16. Turno de noche
El día de Inma Ardales empieza a las cuatro de la tarde y no lo sabe nadie de aquel edificio.
Cuando ella se levanta, el Girasol lleva ocho horas despierto: han pasado el carrito de la señora Angustias, la fregona de Encarni, el ascensor rechazando a alguien y las tres discusiones reglamentarias del portal.
La casa huele a lo que su madre haya frito a las dos.
Y en el salón está puesta la televisión con el volumen en catorce, que es el volumen que su madre considera respetuoso con el sueño ajeno y que se oye desde el rellano.
Se duchó, se hizo un café doble y se lo bebió de pie en la cocina, mirando el patio por la ventana.
El patio estaba impecable. Papel nuevo en toda la fachada este, la barandilla limpia, la tumbona de Rafi Cuenca doblada contra la pared y tres cámaras nuevas mirando cada una a su sitio.
Aquella finca llevaba un mes entero organizando lo que Inma llamaba para sus adentros, sin decírselo a nadie, la peor obra de teatro de Europa.
A ella le daba igual. A ella lo que le importaba de aquel edificio eran tres mil euros de derrama que no sabía de dónde iban a salir.
La compra
De cuatro y media a cinco y media es la hora de las gestiones, que es como se llama en aquella casa a la parte del día en que Inma hace lo que no puede hacer nadie más.
Aquel jueves tocaba: farmacia, dos recetas de su madre y una crema para las manos; supermercado, compra de tres días; y pasar por la mercería a devolverle a Chelo una fuente que llevaba allí desde agosto.
En la farmacia le preguntaron por su madre. En el súper le preguntaron por su madre. Y Chelo, que no pregunta nunca por nadie porque ya lo sabe todo, le dijo una cosa distinta, con la fuente ya en las manos y sin levantar la vista:
—Tú tienes mala cara, niña.
—Yo tengo cara de turno.
—Tú tienes cara de llevar mucho tiempo.
Inma salió de la mercería con esa frase encima, y la llevó puesta hasta el hospital, y la verdad es que ya no se le fue en toda la noche.
El turno
Entró a las diez. Planta de traumatología, treinta y dos camas, dos auxiliares, ella y una compañera nueva que llevaba tres semanas y todavía preguntaba las cosas dos veces.
La noche del jueves fue una noche normal, que en aquel oficio significa esto: dos ingresos, un señor de ochenta y un años con la cadera operada que se desorienta a las tres y se quiere ir a su casa, una familia que discute en el pasillo a las once y media, cuatro constantes cada dos horas, una vía que se sale, un compañero que se pone malo y no hay quien lo sustituya, y sesenta y ocho pastillas repartidas de una en una a gente que casi siempre da las gracias.
Al señor de la cadera lo llevó ella.
Se llamaba Amador, era de un pueblo de la sierra y a las tres y diez de la madrugada estaba sentado en el borde de la cama con las dos piernas fuera y la vía tirante, buscando los zapatos, que no estaban porque en un hospital nunca están.
—Amador, ¿dónde va usted?
—A casa, que mi mujer está sola.
La compañera nueva ya iba a explicarle dónde estaba y qué día era, que es lo que se hace el primer año y lo que no funciona nunca.
Inma la paró con la mano, se puso en cuclillas delante del hombre, a su altura, y le habló como se le habla a alguien que está en otro sitio: sin sacarlo de allí a la fuerza.
—¿Y su mujer cómo se llama?
—Reme.
—¿Y Reme sabe que está usted aquí?
—Yo creo que no.
—Pues yo creo que sí, porque ha llamado esta tarde. Ha llamado y ha dicho que se está usted portando muy bien y que mañana viene su hija a las doce.
Aquello no era verdad del todo. La hija venía, en efecto, a las doce. Lo de Reme no lo sabía nadie.
Amador estuvo un momento callado, mirando el suelo donde deberían estar los zapatos, y después dejó que le volvieran a meter las piernas en la cama, y se dejó tapar, y a los diez minutos dormía.
Inma volvió al control, apuntó la incidencia y no le dio ninguna importancia, porque en once años ha hecho eso, calculado por lo bajo, unas cuatro mil veces: encontrar a una persona que está viviendo en otro año y no discutírselo.
A las cuatro y veinte de la madrugada, Inma estaba sentada en el control con un café de máquina, escribiendo las evoluciones, cuando llegó la supervisora con el móvil en la mano.
—Inma, lo de Sevilla ya es oficial. Me lo han mandado esta tarde.
Se lo enseñó en la pantalla, allí mismo, entre dos gráficas.
El hospital nuevo. Contrato de un año prorrogable con opción a plaza en la segunda convocatoria.
Turno rotatorio de mañana y tarde, noches solo una semana de cada cinco.
Complemento de traslado. Incorporación en enero.
Y una línea al final, en negrita, que era la que de verdad importaba y que Inma leyó tres veces:
Plazo para confirmar la aceptación: 31 de octubre.
—Es bueno, ¿eh? —dijo la supervisora.
—Es muy bueno.
—Pues eso.
—Ya.
La supervisora se quedó un momento más de lo necesario, apoyada en el mostrador, porque llevaba once años trabajando con ella y sabía exactamente lo que estaba mirando.
—Inma, ¿tú cuántos días de vacaciones tienes acumulados?
—Cuarenta y tres.
—¿Y de qué años?
—De todos.
Las cuentas
Entre las cinco y las seis de la madrugada, que es la hora muerta de una planta, Inma Ardales hizo las cuentas en el reverso de una hoja de constantes.
Sueldo actual, sueldo nuevo. Alquiler de un piso pequeño en Sevilla, que había mirado dos veces en internet y había cerrado el navegador las dos veces.
Tren, dos horas y media, cuarenta y cinco euros ida y vuelta si se compra con antelación.
Y en la columna de la derecha, sin poner nombre a los conceptos porque no hacía falta:
Luz, agua, comunidad, gas, seguro, farmacia, compra y tres mil de derrama.
La casa del 3ºA es de su madre. Eso es lo primero, y lo que lo complica todo, porque una hija que se va de una casa que no es suya no deja a nadie en la calle, pero una hija que se va de esa casa concreta deja sin pagar la luz, el agua, la comunidad, el gas, el seguro, la farmacia, la compra y tres mil euros de derrama.
La pensión de su madre son seiscientos veintiuno con cuarenta.
Inma estuvo un rato con el boli parado encima del papel. Después escribió, en la esquina de abajo, una cifra que era la diferencia, la miró, y dijo en voz baja, sola, en un control de planta a las cinco y veinte de la mañana:
—Joder.
Fue la única vez en todo el mes.
Después dobló la hoja en cuatro y se la metió en el bolsillo de la bata, porque las hojas de constantes no se tiran a la papelera con cuentas escritas detrás, y siguió con las evoluciones.
El desayuno
Salió a las ocho y cinco. Llegó a las nueve menos veinte con el pelo mojado, la bolsa del pan y esa sensación de tener la cabeza a un centímetro de la cara que no se quita durmiendo.
En el patio estaba Rafi Cuenca, de pie junto a la tumbona doblada, con un café en un vaso de duralex.
—Buenos días, Inma.
—Buenos días.
—¿Muchas?
—Dos ingresos.
Rafi levantó el vaso dos dedos, que es el saludo completo de aquel hombre, y no dijo nada más, y esa fue toda la conversación.
Pero conviene dejar constancia de una cosa: en el Edificio Girasol vivían diecinueve personas, y de esas diecinueve solo una sabía a qué hora entraba y a qué hora salía Inma Ardales del hospital, cuántas noches llevaba seguidas y qué día le tocaba librar.
No era su madre.
Subió los tres pisos. Antes de meter la llave se paró un segundo en el rellano, con la frente casi tocando la puerta, que es una cosa que hace desde hace dos años y que no le ha visto hacer nadie.
Su madre estaba levantada, vestida y peinada. En la mesa camilla había una taza, una libreta y las gafas de cerca.
—Buenos días, hija. Siéntate, que tengo que consultarte una cosa.
—Mamá, vengo de doce horas.
—Es un minuto.
Y le expuso, en once minutos, el asunto: que el señor del ático le había pedido una segunda entrevista; que ella le había dicho que ya le diría; que no convenía darla enseguida, porque lo que se da enseguida no se valora; y que estaba considerando la posibilidad de pedir «una cantidad», porque una cosa es colaborar con el vecino y otra es trabajar gratis para una productora.
—¿Qué productora?
—La de la película.
—Mamá, es un documental. Y no sabes ni cómo se llama la empresa.
—Yo sé cómo funciona esto, Inma.
—Tú sabes cómo funcionaba esto en el ochenta y nueve.
Ahí hubo un silencio de dos segundos, y Maruchi Ardales hizo lo que hace siempre en los silencios de dos segundos, que es llenarlos.
Se puso a contar la Nochevieja de la autonómica. La contó entera, con el regidor, con los cuarenta segundos y con los cincuenta y dos, y la contó bien, con las pausas donde van, mirando a su hija a los ojos y sin verla, del mismo modo en que se mira a una sala.
Inma la escuchó de pie, con la bolsa del pan todavía en la mano.
Había una pregunta que quería hacerle desde el sábado por la noche.
Era corta y era ésta: mamá, ¿por qué llorabas?
Y la tuvo en la boca todo el rato que duró lo de la autonómica, y cuando su madre llegó al final y remató con el gesto de las dos manos, ya no se podía preguntar, porque después de un número no se pregunta: se aplaude o se cambia de tema.
Inma dejó el pan encima de la mesa.
—Mamá, me han confirmado lo de Sevilla.
—Ah.
—Contrato de un año, con opción a plaza. Empezaría en enero.
—Muy lejos —dijo Maruchi, y se recolocó el pendiente de clip.
—Dos horas y media en tren.
—Ya. Muy lejos.
Y volvió a la libreta, y se puso a apuntar algo con las gafas de cerca puestas, y aquello se acabó ahí, no porque se hubiera dicho todo, sino porque en el 3ºA las conversaciones no terminan: se levanta el telón de otra.
Inma se quedó de pie tres o cuatro segundos.
Después dijo, sin subir la voz y sin dramatismo, en el tono exacto en que ella le da a un paciente una información que le va a cambiar la semana:
—Tengo que contestar antes del 31.
—¿Del 31 de qué?
—De octubre, mamá. De este mes.
—Bueno, mujer, ya se verá.
—No. El 31 contesto —dijo Inma—. Y me gustaría contestar que sí.
Su madre levantó la vista de la libreta. Fue un segundo, o poco más, y en ese segundo Inma Ardales vio, por debajo del peinado, del pintalabios de las nueve de la mañana y de treinta y seis años de función continua, a una mujer de sesenta y cuatro años a la que acababan de decirle algo.
Después Maruchi bajó otra vez la vista y dijo:
—Pues nada. Que sea con salud.
Y no dijo más, y aquello, viniendo de ella, era casi una conversación entera.
Inma se fue a su cuarto. Bajó la persiana, dejó el móvil de su madre en el bolsillo del pantalón como todos los días, se acostó con la luz de la calle rayando el techo y se durmió en once minutos, que es lo que tarda siempre.
Encima del armario de su cuarto hay una maleta de cabina, roja, comprada en 2019 para cuatro días en Lisboa que al final no fueron cuatro días en Lisboa porque a su madre le dio aquella semana la ciática.
Sigue con la etiqueta de la tienda puesta.
Cuarenta y tres días de vacaciones acumulados y una maleta con etiqueta: ese es, si alguien quisiera hacerlo, el inventario completo del tiempo libre de Inma Ardales.
Antes puso el despertador a las cuatro.
Le quedaban veintinueve días.