me pararon, que es distinto».

A la una abrió el premontaje de tres minutos cuarenta que llevaba desde octubre guardado en el escritorio.

Lo vio entero.

Después lo vio otra vez, sin sonido, que es como se mira una cara cuando uno quiere saber qué ha hecho.

Y a las dos y veinte de la madrugada, Bruno Salcedo hizo una cosa que en su oficio no se hace porque duele: cogió aquel montaje, el bueno, el que estaba muy bien hecho, el que tenía el rótulo perfecto y el contraste que era el hallazgo, y lo arrastró a una carpeta que ya tenía once minutos dentro y que se llamaba «no».

A las cuatro y diez creó un proyecto nuevo y volcó dentro las trescientas once horas.

En la casilla del título no escribió nada.