23. La ruina como activo
No se saludó nadie en el portal. Encarni bajó a las nueve y volvió a subir sin barrer.
Los Salguero salieron por la puerta de servicio, que no la usan nunca.
Don Aurelio se quedó en casa. Y a las diez y media, cuando pasó el del butano dando voces por la calle Anunciación como pasa todos los jueves, no le abrió nadie, cosa que en aquella finca no había ocurrido jamás.
La pared seguía desnuda.
Ese era el problema y ese fue el problema durante todo el otoño: que una comunidad puede votar una destitución, aprobar un acta y repartir culpas, y al día siguiente sigue teniendo veintiséis metros cuadrados de muro con una grieta abierta en diagonal mirándola desde el patio mientras tiende la ropa.
Rafi Cuenca bajó a la mercería a las once.
Chelo tenía la persiana a media altura y un café de puchero puesto desde las nueve, de ese que se hace en una olla y se cuela con un paño y que en aquel barrio se sigue tomando en las casas donde se tomó siempre. Le puso un vaso sin preguntarle.
Estuvieron media hora sin decir gran cosa.
—El de los seguros de la avenida vendió el local en el noventa y ocho —dijo Chelo de pronto, sin venir a cuento—. Ocho millones de pesetas. Su hijo lo alquiló el año pasado en mil doscientos al mes.
—Ya.
—Y la casa de los Berrocal, la del bar viejo, la compró un fondo. Sin ver por dentro. Por la fachada.
Rafi Cuenca dejó el vaso en el mostrador.
—Chelo, ¿tú a dónde vas?
—Yo no voy a ningún lado, hijo, que tengo sesenta y ocho años —dijo ella, colocando un cartón de botones—. Yo lo único que digo es que llevo cincuenta y un años aquí y que en este barrio lo único que ha subido de valor en treinta años es lo que se cae.
La caja
Aquella noche, Rafi Cuenca bajó al trastero a las dos y diez de la madrugada, encendió la bombilla y estuvo un rato de pie en el pasillo central, entre los electrodomésticos pequeños y la ropa de hotel.
Después apartó dos cajas, quitó el ventilador y sacó la de abajo, la que lleva desde 2011 cerrada con cinta de embalar y un rótulo escrito con rotulador grueso: DOCUMENTACIÓN.
La abrió con la navaja.
Dentro había una carpeta de plástico con la resolución del expediente, otra con la póliza y una tercera con la sentencia.
Había un juego de escuadras. Había un rollo de planos atado con una goma que se rompió al tocarla.
Y encima de todo, boca abajo, envuelto en un paño de cocina, un marco de cristal de treinta por cuarenta.
Lo sacó del paño y le dio la vuelta por primera vez en catorce años.
Era el título de arquitecto técnico de Rafael Cuenca Ruiz, expedido en 1994, con su sello y con su firma, y con una mancha de humedad en la esquina inferior derecha, porque un trastero de aquel edificio es un trastero de aquel edificio y allí no se salva nada.
Estuvo con él en las manos hasta las tres y veinte.
El viernes
El viernes 24 a las diez de la mañana llamó al 1ºD.
Federico Pardal abrió en jersey, sin afeitar, cosa que en aquel hombre es lo que en otro sería llegar tarde a un entierro. Detrás de él, en el salón, el ordenador estaba apagado y encima de la mesa había tres montones de papeles clasificados y una libreta cerrada.
Los tres montones eran esto, y conviene decirlo porque nadie de aquella finca lo supo nunca.
El primero, la documentación viva del expediente municipal, con las fechas de plazo apuntadas a lápiz en el margen.
El segundo, el archivo histórico de la comunidad desde 2018, ordenado por años, con separadores de cartulina hechos a mano.
Y el tercero, un juego completo de instrucciones escritas por él en cuatro folios, con letra de banco, que empezaba así: A la atención del próximo presidente.
Lectura de contadores: se hace el día 3.
La empresa del ascensor no coge el teléfono los lunes.
Llevaba desde el jueves por la mañana preparándole el relevo a un hombre que todavía no existía, porque la junta lo había destituido y no había nombrado a nadie, y porque a Federico Pardal no se le había ocurrido en ningún momento que aquello fuera motivo para dejar las cosas a medias.
—Vengo a contarle una cosa —dijo Rafi—. Y después vengo a proponerle otra.
Le contó lo primero de pie, en el recibidor, porque no se sentó ni se lo pidieron, y le costó siete minutos.
Le contó que era arquitecto técnico. Que tuvo estudio propio en la ciudad entre 1998 y 2010, con dos personas contratadas. Que trabajó sobre todo en rehabilitación, que era lo que le gustaba: edificios viejos, fincas de esas que hay que abrir para saber lo que tienen dentro.
Que en marzo de 2010 firmó la dirección de ejecución de la rehabilitación de un edificio protegido del centro.
Que el día de la inauguración, con el acto montado en la calle, con la banda, con las autoridades y con setenta u ochenta personas en la acera, se desprendió un fragmento de cornisa de la fachada principal, de unos cuarenta kilos, y cayó sobre el capó del coche oficial del alcalde, que estaba aparcado en doble fila y vacío.
Que no le pasó nada a nadie. Ni un rasguño. Ni a una persona.
Que el pleito duró cuatro años, que la responsabilidad se repartió entre tres, que a él le tocó una inhabilitación profesional de dos años y una indemnización que se comió el estudio, la casa y el coche.
Que la inhabilitación se cumplió en 2016.
—¿En 2016? —dijo Federico.
—En junio de 2016.
—Entonces usted lleva nueve años pudiendo trabajar.
—Sí.
Hubo un silencio en aquel recibidor.
—¿Y por qué no ha trabajado?
Y aquí Rafi Cuenca dijo la frase por la que ha merecido la pena escribir este capítulo, y la dijo mirando a la pared del pasillo, no a Federico, y sin ninguna solemnidad, como quien reconoce por fin una cuenta que llevaba años sin cuadrar:
—Porque yo no respetaba los procesos naturales del edificio, Federico. Yo los estaba velando.
La doctrina, por dentro
Conviene explicarlo, porque una doctrina que se cae hay que recogerla bien.
Durante catorce años, aquel hombre había sostenido delante de quien quisiera oírlo que arreglar es de ilusos; que un edificio viejo está en equilibrio y que tocarlo rompe el acuerdo; que él, no interviniendo, le ahorraba dinero a la comunidad; y que en la hoja de cálculo del presidente no había una casilla para lo que no había pasado.
Todo aquello era, punto por punto, verdad técnica.
Y todo aquello, a la vez, era la coartada más larga y mejor construida que se ha levantado en la calle Anunciación, porque un hombre que ha firmado una cosa que se cayó delante de ochenta personas no vuelve a firmar nada en su vida si encuentra una manera decente de no hacerlo.
Rafi Cuenca había encontrado una manera decente. La había convertido en filosofía, le había puesto nombre y se la había explicado a los vecinos en la cocina, con una cucharilla.
Y lo peor, o lo mejor, según se mire, es que en catorce años nadie de aquel edificio se la había discutido nunca, porque a una comunidad de propietarios española no hay que insistirle mucho para convencerla de que lo más sensato es no hacer nada.
El plan
Lo segundo se lo propuso ya sentados, con el café encima de la mesa y con los papeles de Federico apartados a un lado.
—Federico, el edificio no lo podemos esconder. Eso se acabó el martes. Media España lo ha visto por un móvil.
—Ya.
—Pues entonces hay que hacer lo contrario.
—¿Lo contrario de esconderlo?
—Venderlo.
Federico Pardal levantó la cabeza.
Y Rafi Cuenca, que llevaba catorce años sin proponer nada, expuso en veinte minutos y sin una sola nota el plan que iba a salvar aquella finca, y lo expuso con la misma lógica desatada con la que en septiembre había defendido la entropía comunitaria, solo que esta vez en la dirección correcta.
Punto uno: el edificio tiene un informe desfavorable, dos meses de plazo para presentar proyecto de intervención y una comunidad que no tiene el dinero. Eso no se arregla con una derrama, porque la derrama no la puede pagar ni la mitad de los vecinos.
Punto dos: en el ático de esa misma finca vive un hombre que lleva mes y medio buscando exactamente eso que la comunidad quiere tapar. Y detrás de ese hombre hay una productora, y detrás de la productora hay una plataforma, y las plataformas pagan por localizaciones, por derechos y por historias.
Punto tres, y este era el bueno: hasta ahora se le había ofrecido a aquel hombre un edificio. Había que ofrecerle otra cosa.
—¿Qué otra cosa?
—El final —dijo Rafi—. Se le vende el final. Nosotros tenemos una finca con una grieta, un expediente, una multa encima y dos meses para arreglarla o para que nos la cierren. Eso, contado, es una película. Y él tiene el dinero para que esa película tenga un final que no sea el precinto.
—Eso es venderle nuestra desgracia.
—Federico, nuestra desgracia es lo único que tenemos y encima ya la ha visto todo el mundo. Podemos regalarla o podemos cobrarla.
Bajaron a la mercería a las doce y media.
Chelo les puso café, bajó la persiana a media altura y les dio, sin que se lo pidieran, el corcho que llevaba desde el 9 de septiembre colgado detrás de la puerta con los alfileres clavados en la misma posición.
Federico sacó de la carpeta azul el folleto amarillo de la promotora, con las cuatro fachadas a plumilla y el patio en el centro.
Y volvieron a clavar los alfileres.
Solo que esta vez no había alfiler rojo, porque ya no había nada que tapar.
Alfiler blanco en el cuarto de contadores y en el arranque de la medianera, que es donde hay que picar para ver qué está pasando ahí abajo.
Alfiler verde en la fachada este, la pared desnuda, que a partir de aquel viernes dejó de ser una vergüenza y pasó a ser, en el idioma nuevo de aquellos dos hombres, «la localización».
Y un alfiler negro en el patio, otra vez, porque el patio, dijo Rafi, sigue siendo lo primero que mira todo el mundo.
—Nos hacen falta dos cosas —dijo, cuando terminó—. Y ninguna de las dos la tenemos.
—Diga.
—El del ático. Y la del tercero.
Federico Pardal se quedó mirando el folleto un rato largo.
—A mí me han destituido, señor Cuenca. Yo ya no represento a nadie.
—Usted lleva siete años representando a gente que no le ha dado las gracias ni una vez —dijo Rafi—. Un mes más no le va a matar.
Federico Pardal no contestó enseguida.
Se levantó, se acercó al corcho y estuvo un minuto largo mirando los alfileres, con las manos a la espalda, en la postura exacta en que se pone un hombre delante de un balance que no cuadra.
—Si esto sale mal —dijo—, el que firma soy yo. Otra vez.
—Si esto sale mal, esta vez firmo yo.
Federico se giró.
—¿Usted?
—Yo. Con nombre, apellidos y número de colegiado, que lo tengo en vigor desde 2016 y no lo he usado ni para un certificado de eficiencia energética.
Y entonces Federico Pardal hizo una cosa que llevaba siete años de presidencia sin hacer con aquel hombre, que fue sacarse el rotulador del bolsillo de la camisa, quitarle el capuchón, guardárselo y abrir la libreta.
—Empecemos por los plazos.
El sábado
El sábado 25 de octubre, a las seis menos veinte de la mañana, Herminio Rueda bajó al portal con una carpeta de gomas, una bolsa de tela y el DNI en la mano, para coger el autobús de las seis y diez a la estación.
En el portal, sentado en el escalón, estaba Rafi Cuenca, vestido, afeitado y con las llaves del Seat de su madre, que no se mueve del garaje desde 2019 y que él había arrancado a las cinco y media para asegurarse de que arrancaba.
—Que te llevo.
Herminio se quedó parado en mitad del portal, delante de la pared desnuda, con el DNI todavía en la mano.
—Si son veinte minutos en el autobús.
—Ya.
—Es que el examen es a las nueve.
—Por eso —dijo Rafi—. Sube.