Vecinos y otras catástrofes 19. La verbena de la victoria
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19. La verbena de la victoria

La idea de la verbena fue de la señora Angustias y se la vendió a Federico Pardal con un argumento que aquel hombre no supo rebatir: que le habían quedado del verano cuatro cajas de farolillos de papel y que los farolillos, guardados de un año para otro, se pican.

La condición la puso Herminio Rueda desde el segundo escalón, con el temario debajo del brazo y sin necesidad de levantar la voz, porque le bastó con recordar que le quedaban catorce días: música hasta las doce, ni un minuto más; nada de altavoz grande; y el equipo, en el rincón de la escalera de servicio, que es el punto del patio más lejano a su ventana.

Se cumplió lo tercero.

Nueve de la noche

El patio del Edificio Girasol, la noche del 11 de octubre de 2025, estaba precioso.

Cruzaron los farolillos en dos diagonales, de la barandilla del primero al tendedero del cuarto, y los encendieron a las nueve menos cuarto, cuando todavía había luz, que es el peor momento para encender unos farolillos y el momento en que los enciende siempre todo el mundo en este país.

Pusieron dos mesas de camping con hules y encima cuatro fuentes de croquetas, una tortilla de la mujer de don Aurelio que murió en 2011 y cuya receta ejecuta él con una fidelidad que no discute nadie, tres bandejas de embutido, un bizcocho de Yoli y siete botellas.

Encarni bajó una radio.

Los Salguero bajaron sillas y, cosa que se comentó durante semanas, las pusieron al lado de las de Encarni sin que nadie se lo pidiera y sin decir nada, en un armisticio de una sola noche del que ninguna de las dos partes ha querido hablar nunca.

Vane retransmitió desde las nueve y cuarto, con el móvil en horizontal y un pie de luz que se había comprado con lo que le habían dado por dos colaboraciones.

Aquella noche llegó a dos mil novecientos ochenta seguidores, y el vídeo del patio con los farolillos, la música de fondo y once vecinos aplaudiendo un brindis fue lo más visto de aquel canal hasta el día 21.

Bruno bajó a las nueve y media con la cámara pequeña y la dejó apoyada en una silla, encendida, sin trípode. Estuvo casi todo el rato hablando con don Aurelio, que le contó la historia de la tortilla, y con la señora Angustias, que le vendió tres cosas.

Y a las diez menos veinte, Federico Pardal dio el brindis.

Se subió al primer escalón, que era la altura justa, se puso la mano en el bolsillo donde estaba el capuchón y dijo lo siguiente:

—Quiero agradecer a los vecinos su colaboración en las labores de acondicionamiento realizadas entre el 10 y el 30 de septiembre.

La inspección se desarrolló, en mi opinión, de manera satisfactoria.

Conviene, no obstante, no anticipar conclusiones hasta la recepción del informe, que puede tardar de dos a seis semanas. Dicho esto: enhorabuena a todos.

Y levantó el vaso de plástico dos dedos, que era lo máximo que aquel hombre había levantado un vaso en su vida.

—¡Que hable Maruchi! —dijo Encarni.

Y pasó, y fue verdad: aquella noche, en el patio del Girasol, once personas le pidieron a Maruchi Ardales que cantara. Le insistieron. Don Aurelio dio dos palmadas y otros dos lo siguieron.

Ella dijo que luego.

Dijo que luego con la mano abierta y la cabeza un poco de lado, que es como se dice que luego cuando una lleva treinta y seis años esperando que se lo pidan y no quiere que se le note que lo estaba esperando. Y subió a su casa a por un detalle que tenía preparado desde el jueves.

El detalle

El detalle era una bandeja de pestiños.

No los había hecho ella. Los había encargado el jueves en la confitería de la avenida y los había pasado a una fuente de cristal de su madre, procedimiento ya explicado en otro lugar de este libro y que en aquel barrio no se considera un engaño sino un formato.

La bandeja no era para el patio.

Maruchi Ardales subió los cinco tramos a las diez y diez, con la fuente en las dos manos, para dejársela a Bruno Salcedo en el ático, porque en su cabeza aquello no era una fiesta de vecinos: era la primera vez en treinta y seis años que había alguien en aquel edificio con quien convenía tener un detalle.

La puerta del ático estaba entornada.

No abierta: entornada, como se dejan las puertas de las casas en las noches de patio, para no tener que bajar a abrir cada vez. Empujó con el codo, dijo un buenas noches que no oyó nadie porque no había nadie, y entró hasta la mesa del salón para dejar la fuente.

En la mesa había un ordenador portátil abierto, un disco duro externo del tamaño de un libro con una luz azul parpadeando y unos auriculares grandes tirados al lado.

Y en la pantalla, congelada, con la barra de tiempo debajo y una franja de sonido en verde, estaba ella.

Lo que vio

Maruchi Ardales dejó la fuente de pestiños en la mesa, muy despacio, para no hacer ruido con el cristal.

Después alargó la mano y le dio al espacio.

Duraba tres minutos y cuarenta segundos y estaba montado con música, con rótulos y con un cuidado que, para lo que ella entendía de esas cosas, indicaba que aquello no era un borrador de cualquier manera: era una cosa hecha para enseñársela a alguien.

Empezaba con un plano de la pared de los trece marcos.

Después venía ella diciendo lo de Bertín en el ascensor de Torremolinos. Entera, sin cortar. Después venía lo del torero, con la bajada de voz y el «hasta ahí puedo contar». Después venía lo de la Nochevieja de la autonómica, los cuarenta segundos y los cincuenta y dos.

Y después venía un corte seco, de esos que se hacen a propósito, y venía un primer plano de sus manos en la mesa camilla, y encima de las manos, en letras blancas y limpias, un rótulo:

La España que no se quiere jubilar.

Y a partir de ahí, cuarenta segundos de los cinco minutos.

No los cinco. Cuarenta segundos. Estaban el despacho de la calle Alcalá y la frase de «me pararon».

Estaba «estaba embarazada, hijo, de cinco meses y medio».

Y estaba, al final, montado justo detrás y sin nada en medio, el remate de la risa, aquella risa suya de cerrar el asunto, que allí, después de aquello y sin lo que iba antes, no sonaba a cerrar nada: sonaba a una señora que se ríe de su propia desgracia porque no sabe hacer otra cosa.

Terminaba con la carátula amarilla del vinilo y la música bajando.

Estaba muy bien hecho. Esa es la parte que no se puede quitar de esta historia por mucho que a uno le apetezca: estaba muy bien hecho, y cualquiera que lo viera pensaría que aquel montaje quería a aquella mujer.

Maruchi lo vio dos veces.

La segunda vez lo vio sin sonido.

Y en la segunda vez hizo una cosa que no habría podido hacer ninguna otra persona de aquel edificio, y es que se dio cuenta con exactitud de qué faltaba.

Faltaba «yo no paré; a mí me pararon, que es distinto».

Eso no estaba. Faltaba el contrato de enero, y el tío de Ronda que trabajaba en una notaría y que lo leyó y dijo que estaba bien.

Faltaban los cuarenta minutos del despacho.

Faltaba el segundo single, y el programa de los sábados que veían diez millones de personas, y la palabra «campaña».

Es decir: faltaba todo lo que en aquellos cinco minutos explicaba que ella había estado a punto.

Sin eso, lo que quedaba era una señora que se inventa romances con famosos y a la que, de pronto, se le escapa que una vez estuvo embarazada.

Cuarenta y tres años llevaba Maruchi Ardales dentro de este oficio, contando desde el coro del colegio, y sabía de sobra cómo se construye un número: se quita lo que sobra hasta que queda lo que uno quiere que se sienta. Aquel hombre había quitado muy bien. Había quitado lo que la sostenía.

Abajo

Mientras tanto, cinco pisos más abajo, en el patio, sonaba una canción de las que se ponen a las diez y cuarto en una verbena de vecinos, de esas que se saben todos y que nadie sabe entera.

Se oía a Encarni discutiendo con don Aurelio sobre el año de la tortilla.

Se oía a la señora Angustias cobrando algo.

Se oía a Yoli decir que la niña se había dormido con aquel ruido, que era un milagro.

Se oía a Federico Pardal explicándole a alguien la diferencia entre un informe favorable y uno favorable con condiciones.

Y se oía, por debajo de todo, ese ruido de patio de comunidad que es el ruido de doce personas hablando a la vez y ninguna escuchando, que en este país es el ruido de la felicidad.

Todo eso subía por el hueco de la escalera y entraba por la puerta entornada del ático, donde una mujer con el pelo recién arreglado estaba de pie delante de un ordenador, sola, viendo por segunda vez y sin sonido el minuto y medio de su vida que le había contado a un desconocido con la cámara encendida.

La bajada

Bajó a las diez y veinticinco.

Nadie le ha reconocido nunca a esta mujer una cosa, ni en su barrio, ni en su casa, ni en la película que se hizo después: que la bajada de aquella escalera fue la mejor interpretación de su carrera.

Bajó los cinco tramos. Se paró en el descansillo del segundo a arreglarse el pelo en el cristal del cuadro de la escalera.

Entró en el patio por la izquierda, que es por donde entra la luz de los farolillos.

Le dijo a Encarni que los pestiños se los había dejado arriba al vecino, «que el pobre no baja a nada».

Cogió un vaso. Brindó con don Aurelio. Se rió dos veces, y una de las dos risas fue tan buena que Yoli se rió también sin saber de qué.

Y cuando a las once menos veinte volvieron a pedirle que cantara, dijo que no con la mano y con una sonrisa, y dijo que otro día, y lo dijo de un modo tan natural que a nadie se le ocurrió insistir.

Nadie notó nada.

Nadie, en aquel patio, notó absolutamente nada.

Ni Federico, que estaba a metro y medio.

Ni Chelo, que estaba en la puerta de la mercería y que se entera de todo, pero que aquella noche estaba mirando otra cosa.

Ni Rafi Cuenca, que había bajado un momento, había cogido una croqueta y se había vuelto a subir.

Nadie salvo Inma Ardales, que llegó del turno de tarde a las once menos diez, se sirvió un vaso de casera y estuvo diez minutos mirando a su madre desde la esquina de la mesa.

Su madre estaba estupenda. Su madre estaba brillante, atenta, graciosa, en su sitio.

Y se estaba recolocando el pendiente de clip de la oreja izquierda cada dos o tres minutos.

Inma Ardales lleva treinta y cinco años viendo ese gesto. Sabe lo que significa: significa que lo que se está diciendo en ese momento no es verdad, o que lo que se está callando pesa mucho, y a veces las dos cosas.

Aquella noche lo contó siete veces en veinte minutos.

No le preguntó nada. Se acercó, le puso una mano en la espalda un segundo, le dijo «me voy a acostar, que mañana entro a las siete» y subió.

Las tres y diez

La verbena se acabó a las doce menos cinco, por Herminio.

Recogieron entre todos, que es la mejor parte de una fiesta de vecinos y la que nunca sale en ningún sitio: las sillas, los vasos, las fuentes, los hules doblados en cuatro, los farolillos apagados uno por uno con un palo de escoba porque estaban muy altos.

A las doce y veinte el patio estaba limpio y a las doce y media no quedaba nadie.

Bruno Salcedo subió a las doce y cuarenta, encontró una fuente de cristal con pestiños en la mesa de su salón, se comió dos de pie, pensó que aquella gente era increíble y se acostó.

Maruchi Ardales subió al ático a las tres y diez de la madrugada.

La puerta seguía entornada, porque aquel hombre llevaba un mes y medio viviendo en un edificio donde nadie cierra nada y había cogido la costumbre. El perro levantó la cabeza en la oscuridad, la reconoció por el olor y no se movió.

Desenchufó el cable, esperó a que se apagara la luz azul y se lo llevó.

A las tres y veinte, en el altillo del 3ºA, dentro de la funda de plástico del vestido verde botella del ochenta y nueve, había una sábana doblada en tres y un disco duro de dos terabytes.