Vecinos y otras catástrofes 20. El disco duro
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20. El disco duro

Bruno Salcedo tardó dieciséis horas en darse cuenta.

Volvió a las tres y media. Comió. Se sentó a volcar la tarjeta.

Y a las cuatro y veinte de la tarde, en el patio del Edificio Girasol, once vecinos oyeron una voz de hombre gritando desde un quinto piso una palabra que en aquel edificio no se había oído nunca dicha así, con esa clase de desesperación, y que fue:

—¡El disco!

Bajó descalzo. Ese detalle lo recuerdan todos y lo cuentan siempre, porque en la calle Anunciación un hombre puede bajar al portal en calzoncillos, en chanclas o con la camiseta del revés, pero descalzo no baja nadie: descalzo se baja cuando de verdad se ha perdido algo.

—Me han robado el disco. El disco duro. Estaba en la mesa. Estaba anoche en la mesa.

Y a partir de ahí estuvo diecisiete minutos hablando en un idioma que aquel patio no entendía.

Dijo «trescientas once horas». Dijo «no hay copia, la copia estaba en el mismo disco, tengo el proyecto entero ahí».

Dijo «material irrepetible». Dijo «los bloques de septiembre, el rescate del perro, las entrevistas».

Dijo, en un momento, «me han robado un año de mi vida», y lo dijo de pie en el centro del patio, con los brazos abiertos y sin zapatos, y no había en aquella escena ni una sola cosa que no fuera verdad.

Los vecinos lo escucharon con una pena sincera y con una incomodidad creciente que no tenía nada que ver con el disco.

Porque mientras aquel hombre enumeraba lo que llevaba dentro aquel aparato, en el patio del Girasol había once personas haciendo, cada una por su cuenta y sin mirarse, exactamente la misma cuenta.

La cuenta que hicieron todos

Un disco duro con trescientas once horas de grabación de aquella finca, tomadas entre el 4 de septiembre y el 11 de octubre, contiene, con toda seguridad y sin que nadie sepa en qué minuto:

A Encarni explicándole a una cámara, el 22 de septiembre, que en la finca «habían tapado unas cosillas».

A don Aurelio contando, con el audífono a tope, que él en septiembre había subido cajas en el ascensor «para lo de la inspección».

El portal antes del papel y el portal después del papel, que es lo que en cualquier procedimiento del mundo se llama un antes y un después.

A la señora Angustias vendiéndole tres cosas a un señor de fuera.

Y, en algún punto de esas trescientas once horas, lo que cada uno de aquellos once vecinos había dicho delante de un extraño con la cámara encendida durante cinco semanas, creyendo que aquello era una película bonita sobre un edificio.

Ese es el problema de un archivo ajeno: no es lo que tiene. Es que no se sabe.

Federico Pardal, que estaba a metro y medio con la carpeta azul debajo del brazo, lo entendió antes que nadie y peor que nadie, porque él era el único de aquel patio que había firmado cosas.

—Habrá que buscarlo —dijo.

El registro voluntario y fraternal

La operación se organizó el domingo a las seis de la tarde en la mercería, con la persiana a media altura, y se le puso ese nombre porque Federico Pardal se pasó cuarenta minutos buscando uno que no fuera «registro» y no lo encontró.

Tenía tres reglas, que se leyeron en voz alta:

Que era voluntario, de modo que quien no quisiera abrir la puerta no la abría, y no pasaba nada, aunque constara.

Que era fraternal, de modo que no se abrían armarios: se abría la puerta, se pasaba, se miraba lo que estuviera a la vista y se salía.

Y que iban dos personas por piso, nunca una, «para evitar suspicacias», expresión que Chelo apuntó en el acta con una letra tan pequeña que casi no se lee.

Se hizo el domingo por la noche, de nueve a once y cuarto, y participaron catorce vecinos.

Hubo tres incidencias dignas de acta.

En el 2ºC, Herminio Rueda no abrió a la primera.

Abrió a los cuatro minutos, con los cascos puestos y el cronómetro del móvil en la mano, y explicó desde el quicio que estaba en mitad de un simulacro de sesenta preguntas, que le quedaban veintiuna y que si entraban ahora tenía que empezarlo entero al día siguiente.

Se acordó volver a las diez y diez. Se volvió a las diez y diez.

El registro del 2ºC duró cincuenta segundos, porque en aquella casa no hay nada: hay temario.

En el 4ºB, Vane abrió con la luz de aro encendida y puso una condición inversa a todas las anteriores: que la grabara ella.

Federico dijo que aquello no era espectáculo.

Vane contestó que un registro voluntario y fraternal grabado es transparencia y sin grabar es allanamiento, distinción que dejó al presidente de la comunidad callado cuatro segundos y medio y que Chelo apuntó en el acta sin comentarios.

Y en el ático, cuando ya bajaban, Bruno Salcedo les pidió que registraran también su casa.

—¿La suya?

—La mía. Si registran a todos y a mí no, mañana alguien va a decir que me lo he escondido yo para cobrar un seguro.

Entraron. Miraron. No había nada. Y aquel hombre, que llevaba mes y medio viviendo allí, se quedó quieto en su propio salón mientras cinco vecinos le miraban los estantes, y no dijo ni una palabra, y fue la primera vez que alguien de aquella finca pensó que a lo mejor el del ático no era tan de fuera.

No apareció el disco. Aparecieron, en cambio, y consta en el acta de aquella noche, las siguientes cosas: en el 2ºA, cuatro cajas de azulejos de una reforma de 2019 que Encarni juraba haber devuelto; en el 4ºA, un carro de la compra de la comunidad desaparecido en 2021; y en el rellano del cuarto, un cuadro de la escalera que llevaba dieciocho años colgado del revés y que nadie había advertido hasta que catorce personas subieron juntas mirando las paredes.

Y hubo dos alegaciones procesales que merecen quedar recogidas.

La primera la formuló Encarni, del 2ºA, cuando le tocó abrir.

Dijo que ella no podía haber subido a un quinto piso a las tres de la mañana, y no por la edad, sino por el ascensor, «que a mí no me sube y todo el mundo lo sabe», argumento que en cualquier tribunal de este país habría sido desestimado y que en el Edificio Girasol se aceptó sin discusión, porque allí el ascensor es una autoridad reconocida.

La segunda no la formuló nadie, porque no hizo falta.

Rafi Cuenca había pasado la noche del sábado al domingo, como casi todas desde finales de septiembre, en la tumbona del patio, tapado con la manta de cuadros.

Y la cámara número dos, que apunta al paño de la fachada este y coge la tumbona entera, lo tenía grabado allí desde las doce y cuarenta hasta las siete y diez de la mañana, con la nitidez que ya se ha dicho y con fecha de 14 de marzo de 2011.

Federico lo comprobó él mismo el lunes, y tardó una hora y cuarenta minutos en encontrar el fragmento por el sistema de ir pasando a mano por un calendario equivocado.

—Está usted limpio —le dijo.

—Ya lo sabía.

El lunes por la mañana

El lunes 13, a las diez y media, Bruno Salcedo entró en la mercería y se sentó sin que nadie le ofreciera la silla.

Llevaba la misma camiseta del día anterior. Chelo le puso un vaso de agua en el mostrador y no le preguntó nada, que es lo que hace ella cuando ve entrar a alguien en ese estado.

—¿Usted cree que ha sido alguien de aquí?

—Yo creo que en esta calle no se pierde nada —dijo Chelo—. Se cambia de sitio.

—Es que no lo entiendo. Yo he sido educado. Yo no he grabado a nadie sin permiso. Yo lo único que he hecho aquí es interesarme por esta gente.

Chelo estuvo un momento colocando un cartón de botones que no hacía ninguna falta colocar.

—¿Usted les ha enseñado a ellos lo que ha grabado?

—Todavía no.

—Pues eso.

Bruno Salcedo levantó la vista, no entendió lo que le acababan de decir y se bebió el agua.

Y aquí conviene dejar constancia de una cosa, para que después no haya reproches: Chelo llevaba desde el sábado por la noche con un dato en la cabeza.

Había visto, desde la puerta de la mercería y a las tres y diez de la madrugada, mientras cerraba el candado de la persiana, una luz encendiéndose en el hueco de la escalera y bajando después, tramo a tramo, hasta el tercero.

No dijo nada. No lo dijo entonces, no lo dijo aquel lunes y no lo dijo hasta que se lo preguntaron bien.

La cadena

Lo que había pasado con el disco duro, y que no se supo hasta mucho después, fue esto.

El domingo 12 a las nueve y media de la mañana, seis horas después de cogerlo y cinco antes de que nadie lo echara en falta, Maruchi Ardales bajó al entresuelo B con una bolsa de tela y llamó a la puerta con los nudillos, que es como hay que llamar allí.

Abrió Rafi.

—Necesito que me guarde esto.

—¿Qué es?

—Eso no toca.

Rafi Cuenca miró la bolsa. Después la miró a ella.

Los términos del acuerdo verbal cerrado en el cuarto de contadores nueve noches antes se aplicaron aquí por primera vez, porque aquella mañana se aplicó por primera vez y funcionó exactamente como estaba previsto: él no había visto nada, ella no había oído nada, y ninguno de los dos preguntaba.

—¿Es de esta casa?

—No.

—¿Es de una persona?

—Es de una persona.

—¿Le ha hecho esa persona algo?

Maruchi Ardales se quedó un momento callada en el rellano del entresuelo, con la bolsa en las dos manos.

—Sí —dijo.

Y Rafi Cuenca, que llevaba catorce años sin firmar nada, sin comprometerse con nadie y sin hacer un favor que no cobrara, cogió la bolsa.

Lo escondió a las diez menos cuarto en el sitio que le pareció más seguro de toda la finca, que no era su trastero, porque su trastero es lo primero que registraría cualquiera con dos dedos de frente, sino el altillo de la cocina de su madre, dentro de la caja de galletas de hojalata donde la señora Angustias guarda lo que ella llama «las croquetas buenas», que es un decir, porque en esa caja no ha habido nunca una croqueta.

En esa caja hay: la cartilla de la Caja Postal de su marido, tres fotografías, una carta, un juego de llaves de una casa del pueblo que ya no existe y un sobre de papel de estraza con recortes de periódico de los años dos mil, doblados en cuatro, en los que se habla del estudio de un aparejador joven de la zona que había firmado la rehabilitación de dos edificios protegidos.

Rafi Cuenca metió el disco duro encima del sobre, cerró la caja de hojalata, la subió al altillo y se fue a desayunar.

Su madre encontró la bolsa el lunes por la mañana a las siete y diez, mientras preparaba el carrito para el mercadillo.

La señora Angustias

Aquí no hay misterio ninguno y no conviene adornarlo.

La señora Angustias Cuenca abrió la caja de las croquetas buenas, que es suya, encontró un aparato negro del tamaño de un libro, con su cable, y no reconoció en él nada de lo que había en su vida.

Lo miró por los dos lados. Buscó una marca. Lo sacudió un poco.

Y después hizo lo que lleva haciendo cincuenta y un años con todo objeto que aparece en su casa y no tiene dueño evidente, que es meterlo en el lote.

El lote de aquel lunes se llamaba, en la libreta donde ella apunta lo que saca, «tecnología seminueva», y llevaba: un microondas sin cable, una radio de cocina, dos cargadores universales, una batidora, una caja de cintas de casete de Los Chunguitos y de Los Chichos que le habían dado en un traslado, y un aparato negro con una luz.

Salió de casa a las siete y media, como todos los lunes.

A las nueve menos cuarto tenía el puesto montado en el mercadillo, en el número catorce, entre el de la fruta y el de las plantas.

Y a las nueve, el archivo completo del rodaje de Bruno Salcedo —trescientas once horas de material, cinco semanas de la vida de diecinueve personas, un edificio empapelado en fraude, una comunidad entera hablando delante de una cámara y cinco minutos de una mujer contando por qué la apartaron en el ochenta y nueve— estaba a la venta en una mesa de camping.

Con una etiqueta escrita a mano con rotulador negro que decía: 15 €.