Vecinos y otras catástrofes 15. El Excel de las almas
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15. El Excel de las almas

El cierre de mes lo hace Federico Pardal el último domingo, por la mañana, en pijama, con café y con la puerta del salón cerrada aunque no haya nadie más en la casa.

El problema empezó por donde empiezan siempre los problemas de aquel hombre, que es por las facturas.

Lo demás no tenía papel.

Doce rollos de papel pintado. Dos garrafas de pintura blanca. Cuatro de ambientador industrial. Un juego de bombillas. Dos cajas de incienso. Un póster de un metro noventa. Cuatro kilos de harina.

Federico había intentado el sábado, y volvió a intentarlo el domingo, encontrar un concepto contable donde meter aquello, y lo intentó de verdad, con la seriedad de un hombre que ha cerrado cuarenta ejercicios en su vida.

Probó «material donado por vecinos». Lo borró, porque una donación tiene donante y el donante tendría que constar.

Probó «material recuperado». Lo borró, porque recuperado, en castellano, significa que antes era tuyo.

Probó «aportaciones en especie», que fue lo que más cerca estuvo de aguantar, y lo borró también, a las once y veinte de la mañana, cuando se le ocurrió imaginar a un inspector preguntándole en voz alta de qué especie.

Al final creó una línea nueva, la dejó en blanco en la columna del concepto y le puso la cifra que había pagado la comunidad por todo aquel material, que era esta: cero euros.

Y ahí se quedó un rato, mirando el cero, que es la cifra más peligrosa que existe en una contabilidad, porque un cero no es que no haya nada: es que no consta.

La cronología

A las doce y media abrió una hoja nueva y se puso a construir una tabla.

Tenía tres fuentes. La primera, las anotaciones diarias de la obra, que llevaba él mismo y que eran de fiar.

La segunda, el informe de vigilancia de Rafi Cuenca, que constaba de una línea.

Y la tercera, que fue a buscar el domingo por la tarde con una vergüenza que no le confesó a nadie, los formularios de Chelo.

No entró en la mercería a pedirlos. Mandó a Encarni del 2ºA con el encargo de que le sacara fotocopia «de los que hubiera», y Encarni volvió con doce, porque Chelo se los dio sin preguntar y sin hacer un solo comentario, cosa que a Federico le pareció, y no se equivocaba, una manera de decirle algo.

Con las tres fuentes montó la tabla.

Filas: las noches, del 13 al 27 de septiembre. Columnas: agua sí o no; testimonios de aparición; vigilancia activa sí o no; estado del paño de la fachada este a la mañana siguiente.

La tabla salió limpia y decía una sola cosa.

Del 13 al 22 de septiembre, diez noches: agua en nueve. Testimonios de aparición en siete. Sin vigilancia.

Del 23 al 27, cinco noches: agua en ninguna. Testimonios de aparición en ninguna. Con vigilancia.

Federico Pardal se quedó delante de aquella tabla el rato que se queda un hombre delante de una cosa que ha construido él y que ha salido peor de lo que esperaba.

Porque la lectura oficial era estupenda: el dispositivo funcionaba. Lo había escrito él mismo en la pestaña OCTUbrE el viernes anterior, con satisfacción, y había plastificado el informe.

Y la otra lectura, la que llevaba desde el viernes rondándole por debajo y que aquella tabla ponía negro sobre blanco, era que el agua había dejado de caer en el instante exacto en que empezaron a pagarle veinte euros por noche a un vecino para que la vigilara.

Un hombre de números no puede no ver eso.

Estuvo doce minutos mirando la pantalla.

Después no escribió nada, no llamó a nadie y no bajó al entresuelo B, y no lo hizo por una razón que le habría costado explicar en voz alta: porque si aquello era lo que parecía, entonces el hombre al que iba a acusar era el único de aquella finca que sabía por qué la fachada este estaba como estaba, y él lo necesitaba hasta el 6 de octubre.

De modo que hizo lo que hace él con lo que no puede resolver.

Creó una pestaña.

La creó a la una y diez de la tarde del domingo 28, la duodécima de aquel archivo, y estuvo un buen rato con el cursor en la casilla del nombre, porque un nombre en un archivo es un compromiso, y porque escribir aquella palabra era admitir que en un edificio de veinticuatro viviendas, dos locales y noventa y un años de vida útil restante, se había abierto un capítulo contable que no se podía enseñar en una junta.

Escribió: ENTE.

Y le puso el color ámbar, que en su código es el de las cosas que llegan tarde pero llegan.

Aquí hay que explicar el código, porque es lo único de aquel archivo que Federico Pardal no le ha enseñado nunca a nadie y porque en septiembre de 2025 dejó de funcionarle.

El código tiene tres colores y no es contable. Verde, el que paga. Ámbar, el que paga tarde. Y un rojo oscuro, de misal, reservado en exclusiva para el que no paga y encima opina.

Durante siete años, aquel sistema había descrito con exactitud a los diecinueve vecinos del Edificio Girasol. Y en cinco semanas se le había venido abajo entero.

Rafi Cuenca estaba en rojo desde 2011 y era, en aquel momento, la única persona de la finca sin la cual no había inspección que pasar.

La señora Angustias estaba en verde, porque paga religiosamente el día 2, y le había suministrado a la comunidad material de una procedencia sobre la que Federico había decidido con toda intención no preguntar.

Los Salguero estaban en verde y llevaban ocho años haciendo la vida imposible al segundo.

Herminio estaba en verde y le había puesto a la obra un plazo que no venía en ninguna ley.

Y Chelo no estaba en ningún color, porque Chelo no es propietaria: es la del bajo.

Chelo, que sabía más de aquel edificio que el archivo entero, no tenía casilla.

Federico Pardal se pasó un minuto largo repasando la columna de colores.

Después la dejó como estaba, porque cambiarla habría significado admitir que en una comunidad de propietarios la gente no se ordena por lo que paga, y eso, a los sesenta y un años y con siete de presidencia, no era una idea que le apeteciera tener un domingo por la tarde.

Las cámaras

La decisión de instalar videovigilancia la tomó aquella misma tarde, y la tomó por descarte, que es como se toman en España casi todas las decisiones de las comunidades de propietarios.

Presupuesto de una empresa: pidió tres por internet el domingo por la noche.

El más barato eran seiscientos ochenta euros con instalación, más mantenimiento.

Aquello había que aprobarlo en junta, y una junta significaba explicar para qué, y explicar para qué significaba dejar por escrito que en aquella finca había alguien tirando agua a una pared recién empapelada veintiséis días antes de una inspección técnica.

El lunes 29 por la mañana, mientras la brigada daba la última mano en el rellano del entresuelo, la señora Angustias se le acercó con la fiambrera pequeña.

—Federico, que me han dicho que andas buscando cámaras.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Coge una.

Federico cogió una croqueta.

El lote eran tres cámaras con su cable, su fuente de alimentación y una caja negra con un disco duro dentro, todo en su embalaje original y con el manual en cuatro idiomas.

Ochenta euros el conjunto. Venían, según la señora Angustias, de una tienda de electrónica de la avenida que cerró, y llevaban «guardadas en su cajita» desde entonces.

—¿Y funcionan?

—De maravilla. Míralas, si están nuevas.

Las probaron el lunes por la tarde en el trastero, enchufadas a la televisión vieja de Rafi. Funcionaban. La imagen era buena, se veía de noche en ese verde de las películas de submarinos y el disco duro grababa sin protestar.

—Están estupendas —dijo Federico—. Pero la fecha está mal.

En la esquina inferior derecha de la imagen, con letras blancas, ponía: 14/03/2011.

—Eso se cambia —dijo la señora Angustias.

—¿Y cómo?

—En el menú.

En el menú no se podía. El menú de aquel aparato tenía dieciséis opciones, la fecha era la número cuatro, se dejaba modificar, se guardaba con un pitido de conformidad y, al volver a la pantalla, seguía poniendo 14 de marzo de 2011.

Estuvieron cuarenta minutos. Lo intentó Federico, lo intentó Herminio, que de aparatos entiende porque los ha estudiado en un tema, y lo intentó al final Vane, que estuvo dos minutos, dijo que el firmware estaba «hecho polvo» y se fue.

—Doña Angustias, esto tiene un defecto.

—Esto tiene solera, hijo. Son vintage, Federico. Como todo lo bueno.

Se quedaron las cámaras. Ochenta euros, sin factura, con fecha de hace catorce años estampada en cada fotograma.

Se instalaron el martes 30 por la mañana, que fue el último día de obra, porque a las doce de la noche de aquel martes empezaba el compromiso de no taladrar contraído con Herminio Rueda y aquel hombre llevaba tres días recordándolo cada cuatro horas.

Una en el portal, encima de los buzones, apuntando a la puerta de la calle y de refilón al póster de la Macarena.

Otra en el patio, en el ángulo de la escalera, cubriendo el paño de la fachada este entero y la tumbona.

Y la tercera, esta fue idea de Rafi y Federico tardó dos horas en entender por qué, en la puerta de la escalera de servicio, que es por donde entra y sale todo el mundo que no quiere que se le vea entrar y salir.

La caja negra con el disco duro se puso en el 1ºD, en el mueble del salón, debajo del televisor.

Y a las ocho de la tarde del 30 de septiembre, el Edificio Girasol quedó grabado.

A esa misma hora terminó la obra.

Terminó porque tenía que terminar: a las doce de aquella noche empezaba el compromiso, y Herminio Rueda estaba en el patio desde las siete con el temario debajo del brazo, sin decir nada, mirando cómo recogían, que es la forma más eficaz de meter prisa que se ha inventado en este país.

Recogieron los cubos, las brochas, las escaleras y los cuatro rollos de papel que habían sobrado, que quedaron apoyados en la pared de la mercería pendientes de colocación en el mercadillo, asunto que la señora Angustias recordó dos veces.

Don Aurelio devolvió el Netol. Encarni fregó el portal, esta vez con motivo.

Y a las ocho y veinte se quedaron todos parados en el centro del patio, los nueve, mirando lo que habían hecho en veintiún días.

Estaba bien.

Y era verdad: el Edificio Girasol, la noche del 30 de septiembre de 2025, tenía el portal empapelado, los buzones brillantes, la barandilla limpia, el rellano del entresuelo pintado, la fachada este entera cubierta de un papel color hueso con rombos en relieve, un olor raro pero no malo, y un aire general de finca a la que alguien cuida.

Federico Pardal miró aquello desde el escalón, con la carpeta azul debajo del brazo, y sintió lo que llevaba veintiséis días sin sentir, que era orgullo.

Le duró hasta el jueves.

Las facturas

Aquella noche, Federico Pardal se sentó a archivar lo del mes, que es la parte del cierre que le gusta y que se deja siempre para el final, como los niños con la fruta al revés.

Ordenó por fecha. Grapó por bloques. Perforó, metió en la carpeta de anillas de 2025 y fue archivando: el burofax, la convocatoria de la junta extraordinaria, el acta de Chelo, la hoja plastificada de la brigada, el tique de la ferretería, el parte de la empresa de seguridad número 4471, el informe de vigilancia de una línea, la comunicación del ayuntamiento con la fecha de inspección.

En el fondo de la caja de zapatos donde guarda lo que todavía no ha archivado, debajo de un recibo de la comunidad de agosto, apareció el resguardo de la domiciliación de la plaza de garaje número 12.

Titular: Purificación Ramos Gil.

Federico lo miró, lo puso encima del montón de septiembre y siguió perforando.

A la mañana siguiente, cuando bajó a mirar los buzones, el del 1ºD seguía teniendo, debajo del suyo, un segundo nombre en una etiqueta de máquina que ya está más amarilla que el papel.

La primera noche

A las once y veinte de la noche del martes 30, con la casa a oscuras y el televisor encendido en el canal de la caja negra, Federico Pardal se sentó en el sillón a mirar lo que grababan sus cámaras.

Canal uno: el portal. Vacío. La Macarena y los buzones.

Canal dos: el patio. La tumbona, con un hombre echado en ella, tapado con una manta de cuadros y con las chanclas puestas.

Canal tres: la puerta de la escalera de servicio. Cerrada.

Se veía bien. Se veía, de hecho, mucho mejor de lo que Federico esperaba por ochenta euros. Y en la esquina de las tres imágenes, con letras blancas y en un verde de submarino, el reloj corría hacia delante marcando las once y veintiuno del catorce de marzo de dos mil once.