22. La junta de la destitución
Venía del Colegio Oficial de Arquitectos. Constaba de página y media y estaba redactado con esa cortesía glacial de los documentos que anuncian que a partir de ahora esto lo lleva otro.
Dos párrafos más abajo aparecía una palabra que Federico Pardal había leído en su vida profesional unas cuatrocientas veces, siempre referida a otros: responsabilidad .
Se sentó en el escalón del portal, delante de la pared desnuda, con el papel en las dos manos.
Y a las nueve y media convocó junta extraordinaria para aquella misma tarde, a las siete, en el patio, y la convocó él, que es lo único de todo aquel asunto que después nadie le ha reconocido.
Precio de amigo desconocido
Aquella misma mañana, mientras Federico fotocopiaba el escrito, Bruno Salcedo recuperó su disco duro.
Se lo dijo Encarni, que se lo había oído a una prima que compra los lunes en el mercadillo y que había visto «un aparato negro con una lucecita» en el puesto catorce. Bruno bajó al entresuelo B a las once. Abrió la señora Angustias con el paño en las manos.
—Doña Angustias, creo que usted tiene una cosa mía.
—Yo tengo muchas cosas.
Estaba en el lote de tecnología seminueva, encima de una batidora, con su etiqueta de quince euros escrita a rotulador.
Se lo enseñó sin ninguna vergüenza, porque no la tenía y porque, en su sistema de valores, un objeto que aparece en la caja de las croquetas buenas sin dueño ni nombre es un objeto que la vida le ha puesto en las manos.
—¿Cuánto le debo?
—Cuarenta.
—Ponía quince.
—Ponía quince el lunes, hijo. Hoy es miércoles y ya sabemos que es tuyo. Eso sube.
Bruno Salcedo pagó cuarenta euros por su propio disco duro y subió al ático con él debajo del brazo.
Lo enchufó a la una. Estaba todo: las trescientas once horas, los bloques de septiembre, el rescate del perro, la verbena, las entrevistas. No faltaba ni un archivo.
Y estuvo cuatro horas seguidas mirando material, y a las cinco de la tarde tenía, ordenados en una carpeta nueva, once minutos de imágenes en los que se veía y se oía a los vecinos del Edificio Girasol contar, sin saber lo que contaban, exactamente cómo y por qué habían empapelado la fachada de su casa antes de una inspección municipal.
A las siete menos cinco bajó al patio con las manos vacías.
La junta
Se reunieron en el patio y no en la mercería, por dos razones que nadie tuvo que explicar: porque no cabían y porque estaba allí la pared.
Bajaron los diecinueve. Los diecinueve, por primera vez en siete años. Bajó hasta el matrimonio del 3ºC, que lleva desde 2020 sin ir a una junta y al que la mitad del edificio conocía solo de vista.
Se pusieron las sillas en semicírculo, mirando hacia la fachada este, de manera que durante las dos horas y diez minutos que duró aquello, todo el mundo estuvo hablando con veintiséis metros cuadrados de muro desnudo detrás de la cabeza del que hablaba, y con una grieta que subía en diagonal, abriéndose, hacia el primero.
Chelo se sentó a la derecha, con la libreta y la carpeta de gomas.
Federico Pardal leyó el escrito del Colegio entero, sin resumirlo, incluidos los pies de página.
Después dijo:
—Antes de que hable nadie, voy a leer tres documentos de la comunidad. Los tengo yo archivados y los he traído yo.
Y aquí es donde este libro tiene que ponerse serio un momento, porque lo que hizo aquel hombre en los ocho minutos siguientes no lo habría hecho ninguno de los presentes, y desde luego no lo habría hecho ninguno de los que a continuación levantaron la mano.
Leyó el acta de la junta del 3 de septiembre, con el acuerdo aprobado por unanimidad: no hacer nada ilegal todavía . Y leyó, porque estaba escrita en el margen y porque figuraba en el documento, la enmienda que nadie votó: y en horario diurno .
Se rió alguien al fondo. Fue una risa corta y se apagó sola.
Leyó el parte de la empresa de seguridad número 4471, del sábado 13 de septiembre, con la descripción del portal, la visibilidad reducida y la imagen religiosa de gran formato de reciente instalación.
Y leyó el informe de vigilancia nocturna del 26 de septiembre, firmado por Rafael Cuenca Ruiz, que constaba de una línea, y que él mismo había plastificado.
— Noches del 23 al 25: sin novedad —leyó Federico—. Sesenta euros.
Nadie dijo nada.
—Estos tres papeles los he archivado yo. El material lo compré yo, aunque no lo pagué yo. La operación la dirigí yo. Y el señor del ayuntamiento entró en esta casa el 6 de octubre y no lo recibí yo porque le di la mano a otro.
Se calló.
Y entonces empezó la junta.
Dos horas y diez minutos
No hace falta contarla entera. Basta con el orden en que salieron las cosas, que es lo que retrata a una comunidad de propietarios.
Lo primero que se discutió no fue el fraude.
Fue el dinero: cuánto iba a costar el expediente, si la multa la pagaba la comunidad o el presidente, y si eso iba en el coeficiente.
Los Salguero preguntaron dos veces si constaba en acta que ellos habían colaborado con la brigada teniendo el coeficiente más alto.
Lo segundo fue el ascensor, no se sabe por qué, y duró seis minutos.
Lo tercero fue Herminio Rueda, y duró cuarenta segundos.
Se levantó cuando llevaban una hora y cuarto y pidió la palabra levantando la mano como se pide en las oposiciones, con el codo apoyado.
—Yo solo quiero saber una cosa. El sábado tengo el examen. Es en Sevilla, a las nueve de la mañana, y salgo de aquí a las seis. ¿Va a haber obras la semana que viene?
Se hizo un silencio raro, de esos en los que la gente entiende de golpe que la conversación que están teniendo tiene fuera a una persona.
—Herminio —dijo Federico—, la semana que viene esta comunidad va a tener un expediente sancionador.
—Ya. Pero obras no.
—Obras no.
—Vale. Gracias.
Y se sentó. Y estuvo el resto de la junta con el temario en las rodillas, sin abrirlo, mirando la pared como todos los demás, y a nadie de aquel patio se le ocurrió preguntarle por el examen, ni desearle suerte, ni acordarse el sábado.
Lo cuarto fue Rafi Cuenca.
Lo sacó Encarni y lo sacó entero: que llevaba catorce años sin pagar cuota; que en septiembre había cobrado veinte euros por noche por vigilar un patio; que en aquel patio, según se había visto en un vídeo que había visto media España, no se vigilaba nada; y que el material con el que se había empapelado la finca había salido, y esto lo dijo mirando al entresuelo, «de donde todos sabemos».
Rafi Cuenca escuchó aquello de pie, en el sitio de siempre, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Tiene usted algo que decir? —dijo Federico.
—Que la grieta lleva ahí desde antes que ustedes y que yo —dijo—. Y que el papel no la hizo.
—No es eso lo que se le pregunta.
—Ya sé lo que se me pregunta. Y le contesto que sí: cobré sesenta euros y no vigilé nada. Póngalo en acta.
Chelo lo puso en acta.
Y lo quinto fue Maruchi Ardales.
La confesión
Ella no esperó a que la sacaran.
Se levantó a las ocho y cuarto, cuando todavía se estaba hablando de otra cosa, y se puso de pie delante de la pared, que era el peor sitio del patio para ponerse y el único desde el que se la veía entera.
Llevaba un vestido de diario. Eso lo notó Inma desde la puerta y no lo notó nadie más: su madre bajó a aquella junta con un vestido de estar en casa.
—Fui yo —dijo—. Lo del agua fui yo, y lo de la sábana también.
Se hizo el silencio más completo que se ha hecho en aquel patio.
—Empecé el 13 de septiembre y lo dejé el mes pasado.
Bajaba a las dos y cuarto, cuando termina la tertulia.
Le eché agua a la pared del portal, a la del entresuelo y, hasta primeros de octubre, a la del patio.
Con una regadera de plástico de las de dos litros y medio.
Me ponía una sábana por encima porque me daba menos vergüenza que si me veían con la cara.
—¿Por qué? —dijo Federico.
Y Maruchi Ardales contestó lo único que se puede contestar cuando se ha llegado a ese punto, que fue la verdad y que fue, además, la verdad ordenada:
—Porque me hacía ilusión que aquí viniera a rodar alguien —dijo—. Y a mí ya no me hace ilusión casi nada.
Nadie se rió. Y hay que decir que en aquel patio, y con aquella gente, y a aquellas horas, había materia de sobra para reírse.
Encarni empezó a decir algo y se calló ella sola.
Don Aurelio se bajó el audífono, que es lo que hace él cuando algo le da apuro.
Yoli miró al suelo. Y la señora Angustias, que aquella tarde llevaba días de tour del ente vendidos a las señoras del mercadillo por tres euros con croqueta, no abrió la boca ni la volvió a abrir en toda la noche.
Bruno Salcedo, sentado en la tercera fila con las manos vacías, tenía en el ático once minutos de material que habrían dejado a aquella comunidad a la altura del barro, y una película entera, y a las ocho y veinte de aquella tarde tomó, sin que nadie se enterara y sin decírselo a nadie hasta un mes después, la primera decisión honrada de todo el rodaje: no iba a usar ni uno solo de aquellos once minutos.
La votación
La destitución se propuso a las ocho y cuarenta y la propuso el señor Salguero, del 4ºA, con una fórmula que había redactado en un papel y que leyó: pérdida de confianza en la presidencia por la gestión del expediente municipal y por las actuaciones realizadas sin acuerdo de junta.
Se votó a mano alzada.
Doce a favor. Tres en contra. Cuatro abstenciones.
En contra votaron Rafi Cuenca, don Aurelio y Chelo, que no tenía derecho a voto porque no es propietaria y que levantó la mano igual, y a nadie se le ocurrió decirle nada.
Federico Pardal escuchó el resultado de pie, dio las gracias y dijo que hasta el nombramiento del nuevo presidente seguiría en funciones a efectos de notificaciones, porque el expediente estaba abierto y alguien tenía que recoger el correo.
Fue una frase administrativa. Fue también la única manera que tenía aquel hombre de decir lo que estaba sintiendo.
La puerta
La junta se levantó a las nueve y diez.
Y cuando la gente empezaba a recoger las sillas, Inma Ardales, que llevaba dos horas de pie en la puerta del patio con el bolso al hombro porque entraba a las diez, dijo desde allí, sin levantar la voz y sin que nadie le hubiera dado la palabra:
—Yo me voy a Sevilla.
Se giraron ocho o nueve personas.
—Lo digo por lo de la derrama, y por si hay que repartir algo. El 31 tengo que contestar y voy a contestar que sí. En enero ya no vivo aquí.
No dijo más. Se fue al hospital.
Y Maruchi Ardales, que estaba en el centro del patio con un vestido de estar en casa y con veintiséis metros de pared desnuda detrás, no se recolocó el pendiente.
Esa noche no se lo tocó ni una vez.
El capuchón
A las nueve y media no quedaba nadie.
Habían recogido las sillas, habían apagado la luz del patio y se habían ido subiendo por parejas, hablando en voz baja, que es como se sube una escalera cuando se acaba de hacer una cosa que a todos les parece justa y a ninguno le sienta bien.
Chelo se quedó la última, con la libreta cerrada debajo del brazo.
—¿Levanto acta, Federico?
Federico Pardal se sacó el capuchón del bolsillo de la camisa, lo encajó en el bolígrafo y se lo guardó.
—Ya no soy nadie para pedírtelo.