Vecinos y otras catástrofes 18. La mañana de los dos señores
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18. La mañana de los dos señores

Entero. Los diecinueve. En sesenta y tres años de historia, aquella finca no había hecho una cosa así ni el día de la boda de la hija de los Berrocal.

Rafi Cuenca dio la vuelta de la mañana a las siete menos cinco, como todos los días, y encontró tres cosas.

Primera: el portal empapelado tenía dos manchas nuevas y el papel arrugado a la altura del zócalo, junto a los buzones. Segunda: el rellano del entresuelo estaba blando. Y tercera: el paño de la fachada este, el importante, el que da a la medianera, estaba seco, firme y perfecto.

Aquel hombre no dijo nada, se guardó las manos en los bolsillos y se fue a desayunar tranquilo, y es la única persona de esta historia que aquella mañana sabía al detalle lo que estaba pasando en su edificio.

Sabía dónde iba a caer el agua. No tenía ni idea de lo demás.

Nueve y veinte

El primer señor llegó a las nueve y veinte, cuarenta minutos antes de la hora.

Era un hombre de unos cuarenta años, con mochila, zapatillas técnicas y una tableta debajo del brazo. Se paró en la puerta, miró la fachada de arriba abajo desde la acera de enfrente, hizo dos fotos con el móvil y entró.

—Buenos días. ¿Hay alguien de la comunidad?

—Servidor —dijo Rafi.

—Vengo a ver el edificio.

Y ahí se decidió la mañana, en cinco palabras que en aquel portal solo podían significar una cosa y que en la boca de aquel hombre significaban otra.

Porque los técnicos municipales llegan pronto.

Eso lo sabe todo el mundo. Llegan pronto para pillar la finca sin barrer, sin fregar y sin la vecina apostada en la puerta, y por eso Rafi Cuenca, que llevaba tres semanas ensayando aquello en la cabeza, no se sorprendió lo más mínimo.

Se sorprendió, si acaso, de las zapatillas.

Le hizo el tour.

Duró veinticinco minutos y siguió, punto por punto, el recorrido de los alfileres de colores que se había diseñado sobre el folleto de la promotora un mes antes.

Empezó por el portal, donde señaló el papel color hueso con rombos en relieve y explicó que la comunidad había acometido «una actuación de acondicionamiento» en septiembre.

Siguió por los buzones, brillantes. Pasó por delante del póster de la Macarena sin detenerse ni un segundo, que era la instrucción, porque lo que no se comenta no se mira.

Subió al rellano del entresuelo, recién pintado.

Y terminó en el patio, delante del paño de la fachada este, veintiséis metros de papel liso, seco y firme, del que dijo, y esto lo recuerda él mismo con orgullo profesional:

—Esto estaba así ya. Nosotros lo hemos dejado como estaba.

El hombre de la mochila lo miró todo. Tocó el papel con dos dedos.

Se agachó a mirar el encuentro con el suelo.

Y después sacó la tableta y escribió durante casi un minuto, mientras Rafi Cuenca esperaba quieto y con esa cara de póquer que se le pone a la gente de este país cuando alguien está escribiendo delante de ellos y no se sabe qué.

Lo que escribió, según consta en el parte de localizaciones que aquel señor entregó a su productora tres días después, fue esto:

Portal y patio intervenidos recientemente. Intervención muy conseguida, casi parece de verdad. Buscar la manera de devolverlo al estado anterior o rodar en escaleras y azotea. Vecinos colaboradores.

—¿Cuándo tendremos noticias? —dijo Rafi.

—Yo esta semana lo paso.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Eso es lo que hay —dijo el hombre, que era ayudante de dirección y llevaba once años contestando así.

Nueve y cincuenta

El segundo señor llegó a las diez menos diez, y no llamó al timbre del presidente, porque el timbre del presidente estaba tapado por una tarjeta plastificada que decía COMUNIDAD y una flecha hacia el portero automático, sistema que Federico había montado el domingo y que funcionaba de maravilla siempre que la persona leyera la flecha.

Aquel hombre no leyó la flecha. Aquel hombre empujó la puerta, que estaba abierta porque Encarni había bajado a por el pan, y entró en el portal justo cuando bajaba por la escalera Bruno Salcedo con el perro y la cámara pequeña.

Era un señor de unos cincuenta y cinco años, con carpeta rígida, gafas de leer colgadas del cuello y, asomando por la mochila, un casco blanco.

—Buenos días. Vengo del ayuntamiento.

—¡Ah! Estupendo. Sube, sube.

Y así fue como el técnico municipal don Vicente Ordóñez, competente designado al efecto para practicar la inspección técnica del inmueble sito en calle Anunciación 7, fue recibido en aquella finca por la única persona que no era vecina, que no pagaba cuota, que no sabía que había una inspección y que llevaba un mes pidiéndole al ayuntamiento un permiso de rodaje.

Bruno le hizo el tour.

Le hizo el tour bueno. El que él llevaba un mes montando en la cabeza. El de verdad.

—Mire, esto de aquí lo han empapelado ahora, no le haga caso, es de esta semana. La finca de verdad está por detrás. Venga por aquí.

Y lo llevó, por este orden: a la escalera de servicio, con su barandilla suelta y sus peldaños desgastados en el centro; al rellano del cuarto, donde el techo tiene una mancha con forma de mapa de un país que no existe; a la azotea, que se sube por una trampilla con una escalera de gato y donde el tendedero está atado con alambre a un tubo de ventilación; a la cámara de aire del patio, que se ve por un registro que no cierra desde el 88; y al cuarto de contadores, del que abrió la puerta de par en par y dijo la frase que iba a costarle a aquella comunidad ciento veinte mil euros de susto:

—Esto es lo mejor de todo. Fíjese en la grieta.

Don Vicente Ordóñez se fijó en la grieta.

Se fijó siete minutos. Sacó una regla de plástico transparente con una escala impresa, la puso encima, hizo cuatro fotos, se agachó hasta el arranque, siguió la línea con el dedo sin tocarla, salió al patio, buscó la continuación en el paramento exterior, la encontró debajo del papel color hueso, levantó con una uña la esquina que estaba despegada, miró debajo, la volvió a dejar y escribió en la carpeta rígida durante cuatro minutos.

Bruno lo miraba encantado.

—Está usted disfrutando, ¿eh?

—No es la palabra —dijo don Vicente.

—Es que esto no lo hemos tocado. Es todo verdad.

—Ya lo veo.

—Yo lo que quiero es que se vea así, tal cual. Sin arreglar nada.

Don Vicente Ordóñez levantó la vista de la carpeta y miró a aquel hombre de coleta baja, con un perro y una cámara pequeña, que le acababa de enseñar en veinte minutos todo lo que un técnico municipal tarda de ordinario una mañana entera en sacarle a una comunidad de propietarios, y le dijo, muy despacio:

—¿Usted sabe lo que está diciendo?

—Sé exactamente lo que estoy diciendo —dijo Bruno Salcedo, que no lo sabía.

Los dos cruces

Estuvieron a punto de encontrarse dos veces.

Antes de contarlo hay que decir que aquella mañana la grabó entera, desde el escalón y sin sacar caras, Vane del 4ºB, que se había levantado a las siete y media por primera vez desde el instituto porque tenía la corazonada de que iba a haber contenido.

Grabó a Encarni fregando. Grabó a don Aurelio con el Netol.

Grabó la llegada del hombre de la mochila, la llegada del señor de la carpeta, los dos tours cruzándose de lejos y, sobre todo, grabó ocho segundos en el portal en los que se ve a cuatro hombres hablando delante de unos buzones y se oye, con una nitidez que ya quisiera un juzgado, todo lo que se dijo allí.

No publicó nada. Lo guardó en una carpeta del móvil que se llamaba «obra» y se olvidó de ella durante dieciséis días.

La primera vez fue a las diez y cuarto, cuando el ayudante de dirección salía del patio por la puerta de servicio y don Vicente entraba a la cámara de aire por el registro que hay a tres metros.

No se vieron porque entre los dos había una sábana tendida, cosa que en aquel patio pasa todos los lunes.

La segunda fue a las diez y media, en el portal, y esta es la buena.

Rafi Cuenca venía por la izquierda con el hombre de la mochila, explicándole que la humedad del paño de la izquierda «era antigua y ya está resuelta».

Bruno bajaba por la escalera con don Vicente, explicándole que aquel póster de la Virgen «lo han puesto para tapar la mancha, es maravilloso, es puro documento».

Los cuatro coincidieron delante de los buzones durante unos ocho segundos.

Y en esos ocho segundos, cada uno de ellos oyó lo que los otros decían y lo entendió en su propio idioma, sin que se produjera ni una sola pregunta, porque las cuatro palabras que se dijeron allí —intervención, atrezo, verdad y documento— existen en los dos oficios y significan cosas distintas en cada uno.

Rafi oyó «documento» y entendió papeleo.

Don Vicente oyó «actuación de acondicionamiento» y entendió obra sin licencia.

El ayudante oyó «esto lo han puesto para tapar la mancha» y entendió dirección de arte.

Y Bruno oyó a un señor mayor con carpeta decir «tendré que verlo con el presidente» y entendió que en el ayuntamiento, por fin, alguien se estaba tomando en serio su permiso.

Federico Pardal llegó al portal cuatro segundos después, con la carpeta azul y la corbata, y se encontró a dos señores desconocidos y a dos vecinos. Miró al de la mochila, que era el que estaba con Rafi. Miró la mochila. Miró las zapatillas.

Y le tendió la mano al que no era.

—Federico Pardal, presidente de la comunidad. Encantado. Tiene usted aquí toda la documentación.

Once menos cuarto

Se despidieron los dos a la vez, en la puerta, con un apretón de manos cada uno.

Al ayudante de dirección lo despidieron Federico, Rafi, Encarni, don Aurelio y la señora Angustias, que le puso cuatro croquetas en un tupper de plástico para el camino y le dijo que volviera cuando quisiera.

El hombre, que no entendía muy bien qué estaba pasando pero que llevaba once años en el oficio y sabía que a una localización colaboradora no se le hacen preguntas, dio las gracias, dijo que ya se sabría algo y se fue con su tupper.

A don Vicente Ordóñez lo despidió Bruno Salcedo en la puerta de servicio, con el perro al lado.

—Muchas gracias por todo. ¿Le mando yo algo por correo?

—No hace falta —dijo don Vicente—. Lo mando yo.

Y se fue por la parte de atrás, sin conocer al presidente, sin firmar nada, sin comerse ninguna croqueta y con una carpeta rígida en la que llevaba, escritas a mano y con letra de técnico, cuatro páginas y catorce fotografías.

De aquellas cuatro páginas se van a citar dos frases en este libro, y conviene dejarlas puestas aquí para que después no parezca que el Cronista exagera.

La primera estaba en el apartado de descripción y decía: Fisura en muro de carga con continuidad en paramento exterior; recorrido y abertura compatibles con asiento diferencial; se observa revestimiento de papel colocado sobre el paramento afectado, de ejecución muy reciente, que impide la inspección visual del elemento.

Y la segunda, en el apartado de observaciones, y escrita con esa mala uva contenida que gastan los funcionarios cuando alguien les toma por tontos, decía: Un residente facilita el acceso y manifiesta que el revestimiento se ha instalado para tapar las lesiones.

Aquella palabra, tapar, la había dicho Bruno Salcedo dos veces, encantado de la vida, señalando un póster de la Macarena.

A las once menos cuarto, en el portal del Edificio Girasol, había nueve personas dándose la enhorabuena.

Federico dijo que había salido redondo. Encarni dijo que el señor se había fijado mucho en los buzones.

Don Aurelio dijo, muy alto, que él ya sabía que aquello iba a salir bien.

La señora Angustias contó las croquetas que le quedaban y decidió que aquello había que celebrarlo.

Y Rafi Cuenca, apoyado en el marco, no dijo nada, porque llevaba desde las diez y media con una sensación que no sabía colocar en ninguna parte y que tenía que ver, aunque él todavía no lo hubiera formulado, con unas zapatillas técnicas.

Aquella mañana, el Edificio Girasol despidió a sus dos señores.

A cada uno lo despidió el que no era.

Estuvieron todos muy contentos quince días.