Vecinos y otras catástrofes 21. Directo
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21. Directo

Recetas de freidora de aire, sobre todo.

Boniato, garbanzos con especias, muslitos de pollo, la tortilla que se hace sin aceite y que no se parece a una tortilla.

Después, desde septiembre, la finca: el papel pintado desenrollándose, las manos con la brocha, Paranormal Girasol, la verbena de los farolillos.

Mil ciento cuarenta y una publicaciones en seis años y ocho meses. Dos mil novecientos ochenta seguidores. Una media de once comentarios por vídeo, de los cuales entre tres y cinco estaban escritos en un alfabeto que ella no sabía leer.

Sabían que grababa. Eso lo sabían todos y lo comentaban. Pero nadie de aquel portal, en seis años, le había preguntado cuánto ganaba con eso, ni si vivía de eso, ni por qué lo hacía, ni qué quería llegar a ser.

Ella se dedica a atención al cliente en una empresa de seguros, de nueve a seis, por teléfono, y sale de trabajar con la voz gastada de decir cuarenta veces al día que lo entiende perfectamente y que lo va a mirar.

Lo de la cuenta lo empezó en 2019, cuando se mudó al 4ºB, y lo empezó por una razón que no le ha contado a nadie de aquel edificio y que tampoco es ningún misterio: porque en una casa donde se vive sola, publicar es una manera de decir en voz alta que uno ha hecho algo aquel día.

Los primeros cuatro meses colgó fotos de la comida. Después descubrió que si movía las manos delante del plato, la gente se quedaba más rato. Y después, ya en septiembre de 2025, descubrió lo que descubre todo el que graba: que las personas son mucho más interesantes que los boniatos.

En su móvil, aquella noche, había cuatro carpetas: «recetas», «obra», «paranormal» y una cuarta que se llamaba «para nada» y en la que guardaba planos sin publicar. En «para nada» había, entre otras cosas, veintidós segundos de una señora bajando una escalera con un perro atado a una sábana.

El directo

La noche del 20 al 21 de octubre, Vane bajó al patio a la una y media de la madrugada a hacer un directo.

Llevaba nueve noches queriendo hacerlo. El tema era bueno y era suyo: en su bloque había desaparecido el disco duro de un director de cine, se había hecho un registro casa por casa, no había aparecido, y ella tenía en el móvil una carpeta llamada «obra» con material de cinco semanas que no había publicado porque había dado su palabra.

Bajó con el pie de luz apagado, se sentó en el escalón del arranque de la escalera, se puso los auriculares y le dio a empezar a la una y treinta y ocho.

Entraron cuatro personas.

A los diez minutos, once. A los veinte, treinta y dos, que para un directo de aquella cuenta a esas horas es un éxito.

Y Vane, que hablaba en voz baja para no despertar a nadie, con la cara iluminada por la pantalla y el patio a oscuras detrás, estuvo cuarenta minutos contando la historia entera: el hombre del ático, el perro, el papel pintado, el fantasma, el registro, la señora que le vendió tres cosas a un extraño, todo.

Lo contó bien. Lo contó, de hecho, mucho mejor de lo que ella creía que sabía contar las cosas, y hubo un momento, sobre las dos y cinco, en que una chica de Albacete escribió en los comentarios «tía esto es una serie» y a Vane se le puso una cosa en el pecho que no tenía que ver con los números.

A las dos y catorce se abrió la puerta de la escalera de servicio.

Lo que se vio

Otra vez hay que contar dos cosas a la vez, y esta es la última.

En la pantalla del móvil de Vane, en directo, para treinta y dos personas y las que fueron llegando, se vio lo siguiente: una figura blanca que sale de una puerta al fondo de un patio a oscuras, avanza tres metros muy despacio con el brazo derecho levantado a media altura y se detiene en el ángulo del fondo.

En el patio del Edificio Girasol, en cambio, lo que había era una mujer de sesenta y cuatro años despidiéndose.

Maruchi Ardales había bajado aquella noche por última vez y había bajado a eso: a cerrar.

Sin regadera. La regadera no la llevaba, y ese es el detalle que nadie ha entendido nunca de aquella noche, ni siquiera los que la vieron: no iba a mojar nada.

Llevaba la sábana de matrimonio con la inicial bordada, sujeta con las dos pinzas en la nuca, y bajó al ángulo del fondo del patio, se colocó donde se coloca uno cuando sabe que ya no va a volver a colocarse, y estuvo un minuto largo de pie, sin hacer nada.

Un bolo de despedida no se hace por el público. Se hace porque hay cosas que no se pueden dejar a medias.

El contador del directo pasó de treinta y dos a ciento cuarenta en cuarenta segundos.

Vane no dijo nada. Estaba con el móvil levantado y la boca abierta, y en los comentarios corría todo a la vez —«NO ME LO CREO», «ES EL FANTASMA», «esto está preparado», «tía sube el brillo»— y ella no leía ninguno.

A las dos y dieciséis, Herzog salió por la misma puerta.

Los once segundos

El perro no ladró.

Eso lo dicen todos los que lo vieron después, en el vídeo, mil veces: el animal no ladró ni una vez. Salió al patio, levantó la cabeza, la bajó, olfateó dos veces el aire y se lanzó en línea recta hacia la figura blanca del fondo con esa alegría insoportable de los perros que reconocen algo.

Reconocía la tela. La había olfateado de arriba abajo el lunes 8 de septiembre, atado a ella durante cuarenta minutos, y la había estado buscando en el suelo de aquel patio ida y vuelta, tres veces, la noche del 24.

Maruchi Ardales lo vio venir y retrocedió.

Retrocedió dos pasos, que fueron los dos pasos que la separaban del paño de la fachada este, y el perro le puso las dos manos en el pecho, contento, como se le ponen las manos encima a alguien a quien uno quiere, y ella se echó hacia atrás y buscó la pared con la mano.

Lo que encontró no fue pared. Fue papel.

Y el papel color hueso con rombos en relieve del verano del Mundial, pegado el 13 de septiembre con engrudo de harina y agua sobre un muro que llevaba sesenta y tres años sin secarse del todo, y remojado desde entonces por dos meses de humedad y por las lluvias del 15 y el 16 de octubre, se despegó entero.

No se rasgó. Eso es lo raro y eso es lo que hizo que aquello se viera diez millones de veces: no se rompió en trozos.

Se despegó de una pieza, desde el zócalo hasta la altura del primero, veintiséis metros cuadrados de papel bajando despacio como baja un telón mal colgado, y arrastró consigo la mitad de la pintura de 2007 y una nube de polvo blanco que en el vídeo, con la luz del móvil, parece niebla.

Maruchi cayó sentada en el albero, con la sábana por encima y el podenco encima de la sábana.

Y detrás, donde había habido veintiséis metros de papel liso durante treinta y ocho días, apareció la pared del Edificio Girasol.

La grieta

Se veía con toda claridad. Esa es la desgracia.

Se veía en el vídeo de Vane, en directo, con la luz del móvil dando de lado, que es la peor luz que puede darle a una pared si uno quiere disimular algo y la mejor si quiere enseñarlo: una línea oscura que arrancaba abajo, en el encuentro del muro con la medianera, y subía en diagonal hacia arriba y hacia la derecha, abriéndose conforme subía, con dos ramificaciones cortas a la altura del primero y con los bordes desconchados y limpios de polvo, que es lo que le pasa a una grieta viva.

Exactamente donde un hombre en chanclas la había descrito a oscuras, con la mano puesta en un cuarto de contadores, diecinueve días antes.

El contador del directo, a las dos y diecinueve, marcaba mil ochocientos.

Lo que hizo Vane

Y aquí es donde esta historia le debe algo a Vane del 4ºB, y conviene decirlo, porque después nadie se lo reconoció.

A las dos y diecinueve, con mil ochocientas personas mirando y los comentarios subiendo tan deprisa que ya no se leían, Vane bajó el móvil.

No cortó el directo, porque no se le ocurrió, y esa es la razón de que existan cuarenta segundos de audio en los que no se ve más que el suelo y se oye a una chica decir «espera, espera», y unos pasos, y después:

—Maruchi. Maruchi, ¿estás bien?

—Estoy bien.

—No te levantes.

—Quita al perro, hija.

—Espera.

—Que quites al perro.

Y después, muy cerca del micrófono, sin que se vea nada, la voz de una mujer mayor diciendo una sola frase que aquella madrugada oyeron mil ochocientas personas y a la mañana siguiente, cuarenta y siete mil:

—No me grabes la cara.

El directo se cortó tres segundos después.

El patio a las dos y media

Salió el edificio entero, que a esas horas quiere decir once personas en bata.

Bajó Encarni. Bajó don Aurelio con el audífono puesto del revés.

Bajó Yoli con la niña en brazos porque no tenía a quién dejársela.

Bajó Herminio, que llevaba cuatro días sin dormir por el examen y que aquella noche, cuando por fin conseguía algo parecido al sueño, oyó caer veintiséis metros cuadrados de papel a doce metros de su ventana.

Bajó Bruno Salcedo descalzo otra vez.

Y bajó Rafi Cuenca, que fue el único que no miró a la señora sentada en el suelo con el perro encima, porque fue derecho a la pared.

Se plantó delante, a un metro. Levantó la mano a la altura del hombro y no llegó a tocarla. Estuvo así, con la mano en el aire, siguiendo con los dedos y sin apoyarlos el recorrido de aquella línea desde el zócalo hasta el primero, como quien lee un renglón que ya se sabe.

Federico Pardal llegó el último, con el pijama y las zapatillas de casa, y se paró a su lado.

—Rafi.

—Ya.

—¿Eso es lo que yo creo?

—Eso es lo que yo le dije en septiembre que era.

—Usted no me dijo nada en septiembre.

—Se lo dije mirando la pared. Otra cosa es que no me preguntara.

Y Bruno Salcedo, mientras tanto, estaba en mitad del patio, quieto, mirando dos cosas por turnos: la pared, que era la mejor imagen que había visto en su vida y que no había grabado, y la sábana blanca del suelo, que Maruchi Ardales acababa de recoger y estaba doblando por la mitad a lo largo, con el canto de la mano, sentada todavía en el albero.

Le costó unos segundos.

Después entendió, todo a la vez y en el orden equivocado, tres cosas: que el fantasma que llevaba cinco semanas persiguiendo con dos focos y una cámara era su vecina del tercero; que aquella mujer había estado bajando de madrugada a mojar una pared que él quería que se cayera; y que la había estado grabando a ella durante mes y medio sin haber entendido nada de lo que tenía delante.

No dijo nada. Se acercó, le ofreció la mano para levantarse y ella se levantó sola.

La mañana

A las nueve de la mañana del martes 21 de octubre, el vídeo tenía cuarenta y siete mil reproducciones.

A las once, ciento diez mil. Lo había cogido una cuenta de sucesos, después una de cosas de vecinos, después dos programas de televisión que llamaron aquella misma tarde a un número que no sabemos cómo consiguieron.

En los comentarios había gente discutiendo si era un montaje, gente riéndose, gente diciendo que aquello era España entera en cuarenta segundos, gente pidiendo que se identificara a la señora y gente, bastante, insultándola.

Y a las diez y cuarenta de aquella misma mañana, mientras el vídeo corría, el cartero —el interino, el de siempre— entregó en el buzón de la comunidad un sobre del ayuntamiento con el informe de la inspección técnica del inmueble sito en calle Anunciación 7.

Calificación: desfavorable .

Plazo para presentar proyecto de intervención: dos meses.

Y en el apartado de observaciones, copiada de la libreta de don Vicente Ordóñez tal como la escribió el 6 de octubre, una frase de veintiuna palabras que Federico Pardal leyó de pie en el portal, delante de la pared desnuda, con el sobre en las dos manos:

Un residente facilita el acceso y manifiesta que el revestimiento se ha instalado para tapar las lesiones.

Vane del 4ºB llevaba seis años y ocho meses pidiéndole a la gente que mirara.

Aquella mañana había cuarenta y siete mil personas mirando su bloque.

No volvió a publicar en dieciséis días.