14. La entrevista
Lo primero fue la casa.
Y lo tercero fue el material.
Preparó tres piezas, y las repasó el viernes por la noche en voz baja, sentada en la mesa camilla, contándolas con los dedos.
La primera, la del ascensor de Torremolinos, con Bertín, con las lágrimas y con la coletilla de que a lo mejor era un imitador. Esa la contaba siempre y siempre funcionaba, porque tiene la gracia justa y el punto de humildad que hace que el público no se sienta engañado.
La segunda, la del torero. Un romance de tres meses en el 91, con cartas, del que ella no puede dar el nombre porque hubo un sumario, y aquí bajaba la voz y decía «y hasta ahí puedo contar», que es una frase que en este país abre más puertas que cualquier apellido.
Y la tercera, la buena, la que guardaba para el final: la noche de la Nochevieja de la autonómica, en directo, cuando el regidor le dijo que tenía cuarenta segundos y ella cantó cincuenta y dos y no la cortaron.
Con esas tres, calculaba, había entrevista de sobra.
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Bruno Salcedo subió al tercero a las cinco y cuarto, con veinte minutos de retraso que pidió disculpas por haber tenido, con la cámara pequeña, un trípode bajo, dos micros de solapa y ninguna luz, porque él no lleva luz a las casas.
Lo que se encontró al entrar le gustó tanto que tuvo que disimularlo, y lo apuntó esa misma noche en la libreta con tres palabras: pared de fotos .
Trece marcos. Una mujer de veintiocho años con lentejuelas verdes sujetando un micrófono con las dos manos.
Una funda de vinilo amarilla. Un recorte de siete líneas enmarcado como se enmarca una licenciatura.
Un mueble bar con lucecita. Una colcha estirada con los pliegues hacia dentro y una lamparita colocada en un ángulo que a él, que se dedica a esto, le pareció impecable y le dio, por un segundo, una punzada de algo que no supo colocar.
Montó en diez minutos. Le puso el micro de solapa, le explicó que no había que mirar a la cámara y le dijo que hablara todo lo que quisiera, que ya se cortaría.
Aquella última frase, dicha con la mejor intención del mundo, iba a costarle a Bruno Salcedo mucho más de lo que se imaginaba.
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La primera media hora fue perfecta.
—Yo a Bertín lo conocí en un ascensor —dijo Maruchi, con las manos quietas encima de la mesa camilla—.
En Torremolinos, en el ochenta y nueve, en un hotel que ya no está.
Subíamos los dos solos, del cero al siete, que son catorce segundos.
Y en catorce segundos aquel hombre me contó una pena que yo no le había preguntado.
—¿Qué pena?
—Eso no se cuenta —dijo ella—. Yo lloré con él. Y él conmigo.
—Vaya.
—Luego, con los años, me han dicho que a lo mejor aquel señor no era Bertín, que era uno que se le parecía mucho y que trabajaba en la sala de fiestas —añadió, y se encogió de hombros—.
Puede ser. Pero las lágrimas eran de verdad, hijo.
Y a mí lo que me interesa de la gente son las lágrimas, no los apellidos.
Bruno se rió. Fue una risa auténtica, de las de soltar aire por la nariz, y Maruchi la registró y la archivó en el sitio donde archiva ella esas cosas, que es el mismo sitio donde otros guardan los recibos.
Sirvió las tres piezas en orden, con sus pausas, con sus bajadas de voz, con la coletilla del imitador en el sitio exacto donde da la risa.
Bruno se rió dos veces de verdad y una de compromiso, dijo «ya» ocho veces, dijo «claro» seis y dijo «interesante» una, al final de lo del torero, con esa cortesía suya que no significa nada.
Estaba grabando, pero no estaba trabajando. Aquello lo tenía visto: la señora del barrio que fue algo, el archivo emocional, el color local. Tres minutos de montaje, bien puestos, con la música justa. Ya lo tenía.
A las seis menos veinte se le acabó la tarjeta.
Y mientras la cambiaba, agachado sobre la bolsa, sin mirarla, con las dos manos ocupadas y la cabeza en otro sitio, hizo la única pregunta buena de toda la tarde.
La hizo por cortesía, por rellenar el silencio de un cambio de tarjeta, del mismo modo en que se pregunta en una peluquería si este año se van de vacaciones.
—¿Y por qué paró?
Y hay que decir, en su descargo, que no supo lo que había preguntado.
Maruchi Ardales tenía preparada la respuesta a esa pregunta desde hacía treinta y seis años. Era buena, además. Decía que el mundo del espectáculo es muy duro, que ella prefirió una vida tranquila y que hay que saber retirarse a tiempo, y llevaba dentro un encogimiento de hombros que la remataba.
La tenía en la boca. Y no salió.
Lo que salió, después de un silencio que en la grabación dura cuatro segundos y medio, fue esto:
—Yo no paré.
Bruno levantó la cabeza.
—A mí me pararon —dijo ella—. Que es distinto.
Y entonces, sin que nadie le preguntara nada más, porque nadie le había preguntado nada más en treinta y seis años, la Sirena de Marbella contó, en cinco minutos y con la voz igual que antes, lo siguiente.
Que «Chíllame bajito» salió en junio del 89 y que en agosto iba subiendo.
Que la compañía tenía apalabrado un segundo single para octubre y un programa de televisión de los de entonces, de los de sábado por la noche, de los que veían diez millones de personas.
Que ella firmó un contrato en enero de aquel año que había leído su tío, que era de Ronda y trabajaba en una notaría, y que le dijo que estaba bien.
Que en septiembre del 89 fue a un despacho de Madrid, en la calle Alcalá, con una carpeta, muy contenta, a hablar del segundo single.
Y que salió de aquel despacho, cuarenta minutos después, sin segundo single, sin programa y sin campaña.
—¿Por qué?
Ahí fue donde se paró.
Se paró de una manera muy concreta, que Bruno no supo leer entonces y sí supo leer tres semanas después, cuando vio el bruto por decimocuarta vez: se llevó la mano al pendiente de clip de la oreja izquierda y se lo recolocó, y en ese gesto tardó lo que tardan otras personas en decidir una vida.
—Porque yo llegué a aquel despacho con una circunstancia —dijo—. Y en aquella época una circunstancia así, en una chica de veintiocho años que estaba empezando, era un problema de imagen.
—¿Qué circunstancia?
—Una circunstancia.
—Perdone, es que no...
—Que estaba embarazada, hijo —dijo Maruchi, con un tono que no era ni dramático ni triste, sino de mujer que explica un trámite—. De cinco meses y medio. Y en septiembre del ochenta y nueve eso no se llevaba.
Bruno no dijo nada. Hizo lo único que sabía hacer, que fue no moverse.
—Total, que retiraron el single —siguió ella—. Y aquí paz y después gloria. Bueno, gloria poca.
Se rió. Se rió ella sola, con esa risa de las mujeres de aquella generación que sirve para cerrar un asunto y para que el de enfrente entienda que ya se puede pasar a otra cosa.
Y pasó a otra cosa, ella misma, sin que nadie se lo pidiera. Se puso a hablar de la Nochevieja de la autonómica otra vez, aunque ya la había contado, y la contó igual, con las mismas pausas, con el mismo remate de los cincuenta y dos segundos.
La contó peor.
⁂
Bruno recogió a las siete menos cuarto.
Mientras desmontaba el trípode, con la cabeza baja y las manos ocupadas, estaba pensando una cosa que le daba vergüenza y que pensó de todos modos, porque llevaba tres años buscando una película y aquella tarde acababa de encontrarla: que tenía oro.
No lo dijo así. Lo que dijo, en la puerta, con la bolsa al hombro y el perro esperándolo en el rellano, fue:
—Maruchi, esto ha sido muy interesante. ¿Podemos hacer otra?
—Cuando usted quiera.
—¿La semana que viene?
—La semana que viene tengo lío —dijo ella, que no tenía nada—. Ya le diré.
Cerró la puerta.
Y se quedó parada en el recibidor, con el micro de solapa todavía enganchado en el escote del vestido negro, haciendo la cuenta de lo que había dicho.
Las tres piezas: bien. Bertín: bien. El torero: bien. Los cincuenta y dos segundos: bien, aunque repetidos.
Y en medio, sin ensayo, sin nadie que se lo pidiera y con la cámara encendida, cinco minutos que ella no le había contado nunca entera a ninguna persona, incluidas las dos que vivían en aquella casa.
Se sentó en la mesa camilla, con el vestido puesto.
⁂
Inma llegó a las ocho menos diez, antes del turno, con el pelo mojado y una bolsa de la compra.
Se dio cuenta de tres cosas antes de dejar las llaves en el plato de la entrada.
La primera, que la colcha del tresillo estaba estirada y con los pliegues hacia dentro.
La segunda, que la lamparita del recibidor no estaba en el recibidor.
Y la tercera, que su madre estaba sentada a la mesa camilla, a las ocho menos diez de un sábado, con el vestido negro largo puesto, sin zapatos, y con el rímel corrido debajo del ojo izquierdo.
Inma Ardales se quedó dos segundos en el pasillo.
Después fue a la cocina, sacó la compra, puso el agua a hervir y no preguntó, porque a su madre no se le pregunta: a su madre se le espera, y a veces la espera dura treinta y cinco años.
⁂
Aquella noche, en el ático, Bruno Salcedo volcó la tarjeta y se puso a mirar.
Fue directo al minuto treinta y ocho, que es donde estaba el cambio de tarjeta y donde empezaba lo otro. Lo vio entero tres veces seguidas. La tercera lo vio sin sonido, que es como se mira una cara cuando uno quiere saber si lo que ha grabado es bueno.
Era bueno. Era mejor que bueno.
Tenía a una mujer de sesenta y cuatro años contando en cinco minutos, sin llorar, sin una sola queja y con un pendiente de clip entre los dedos, el momento exacto en que a este país le pareció normal apartar a alguien por estar embarazada.
Y lo tenía enmarcado, además, por media hora de anécdotas infladas sobre romances que probablemente no existieron.
Ese contraste era el hallazgo. Bruno lo supo enseguida y supo también, con la misma claridad, que el contraste podía montarse de dos maneras.
Se podía montar de manera que las anécdotas fueran la armadura y los cinco minutos, la herida.
O se podía montar al revés, para que la señora quedara como una fantasiosa a la que se le escapa una verdad, y entonces aquello daba risa primero y pena después, y la risa y la pena juntas, en ese orden, se comparten mucho más que la pena sola.
A las dos de la madrugada escribió en la libreta, debajo de pared de fotos , una línea con la que iba a convivir bastante mal más adelante:
La España que no se quiere jubilar.
Le pareció un titular buenísimo. Lo era.
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En el 3ºA, mientras tanto, cenaron a las once.
Como siempre.