17. Alianza de madrugada
Era una burbuja de un palmo, blanda, con el aire dentro moviéndose despacio si se le apretaba con el dedo. No la había hecho nadie. La habían hecho el engrudo, la pared y ochenta y siete horas de septiembre, que es una combinación contra la que no hay brigada que valga.
Aquella noche bajó igual.
Bajó a las dos menos cuarto, sin encender ninguna luz, con las chanclas en la mano para no hacer ruido en el rellano, y se sentó en el escalón del arranque de la escalera de servicio, en la sombra, a mirar el patio.
No iba a vigilar a nadie. Iba a mirar una burbuja, que es lo que hacen los hombres que llevan catorce años sin firmar nada y que todavía no han conseguido dejar de mirar paredes.
La otra
Maruchi Ardales llevaba nueve noches sin salir.
Nueve noches quietas, desde que apareció aquella tumbona de rayas en mitad del patio, y las había pasado en el balcón, con la luz apagada, estudiando el terreno con los prismáticos de teatro que se compró en Madrid en el 92 y que en su vida habían servido para ver un escenario.
Con ellos había hecho, en aquellas nueve noches, un trabajo de campo que ningún vecino de aquella finca le habría reconocido nunca.
Sabía a qué hora se apagaba la luz del 1ºD.
Sabía que la cámara del patio estaba en el ángulo de la escalera y que barría el paño este entero, pero que la barría de frente, no de lado, de manera que si alguien caminaba pegadísimo a la pared, por debajo, entraba en el encuadre convertido en un bulto sin cara.
Sabía que la tumbona ya no estaba. Y sabía, porque lo había contado con el calendario de la cocina, que le quedaban tres noches.
Tres. Jueves, viernes y sábado. El domingo no, porque el domingo la finca entera se acuesta tarde. Y el lunes 6, a las diez de la mañana, venía el arquitecto.
Si el arquitecto encontraba aquel portal empapelado, con la Virgen tapando la humedad y el olor a brisa nórdica, el Edificio Girasol sería, a efectos de todo el mundo, una finca en condiciones. Y una finca en condiciones no le interesa a nadie que se dedique a lo que se dedica el hombre del ático.
Bajó a las dos y veinte, con la regadera llena hasta la mitad y las zapatillas de suela de goma.
El encuentro
Rafi Cuenca la vio salir por la puerta de servicio y le costó tres segundos entender lo que estaba viendo, no porque no la reconociera, sino porque tuvo que colocar en el mismo sitio dos cosas que llevaban un mes separadas en su cabeza: la figura de la madrugada del sábado 13 y la vecina del 3ºA.
Se quedó quieto en la sombra.
Ella se pegó a la pared, tal como lo tenía estudiado, y avanzó por debajo de la cámara con la regadera baja, y cuando llegó al ángulo del fondo levantó el brazo.
Y en ese momento se encendió la luz del 1ºD.
Lo que pasó a continuación duró once segundos y los dos protagonistas lo han contado siempre de la misma manera, cosa rarísima en aquel edificio.
Maruchi oyó la persiana y se giró. Rafi se levantó del escalón.
Los dos miraron a la vez hacia la escalera, donde ya se oía una puerta y unos pasos de hombre que baja deprisa con zapatillas de casa.
Y los dos, sin hablarse, sin conocerse y sin haber acordado nada en su vida, se metieron por la única puerta que había a mano.
El cuarto de contadores del Edificio Girasol mide un metro sesenta por dos diez, huele a cobre y a polvo caliente, y tiene la puerta de chapa que no cierra del todo porque el marco se movió en algún momento entre 1962 y ahora.
Se quedaron los dos dentro, a oscuras, a cuarenta centímetros el uno del otro.
Fuera, Federico Pardal cruzó el patio con una linterna, se paró delante del paño este, lo alumbró de arriba abajo durante un minuto largo, apretó la burbuja con el dedo, dijo una palabra que no se le ha oído decir nunca en una junta y volvió a subir.
Conviene explicar por qué no los pilló, porque estuvo a cuatro metros.
Federico había bajado por la cámara. Estaba en el sillón, con el televisor puesto en el canal dos, y había visto pasar un bulto por delante del paño este a las dos y veintitrés.
Bajó en cuarenta segundos. No encontró a nadie, encontró la burbuja, y subió pensando lo que llevaba pensando desde el domingo, que era que aquella finca tenía dentro a alguien que se dedicaba a estropear lo que él arreglaba.
Y aquella misma noche, a las tres menos cuarto, intentó revisar la grabación.
El aparato de la señora Angustias tiene una función de búsqueda que funciona por fecha y hora. Se introduce el día, se introduce el intervalo y el disco va al fragmento. Federico introdujo: 2 de octubre de 2025, de las dos a las tres.
El aparato contestó que no había grabaciones en ese periodo.
Lo intentó cuatro veces, con los dedos cada vez más rígidos, hasta que a las cuatro y diez de la madrugada, sentado en el sillón, entendió por fin lo que había comprado por ochenta euros.
Las cámaras grababan de maravilla. Grababan todo.
Y lo archivaban a partir del 14 de marzo de 2011, de modo que para encontrar dos minutos concretos de una noche cualquiera había que ir pasando a mano, hora por hora, por un calendario equivocado de catorce años atrás.
Aquel archivo era, sin que nadie lo supiera todavía, el documento más completo y más inútil de la historia del Edificio Girasol.
Y entonces, en la oscuridad, empezó la conversación.
La esgrima
—Bonita hora para regar —dijo Rafi.
—Bonita hora para no vigilar.
—A mí ya no me pagan.
—Pues eso.
Se hizo un silencio de esos que en un cuarto de metro sesenta se oyen mucho.
—El agua dejó de caer cuando yo bajé la tumbona —dijo él—. Y ha vuelto a caer hoy, que es el primer día que no está.
—Qué observador.
—Y usted el sábado 13 llevaba una sábana.
—Yo el sábado 13 estaba en mi casa viendo la película.
—Ya. Con una sábana.
—Con dos —dijo Maruchi—. Hacía fresco.
Rafi Cuenca no se rió, porque no se ríe casi nunca, pero apuntó aquello en el sitio donde apunta las cosas.
—Lo que yo no entiendo —dijo él— es para qué. Usted vive aquí. Si esto se cae, se le cae encima.
—¿Y usted?
—Yo qué.
—Usted lleva catorce años sin arreglar nada y le paga la comunidad por no hacerlo. ¿Eso qué es, entropía o comodidad?
—Eso es una doctrina.
—Eso es una excusa muy bien vestida —dijo ella—. Y yo de trajes entiendo.
—Y usted lleva un mes sin coger el ascensor.
—Yo no cojo el ascensor desde hace once años.
—Once años y un domingo —dijo Rafi—. El 7 de septiembre lo cogió. Me lo contó don Aurelio, que lo oyó arrancar desde el 1ºA y le extrañó, porque a esa hora aquí no se mueve nadie.
Maruchi Ardales no dijo nada durante dos segundos largos, que en su caso equivalen a un aplauso.
—Tiene usted a todo el edificio fichado.
—Yo no fiché a nadie. Yo estoy despierto.
Ahí fue donde Rafi Cuenca se dio cuenta de con quién estaba hablando, y tardó menos de lo que tarda la mayoría.
—Usted quiere que el edificio esté hecho una pena —dijo despacio— porque al del ático le gusta que esté hecho una pena.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta. Lleva un mes bajando a los sitios donde él está.
—Yo bajo a los sitios donde estoy yo.
—Maruchi, que llevo cuarenta noches sentado en un patio.
Y ella, que había pasado treinta y seis años defendiendo un personaje delante de gente mucho más lista que aquel hombre, hizo lo único elegante que se podía hacer, que fue no negarlo.
—Si esta finca se arregla —dijo—, aquí no viene a rodar nadie. Y si no viene a rodar nadie, esto vuelve a ser un edificio con una derrama.
—Es que es un edificio con una derrama.
—Para usted. Para mí es lo último que va a pasar en mi vida.
Aquella frase, dicha en la oscuridad, sin público, a cuarenta centímetros de un hombre en chanclas y en un cuarto que olía a cobre, es la frase más sincera que pronunció Maruchi Ardales en todo el otoño, y la dijo sin ninguna intención de que sonara así, que es la única manera en que se dicen esas cosas.
Rafi no contestó.
La pared
Lo que hizo, mientras pensaba qué contestar, fue lo que hace siempre: apoyar la mano en la pared.
La apoyó a la altura del hombro, en el paramento del fondo del cuarto, y la dejó ahí. Después la movió cuarenta centímetros a la izquierda. Después bajó y volvió a apoyar. Y entonces, sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta, dijo:
—Esto no es humedad.
—¿Cómo?
—Esto de aquí no es humedad. Esto es que la esquina se ha movido —dijo, y siguió recorriendo con la mano—.
La grieta arranca aquí, en el encuentro del muro con la medianera, y sale al patio en diagonal, hacia arriba y hacia la derecha, y cada verano abre y cada invierno parece que cierra, y no cierra: se acomoda.
Eso no es una fisura de revoco, que se tapa con dos dedos de mortero y a correr.
Eso viene de abajo. Eso es asiento diferencial, y en una finca de estas, con la cimentación que le pusieron en el sesenta y dos, viene casi siempre de una fuga vieja en el saneamiento que ha estado años lavando el terreno por debajo sin que se entere nadie.
Se calló.
En el cuarto de contadores hubo entonces un silencio distinto de los anteriores.
—Siga —dijo Maruchi.
—No hay más.
—Siga usted, hombre.
—Que no hay más.
Y ella, que lleva desde los diecinueve años leyendo salas, sabiendo en tres segundos qué necesita oír cada persona y de qué está hecho el que tiene enfrente, dijo en la oscuridad, sin ninguna crueldad, la frase que llevaba dos minutos formándose sola:
—Usted no es vago. Usted está de luto.
Rafi Cuenca retiró la mano de la pared.
Estuvo callado el tiempo que se está callado cuando alguien acierta. Después dijo, en un tono que no era el suyo, el de los aforismos de barra, sino uno mucho más plano:
—Yo tuve un estudio.
—Ya me parecía a mí.
—Y lo cerré.
—¿Por qué?
—Porque se me cayó una cosa encima de un sitio donde había gente —dijo—. No le pasó nada a nadie. Pero se cayó.
Y ahí se acabó, porque él dio dos pasos hacia la puerta y porque ella, que sabe cuándo un artista no va a dar el bis, no insistió.
El pacto
Salieron a las tres y doce, por separado, con dos minutos de diferencia, y antes de salir cerraron un acuerdo verbal que ninguno de los dos consideró un acuerdo hasta mucho después.
Los términos fueron estos.
Uno: él no había visto nada, ni el sábado 13, ni las nueve noches, ni aquella.
Dos: ella no había oído nada de lo que se había dicho en aquel cuarto sobre un estudio que se cerró.
Tres, y este lo puso él, y lo puso con una precisión que a ella le pareció excesiva para un hombre al que acababa de tratar de vago: el agua, a partir de aquella noche, se echaba en el portal y en el rellano del entresuelo, que están empapelados sobre tabique y no aguantan nada, y no se echaba, bajo ningún concepto, en el paño de la fachada este.
—¿Y eso por qué?
—Porque el paño este da a la medianera.
—No le entiendo.
—Ya lo sé —dijo Rafi—. Usted eche el agua donde yo le diga y a mí me da igual lo que quiera enseñarle al del ático.
Maruchi Ardales lo pensó cuatro segundos, que es lo que tarda ella en pensar cualquier cosa.
—Trato hecho.
—Y una cosa más. Cuando esto acabe, sea como acabe, usted no me ha contado nada de mí a nadie.
—Hijo, yo llevo treinta y seis años sin contarle a nadie nada de mí. Lo suyo me va a costar poco.
Las cámaras de la señora Angustias grabaron aquella noche, con una nitidez notable para ochenta euros, a dos vecinos del Edificio Girasol entrando juntos en el cuarto de contadores a las dos y veintiséis de la madrugada y saliendo, por separado, a las tres y doce.
Con fecha de 14 de marzo de 2011.